Skip to content

Nuestros fieles caninos (cuento)

2 noviembre, 2016
dsc02666

Para Phoebe, quien inspiró este cuento en un sueño.

Para los “Cuatro Fantásticos + 1”, que ya se adelantaron. Porque un día volveremos a vernos.

La tarde bullía de personas cuando la vi: igual que siempre, regateando unas flores con la vendedora, mientras le decía que le rebajara un poco porque ya llevaba más de lo que pensaba comprar. Me abrí paso entre la gente y me acerqué con cuidado mientras la observaba. Tenía más canas y arrugas, pero por lo demás, su rostro afable y su sonrisa que siempre hacía empequeñecer sus ojos, le daban ese toque entrañable que solo tienen las madres.

Se sorprendió un poco al verme y nos abrazamos. Terminó de comprarle a la señora y comenzamos a caminar por la calle empedrada, entre más puestos de flores amarillas y otros más de comida. Aquí y allá vendían frutas, maíz y en pequeños anafres quemaban algo de copal. Avanzamos más y me dijo que tenía que pasar al molino, para ver si ya le tenían listo el mole que había llevado rato antes. La esperé afuera y recogió su paquete, mientras me contaba sobre los ingredientes que tenía, cómo los había tostado, elegido y mezclado. La escuché con atención mientras recordaba cómo habíamos tenido charlas parecidas decenas de veces, en un pasado donde la vida tenía otro matiz, otras preocupaciones y otras alegrías… pero que siempre fue un refugio grato dónde albergarse.

 

Platicamos de todas las pequeñas cotidianidades con que está entretejida la vida, de todos los detalles insignificantes que dan ese significado real a nuestra existencia. Le ayudé con su bolsa de mandado y seguimos caminando, en esa suave pendiente que comenzaba a formar el camino lleno de puestos y vendedores. Finalmente llegamos a mi casa, a un costado de toda esa vendimia. Me dijo que no la conocía y le dije que no, que era la primera vez que la visitaba, pero que me alegraba mucho que estuviera ahí.

Como era costumbre en el pueblo, dejé la puerta abierta, mientras los pétalos de flores formaban un sencillo y colorido sendero al interior. Estábamos en la cocina cuando entró la perra, chaparrita, de pelaje entre amarillo y tostado, con manchas blancas. Sonreí al verla y se acercó hasta mí, dándome un lengüetazo en la mano. Mi mamá se sorprendió y me preguntó de dónde había salido o si era mía. Le dije: “A veces viene a esta hora, le doy algo de comer y se va de nuevo”. La observó con cuidado y me dijo que se parecía a una que yo había tenido hacía muchos años. Le contesté que sí, que seguramente por eso me caía tan bien. Acaricié su cabeza y la perrita movió la cola, me dio otro lengüetazo de despedida, se dio la vuelta y salió.

Miré hacia la entrada y vi que la tarde comenzaba a desvanecerse. Mi mamá se había quedado mirando a la lejanía, con gesto preocupado y pensativo. Me levanté y le dije que era hora de irnos. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa, disipando los pensamientos que hubiera tenido. Conforme las sombras caían y los puestos comenzaban a iluminarse con velas y veladoras, algunos perros comenzaron a salir de aquí y de allá. Algunos movían la cola y otros nos observaban con atención, pero manteniendo cierta distancia.

“No te preocupes”, le dije, “son buenos perros: todos aquí los conocemos”. Al ver los rostros iluminados por las velas, mi mamá recordó una anécdota de su infancia. Me dijo que cuando era niña, había estado muy enferma, y que soñó que iba por un camino flanqueado por velas encendidas. Tenía que seguir avanzando hasta el final, pero en dado momento sintió mucho cansancio y decidió regresar. Esa anécdota la recordaba muy bien, y me alegró mucho que pudiera contarla con toda claridad ahora, sin que las palabras y los recuerdos se fragmentaran en su mente y en sus labios… como había ocurrido tiempo antes.

El camino se hacía un poco más difícil, la pendiente se acentuaba. La gente de los puestos nos saludaba, amable, o al menos inclinaba la cabeza. El cansancio era mayor y la charla se extinguía. Al llegar cerca de la parte más alta, me detuve. Le dije que hasta ahí podía acompañarla, porque tenía que regresar a mi casa. Ella me preguntó extrañada por qué no podía ir con ella, porque ya faltaba poco. Noté un poco de temor en sus ojos, ella que nunca había tenido miedo en su vida, y la abracé. Le dije al oído que todo estaría bien, que solo sería un rato y que al día siguiente nos veríamos de nuevo. Eso pareció tranquilizarla un poco, porque me devolvió una cálida sonrisa que me llegó hasta el corazón.

Los perros que discretamente habían aparecido entre los puestos, comenzaron a acercarse, entre ellos la perrita que había entrado a mi casa. “Hija”, me dijo, “¿acaso ella no es…?”. No la dejé terminar la frase, porque la tranquilicé diciendo que todos ellos cuidarían de ella y la acompañarían en el último tramo del camino, porque eso hacían siempre con la gente buena. Al decir esto, todos ellos se acercaron. Eran bastantes, pero noté que ya no sentía miedo. Nos besamos las mejillas y nos despedimos. La perrita se volvió a mí y me dio otro lengüetazo en la mano. Acaricié sus largas orejas y con la mirada, se la encargué mucho. Ella movió su cola, como asintiendo y se fue a seguirlos a todos.

Todavía mi madre se volvió para despedirse con la mano y le devolví el gesto. Mientras descendía hacia la casa, recordé de nuevo cómo habían sido las cosas, años antes. Nunca pensé que me iría de forma prematura. El accidente de auto había sido brutal. Tendida al lado del camino, todo se oscureció. Sentí frío y miedo y comencé a temblar. Lo desconocido y el desprendimiento de este mundo es lo que más nos atemoriza. Pero llegaron ellos, uno a uno. Lamieron mi cara y mis manos. Mi cuerpo roto no podía moverse, pero mis ojos sí, y los fui reconociendo. Mis perros. Los que había tenido a lo largo de mi vida y aquellos otros que de alguna manera pude ayudar un poco (pero que en realidad me ayudaron ellos más a mí).

El miedo se fue y pude levantarme. Hubo un momento en que sentí pena y dolor por el cuerpo roto que atrás dejaba, así como también por toda la gente que amaba y me había amado. Pero los fieles canes me rodearon, como ahora rodeaban a mi madre, y me hicieron sentir mejor. Y de una nueva forma, volvieron a dar luz a mi alma.

Ya estaba clareando cuando llegué a casa. Ya no había vendedores y escuché unos ladridos alegres detrás de mí: eran ellos que venían de regreso. Entramos todos a casa y olía a mole y a comida. Sonreí: no me hacía falta saber que ahí encontraría a mi madre, como en aquel entonces, en esa otra vida, preparando el almuerzo para todos.

Cerré la puerta y dejamos atrás ese umbral que solo se abre en esta fecha entre ambos mundos, entre flores de cempasúchil, rezos, añoranzas y recuerdos.

©Mayra Cabrera, Derechos reservados

Frodo y yo (2a parte)

1 noviembre, 2016

El viaje con Frodo fue un poco desastroso: como no estaba acostumbrado a viajar en coche, vomitó y defecó en el asiento. Debe haber estado mareado y también asustado de ser llevado por gente que no conocía, lejos de su familia humana y canina. Raúl estaba molesto, pero lo ignoré: yo me sentía mal por mi perrote, así que limpié y lo consolé. Lo llevamos a casa de mi mamá y se los presentamos.

Ahí jugó con mi sobrino, que en ese entonces estaba muy pequeño y en dado momento se asustó cuando lo persiguió. Sus aprensivos padres se preocuparon, incluso ella se molestó, y decidí que era hora de irnos de ahí. Me prometí que cuando tuviera hijos siempre convivirían con perros y no se asustarían con ellos, y yo no sería así de aprensiva. Y lo cumplí, años más tarde (y algo más, años después ella ya no formó parte de nuestra familia y mi querido perro estuvo hasta el final).dsc00542

Ya en casa lo dejamos andar a sus anchas (algo que no debe hacerse, pero Frodo era un buenazo, así que no pasó nada). En la noche Raúl había decidido que durmiera fuera de nuestra habitación, pero Frodo estaba muy desconcertado y le dije que de ninguna manera. No puedo culparlo del todo a Raúl: venía de una familia en donde si bien habían tenido siempre perros, no les gustaba mucho que estuvieran dentro de casa.

Pero con el tiempo Frodo, y los demás perros que hemos tenido, echaron abajo esas ideas anquilosadas y absurdas respecto a los animales. (Supongo que ese es uno de los aspectos por los cuales Raúl ya debe ser considerado un poco como un extraño por su familia de origen). Vamos, nunca se habría imaginado que, tiempo después, permitiría a Frodo dormir en nuestra cama o que incluso dormiría abrazado de Fiona, su perra.

Definitivamente, Frodo vino a cambiar por completo nuestras vidas… y creo que nunca terminaremos de agradecerle por habernos hecho mejores personas.

Cómo mi perro cambió mi vida

El año que adoptamos a Frodo fue crucial en mi vida, en varios sentidos. Poco después de mi cumpleaños me despidieron del trabajo. Me había costado mucho llegar ahí y había trabajado con mucho tesón para conseguir una buena posición. En ese entonces buscaba encontrar un nicho en la investigación y biotecnología, pero desafortunadamente me tocó estar en el lugar y momento incorrectos en que una persona del laboratorio donde trabajaba había falseado datos de su trabajo y cuando me pidieron reproducirlos, sencillamente no fue posible.

Para defender su postura, me hizo víctima de mobbing laboral. Habían sido meses muy pesados tratando de que por lo menos algo me saliera bien en el trabajo, pero debido a su boicot, todo salía mal. Mi jefa se hartó y en dado momento, me gritó  y yo sin pruebas para demostrar que alguien arruinaba mis experimentos. Finalmente me mandó llamar y me dijo que se había recortado el presupuesto para pagarme. En ese momento respiré, aliviada, porque ya no quería estar ahí, sobre todo porque ya era el blanco de burlas.

Hacía poco que me había casado y decidí enfocarme en mi casa y “darme un tiempo”, a la par que terminaba mi diplomado literario. Este terminó y quedé en el limbo. Mi vida no tenía un sentido fijo y comencé a dormir más y a ver demasiada televisión. Comencé a sentir que pocas cosas tenían sentido, que todo me agobiaba y que era un fracaso. Fantasee con que quizá todo había sido mi culpa y que en realidad mi trabajo era pésimo. ¿Cómo había pensado en que podía conseguir un puesto en ese importante centro de investigación?dsc00469

Por añadidura, me sentía sola, y si bien tenía entonces a mis conejos, era distinto: ellos habían formado su propia comunidad y estaban muy bien así. Necesitaba alguien más y fue entonces cuando le dije a Raúl que quería comprar un perro.

Poniendo un basset hound en mi vida

Busqué en varios lados, como lo comenté, hasta que se dio la adopción. Fue bueno que tardara un poco en darse, porque así comencé a encauzar mi vida hacia la problemática animal. ¿Cómo podía quejarme cuando había tantos seres que padecían tanto? Comencé a dejar de lamentarme y comencé a escribir, pero sobre animales.

Cuando Frodo llegó, fue un cambio enorme. Tenía alguien por quién preocuparme y era un perro muy afable y bonachón. Salíamos de paseo en las mañanas y por las tardes. Jugaba con él y fue a partir de ahí que retomé mi verdadera vocación: escribir. Se lo debo a Frodo, siempre fue el motor que impulsó mis escritos, junto con una paciencia que pocas veces he visto en alguien. Frodo se convirtió en mi amigo y confidente, alguien a quien podía abrazar en cualquier momento y contarle cualquier tontería.

Esa es una de las tantas virtudes que tienen los perros: con ellos puedes ser tú mismo sin etiquetas y sin poses. No van a juzgarte y estarán al pendiente de lo que hagas. Exceptuando a Moncho, mi conejo, no he podido tener ese nivel de compenetración con alguien más. Es una cuestión de almas, que no distinguen especies ni clases. Poseen una sabiduría que va más allá de nuestro entendimiento, de alguna manera es como si hubieran vivido en otras vidas y en otros planos. Y la única forma de poder entrar a ese nivel es permitirnos convivir con ese animal, sin prejuicios, dejándole entrar a nuestras vidas.

Frodo fue mejor que cualquier terapeuta, me hizo recuperar la confianza y seguridad que había perdido y algo muy importante, me hizo creer de nuevo en mí… el niño Frodo, como lo llamaba nuestro vet. Sin moverse más allá de nuestro hogar, consiguió que conociera gente de todo el mundo, gente con la que todavía nos hermanamos en esta aventura de ser “basseteros sin fronteras”. Hizo que me leyeran desde los rincones más lejanos y me dio mucha paz.

Claro, esa paz se rompería en un mes después, cuando llegar Frida, mi perrita andariega, y cuando Frodo cometiera la peor travesura de su vida… Pero para eso son los bassets, para ser ellos mismos, aunque no los entendamos.

Continuará…

Mayra Cabrera, Derechos Reservados.

Frodo y yo (mi vida con mi primer basset)

31 octubre, 2016

Un poco sobre Frodo

A Frodo lo adoptamos el 8 de diciembre de 2002. Tenía alrededor de dos años de edad. Su familia original vivía en pleno Centro Histórico de la CDMX. Desde hacía tiempo quería yo adoptar un perro. En ese entonces desconocía yo que existían perros de raza en adopción, así que en vez de comprar, decidimos adoptar un basset. A diferencia de mis otros perros, Frodo no fue un perro maltratado ni abandonado. Era, como lo he dicho a veces en broma, “un niño de casa”.don-frodo

Contacté con un grupo de protectores (con quienes posteriormente fundé Caespa, AC), y les pregunté si sabían de un basset en adopción. Recuerdo bien sus palabras: “por fortuna, ninguno por ahora”. Me causaron bastante extrañeza porque se suponía debían decir lo contrario. Pero cuando me adentré más en el proteccionismo animal, entendí el por qué: si un perro está en adopción significa que nació en la calle, que fue maltratado, abandonado o descuidado.

Mientras esperaba, me suscribí al foro que tenía ese grupo de personas (en el ya extinto Yahoo Grupos, previo a Facebook) y me sorprendí al darme cuenta de lo enorme de la problemática animal. Tomé conciencia de que no debía buscar un perro de raza, sino que debía adoptar cualquier otro sin hogar. Puse un plazo y dije que sin en los días siguientes no había ningún basset adoptable, buscaríamos cualquier otro perrito.

Estaba por terminar noviembre cuando recibí la ansiada llamada: había un basset en adopción. Me dieron el número del celular de la persona que lo tenía, la contacté y charlamos un rato. Una señora sencilla, afable y un poco preocupada: me contó que nunca hubiera pensado en dar en adopción, a Freddy (ese era el nombre original de Frodo), pero no podía mantenerlo más, ya que tenía más perritos en su casa. Platicamos un rato más y me dio su dirección. Acordamos en ir el fin de semana y le avisé a Raúl, quien se mostraba un poco desconfiado: no sabíamos nada de esa persona y no conocíamos el lugar.

Vamos, ni siquiera tenía una foto y justo en ese momento caí en la cuenta de que quizá ni siquiera fuera un basset. Pero de inmediato deseché ese pensamiento: me dije que así tuviera tres ojos y cinco patas, me lo llevaría a casa.

Encuentro con Frodo

Esa mañana de diciembre de 2002 fuimos a la dirección que nos dieron. Tocamos un rato en el portón negro y nada pasó. Intenté llamar a la señora y no contestaba. Ya había pasado un buen rato y estábamos a punto de regresar, cuando un hombre llegó al portón y nos permitió pasar. Era una pequeña vecindad, esto es, un conjunto de pequeñas casas con una misma entrada.frodo-pensativo

Jamás nos habría escuchado la señora (cuyo nombre tenía anotado y perdí el papel) porque vivía al fondo de la vecindad. La vivienda era sencilla, y sin embargo contaba con un pequeño patio. Tocamos y ella salió, amable pero con una mirada triste, la mirada de quien espera que alguien llegue, pero a la vez no quiere que llegue nunca. Nos saludó y nos dijo que estaba por sacar a los perros. Uno a uno fueron saliendo, hasta donde recuerdo, cinco perros. El último era un hermoso basset hound tricolor.

Nos dedicó una mirada distraída y orinó. Aunque ya era adulto, orinaba como cachorro, de pie y con la cola bien erguida, en una pose majestuosa. Y nunca dejó de hacerlo de esa manera. La señora lo llamó y se acercó. Comenzó a hacernos muchas recomendaciones sobre él: debíamos secarle bien las orejas después del baño, porque había padecido una otitis. Entró a la casa y nos trajo su medicamento y sus gotas para los oídos. Traía también su cartilla de vacunación y ahí indicaba su edad. Nos dijo que tenía un año, pero con el tiempo y la experiencia de tener otros bassets, calculo que Frodo tenía cerca de dos años.

Era, desde el primer momento, un perro sumamente afable y afectuoso. Nos dijo que cuidaba mucho de una de las perritas más jóvenes que tenía ahí, cruza de cócker. A ella y a la madre también pensaba darlas en adopción. Nunca nos pasó por la cabeza tener más de un perro en ese momento, así que no le preguntamos por ellas. Nos trajo su collar y su correa. Él se alegró porque sabía que significaba un paseo. Nos dijo que su hijo lo sacaba de paseo y era muy tranquilo.

Ya estábamos por despedirnos después de escuchar las últimas recomendaciones, cuando de repente salió una muchachita de la casa, llorando y abrazando al basset. Me sentí un poco mal, y más porque nos explicó la señora que lo querían mucho, pero tenían más perros y no podían brindarles a todos la calidad de vida que necesitaban. Además, este basset comía más que los otros y era más demandante… que lo habían intentado vender en un primer intento, pero como ya estaba crecido, no lo quisieron.

Terminamos por despedirnos y por agradecerle mucho sus atenciones y recomendaciones. Salimos con nuestro basset al estacionamiento donde dejamos el coche, al lado, y nos topamos con el problema de que no quería subirse. ¡Nunca había viajado en coche! Ya que lo hizo y mientras nos alejábamos, vimos una escena que jamás olvidaremos: nuestro perro iba mirando hacia atrás, recargado del asiento trasero, mientras las dos mujeres se abrazaban y lloraban. Me sentí terriblemente mal, como si lo estuviéramos secuestrando.

Y así, nos dirigimos a nuestra casa, y Frodo, que así había decidido llamarlo, nunca más regresó a esa ciudad.

Continuará…

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Frodo, mi primer basset (2002 – 2016)

7 octubre, 2016
asi-duerme-frodo

I close my eyes only for a moment, and the moment’s gone.
All my dreams pass before my eyes, a curiosity (“Dust in the wind”, Kansas)

Es difícil escribir sobre alguien que he querido tanto. Más que por elegir las palabras adecuadas o porque siento un nudo en la garganta, temo no poder asir todos los recuerdos, emociones y momentos que pasamos juntos. Temo que obvie detalles importantes. Porque cuando has querido tanto a un ser de otra especie, incluso más que a algunas personas, es difícil plasmar su esencia. Como cuando contemplas una escena encantadora, única, y tratas de capturarla en una fotografía, pero en realidad termina por demeritar la verdadera imagen. Así me pasa en estos momentos.toto-alex-mayi

El último día con Frodo

Ayer fue un mañana realmente magnífica. Frodo y yo tuvimos la mejor mañana desde hacía mucho tiempo, cuando solo éramos él y yo  y nadie más. Cuando abrí la puerta del baño, él miraba de frente y por primera vez en semanas, su mirada fue limpia y brillante. Me había reconocido de inmediato y despertó muy animoso. Había cenado bien por la noche, por fortuna no llovió ni hubo tormenta, y había dormido bien.

Se levantó muy bien y noté en su mirada que no estaba desorientado ni confundido. Se estiró como gato, como hacía todos los días, y movió su cola a manera de saludo. Tomé su cara con mis manos y le devolví el saludo: “Buenos días, señor, ¿cómo está usted hoy?”. Él se estiró y pareció correr hacia las escaleras, rumbo al baño, pero lo pensó mejor y corrió hacia mi recámara, para dirigirse a su enorme cama, herencia de Frannie, donde se revolcó un poco, como hacía tiempo no lo hacía.

Ahora que lo pienso, puedo sentirme satisfecha de que mi adorado perrote hasta el final pudo caminar por su propio pie. Algo que siempre me preocupó fue que subiera y bajar escaleras. En la Guía del Basset yo mencionaba que en lo posible, deben evitarse, porque les ocasionan problemas articulares y de espalda. Frodo los tenía, pero su vitalidad era increíble: todavía subía a trote unos cuatro escalones y bajaba corriendo mientras ladraba feliz, mientras el eco le devolvía el ladrido a manera de saludo.

Pues bien, ayer esperó pacientemente su turno para salir: primero saco en pares a los otros y al final, a él (Fiona sale aparte con Raúl). Creo que a manera de despedida los últimos paseos con mis perros han sido los más entrañables. Esos últimos días incluso han sido hermosos. Él salió trotando feliz, como queriendo llegar hasta el fin del mundo. Antes de llegar a la puerta de salida de la privada, tuve que soltarlo porque me ganaba la carrera. Me esperó junto a la puerta, tomé su correa y salimos a nuestra salida matutina. Iba contento y alerta, dio un vistazo a dos perros vecinos en la reja de una casa, que siempre se deshacen en ladridos al verle, pero él solo levantó las orejas y los miró… quizá se despidió de ellos, porque pronto se callaron.dsc01100

Cruzamos la calle y nos entretuvimos largo rato en el camellón con pasto y árboles, sorteando algo de basura que lamentablemente a veces tira la gente. Ese día precisamente pasó el camión de basura y de repente es posible encontrar restos. Frodo rápidamente tomó un trozo de basura, pero le di un tirón y aparentemente lo soltó. No advertí que había logrado tragar algo y que eso detonaría la gastritis tremenda que había logrado mantener a raya. Regresamos del paseo y él llegó tranquilo y se echó un rato. Me puse a trabajar y al concentrarme, me olvidé de todos.

Una hora más tarde recordé que debía darle sábila. Es un excelente tratamiento para la gastritis y colitis, y había mantenido bien a mi perro desde hacía unos días. Ya no quería seguirle dando tanto medicamento, y más porque el estrés le había agudizado el problema: Frodo padecía ya de disfunción cognitiva, el equivalente al Alzheimer en perros. Así que cada vez que había una tormenta o lluvia, comenzaba con ataques de ansiedad que rayaban en lo incontrolable.

Pero no encontré a Frodo. No estaba en su camita, en la sala, ni en mi habitación. Tampoco en la terraza. Corrí a la recámara de mi pequeña y ahí lo encontré, intentando meterse debajo de la cama e intentando vomitar. Su abdomen estaba muy dilatado y era más evidente porque debido a la gastritis y colitis había bajado mucho de peso. Logró bajar las escaleras y caminar a la salida. Ahí tuve que cargarlo en las otras escaleras para colocarlo en el asiento del copiloto. Entonces recordé que no llevaba su arnés para el cinturón de seguridad, pero eso ya no importaba.

Disfunción cognitiva en perros

El problema comenzó de forma callada, como empieza el Alzheimer. Uno lo atribuye a achaques de la edad, cansancio, desorientación, entre otros. Debí haberme dado cuenta desde el inicio, meses atrás. Me seguía mucho y se mostraba algo inquieto. Ya no daba sus largas siestas y yo lo atribuí a que estaba más “alerta”. En otro artículo detallaré más mis hallazgos y lo que hice al respecto. Lamento no poder dar fe de si el tratamiento alternativo que elegí funciona o no, pero en los pocos días que lo llevó, creo que podría recomendarlo.

Desde que comenzaron las lluvias el problema se agudizó. A Frodo no le importaba salir al baño a la terraza si llovía o había truenos, pero como había comenzado a perder el oído yo supuse que ahora le asustaban porque era lo que percibía con mayor claridad. Para no alargar el tema, en su punto más álgido padeció de ataques de ansiedad y quizá alucinaciones (trataba de trepar por donde podía y tenía las pupilas dilatadas). Probamos con un medicamento y funcionó de forma parcial, un tiempo. Lo mismo con flores de Bach y con comprimidos y té de valeriana y pasiflora. Nada en concreto.

Con este otro tratamiento que descubrí parecía haberle hecho efecto, pero repito, no vivió lo suficiente mi amado Frodo para poder afirmar plenamente que funciona. Quizá sí funcionó, porque este último día juntos estuvo plenamente consciente y en efecto, yo creo que tuvo la claridad necesaria para decidir partir.

Dilatación gástrica en bassets

Uno nunca sabe cómo será el final de nuestros queridos animales. En el caso de Frodo temí varias cosas. Desde cáncer, pasando por eutanasia, o que no pudiera caminar… Pero a fin de cuentas fue una combinación de dos cosas: dilatación gástrica y úlceras gástricas. El estrés causado por la ansiedad, aunado a problemas por su edad, problemas de hígado, páncreas y demás, le habían provocado muchas úlceras a mi pobre orejón.

Ese sangrado fue lo que le produjo que salivara al punto de que se dilatara su estómago y estuviera al borde de una torsión. Pero eso último tampoco ocurrió. Las últimas 36 horas las puedo resumir de la siguiente manera: mi veterinario de cabecera, a diferencia del que atendió a mi otra bassetita Phoebe, actuó rápido y con presteza. Sacó todo el aire y baba, incluso un poco de restos de basura que había ingerido en el paseo. Y Frodo quedó estable.

Regresamos a casa y minutos más tarde, comenzó a dilatarse de nuevo. Corrí de regreso con mi veterinario y lo atendió de nuevo, ahora sin anestesia, algo que me dolió, pero no podía sedarlo de nuevo. Frodo se había orinado en el asiento del coche debido al suero que le habían suministrado antes. No debía comer ni beber y se quedó internado. Mi veterinario tuvo la delicadeza de llevárselo a su casa y lo monitoreó hasta que estuvo seguro de que estaría estable: ya era la medianoche. Todo transcurrió sin novedad.

En la mañana de hoy le llamé y seguía estable: salió, caminó y, aunque agotado, estaba tranquilo. Podía traérmelo a casa, pero algo me dijo que no era buena idea. Acordamos que ahí se quedaría, comería un poco y estaría en observación para que lo recogiéramos por la tarde. Pero no me sentía nada optimista, como comenté en redes. A eso de las 2:30 pm me llamó al celular mi vet diciéndome que después de tomar agua, otra vez se había dilatado y que debía operarlo. Un par de horas después me llamó de nuevo para decirme sobre las úlceras y que pese haber salido bien de la cirugía, había entrado en paro y había fallecido. Finalmente, se había dado el temido desenlace.

Continuará…

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

 

Despedida de Phoebe, mi bassetita bicolor (2005-2016)

29 mayo, 2016
Phoebs sueter amarillo
Sometimes I get to feelin’
I was back in the old days, long ago
When we were kids, when we were young
Things seemed so perfect, you know?
The days were endless, we were crazy, we were young
The sun was always shinin’, we just lived for fun
Sometimes it seems like lately – I just don’t know
The rest of my life’s been just a show.

These are the days of our lives, Queen.

Hace 11 años, a principios de 2005, en una reunión familiar uno de mis hermanos nos comentó que en un viaje a la Ciudad de México había hecho escala en un poblado llamado Parres, el cual es cruzado por la carretera federal que va a hacia la capital, cuando se le acercó una perrita basset hound, en condiciones lamentables. No llevaba coche y no podía llevársela, así que solamente le dio comida y se marchó.

El invierno en esa zona de México es bastante frío, y temí que una perrita así no sobreviviría en esas condiciones, así que fuimos a buscarla el domingo, al día siguiente, sin tener suerte. Al llegar al mismo local de comida a donde se había detenido mi hermano, les preguntamos por la perrita, efectivamente nos corroboraron que deambulaba por ahí y que si sabían de ella, nos llamarían. Me arriesgué a creerles, les dejé mi número telefónico y nos marchamos.

Algo me decía que la encontraría de nuevo, así que le pedí a Raúl, mi esposo, que siguiera por favor buscando cuando le tocara ir para allá por cuestiones de trabajo. Se dedicó a buscarla cada vez que cruzaba el lugar; incluso cuando lo acompañaba alguno de sus compañeros de trabajo entraba al pueblo a ver si la veía, pero eso no ocurrió.

Phoebs al llegar 2

Phoebe, al llegar

Yo había perdido ya las esperanzas, porque con ese frío y por estar al borde de la carretera, lo más seguro era que hubiera muerto de hambre o arrollada. Pero una mañana de domingo en que estábamos tranquilamente en casa, rodeados de nuestros otros dos bassets, Frodo y Frannie, además de nuestra perrita andariega Frida, cuando recibimos una llamada: era de una persona del puesto de antojitos, nos dijo apresurada que tenían a la perrita con ellos y que fuéramos rápido por ella.

Colgamos y así lo hicimos. Era el domingo 5 de marzo de 2005. La premura se debía a que supuestamente tenía dueños, pero al ver las condiciones tan lamentables en que se encontraba, era evidente que sufría de abandono, negligencia y maltrato. Phoebe estaba dentro de una caja de cartón, muy inquieta, la tapamos con un trapo y recuerdo perfectamente que la cargué con un solo brazo… casi no pesaba porque estaba prácticamente en los huesos. Agradecimos mucho a esas amables personas, con dificultad nos aceptaron algo de dinero y nos fuimos de inmediato a llevarla al veterinario.

Phoebe, una perrita sobreviviente de la carretera

DSC01543

Phoebe en los huesos

Llevaba algunas croquetas conmigo, y en cuanto se las dí, casi me mordió los dedos, desesperada. Cuando la vio nuestra veterinaria, se sorprendió de que todavía tuviera el reflejo de querer comer, le dio una pasta nutritiva que también devoró y luego la revisó.

Pesaba escasos 10 kg, la mitad del peso de un basset sano. Tenía también algunos mordiscos en las orejas, estaba muy sucia y asustada. Pero fuera de eso, increíblemente estaba bien. Me parecía difícil de creer que hubiera sobrevivido tanto tiempo en esas condiciones tan lamentables. Frannie, mi otra basset, la matriarca del clan, le marcó la pauta y le enseñó modales. Y conforme fue ganando peso y confianza, se hizo muy amiga de Frodo, aunque con Frida siempre marcó distancia… incluso podría decir que fue algo así como la manzana de la discordia entre ellos, porque antes habían sido muy buenos camaradas.

La transformación de Phoebe

Nunca ha dejado de maravillarme la forma en que nuestros perros rescatados se transforman. De ser animalitos en malas condiciones, incluso de ser perros de raza maltratados, asustados, quizá agresivos, poco a poco van revelando su verdadera forma de ser que antes tuvieron que reprimir por el maltrato, el hambre, la supervivencia y otras condiciones lamentables.

DSC02066

Phoebe jugando con su trenza de hilos

Phoebe se volvió muy segura y alegre. Siempre decía para mis adentros que era el cascabelito del hogar, sabía bien cómo hacer cosas graciosas para hacerte reír (quien ha tenido un basset hound sabe bien de lo que hablo), ya fuera mordisqueando un juguete, poniendo esa cara típica de desenfado, o con su tiqui tac tan característico de sus pisadas, se sus “patitas gorditas” como cariñosamente les llamaba.

En la siguiente consulta mi veterinario le detectó un problema en la rodilla, pero me dijo que no le afectaba de momento y que no recomendaba operarla. Phoebe adoraba salir de paseo y jugaba a perseguir botellas de plástico con Frodo, que era como su hermano mayor.

A Phoebe le encantaba hacer rabiar a las otras dos perras y a la vez, ser el centro de atención: era un payaso nato que se dejaba hacer de todo y le encantaba buscarte para que le rascaras la panza, algo que pidió hasta el final de sus días. Y ya ni hablar del baño: le encantaba ser bañada, porque se relajaba tanto que quedaba echada en el espacio de la regadera, mientras le caía el agua atemperada.

Llega el ocaso

Años después de estar con nosotros, y como ocurre a muchos bassets con la edad, se volvió un poquito gruñona. Esto no es de extrañar, porque es cuando sus achaques comienzan a surgir, primero de forma sutil y discreta, y después son tan obvios que terminan por mermar hasta el carácter más achispado.

6 canitos

Una de las últimas fotos todos juntos

El problema de la rodilla aumentó, y para compensarlo, se apoyaba más en la otra, aunado al subir y bajar escaleras (algo totalmente desaconsejable en esta raza, pero que por desgracia no puedo evitar porque mi casa las tiene), cuestiones genéticas y otras enfermedades (comenzó algunos años atrás con inicios de distensión de estómago, incluso teníamos que controlar mucho su ingesta de agua), cataratas, problemas cardiacos, bazo, etc., que se le dificultaba caminar.

Aun así, siempre salió de paseo…  y sonrío ahora al pensar que los últimos días, me pedía salir de nuevo, después de terminar las varias rondas de paseos con los otros. No era muy aconsejable que saliera, por sus problemas articulares y degenerativos, que estaba casi ciega y que se agotaba por su arritmia cardiaca, pero lo avaló mi veterinario porque el paseo es algo que todo perro debe hacer, explorar, darle tiempo de olisquear, aquí y allá (más estas razas), que se sientan libres por un rato, e incluso se olviden de sus achaques.

Su cara ya era totalmente blanca, y chocaba con los objetos. Nunca perdió el apetito, salvo hace pocos meses, en que se puso muy mal, al grado de que pensé que moriría… pero gracias a una sanación energética que le hizo mi sobrina Liz, volvió a ser la de siempre: fue un regalo tenerla un poco más de tiempo, eso lo agradezco mucho. Sí, gruñona con los demás perros (hay que entender que le dolían sus extremidades traseras y columna… y aun así subía las escaleras a mi recámara), pero siempre afable y buena conmigo.

Tuvimos siempre un vínculo muy estrecho. Siempre la entendí, incluso cuando se hacía continuamente dentro de casa, por las noches, o de que le diera por la coprofagia. Incluso el día de hoy esperó ansiosa su desayuno, porque sabía que los fines de semana había algo especial de comer.

La dilatación gástrica

Hoy fue un día normal. Anoche ella subió con dificultad pero por su cuenta las escaleras (muchas veces la cargué y

DSC00518

Phoebe y yo, hace algunos años

noté que a veces era un poco más doloroso el ser manipulada), todavía se revolcó feliz en su cama un poco, lo cual me gustaba ver, porque era como verla igual que siempre, cuando era joven, sana y feliz, y durmió profundamente. El día anterior incluso tuvo el atrevimiento de entrar a la recámara de mi pequeña y orinar ahí dentro.

Todo perfectamente normal… pero hoy fue diferente. Después del almuerzo, subí a mi habitación, mientras mi esposo y mi pequeña hacían trabajos de carpintería arriba. Algo me dijo que bajara las escaleras, que fuera por un panquecito, pero fue extraño, porque no tenía hambre. Al bajar la vi a ella, a Phoebe, tratando de vomitar sin lograrlo, y al ver su abdomen terriblemente distendido, supe que era una emergencia. Me cambié de inmediato y le dije a mi esposo que teníamos que salir.

Fue una pesadilla: mi veterinario estaba fuera de la ciudad, era domingo después de mediodía y de momento, no supe qué hacer. Me decidí por otro veterinario que conocía, por fortuna me respondió de inmediato y quedamos de vernos en su consultorio. El viaje con ella en brazos, fue como siempre angustiante, porque ya tenía un mal presentimiento.

No puedo describir lo que todos aquellos que han llevado a su amigo animal a urgencias, han pasado: la espera, el ayudar al veterinario, el albergar esperanzas, el ver cómo se apagan… las medidas de urgencia, las esperanzas que a veces se avivan… y lo inminente. Esto último llegó cuando, en dado momento que hicimos contacto visual, y pese a que yo sabía que sus ojos estaban casi ciegos, veían mi alma, y me dijo con la mirada que teníamos que despedirnos, que el momento había llegado.

Le pedí que se quedara, que se haría hasta lo imposible, aunque yo sabía que el costo, principalmente para su cuerpo, sería alto. Hicimos contacto visual de nuevo y le dije que si era el final, que podía irse, que la amaba, y que le agradecía mucho por todos estos años.

Quisiera decir que todo fue rápido, pero no fue así: ver los intentos desesperados del veterinario por salvarla, fueron muy duros… lo único que me consoló es que con el sedante que le había puesto ya no sentía dolor y en esos últimos y eternos minutos, la noté serena, aceptando su trascendencia, su partida. En ese momento le pedí disculpas por todos esos procedimientos invasivos a su cuerpo: los humanos así somos, nos aferramos siempre, en primera instancia, a la negación de que alguien que amamos parta de nuestro lado.

Nunca dejaré de admirar la fortaleza de los animales antes de trascender. Es un momento trá

Cinco canitos ene 12

Frida, Frodo, Touli, Phoebe y abajo Frannie: los Cuatro Fantásticos + 1

gico, pero también místico, de aceptación de su destino, sé que de alguna manera se reconectan con el Todo, con la Luz (sí, soy anticuada o crédula, le llamaré Dios), sé que saben que hacia allá se dirigen y que todo estará bien.

Entró en paro, y aunque todavía hizo él y su esposa otro intento más, en el que parecía que regresaría, no era así, solo era un reflejo orgánico porque su alma ya había partido.  Mi pequeña observó todo y cuando se dio cuenta de lo irremediable, se echó a llorar junto conmigo.

Rituales ante nuestro perro fallecido

Como he dicho otras veces, es importante que la familia se despida de su compañero animal, sobre todo los niños. Por lo mismo, no quise que se quedara ahí, porque también tenían que despedirse de ella nuestros otros perros. Desde hace dos años había estado pensando en quién se iría primero de ellos: ¿Frodo, por su avanzada edad?, ¿Phoebe, por todos sus achaques?, o ¿Fiona, por su severa condición cardiaca? Fue mi Phoebe, mi “Fimbish”, uno de tantos apodos cariñosos que le di.

Le explicaba a mi pequeña que si hubiera estado Alberto, mi veterinario de cabecera, quizá se habría salvado… o quizá no. Hay una frase budista a la que me he aferrado y dice más o menos así: “las cosas son como son y no podían haber sido de otra manera”. Por algo él se ausentó de la ciudad. Pero también por algo partió en un día en que estábamos todos en casa, en que me di cuenta de su condición, en que no sufrió mucho.. en que los tres humanos responsables de su cuidado y que tanto la quisimos, sostuvimos su pata mientras partía.

Me la llevé nuevamente en brazos, de regreso, la olí profundamente, pasando por alto el olor a los medicamentos y quedándome con su esencia. La abracé fuerte antes de bajarnos del coche. Raúl la tomó en brazos y la depositó en su camita, donde en este instante en que escribo, pareciera que está profundamente dormida y que se levantará en cualquier momento, hasta que lleguen los del crematorio y recuerde entonces que no se levantará por su cuenta… Perdón si lloro, pero siempre el escribir me sirve de catarsis para librarme del dolor y de ayudarla a partir.

Phoebe feroz

Phoebe, en una de sus tantas caras graciosas

Les tomó un rato a mis perros despedirse. Como siempre, más a Frodo, quien solo la olió, igual que a sus otras compañeras, y se alejó de inmediato… para después volver y quedarse cerca, velándola a su modo. Él es el último de los “Cuatro Fantásticos + 1”, como les llamaba mi amiga Lety a ese primer pack de bassets y perrita no basset que tuvimos.

Como lo he dicho otras veces, voy a extrañarla por entero: un perro puede vivir solo 11 años contigo, pero se instala de forma permanente en tu corazón… y es bueno que sea así, porque quiero pensar que eso nos ayuda a ser mejores seres humanos, a no estar solos, a no tener un alma vacía.

Phoebe fue una guerrera, una sobreviviente de ese abandono y crueldad a la que sometemos a la mayoría de los animales. Me quedo con todas sus travesuras, orejas largas, ojos castaños de un atisbo lupino que las fotos no pudieron reflejar del todo, de sus pisadas, de todas sus payasadas y de todas las cosas que me hacían desesperar, pero que al final, yo amaba.

Sé que un día escucharé ese tiqui tac de nuevo y será ella, que se acerca para darme un lengüetazo, con esa voz graciosa que le inventé y me dirá: “te he encontrado de nuevo”. Hasta siempre Phoebe, te quiero mucho y como bien dijo Freddie Mercury:

Those were the days of our lives
The bad things in life were so few
Those days are all gone now but one thing is true –
When I look and I find I still love you.

These are the days of our lives, Queen

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

“Ronnie” (cuento)

22 marzo, 2016

Para Antonio del Olmo

Es de tarde y te sigo buscando. He dado vueltas por toda la casa, sin encontrarte. Hace rato terminé de escribir mi último texto, y mi mano buscó infructuosa tu pequeña cabeza lisa. Quería leerte las últimas líneas, pero las palabras se fueron haciendo cada vez alargadas, hasta escaparse como un hilo continuo más allá de las paredes del piso que tú y yo compartimos. Necesito un trago.

No consigo encontrar la cocina, tampoco el recibidor, como si la mucama hubiera cambiado hasta la posición de las habitaciones, que a veces hay un corredor aquí y otras una cama deforme allá… pero no, se trata de uno de mis cuadros, ese que pinté antes de que te perdiera de vista. Me froto la cara y en un parpadeo, alcanzo a ver tus patas cortas que se pierden al dar vuelta a una habitación sin retorno. Tu cuerpo azabache alcanza a refulgir para perderse entre las sombras y corro hacia ti, pero te has escabullido de nuevo. Figo con cadena

Aparte de ti, no recuerdo qué más estaba buscando, entre los versos marchitos que se escaparon con el viento del último otoño, las notas que compuse bajo ese ojo ciego y redondo de una noche clara, que ahora ha menguado y solo titila frío en este invierno que parece no terminar.

Te busco en el sótano sabiendo que no hay un sótano, descorcho una botella de leyenda ininteligible y bebo directo de esa boca que no devuelve un beso… Todo es oscuro y veo el reflejo lunar y menguado, en el suelo, donde la soledad no puede tocar fondo y donde he olvidado que aquí ya no pertenezco. Intento alcanzarlo con el pie y descubro por la ventana un par de ojillos brillantes y una cola que se mueve sin cesar, como el badajo de la campana de la iglesia a la que tanto odié ir de niño, en esa niñez odiosa que la adultez no acaba de curar ni redimir.

Escucho claramente tu ladrido, potente para un perrillo tan pequeño y paticorto, y me veo afuera, ya en la claridad del día. Me he desligado de esas amarras que amé, temí y odié, marcadas por letras, música e interminables veladas de recetas culinarias. Pequeños barcos que me mantuvieron a flote en ese pozo llamado vida, del cual nuevamente me has rescatado.

Apenas puedo seguirte el paso porque eres joven de nuevo, con las patas que parecen no tocar los pastos y piedrecillas que se extienden por los jardines que tanto nos gustó pasear, en esas tardes placenteramente interminables, donde solo éramos tú y yo, par de estúpidos y felices camaradas dueños del momento, lejos de lo urticante y dañina que puede ser la existencia, lejos de la gente que roba la inocencia, lejos de aquellos que te hicieron daño y que con su ponzoñoso actuar, te apartaron para siempre de mí.

Pero nada de eso existe aquí, porque finalmente estamos juntos, paseando en nuestra cita vespertina, con los almendros todavía floreando en Madrid, tú persiguiendo ardillas, y yo coleccionando notas, palabras y trazos.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados 2016

Un instante perfecto en el tiempo (cuento)

29 diciembre, 2015

Fue en la víspera de Nochevieja cuando se terminó todo. El conductor se detuvo antes de que el frente del vehículo se cayera por el impacto y el perro dio un salto atrás, volviendo sobre sus pasos apresurados hasta que tocó el agua del charco y sus patas nuevamente quedaron secas al subir de nuevo a la banqueta.

Con la cabeza gacha, comenzó a correr retrocediendo entre la gente que desandaba el camino hacia sus trabajos y sus vidas llenas de actividades y vacías de entusiasmo. Llegó hasta la esquina y las piedras se proyectaron hacia las manos de los chicos que dibujaban una sonrisa salvaje en sus rostros, para volver al suelo y a la orilla del camino.

El perro caminó hacia atrás y masticó la basura que momentos antes estaba desparramada por el piso, mientras una mujer regresaba de espaldas llevando en un cochecito a un bebé que abría la boca grande para después cerrarla y quedarse quieto y dormido. Mientras tanto, el perro ya había olfateado, siempre en zigzag e inquieto, yendo de espaldas, bajo un sol que ya no quemaba en el cielo, sino que comenzaba a bajar y a entibiar el horizonte para dar paso a la aurora y a las estrellas, mientras se oscurecía más y el frío se colaba por todas las esquinas vacías a esas horas.Fiona

El perro estaba ovillado bajo una banca, sobre unos papeles sucios, con heridas de mordiscos que había lamido antes de que apareciera la sangre sobre ellas. Antes de guarecerse había cojeado desandando lo más rápido que pudo, porque los otros perros habían retrocedido antes de que aparecieran las lesiones en su cuerpo esmirriado.

Así había pasado el tiempo, en medio de una confusión de imágenes que en desorden, se repetían: piedras, escobazos que desaparecían, restos de basura intactos, enfermedades que se quitaban y malestares que lo acosaban, calles que repetían su danza en desandar, lunas que se transformaban en discos o discos que adelgazaban hasta mostrar un filo plateado en el firmamento.

Todo iba muy rápido, incluso el pelo le creció, al igual que el miedo a no saber hacia dónde dirigirse, y el hambre a la que se había acostumbrado, por vez primera lo acicateó. Lucía bien, incluso después de que observó cómo sus dueños lo dejaran ahí en ese lugar extraño y que él estaba dentro del coche, mirando por la ventana y esperando llegar al parque. Los objetos rotos y los estropicios estaban lejos de su mente cuando le colocaron el collar y la correa. Las lágrimas del niño habían desaparecido y volvía a ser su perro…

Fue justo ahí donde el tiempo se congeló, en ese momento perfecto en que tenía hogar y era uno más de ellos, sin gritos, sin golpes, sin confinamientos, ni horas eternas en que tenía que ser perro y seguir sus instintos que después aborrecían, descubriendo ese pequeño trozo de mundo solo y a su manera, que se quedó a vivir para siempre en ese pedacito de perfección, evitando la muerte por alguien que lo impactó con su vehículo y lo arrojó al camellón, ya sin dolor, sin familia, pero en su mirada un atisbo de recuerdo (y quizá agradecimiento por ese instante dichoso de la memoria), mientras se escuchaban las campanadas y los lejanos gritos deseando un feliz Año Nuevo…

Mayra Cabrera, Derechos Reservados