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Khamba, de «El niño que domó el viento»

11 mayo, 2020

No todos los perros son protagonistas principales de historias, como en «Red Dog» (cinta de la cual escribí un post) ese magnífico perro rojizo australiano que se robó el corazón de todos. Sin embargo, aunque tengan un papel más discreto, no por ello pasa desapercibida su enorme importancia, como ocurrió con Khamba.

William Kamkwamba y Khamba.

 

A principios de 2019, se estrenó la cinta británica «El niño que domó el viento» (The boy who harnessed the wind), basada en la historia real de William Kamkwamba, un humilde chico de 13 años quien vive en una aldea de Malaui, en África, junto con su familia (padres y dos hermanas, una mayor que él y otra que apenas es bebé). Son campesinos pobres, pero comida no falta y están esperanzados en que la cosecha de ese año sea buena, para poder pagar -entre otras cosas- la matrícula de la sencilla escuela a la que William acude.

El verdadero William Kamkwamba.

William (Maxwell Simba) es un chico muy inteligente, tenaz, ingenioso, quizá arrebatado, que vive en un lugar donde no hay electricidad ni agua potable, donde una de las más grandes posesiones de la familia es la bicicleta que tiene su papá (interpretado por Chiwetel Ejiofor, quien también protagonizó «12 años de esclavitud»), sus tierras y el pozo de agua, vive en la ingenuidad de su edad y circunstancias, un lugar donde se depende enteramente del clima y las cosechas, así como de las decisiones que se ven obligados a tomar los pobladores para subsistir: arriesgarse a sembrar o mejor vender sus tierras para con el dinero obtenido, vivir un poco más de tiempo sin zozobra.

Pero las tierras cedidas a empresas tabacaleras traen la desgracia para quienes optaron por conservar las tierras y sembrar: los árboles talados ya no podrán contener las lluvias que terminarán por anegar las tierras.

Khamba/Charity, una escena de «El niño que domó el viento».

Toda esta situación comienza a constreñir el cerco de pobreza y desesperación en el que están William y su familia, traduciéndose en privaciones: primero con la escuela, después con la decisión que toma su hermana mayor, y posteriormente con el hambre que envolverá a todos. Pero William, con sus contadísimos recursos, estudios e ingenio, devolverá la esperanza, no solo a su familia, sino a su pueblo.

(Hasta aquí con la semblanza de la película).

William Kamkwamba: el héroe de la cinta en Netflix

Esta película está basada en las memorias de William, quien posteriormente se iría a estudiar Ingeniería Eléctrica a Estados Unidos, publicaría el libro homónimo y con enorme sencillez daría charlas y conferencias al respecto.

Khamba y William, durante el rodaje.

Su historia es tan maravillosa que ha inspirado de muchas maneras, por ejemplo, es un referente para emprendedores, escuelas de negocios e innovación.donde analizan figuras de agile, liderazgo, resistencia al cambio, etc. Pero también está el lado tremendamente humano, la inocencia de William que es respaldada por Khamba, su perro.

Khamba: el otro protagonista de «The boy who harnessed the wind»

En el libro, se menciona que Khamba es un perro ordinario, cuyo dueño original es un tío de William, quien se lo cede. El niño explica que los perros en su localidad no son como en EU, considerados mascotas, sino son animales de trabajo. No obstante, logra un vínculo con él muy estrecho y duradero.

Es un perrito criollo, fiel como el que más, que lo acompaña a todos lados. Ya sea a la escuela, esperando por él incluso bajo la lluvia, sin rechistar ni quejarse, bajo el ardiente sol en la siembra, mientras William trata de hacer algo con los polvorientos y resecos terrones del lugar.

Khamba no entra a la casa, sino sabe su lugar. Y pacientemente aguarda a que el niño, por la noche, le comparta de su cena. En su libro, William comenta que al inicio no deseaba que sus amigos se enteraran de su lazo de amistad con el humilde perro, por lo ya señalado, incluso lo alejaba con regaños o le lanzaba piedras. (Pero admite que de nada servía, porque ni Khamba se iba y ellos tampoco le creían).

Habrá quizá quien piense que Khamba se quedaba ahí por esa comida que le daba. Pero no es así, porque conforme William y su familia pasan hambre (se ven obligados a solo comer una vez al día, una pequeña porción de tortitas hechas de maíz y algo de verdura), ya no puede alimentarlo más… su padre se lo prohíbe y podemos ver cómo empieza a adelgazarse más y más… Y sin embargo, todavía lo sigue en sus excursiones a buscar materiales al vertedero para construir el aerogenerador.

Estando ya cerca de lograrlo, ocurre lo inevitable con Khamba. Es una escena desgarradora, donde William llora sobre el inerte cuerpo enflaquecido de su querido amigo, tocando sus marcadas costillas, acariciando su pelo reseco. Marca ahí también su paso de niño a hombre, de forma simbólica, pero también el amor y el vínculo de amistad entre ambos. Y algo más, el deber que tenemos hacia nuestros animales cuando mueren representado en la tumba donde entierra a Khamba.

¿Quién interpretó a Khamba?

En la biografía de William, narra este suceso de forma más dolorosa. Describe que Khamba, a pesar de estar famélico, llegó un momento en que ya no fue capaz su pobre organismo de digerir alimento. Trató de alimentarlo sin lograrlo, porque vomitó y se la pasaba tirado, sin moverse, semidormido.

Charity y la otra perrita que interpretaron a Khamba.

Decide entonces atarlo a un árbol y dejar que muera (!). Sí, sé que esta parte suena terrible, pero tratemos de imaginar una situación desesperante de hambruna, enorme pobreza, casi en medio de la nada, sin recursos, ayuda, etc. Debió ser terrible una decisión así para un chico de su edad. Años después, cuando fue entrevistado y le comentaron al respecto (lo terrible de la muerte de Khamba), William asintió, pero dijo que él recordaba también los momentos felices que tuvo.

Ahora bien, ¿quién representó el papel de Khamba? No fue un perrito macho, sino una perrita de la LSPCA de Malaui, una asociación que busca construir un mejor lugar para los animales en África. Esta perrita, de nombre Charity, al igual que Borras de la cinta «Roma», fue por fortuna rescatada, pero en este caso, del comercio ilegal.

Para ello utilizaron también a otra perrita que estaba recién rescatada para las escenas de la hambruna, por eso se muestra emaciada. Esta asociación ofrece cuidado veterinario (su clínica está ubicada en Kanengo), campañas de vacunación, refugio, adopciones de perros y también se encarga de velar por los animales de granja (burros, cabras, gallinas). Y claro, es posible hacer donaciones y ayudar online en su página antes mencionada.

Durante el rodaje de «El niño que domó el viento».

Y una muy buena noticia fue que como comentó la LSPCA en FB al terminar de rodar la película, Charity fue adoptada por uno de los productores. (Eso llenó enormemente mi corazón).

«El niño que domó el viento» es una película conmovedora, que nos hace reflexionar desde cómo encontrar soluciones cuando todo es incierto y parece perdido, hasta el enorme valor del vínculo familiar, los valores, la amistad con otra especie. Está disponible en Netflix y vale muchísimo la pena verla.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

 

Figo, nuestro perrito negrito

22 abril, 2020

Fue en octubre de 2012 que Figo llegó a nuestras vidas. Era un dachshund (salchicha, para mejores señas) golondrino, pero las marcas color fuego eran apenas existentes (sutilmente marcadas en patas y trasero) y tenía un pequeño manchón de pelos blancos en el hombro. Tenía unos seis años de edad y había sido rescatado después de haber estado amarrado por muchos meses a un árbol, a la intemperie. Su dueño original lo había cuidado, junto a otros perros que también tenía, pero esta persona había enfermado y cuando su condición empeoró, se lo llevaron de ese poblado relativamente cercano a donde vivo, a la Ciudad de México, donde después de un tiempo falleció…

Figo, en la primera foto que me enviaron.

Sus perros quedaron a cuidado de los jardineros y empleados de la casa, sin que la familia de este señor decidiera hacerse cargo de ellos. Alguno se extravió, a otro se lo llevaron, pero este negrito vivaracho y de enorme brío, se quedó en la propiedad. Finalmente alguno de los cuidadores se lo llevó a su casa, pero como persiguió o dio cuenta de las gallinas, fue relegado al exterior, manteniéndolo amarrado día y noche, solo por ejercer el oficio para el cual existe esta raza: perseguir animales más pequeños.

En las últimas fechas, supongo que por su tozudez de poder zafarse y escapar de tan inútil, cruel y estúpido castigo, optaron por atarlo con un trozo de alambre… Por fortuna, su rescatista (Lilia Quiroz) llegó antes de un fatal desenlace y lo libró de una muerte lenta y terrible. Lo había anunciado por redes sociales y así me enteré de él. Su mirada era triste, pero algo me dijo -como siempre me ha pasado con mis perros- que había mucho más detrás de esos ojillos que parecían trocitos de obsidiana.

La llegada a casa

Acordamos de vernos en el estacionamiento de un centro comercial y me lo entregó, muy apenada, porque tenía que salir de la ciudad y no podía acompañarme a llevarlo al veterinario. Me mostró que cuando aquellas personas se lo cedieron, se dio cuenta de la enorme herida que tenía en el cuello: el alambre se le había encarnado, casi degollándolo. Nos despedimos y de inmediato lo llevé con mi veterinario de cabecera, quien al verlo, dijo que no podía llevarlo a casa, sino que tenía que retirar el tejido infectado y quedarse unos días con él hasta que sanara, ya que tendría que suturar.

Figo, después de recuperarse de la lesión del cuello. Pueden verse las suturas.

Claro, no he descrito aún su carácter: ella lo traía envuelto en un trapo, y él trataba de zafarse para ir hacia mis brazos, ansioso, los ojos brillantes y lleno de energía, como si supiera que había llegado finalmente con su familia definitiva. Hacía poco tiempo que manejaba, así que pedí a mi pequeña, quien me acompañaba en el asiento trasero, que se lo llevara en los brazos, evitando saltara hacia adelante (una odisea porque intentaba saltar por todos lados). Fue toda una peripecia, porque el perrito, pese al dolor, estaba feliz de estar libre y parecía ansiar estar en casa… pero todavía pasarían algunos días antes de que así fuera.

Cuando finalmente me lo entregaron, ya totalmente restablecido, lo presenté a los demás perros del clan (de quien he hablado en otros posts). El único macho del grupo, Frodo, lo recibió muy bien, porque siempre tuvo un carácter bonachón. Phoebe se convirtió en su gran amiga, par de malandrines y compinches, mientras que Touloux, mi otra basset, lo recibió con cierta reserva. Mi querida Frannie había partido en marzo, y mi perrita andariega, Frida, hacía pocas semanas que tristemente nos había dejado.

Un salchicha valiente

Aunque para algunos tres perros son más que suficientes, la casa se sentía un poco triste, debido a la cercana partida de dos de mis queridas perras en tan breve periodo de tiempo. Figo vino a llenar ese hueco con su vivacidad. Siempre me sorprendió cómo un perro tan pequeñito, de ojos aparentemente tristes, podía ser tan chispeante y llenar con su presencia todo espacio por el que pasaba. Al inicio iba de arriba a abajo, de la sala a los dos pisos que separan de la terraza canina. Quizá buscaba una salida, quizá estaba en busca del pasto, de la tierra, de la naturaleza donde había pasado toda su vida.

Frodo conociendo a Figo en la terraza.

Era esbelto, pero con los músculos bien marcados, nada miedoso (ha sido el único de mis perros que no solo no le tenía miedo a los truenos, ¡incluso les ladraba cuando había tormentas!), y hasta osado. En una ocasión en que salí con él y Frodo, no notamos que venía detrás nuestro el Perro Rojo, un perro castaño rojizo que era del cartonero del rumbo. Frodo siempre saludaba a los demás perros, pero Figo podía ser feroz. Al mirarlo Frodo por encima del hombro, movió la cola y lo saludó con un ladrido alegre… pero Figo, en cuanto lo descubrió, no dudó en írsele encima y darle un mordisco en el belfo. Por suerte alcancé a separarlo rápido y no pasó a mayores. Porque Figo nunca se amilanó de su tamaño. Siempre decíamos en broma que se veía a sí mismo como un enorme dóberman.

Figo valiente

Tanto así que en una ocasión que regresamos a casa por la noche, muy alegre me guió a la cocina, para mostrarme lo que había hecho. Casi se me heló la sangre: el perrito había dado cuenta de un enorme ciempiés, que mediría más de 20 cm, y todavía trató de seguir mordisqueándolo. Estábamos asombrados de cómo lo había hecho sin que el bicho lo hubiera prensado y atenazado con sus múltiples patas… un perrito muy valiente, sin duda, por no hablar que era experto cazando ratones.

Ale y Figo.

Ale, que entonces tenía 5 años, decidió que sería su perro, y él accedió de muy buen modo. Dormían juntos, ella abrazado a él. Nos enternecía mucho verlos, porque permitía que lo cobijara y así pasaban toda la noche. Claro, con el tiempo y cuando ella creció, eso cambió. Pero no piensen que lo expulsó de su cuarto, sino que Figo ya no se sentía cómodo en esa cama que les había quedado pequeña y rascaba la puerta para salirse. Así que terminó quedándose con mi esposo y conmigo, en nuestra habitación, junto a los demás perros, con el suelo lleno de camitas perrunas (algo que a la fecha sigue siendo así).

Ágil, vivaracho… y temerario

Figo era muy ágil, iba y venía de arriba a abajo. Siempre tuvo muy buen apetito, pero jamás engordó, porque toda su energía la quemaba en casa o en los paseos. Los paseos… pese a su pequeño tamaño, más de una vez llegó a tirarme al suelo al tratar de ir tras otros perros en la calle para echarles pleito. Una ocasión en que di de rodillas en la tierra, mientras hacía malabares para sujetarlo a él y a otro de mis perros que lo acompañaban, evitando se zafara para ir tras los perros del cartonero, el hombre pasó cerca, sonrió burlonamente y me dijo «Vaya que es bravo el salchicha, ¿verdad?».

Figo, en el 2015, cuando lucía magnífico.

Cuando Phoebe, su gran amiga partió, y después le siguieron Touli y Frodo, recibimos a Fiona, a quien adoptamos al año siguiente. He contado su historia en el post correspondiente, de ella y sus cachorros. (Recuerdo que tenían días de nacidos cuando uno de ellos se salió de su cubil, arrastrándose; fue Figo quien ladró avisándome que estaba afuera, y gracias a ello no se quedó a pleno sol). Aunque al inicio era feroz por cuidar a sus crías, después se llevaron sumamente bien. Más tarde llegó otra salchicha, Fifí, que curiosamente también había rescatado Lilia, la misma persona que nos había dado a Figo. Pero aun siendo de la misma raza, no hicieron demasiadas migas. Ella es sumamente cariñosa, pero a él demasiado lengüetazo le hostigaba, así que se hizo a un lado. Y tiempo después llegó Frenchie, una perrita que en una última oportunidad, también adoptamos y ha sido maravillosa (de ella hablé en este post), siendo también muy amiga del negrito.

Figo en el 2019, en los últimos paseos en la calle.

Era además un perrito incansable. Creo que si hubiera tenido el tiempo -y la energía- podía haber salido con Figo a correr una hora, y él estaría tan fresco, como si nada. Tenía tal vitalidad y vigor, aunado a su excelente temperamento (le encantaba que lo cargaran y ser algo así como el niño mimado de la casa), además de que había resistido tan duros años, que honestamente pensé que debido a que era de una raza tan longeva, viviría muchos, muchos años.

Pero me equivoqué.

El final

Hace más o menos un año y medio comenzamos a notar que empezaba a perder la vista y el oído. No atendía muy bien cuando lo llamábamos y comenzaba a perder el paso al bajar las escaleras de la casa, al punto que calculaba mal y se lanzaba los últimos tres o hasta cuatro escalones, golpeándose la cara. Cuando esto se hizo más frecuente, comenzamos a bajarlo guiándolo, pero llegó un punto en que lo mejor fue cargarlo para bajar (era liviano, así que no hubo problema).

De izquierda a derecha, en el sentido de las manecillas del reloj: Frodo, Fiona, Phoebe y Figo.

Pero era un problema en la madrugada, porque acostumbraba a subir al baño, a beber agua o incluso a ladrar a algún animalito que escuchaba en la terraza, así que el bajar se convirtió en un peligro. Fue cuando decidimos que se quedaría en la primera planta, en el cuarto de lavado, y aunque al inicio fue complicado (no le gustaba estar encerrado), se acostumbró porque comenzó a dormir más, además de que era un lugar acogedor, limpio y seco, con su cama y agua disponible, donde tenía espacio para hacer sus necesidades.

Lamentablemente, su deterioro cognitivo siguió: se desorientaba y al salir de paseo, después de unos minutos, quería regresar a casa o caminaba muy despacio, como si no supiera dónde estaba. Los paseos con él fueron más breves e incluso si salía con otra basset que adoptamos, Filippa, que camina despacio, tampoco estaba cómodo. Los paseos se hicieron entonces personalizados y se fueron reduciendo cada vez más, al punto que solo salía con Ale, al estacionamiento de la privada, a correr un poco y nada más.

Navidad de 2018, con Ale, Fifí y Frenchie.

Figo siguió animoso, siempre pidiéndome comida cuando nos sentábamos a la mesa, o mientras cocinaba. Pero ya no ladraba. Al ir perdiendo el oído, ya no se escuchaba a sí mismo y solo llegaba a ladrar un poco cuando soñaba. O cuando al caminar dando esas incansables vueltas por toda la planta baja, se «extraviaba» y se atoraba entre dos muebles, o entre la puerta y la pared, o la alacena y el refrigerador. Ya no eran ladridos, sino gemidos, como los que emite un osezno que busca a su madre.

Los últimos meses lo llevé a terapia de acupuntura y probamos con homeopatía. Parecía servir, pero más bien se mantuvo estable un poco más. Algo nuevo surgió: muy ocasionalmente, digamos que quizá ocurría una vez al mes, al levantarlo por las mañanas (estaba profundamente dormido) y llevarlo al jardincito al baño, se estiraba y emitía un gemido quedo y prolongado, tensando todo su cuerpo, como si fuera a convulsionar. Esto duraba unos segundos y pasaba. El resto del día estaba normal… claro, dentro de lo que puede llamarse así.

Pensamos que quizá padecía de un tipo de Alzheimer canino, pero en realidad padecía de otro tipo de daño neurológico, que lo iba consumiendo lenta e inexorablemente. El 19 de abril, hace un par de días, en pleno día caluroso y sofocante, sin poder salir en plena contingencia, Figo sufrió una convulsión. Félix, una cruza de beagle y basset (le llamo beag-basset) que adoptamos a finales de agosto del año pasado, fue quien avisó a mi esposo. Fue muy diferente a todo, porque duró varios minutos, hasta convertirse en media hora. Lo abracé y lo limpiábamos mientras babeaba. Las perras miraban de soslayo, como si supieran lo que inevitablemente pasaría. Félix era el único angustiado, quien permanecía alrededor e incluso se acercaba a olisquearlo o a darle un pequeño lengüetazo.

Figo descubriendo por primera vez a las tortugas.

Era domingo y no localizábamos a nuestro veterinario. Después de lentos y angustiantes minutos en los que por ratos parecía todo amainaba, los tremores volvían con fuerza; finalmente respondió (había dejado el teléfono dentro de su vehículo y no lo escuchó), y en breve estábamos en su consultorio.

Él actuó de inmediato, las convulsiones cesaron y la fiebre tan alta que tenía, finalmente cedió. Pero había presentado nistagmo (movimiento ocular involuntario) que al menos en estos casos es síntoma de daño neurológico severo. Nos dijo que el diagnóstico era «de reservado a malo», que se se lo llevaría a casa así, sedado, y vería cómo respondía en 12 horas.

Pasó ese tiempo y al volver en sí, Figo pareció estable… pero volvieron las convulsiones. Lo sedó de nuevo y esperó otras horas, esperando que después de la medicación algo cambiara. No fue así y decidimos que lo mejor era dormirlo… Aunque sea lo más humano y correcto, nunca será una decisión fácil. Habíamos ido los tres al consultorio, en vísperas de que se decretara la fase tres de la pandemia, porque presentía en mi corazón que no volveríamos a verlo más. Al menos pudimos despedirnos, mientras nos daba el diagnóstico y no dejábamos de acariciar su cabeza con canas, su cuerpecito enflaquecido y sus delgadas patitas.

El legado de Figo

Todo apunta a que se trató de un derrame, un ACV, o incluso un tumor cerebral, que es lo más plausible, analizando todo en retrospectiva. ¿Cómo saberlo? Y aunque lo hubiéramos sabido, tampoco habría podido hacerse gran cosa. Mi pequeña lloró mucho, porque había sido su perrito de toda la vida. Incluso decía que era su «hermano mayor» porque era un año más grande que ella. Siempre estuvo atenta de él, con todo y que muchas veces las mascotas y la adolescencia no se llevan bien. Decía ella en broma, cuando meses atrás comentábamos que su perrito se estaba deteriorando (a veces estaba muy débil por las mañanas y temíamos lo inevitable), que era porque se había puesto una peluca de drag queen por la noche y había bailado tanto que amanecía agotado. Y acto seguido, lo cargaba con amor y le decía «¿verdad que sí, negrito hermoso?».

Todavía estoy a la espera de que me entreguen sus restos y estén junto a los de mis demás animalitos que han trascendido. Es muy difícil los primeros días, se extraña mucho hasta aquellas cosas que pudieran ser molestas, como el que se tropezara hasta con nosotros, limpiar su espacio todas las mañanas (si se hacía temprano, pisoteaba sus desechos y no se daba cuenta), limpiar sus patitas, su ropa de cama… Acercarlo a su plato porque a veces no lo encontraba.

Figo y Raúl, una de mis fotos favoritas.

Todo esto, además del enorme amor que sentimos por él, se junta con la situación actual del coronavirus. He escuchado a personas que en su ignorancia, negación o hasta indolencia y estupidez, dicen que «mueran los que tengan que morir», como si se tratara de una especie de «control biológico» o algún tipo de eugenesia. Y claro, se refieren a los débiles, a los enfermos y a los ancianos.

Figo nos enseñó que no por ser una especie dominante no debemos poner atención a quienes dependen de nosotros en todo sentido, desde familia con enfermedades crónico degenerativas, hasta aquellos que sencillamente son compañeros de planeta. Justo hoy es el Día de la Tierra, y por fin tiene un respiro, que se refleja en menos contaminación, especies que pueden ingresar a «nuestro» hábitat, ballenas nadando cerca de playas, bioluminiscencia en costas, ciervos y pavorreales en calles, en fin… Vamos, simplemente es posible escuchar (y no solo temprano) el canto de las aves locales que no es interrumpido por bocinazos y caos humano.

Y aunque hay miedo, caos económico y una terrible incertidumbre, vivimos también un momento histórico e importante. Es cuidar de los más vulnerables, pensar en ellos y cuidarnos, simplemente porque al hacerlo evitamos enfermen (y todo lo que conlleva, enfermedad, dolor, saturación de servicios de salud, muerte y falta de servicios funerarios, etc.). Vamos, tan solo los neandertales realizaban ritos funerarios en donde no solo ya enterraban a sus muertos, sino que los cubrían con flores. Entonces, si es posible demostrar humanidad en aquellos ancestros que vivieron hace más de 35.000 años, ¿por qué ahora no podemos ser más empáticos? Y no solo con nuestros coetáneos, sino con otros seres, como los perros.

Con todo y contingencia, con filas interminables en el supermercado, Raúl, mi esposo, procuraba comprar sobrecitos de alimento húmedo para Figo, porque tenía pocos dientes y era lo que mejor comía. Siendo el más débil del clan, el «menos útil», el más viejo, incluso el más «estorboso», lo cuidábamos todos con amor y esmero, a veces quizá desesperándonos, pero siempre turnándonos. Tener compasión y dar lo mejor a alguien en estas condiciones, es algo que nos diferencia de alguien menos evolucionado. Aun así hubiera querido hacer más por nuestro perrito negro, nuestro enano, pero la vida aquí es lamentablemente, limitada. Hicimos lo que teníamos que hacer y se cerró el ciclo con él. Pero su vivacidad y toda la alegría que nos dio, su presencia y existencia, se quedan por siempre.

Gracias chaparrito. Te amamos y como siempre digo, algún día nos reuniremos de nuevo y sin volver a separarnos más.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Pitbull blanco (cuento)

10 febrero, 2020

Es muy temprano y la noche aún se resiste a dejar paso al día. Es una de las horas más frías y sin embargo, aquí estoy sentado, haciendo guardia, esperando aparezca. A veces dando traspiés con sus perros, otras esquivando coches y personas… a veces no aparece, pero sé que regresará y dejará, precipitadamente, mi alimento, como ha ocurrido durante varios meses en que engañaba al hueco del estómago acurrucándome en la fría jardinera, en ese consuelo que brinda el sueño, quizá imaginando en un sueño más profundo y duradero, donde ya no sintiera hambre y soledad jamás.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui un cachorro gracioso y juguetón, donde la atención se volcaba en mí e incluso era posible estar dentro de la casa, con alguna salida ocasional a un jardín. Ahí había infinidad de matices, hierba verde y seca, hojas y pisadas, interesantes desechos y sobre todo, felicidad. La calle está enfrente, y aunque logré salirme un par de veces porque alguien trató de sacarme (pero no permití me tocaran), fueron momentos fugaces donde pude explorar y oler de cerca todo aquello que está detrás de esta enorme reja. Quise llegar al terreno cercado al otro lado de la calle, pero me atraparon. Solo deseaba experimentar una vez más la hierba, los matices y todas las historias que cuentan.

Alguna vez tuve compañía, y fue bueno en medio de este suelo estéril y sucio. Podíamos sentirnos un poco abrigados en medio de la soledad y las penurias, repegarnos un poco en época de lluvias bajo el techo y ladrar a los gatos que pasaban o a los perros que, atados con correas, paseaban más abajo. Pero el hambre nunca es buena ni siquiera compartida. Un día ella escapó gracias a un agujero que llevaba días ampliando en la malla de metal que cubría la reja. Soy más grande y robusto y fue imposible seguirla. La soledad fue más apremiante que nunca, al punto de perder el interés en ladrar a cualquiera que pasara.

A veces enfermaba, a veces comía un poco más, a veces nada. En medio de un espacio siempre sucio, aprendí a refugiarme en esa jardinera callada, con apenas un par de trapos que a veces se mojaban en época de lluvia y veía apenas las estrellas, eclipsadas por las luces eléctricas de la calle. El terreno seguía invitándome a seguirlo, e imaginaba en sueños que podía correr por horas, persiguiendo animalillos, rastros, sueños. El sol siempre fue bienvenido, siendo el único contacto cálido que tenía incluso por días, hasta que dejé de vivir y me limité a existir.

Una mañana, mientras hacía guardia en la parte de arriba que daba a la calle, vi que venía de nuevo. Pero no dejó comida, sino que apresuradamente puso un trozo de cartón garabateado en la reja. Gemí pidiendo las croquetas que habían ayudado a aliviar mi hambre, pero solo me dirigió una mirada indefinible y se marchó rápido.

Dos días más tarde, volvió a dejarme mi comida, saludándome y diciéndome «pronto». Poco después recogieron el cartón, lo miraron con atención y eso suscitó entre ellos un debate que lo cambiaría todo.

Pasaron los días, Navidad y fin de año, donde apenas hizo su aparición con la comida. Aprendí a no ladrarle a sus perros, y a esperar educadamente dejara mi comida en la entrada. Un pacto secreto el que teníamos en medio de la clandestinidad de esas horas aún a oscuras.

Una mañana que nuevamente me dejó comida, me dijo que regresaría más tarde. Yo la miré sin entender y me limité a comer. Y más tarde, ya casi a mediodía, regresó. Escuché algo de alboroto en la casa, me pusieron un collar que hacía años no me ponían y me llevaron a la calle, a donde estaba. Me entregaron mientras hablaban un rato. Después subí a su coche y partimos. Estaba tan emocionado de poder salir que apenas y me di cuenta de que me ponían un arnés con el olor de otro perro, y que me alejaba rápidamente de ahí, ante la mirada atónita de algunos vecinos.

Todo fue muy rápido. Me dejó con otra persona y ahí me bañaron. Dormí por primera vez en un sitio desconocido y me sentía inquieto. Al día siguiente, alguien fue a verme se alegró mucho y jugó conmigo. Sentí una buena conexión con esa persona y nos fuimos de ahí.

No puedo describir lo que sentí después. No sabía si efectivamente dos días atrás por fin me había quedado profundamente dormido en la jardinera que fue mi cama tantas noches y había trascendido. Finalmente pisaba la hierba, olía los matices, caminaba libre y me llamaban distinto. Ya no tiene que traerme comida, ahora me alimentan de forma regular, tengo nuevamente compañía canina. No puedo ser más feliz. Soy un buen perro y deseo esto no acabe nunca.

****

A distancia de ahí, alguien miró la foto que le habían enviado del pitbull blanco olfateando la hierba. Sonrió feliz mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Y así como había estado haciendo durante todos aquellos meses en que había hecho todo lo posible por ayudarle y como acostumbraba hacerlo, nuevamente elevó esta frase desde el fondo de su corazón: «Soy un buen perro, vivo feliz y en armonía con una familia que me quiere y cubre todas mis necesidades. Merezco ser feliz y vivir con personas que me amen y cuiden tanto como yo a ellas. Y estoy feliz y agradecido por eso. Que así sea.».

Esta historia está basada en un hecho real. Sí, tuvo un final feliz, pero sobre todo deseo destacar que además de que sí funciona hacer afirmaciones a nombre de alguien más, también es muy importante que hagamos todo lo que esté de nuestra parte por los que no tienen voz. Como bien lo mencionó Joaquin Phoenix en su discurso como Mejor Actor de los premios Óscar 2020, está en nuestras manos hacer de este un mundo mejor para ellos.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Ese mundo nuestro, esa otra vida (poema)

1 noviembre, 2019

Me pregunto si algún día nos encontraremos, en medio de un mundo que tantas veces he imaginado. Quizá no tenga tanto que ver con este otro que está lleno de matices y claroscuros, pero sin duda será un lugar seguro, donde podremos salir a cualquier parte y seremos dueños de todos los espacios y recovecos. No habrá temores porque todo será nuestro, incluso lo desconocido e inexplorado. dsc00542

Sé que entonces el encuentro será como retomar un día cualquiera, o un fin de semana especial, donde la dulce cotidianidad nos cobijaba y protegía, llenando de esos pequeños placeres el momento, ya sea compartiendo un bocado, una caricia o recopilando anécdotas… Porque es justo en esos momentos en que nos sentimos eternos y deseamos que nada cambie, que se quede eterno, que nadie envejezca, ni enferme o muera.

Pero nos ha tocado este mundo finito, plagado de emociones e intensos momentos, al mismo tiempo en que a veces nada ocurre o la felicidad es efímera y la tristeza y la soledad son compañeras. Este mundo donde ya no estás tú, ni tampoco los otros, donde su paso por este plano de existencia ha sido apenas un suspiro… O más bien un ladrido, una sonrisa canina, un pelo a tocar, unos ojos para hundirse en ellos, una cola que se mueve afanosa para explotar en la más pura alegría.

(Y todo ello se ha ido)

Queda entonces muy poco: los ojos brillantes reducidos a cenizas, una presencia condensada en una pequeña urna… tan pequeña, tan pequeña, que pareciera imposible que antes fuera una vida única e irrepetible. Quedan las fotos, las memorias, los recuerdos, pero con el temor que en nuestra propia vejez (que tampoco este mundo perdona), también se vaya disolviendo de a poco.

Y llegue entonces un momento en que los únicos testigos de esas pequeñas vidas que muchos años antes partieron, seamos nosotros, que ni los hijos o los amigos logren siquiera acordarse de ellos. Quizá la memoria falle, pero en el último aliento seguramente llegarán de a poco cada uno de ellos, no para despedirse, sino para darnos la bienvenida. Tanto aquellos con los que compartimos bocados, momentos y secretos, como aquellos que incluso por instantes rozaron nuestras vidas.

Ya no me preguntaré si volveremos a encontrarnos, porque todo volverá de nuevo, los recuerdos, las imágenes que creíamos perdidas, esos rostros amados ya sin rastro de dolor, enfermedad o desdicha. Y seremos de nuevo compañeros, para siempre, en ese otro mundo ya nuestro, en esa otra vida.

Mayra Cabrera (Derechos Reservados)

 

Nina/Fanny, la perrita pelo de alambre

30 abril, 2019

Era el 21 de marzo cuando la encontré. Pequeña, desamparada, sentada en un crucero que más bien parecía una encrucijada, en los bordes que dividen la ciudad donde vivo y aquel otro pueblo, donde inicia el empedrado, ahí donde hay una gran cruz de piedra, colocada hace generaciones y que indicaba precisamente los límites de la población.

No sé cómo reunió fuerzas para llegar hasta ese lugar, después de haber sobrevivido ya no digamos la noche, sino días de enfermedad y hambruna. Seguramente había perdido toda esperanza y solo esperaba morir. Pasé a su lado en el coche cuando llevaba a mi pequeña a la escuela y las jacarandas en flor que bordeaban el camino anunciaban una calurosa primavera. Pensé en verla de nuevo de regreso para darle algunas croquetas que suelo llevar para alimentar a perros que me encuentro en el camino, que en su mayoría son los menos afortunados, los sin hogar, que domesticamos hace 7 o diez mil años para protegernos y servirnos de ellos, pero que ahora pareciera queremos aniquilarlos.

Nina hospitalizada

Al regresar seguía ahí mismo, sentada, en la misma posición y la mirada en apariencia serena. Me bajé del coche y me dispuse a depositar un puñado de comida, cuando me di cuenta de lo mal que estaba: apenas y se sostenía en pie. Otro perro se había acercado, hambriento, y le di comida un poco más lejos. Supe al ver sus ojos casi opacos, que no podía dejarla ahí, así que la levanté y la subí al auto. ¡Pesaba tan poco! Y no sé qué me sorprendió más, si eso o que no haya puesto resistencia en lo absoluto.

La recosté en el coche y miré sus ojos, diciéndole que la llevaría a casa y que todo estaría bien. Solo un par de veces intentó levantarse, pero estaba muy débil. Y cómo no, si estaba casi en los huesos. Al llegar mis perros la olisquearon mientras la cargaba para resguardarla, pero noté que se apartaban (después entendí por qué). Le ofrecí comida más apetitosa, de lata, pero no quiso y eso me alarmó. Esperé a que diera la hora en que mi veterinario abre su consultorio y mientras tanto la dejé recostada en una camita improvisada.

El diagnóstico no fue bueno, incluso me preguntó si deseaba hacer algo por ella o mejor ponerla a dormir. Pero de ida al consultorio le había hecho una promesa: si se ponía bien, no se iría con nadie más, sería parte de mi familia, así que le dije que por favor le diera el tratamiento necesario para reanimarla y días después, ya repuesta, me la llevaría a casa, a una nueva vida, así como había ocurrido con los otros perros que he tenido.

Alberto, mi veterinario y amigo, es bromista, pero tiene un corazón muy grande, así que accedió. Estaba llena de pulgas, deshidratada, anémica y famélica. Le puso suero vitaminado, la inyectó y me dijo que esperaría a ver si sobrevivía en la noche. Me despedí de ella y con la mirada le mandé fortaleza y buenas vibras. Sobrevivió, pero estaba muy débil todavía. Comenzó a comer de a poco y pareció animarse, pero venía algo peor.

Al tercer día me informó que había comenzado con fiebre y descarga nasal, síntoma inequívoco de moquillo. Que si avanzaba, tendría que sacrificarla, porque si bien en algunos casos los perros sobreviven, si están en ese estado tan débil y vulnerable como el de Nina/Fanny (sí, ya le había puesto nombre, pero aún no me decidía por cuál), no era prometedor el diagnóstico. Aun así, me dijo que haría todo lo posible y por supuesto que le creí.

Nina pareció mejorar y a levantarse, pero también decaía. Pasó una semana en la que iba a verla o estaba al pendiente a diario, en donde la esperanza se avivaba un poco, pero donde también podía apagarse casi por completo. Empezó a estar estable y cada vez que hacía mi meditación pinealista, pensaba mucho en ella, pidiendo por su recuperación. Alberto además optó por hacerle una transfusión con sangre con anticuerpos de un sobreviviente del moquillo y pareció mejorar. Sin embargo, el daño que tenía su pequeño y deteriorado cuerpo era demasiado. Cuando llamé al día siguiente, me dijo lo inevitable: finalmente había empezado con convulsiones, señal de que la enfermedad había atacado su cerebro y empeoraría, así que no tuvo más remedio que sacrificarla.

Fue un golpe duro que me afectó por semanas. Me sentí mal por no haber podido haber llegado al menos un par de días antes por la pequeña Fanny. Incluso recordé haberla visto, brevemente, junto con otros perros sin hogar, cerca de ahí hacía uno o dos meses. Debía haberla llevado conmigo. Pero cuando tienes ya varios perros, a veces tienes que conformarte con ayudarles como puedas, aunque sea dejándoles algo de comida para aliviar su situación.

Nina se había ido. Y fue justo ese día que no estuvo presente en mi meditación diaria. Es tonto, pero también lamenté no haberlo hecho. Me sentí culpable por todo y por todos aquellos que descuidan a sus animales y los dejan ahí, para que mueran en el anonimato, desamparados, muriéndose de hambre, de enfermedades como el moquillo, que se evita con una simple vacuna, y más en ese pueblo, donde la ignorancia y la indolencia son el pan de cada día.

Nina pesaba unos 5 kg cuando la encontré, muy poco incluso para un perro de talla chica como ella, que parecía cruza de dachshund de pelo duro. Y a pesar de su mal estado, tenía una carita hermosa. Claro que imaginé que se recuperaría y la tendría en casa. Incluso ya había hablado con mi esposo y mi hija al respecto y estaban de acuerdo. Pero las cosas a veces dan un giro.

Por supuesto, Fanny fue cremada, no fue a dar a un camión de la basura, ni arrojada a un terreno baldío. Ahora me acompaña, de cuando en cuando, al realizar mi meditación, y la veo ya restablecida y llena de vida (como alguien una vez dijo, que si en el Cielo no están nuestros perros, no tendría ningún caso ir allá al morir).

Sé que al igual que mis otros amados canes, como Frodo, Frannie, Phoebe, Touloux y Frida, de quienes he hablado largamente en otros posts, estará ahí, por muy breve que haya sido el tiempo que nos conocimos. Y aunque me duele no haber podido hacer más, quise contar su historia, para que no fuera una anécdota más que se perdiera en el tiempo y formara parte de las muertes en anonimato que sufren millones de perros sin hogar.

Fueron solo 10 días los que sobrevivió, pero al menos estuvo resguardada, atendida y alimentada. Al menos me queda el consuelo de haber hecho lo que pude, y por supuesto, agradezco mucho a Alberto por haber hecho hasta lo imposible para su recuperación. Realmente es un gran veterinario y un gran tipo. Lo vi más tarde, cuando llevé a otro de mis perros a consulta y después de pagarle (que me cobró mucho menos de lo que era) me mostró una foto de ella, en pleno tratamiento, lo cual agradecí porque no había podido tomarle fotos (quizá me dolía hacerlo porque temía este final). Nuestras miradas se cruzaron y le agradecí de nuevo diciéndole una frase que escuché de una de las ganadoras del Óscar en su última emisión: «Hiciste todo lo que pudiste, y eso es todo lo que podía hacerse, muchas gracias». Él solo asintió con una sonrisa.

Creo que eso debemos hacer siempre, lo mejor que podamos, porque cada vida lo vale. No importa si nadie lo nota, sino que cuenta para esa otra vida, aunque se extinga y no podamos hacer mucho más. Como me dijo una persona muy valiosa en mi vida: «el bien, con uno solo que lo haga, siempre será bueno; y lo malo, aunque todo mundo lo haga, siempre será malo». Elijamos de qué lado queremos estar. Nina/Fanny será especial siempre. Y si tú lees esto, trata de tocar otra vida de forma positiva, no importa si como Nina, solo está unos instantes en este plano. La vida es lo único que tenemos, y tarde o temprano se acaba, pero nuestras acciones son lo que perdura y lo único que dejamos.

©Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Borras y los perros de la cinta «Roma» de Cuarón

21 enero, 2019

Aviones, agua, cielo, tierra, ciudad, campo, cotidianidad… Y claro, los perros. Son muchos guiños y simbolismos los que involucran a «Roma», la película del cineasta mexicano Alfonso Cuarón de la que se ha escrito, descrito, hablado, interpretado, desmenuzado. Pero no hay que ser tan complejos, porque en realidad conmueve y nos atrapa porque va a la esencia misma del cine: la imagen y la evocación.

Sus imágenes en blanco y negro profundizan y a la vez clarifican cada escena, evitando distracciones con matices y colores. Pero al mismo tiempo, subrayan la nostalgia de quienes vivimos nuestra infancia en el México de los años 70. Desde las primeras imágenes, un déjà vu nos invade a los niños que fuimos entonces, porque nos hace recordar y rememorar varias situaciones que vivimos en medio de esa turbulencia/placidez que nos rodeaba, donde todo era seguro, donde teníamos a nuestros perros y no teníamos mucha idea (al menos para quienes vivíamos en provincia) sobre sus cuidados básicos como vacunaciones, sacarlos de paseo con correa, o incluso ni siquiera vivían dentro de casa y les dábamos de comer sobras o retazos de pollo (patas, huacales o pescuezos).

Y esto queda reflejado en el caso de Borras, el perro de la familia en «Roma», un perro que es querido, con quienes los niños interactúan, pero cuyas mayores atenciones recibidas son alimentarlo, jugar con él, evitar se escape y claro, que Cleo se encargue de limpiar sus heces, un hecho simbólico que termina por ser la gota que derrama el vaso entre la frágil relación de los padres de los niños. Y eso es algo que también podemos recordar muchos que teníamos perros, patio, cochera y coche, donde podía ser motivo de regaños y de largas discusiones que en realidad ocultaban un problema mayor (y que no tenía tanto que ver con el perro en cuestión).

Las imágenes y situaciones de «Roma» son poderosas. Más que irnos al contexto social y político de la época (desde la violencia contra las mujeres, la irresponsabilidad paterna -y la paternidad irresponsable-, la pobreza, la vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas, la credulidad y la inocencia, hasta el sangriento hecho de la masacre de Corpus Christi o el Halconazo), la cinta nos embriaga con su sencillez y deja un montón de visiones y puntos de vista por donde se les quiera ver.

Y en el caso de los perros, hay referencias varias en «Roma». Sin duda, Borras ocupa el lugar principal, ya que es una figura discreta pero clave en la historia de esa familia defeña. Tiene su pequeña caseta de perro en el patio, nunca sale, a menos que se escape en algún descuido y ni siquiera se consideraban sus necesidades (como sacarlo de paseo o que viviera dentro de casa) porque los perros de entonces era normal que -en el mejor de los casos- así vivieran y a veces pasaban a ser meros elementos que conformaban el hogar. No lo meten ni siquiera cuando llueve, aunque tanto los niños como las muchachas que ahí trabajan sí le prestan atención y lo quieren.

Si bien hay, no obstante, un par de pequeños errorcillos cometidos en algunos elementos que no corresponden a la época (algunos autos, por ejemplo), no vale la pena señalarlos, porque no demeritan en lo más mínimo la grandeza de esta ya denominada obra maestra de Cuarón. Incluso el hecho que Borras usara collar, donde si bien no era algo imposible, tampoco era algo digamos que común en la época, porque los perros podían ser queridos, pero aunque estuvieran integrados a la familia era algo que ni se tomaba en cuenta (es posible que Borras lo usa en parte porque era la forma más sencilla de manipularlo).

Hay además otros perros en la película. Aquellos que se muestran en esa incipiente Neza, lodosa, baldía, mostrando un lado miserable que se refleja no solo en las casas humildes, sino en los perros callejeros que ahí sobreviven (situación que no ha cambiado en todo lugar que esté a las periferias o barrios bajos de la mancha urbana). Y también están los perros cuyas cabezas disecadas aparecen en la celebración de año nuevo a la cual es invitada la familia. Se trata de una escena extraña en donde por un lado la familia anfitriona es aficionada a la caza y exhibe sus «trofeos», pero a la vez muestra en otra sala a los perros que ahí han vivido en la hacienda, como una especie de homenaje, al cual se unirán los perros que en ese momento viven en ese lugar y que también aparecen en momentos clave: cuando Cleo sube las escaleras hacia la parte superior de la hacienda, como si la guiara, o cuando los chicos andan recorriendo los alrededores de la hacienda o al ocurrir el incendio. Sin duda una estampa curiosa que vale mucho la pena poner atención.

«Roma», sus personajes entrañables y destacables y aquellos personajes secundarios, sus perros, merecen varias lecturas. Pero a la vez no hace falta hacerlo. Como mencionó acertadamente el cineasta Peter Greenway (muchos recordarán su filme «El libro de cabecera», de 1996) en una entrevista para la gaceta de la librería Gandhi: «(…) la manera en que organizamos el cine masivo y el underground se convierten en textos ilustrados, no como novelas, sino como cuentos. (…) no tienes que contar historias. La misma obra se convierte en su historia. El medio es el mensaje y se convierte en el contenido. (…) Nunca olvidemos que lo primero que existió fue la imagen, no la palabra«.

Y así ocurre con «Roma», que ya está cuajada de premios y si no entra a los Óscares, bueno, no pasa nada. Es imagen pura, es cine puro. Al igual que un perro, no requiere de tantos diálogos, una trama, etc., para ser poderosa. Basta con verla y dejarnos llevar hasta nuestra infancia, en una cubeta de agua jabonosa, un perro que salta de alegría para recibirnos, que nos acompaña por unas escaleras o por un bosque que no pensamos que sea siniestro, porque nos cuida. La imagen y lo que representa, es todo.

Borras en la vida real fue un perro maltratado que estuvo a punto de morir de hambre y sed. Fue rescatado por su entrenador, el sr. Montero al encontrarlo amarrado con un alambre a una barda. Además de curarlo y tratarlo de afecciones varias, fue seleccionado para «Roma» porque se parecía mucho a un perro que tuvo Alfonso Cuarón de niño. Una razón más para ver esta maravillosa cinta, que tiene 10 nominaciones al Óscar.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

«Los perros duros no bailan» (libro)

10 enero, 2019

Los perros están presentes en la nutrida obra del escritor y periodista español Arturo Pérez-Reverte. El autor de la ya famosa carta titulada «No compres ese perro«, publicada en 2012, ha dado la vuelta al mundo para concientizar sobre el tema del abandono y maltrato animal. Activista y detractor de todo tipo de maltrato, incluyendo por supuesto las corridas de toros, nos ha deleitado a través de los años con novelas históricas, pero también con aquellas que hablan de uno de los más nobles, incomprendidos y pocas veces reconocidos amigos, los perros.

Fue a mediados del 2018 que Pérez-Reverte publicó una pequeña novela de 160 páginas titulada Los perros duros no bailan, y que está dedicada «A Sombra, Morgan, Mordaunt, Sherlock, Rumba y Ágata», seguramente los perros en la vida del autor. La trama gira alrededor de Negro, una cruza de mastín español y fila brasileiro, que finalmente goza de sus años de retiro de las infames peleas clandestinas de perros.

Los días transcurren en tranquila calma entre visitas al Abrevadero de Margot, una especie de taberna canina que regentea una perra de acento argentino, donde se dan cita Negro y sus amigos, como Teo, Boris el Guapo, Agilulfo o Mórtimer. Pero todo da un giro cuando Teo y Boris desaparecen… y se rumora que han sido secuestrados por la mafia dedicada a las peleas caninas.

Es ahora que Negro tendrá que arriesgarlo todo y despojarse de todo lo que tenía seguro, incluso hasta de perder la vida en el foso. Pérez-Reverte, como buen periodista, conoce bien ese mundillo nefasto, y lo retrata fielmente bajo las palabras de su protagonista:

«Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte».

Negro es diferente a sus compañeros, tiene cicatrices no solo en el cuerpo, sino en el alma que lo han endurecido. Menos en la parte tocante a la amistad: «A diferencia de los humanos, los cánidos apenas conocemos la hipocresía. Somos lo que somos, y punto. Animales honrados». Es por eso que su objetivo se centra en rescatar a sus amigos, sobre todo a Teo, aun sabiendo que sea una tarea completamente inútil.

Pérez-Reverte retrata muy bien el alma y sentir de los molosos, su carácter aparentemente duro, impenetrable, curtido por los años, desengaños, maltrato, penurias y sinsabores, pero donde también ha conocido la nobleza, la amistad y la entereza. Y aunque no ha tenido la fortuna de vivir en carne propia (o quizá sí, pero en un tiempo lejanísimo, cuando era un cachorro y tuvo «uno de esos nombres tiernos y ridículos» antes de ser el Negro), sabe reconocer la nobleza humana:

«Entre los humanos hay de todo: seres dignos que nos dan educación, amor y felicidad, y seres miserables cuyas virtudes no están a la altura de las de un buen chucho: villanos que envilecen nuestra vida y nos llevan a la tristeza, el abandono, la soledad, el horror y la locura. Entre estos últimos, los malvados, hay también tipos muy diversos (…)».

El Negro es un perro que se considera a sí mismo un poco torpe e ignorante, pero en realidad es un animal muy sabio que razona y filosofa mejor que muchos humanos: «Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas».

Sin duda, Los perros duros no bailan es un libro que puede dar pie a varias lecturas e interpretaciones y donde nadie saldrá decepcionado, animalista o no. Con una narrativa más inclinada hacia la novela negra, sabe utilizar el humor con maestría, algo muy necesario después de leer algunos pasajes un tanto oscuros y desgarradores. No hay héroes de última hora de película hollywoodense para ayudar a esos perros condenados, y sin embargo, la trama da un giro en donde es posible rescatar la fe en la justicia.

No es un libro para niños, pero sí para adolescentes y adultos en donde además de disfrutar de la narrativa de este formidable autor español (y aunque se toma algunas libertades con respecto al carácter y personalidad de los protagonistas con tintes antropomórficos, a Pérez-Reverte se le perdona). Además de ser un llamado de atención a nosotros, que aparecemos en segundo plano, en condiciones en general nada halagüeñas, pero que nos debe servir para poner énfasis en el maltrato animal que muchas veces nos negamos a ver (y menos a evitar).

Los perros duros no bailan (2018), Ed. Alfaguara.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Fue periodista de guerra y es miembro de la Real Academia Española. Ha publicado más de 20 novelas e incluso han sido llevadas al cine (como «La novena puerta», de Roman Polanski), la última se titula «Sabotaje», además de publicar muchísimos artículos, guiones, y ha recibido innumerables premios, como el Premio Rey de España de Periodismo (2017).

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados

«Amigo» (cuento)

24 diciembre, 2018

Nací en el bosque. Mi aspecto no era el más favorecedor que digamos, apenas un cachorrito mestizo de un color indefinido, con algunos pelos más pardos aquí, otros más negros por allá, algo peludo, nada atractivo. Nuestra madre nos alimentó lo que pudo y sobrevivimos no sé si los más aptos o más desgraciados. Para los otros la vida consistió en un poco de leche, calor de hermanos , frío de noche… hasta que ese frío invadió todo su cuerpo, dejando que el alma se escapara ligera, ligera, hacia esa dimensión donde -dicen- todo es más claro y luminoso.

Para nosotros siguió la vida, los días, la luz, la oscuridad, el esconderse y evitar peleas con otros perros que también se amparaban en ese lugar, pero que en determinados días bajaban a las colonias cercanas, en busca de comida escondida en bolsas que a veces eran difíciles de romper. Mi cuerpo cambió, si no era bonito de cachorro, menos lo fui conforme crecí y seguí a mi madre, junto con otro de mis hermanos, hasta que finalmente ella siguió su camino.

Los días consistían en ir y volver, a veces con hambre, cansancio y sed, otras con más suerte por haber conseguido algo comestible y vivir al amparo del bosque, que a veces podía ser protector y otras, casi devorarte.

Un día mi hermano y yo nos separamos. Él se unió a otros perros y se fue hacia la barranca. Yo era más débil y tranquilo, siempre me dijo que era demasiado confiado, un poco tonto. Yo anhelaba tener algo diferente, algo que veía en aquellos perros que paseaban con su gente. Deseaba un hogar.

Nunca me inculcaron creencia alguna, pero dentro de mi corazón sabía que si lo deseaba lo suficiente, podía lograrlo, a pesar de mi aspecto y de las escasas oportunidades que tenía para conseguirlo. Perro mestizo, ni negro ni café, con la cola torcida, pelo semilargo, creciendo en direcciones opuestas, ni siquiera contando con la gracia o desamparo de un cachorro.

Y sin embargo, me propuse tener un hogar, una familia.

Comencé a acercarme más a la gente que paseaba con sus perros, a veces me ignoraban, otras se asustaban por mi aspecto. Algunos perros me ladraban, otros me saludaban y de ahí no pasaba. Hasta que conocí a esos hermosos perros blancos, esponjados, como pequeños corderitos, luciendo siempre como ángeles caninos, pero con el humor de diablillos caprichosos. Y comencé a seguirlos, día con día, a pesar de sus ladridos y amenazas, sin importarme que al inicio la gente que salía con ellos me azuzaba para que me retirara de ahí.

Yo los seguía a distancia, fascinado por su presencia, hasta que un día dejaron de ladrarme. Llegábamos a la entrada de su casa y me regresaba a ese pequeño espacio en el bosque, siempre con el anhelo creciente de tener un hogar como ellos. Conocía sus horarios y nos encontrábamos en una esquina, el dueño fingiendo no mirarme y ellos fingiendo ladrarme amenazas. No importaba porque decidí que serían mi familia, aunque fuera a la distancia y aunque poco a poco dejé de ir hacia el bosque y a quedarme afuera de su casa.

Fue tanta mi insistencia que al poco tiempo me dejaban algo de comida. Y respetuosamente, nunca entre a su casa, siempre quedándome en el exterior. Al pasar las semanas se dieron cuenta de que los cuidaba. Me sentía orgulloso porque era como su perro guardián. Algo que me hacía sentir feliz. Pero el mejor momento fue cuando me dejaron entrar a la casa y, finalmente, formé parte de esa familia… para siempre.

Hoy soy uno más de ellos. No pasaré nunca más hambre, ni tendré que protegerme de otros perros o de gente ociosa que maltrata. Ya no tendré que esconderme en el bosque, con el cuerpo arrebujado y la cola curva tratando de cubrir mi rostro. Soy mestizo, nada agraciado, con una cola torcida y un color indefinido. Tengo una placa y un collar con el mejor de los nombres. Tengo una familia que, si bien no es perfecta y tiene cosas que ante los hombres pueden ser un tanto cuestionables, los quiero como nada en el mundo y defendería con mi vida la suya.

Nuevamente pasaré otra Navidad con ellos, deseando que otros también puedan vivir como yo, que puedan conseguirse un hogar a pesar de tener todo en contra. Y convertirse en más que un perro, un verdadero Amigo (ese es mi nombre), sin importar que sea un hogar pequeño, humilde u ostentoso, pero nunca alejado en un bosque, en la calle, en una azotea o encadenado en un jardín, sino ese amigo con el que quieres estar siempre y que de callada manera te corresponderá incluso más allá de su vida.

Mayra Cabrera© Derechos Reservados

«Rapsodia Bohemia»: Freddie Mercury y sus gatos

13 noviembre, 2018

Cuando a mediados de año me enteré del estreno de la cinta «Bohemian Rhapsody», basada en parte de la vida de Freddie Mercury y Queen, me emocioné mucho desde que vi el tráiler, y ahora que la he visto quedé más que feliz. Si bien hay críticas no tan favorables en torno a los diálogos, la historia, que si hay lugares comunes, me parece una película icónica, muy bien lograda, donde la banda sonora es totalmente maravillosa, y ni hablar de la actuación de Rami Malek (comentario aparte, este actor tiene raíces latinas de las que se siente orgulloso) y donde la apoteosis es la interpretación de Queen en el mítico concierto «Live Aid». Definitivamente, imperdible y para emocionarse hasta las lágrimas.

Pero dejando un poco de lado mi lado melómano, este post es para hablar de los otros protagonistas en la historia del gran Freddie: sus amados gatos. En la cinta se mencionan seis de ellos, aunque se sabe que durante su breve vida (falleció a los 45 años debido a una neumonía derivada del sida) tuvo en total diez gatos llamados Dorothy, Tiffany, Tom, Jerry, Delilah, Goliath, Lily, Miko, Oscar y Romeo.

Me pareció una excelente idea que incluso desde el inicio de la película hay una magnífica escena en donde la cámara se sitúa a nivel del piso para mostrar a Freddie caminando por su mansión sorteando a sus felinos. Otra escena muy tierna es donde está de gira por EU y llama a casa para preguntar a Mary Austin, su entonces novia y quizá el amor de su vida, por sus gatos, solicitando incluso pusiera al teléfono a alguno de ellos para poder hablarle… algo que muchos de nosotros seguramente hemos hecho al estar lejos de casa. Se dice que les platicaba cómo había sido su día y lo mucho que los extrañaba.

En la piel de Freddie Mercury y sus amados felinos

El mismo Malek, comentó para la BBC que Freddie «Tenía un lado tan compasivo, anhelaba sentirse parte de una comunidad, el amor, el compañerismo… pero de alguna manera había una sensación de distancia». No obstante, esa distancia se acortaba entre él y el público al tener una conexión especial, íntima y profunda, en donde el vehículo conductor eran las letras de sus canciones.

Es ahí donde puede conocerse al verdadero Mercury, en donde su sensibilidad y amabilidad llegaban a lo más hondo. Prueba de ello es el tema «Delilah«, del álbum «Innuendo» (1991), inspirada precisamente en su gatita y que dice algo en lo que todos los amantes de los gatos coincidirán: «Delilah, Delilah, oh my, oh my, oh my – you’re irresistible – ooh ooh ooh
You make me smile when I’m just about to cry
You bring me hope, you make me laugh – and I like it
You get away with murder, so innocent
But when you throw a moody you’re all claws and you bite
That’s alright!»

(Delilah, Delilah, eres tan irresistible. Me haces sonreír cuando estoy por llorar. Me das esperanza, me haces reír -y me encanta-. Te sales con la tuya, tan inocente. Pero cuando no estás de humor, eres toda garras y muerdes. ¡Está bien!).

Se sabe además por testimonios de gente allegada al artista británico que durante sus últimos días lo acompañaron y una de las últimas cosas que hizo fue precisamente acariciar a su querida gatita Delilah. Incluso en el video de la emotiva y profunda canción «These are the days of our lives» Freddie viste un chaleco en donde podemos apreciar a sus queridos mininos.

Los gatos adoptados de Freddie Mercury

De hecho es importante mencionar que muchos de sus gatos fueron adoptados de albergues, lo cual habla mucho (al igual que con George Michael, de quien también escribí un post) de su amor y gran corazón, más allá de quedarse con aquellas historias escandalosas sobre sus excesos y vida sexual. Incluso en la cinta se menciona que cada uno de sus gatos tenía su propia habitación en su residencia.

Para alguien que nunca quiso ser segregado, etiquetado, que vivió excesos, pero que a la vez nunca dejó de lado su sensibilidad, creatividad y también compasión, es totalmente entendible que los gatos fueran más que sus compañeros animales y que incluso los considerara como «sus niños», como alguna vez mencionó Jim Hutton, su última pareja.

Freddie sin duda nos dejó prematuramente. Pero su extraordinaria voz perdurará por siempre, así como esa enorme sensibilidad, desbordante carisma y talento, así como el gran legado que nos ha dejado en cada tema, dejando fragmentos de su verdadera esencia… como pequeñas huellas de gato que no se difuminarán jamás. (Y sí, Freddie, todavía te amamos…).

Mayra Cabrera, Derechos Reservados.

«El loco» (cuento)

1 noviembre, 2018

Andar y andar. Eso es lo que hacemos siempre… al menos cuando no le da por ponerse a gritar y a vociferar tantas groserías que hasta pierde la voz. Cuando eso ocurre, me retiro un poco, aprovecho para descansar y lo cuido desde donde estoy. Sé que en unos minutos la letanía pasará e incluso consiga que en la tienda le obsequien comida y me convide un poco.

No recuerdo cuándo llegué a su casa, cuando su madre todavía tenía fuerzas para cuidarlo, cambiarlo de ropa y alimentarlo. Porque cuando has pasado en la calle una temporada, el tiempo comienza a estirarse, a doblarse, y es difícil medir los días y los meses, que en esta ciudad son siempre iguales porque no hay muchos cambios de clima, como no sea la época de lluvias o de repente algo de frío. El caso es que debí andar hacia esta colonia azarosa y nueva, con casas levantadas de forma improvisada, donde el lujo consiste en levantar unos muros y tener agua.

La anciana comenzó a darme algunas sobras y bueno, no soy malagradecido, así que mis visitas se hicieron frecuentes hasta que sin que hubiera un trato de por medio, me quedé a vivir con ellos. Es verdad que al inicio me costó trabajo no asustarme con los aspavientos y gritos de él, pero al no tener ese olor desagradable que despide la gente que busca hacer daño, sino más bien un aroma a desamparo, opté por quedarme y seguirlo, como quien cuida a una cría pequeña. Ella lo agradeció a su hosca manera, permitiéndome estar dentro de casa y ofreciéndome las sobras. Nada mal para un perro callejero.

Así que tuve casa. Y los días nuevamente siguieron su marcha, en medio de largas peregrinaciones a la calle, ondeando mi cola siguiendo a él y a su madre, en curiosa procesión de tres seres necesitados unos de los otros.

En el andar conocí su mundo, la gente que les ayudaba y que incluso le obsequiaban medicinas. Cuando las tomaba se mostraba más tranquilo, se arreglaba el pelo y la tupida barba, cogía su viejo portafolios y se dirigía a pintar a un lugar que solo él y yo conocíamos. Eran buenos momentos porque podía sentir cómo las cosas dentro de su alma se acomodaban, como piezas que encajan donde deben ir, sin que las sacudidas de su mente las dejaran regadas en una dolorosa sucesión de voces y personas invisibles que continuamente lo agredían y se burlaban. No fueron muchos los momentos de paz, pero la vida en este plano no está hecha para eso, sino para seguir y seguir, como cada día, yendo tras él y esperando no se desgañitara demasiado.

Pero además la vida en este mundo tampoco está hecha para perpetuarse, sino que es finita, frágil, vulnerable. No pensé que su madre estuviera enferma y un día ya no despertara, dejándonos en desamparo. Un día antes que estuvo en cama, casi sin moverse ni hablar, me miró de manera suplicante y entendí lo que dijo, así que también con mis ojos castaños le devolví su deseo. La vida se hizo más desordenada, el espacio más reducido y los lapsos más amplificados. Comida no faltó, pero sí los cuidados de su madre, que yo intentaba cubrir de manera precaria.

Los años pasaron y me cobraron factura. Mi andar se hizo más cansado, más pesaroso. Era difícil seguirle el paso, y aun así mantenía mi promesa, aunque sea a distancia, de cuidarlo. Un día sencillamente se acabó todo para mí. Siempre creí que terminaría igual que ella, pero nuestra imaginación y temores se quedan cortos ante la muerte. Fue un coche el que se encargó de todo. Todavía traté de levantarme, pero fue inútil. Al menos él no se dio cuenta, ya que iba más adelantado, y la gente de los alrededores no prestó demasiada atención. Otro callejero arrollado, caído, nada más.

Pero yo me levanté, primero con dolor, después con mayor ligereza. No hubo más achaques, nada del viejo cuerpo que ya era un lastre. Y fue cuando la vi a ella, sonriente, esperándome en cuclillas y con los brazos abiertos. Me dio un corto abrazo y se levantó. Fue así que seguimos nuestro camino, andando ahora en este lado de la existencia, cuidando de él, que nunca esté solo, que siempre esté cuidado y protegido por nosotros, esperando el día en que estemos de nuevo andando, andando, que siga pintando y que su mente esté en orden y con toda la perfección de sus cuadros…

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados