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Pitbull blanco (cuento)

10 febrero, 2020

Es muy temprano y la noche aún se resiste a dejar paso al día. Es una de las horas más frías y sin embargo, aquí estoy sentado, haciendo guardia, esperando aparezca. A veces dando traspiés con sus perros, otras esquivando coches y personas… a veces no aparece, pero sé que regresará y dejará, precipitadamente, mi alimento, como ha ocurrido durante varios meses en que engañaba al hueco del estómago acurrucándome en la fría jardinera, en ese consuelo que brinda el sueño, quizá imaginando en un sueño más profundo y duradero, donde ya no sintiera hambre y soledad jamás.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui un cachorro gracioso y juguetón, donde la atención se volcaba en mí e incluso era posible estar dentro de la casa, con alguna salida ocasional a un jardín. Ahí había infinidad de matices, hierba verde y seca, hojas y pisadas, interesantes desechos y sobre todo, felicidad. La calle está enfrente, y aunque logré salirme un par de veces porque alguien trató de sacarme (pero no permití me tocaran), fueron momentos fugaces donde pude explorar y oler de cerca todo aquello que está detrás de esta enorme reja. Quise llegar al terreno cercado al otro lado de la calle, pero me atraparon. Solo deseaba experimentar una vez más la hierba, los matices y todas las historias que cuentan.

Alguna vez tuve compañía, y fue bueno en medio de este suelo estéril y sucio. Podíamos sentirnos un poco abrigados en medio de la soledad y las penurias, repegarnos un poco en época de lluvias bajo el techo y ladrar a los gatos que pasaban o a los perros que, atados con correas, paseaban más abajo. Pero el hambre nunca es buena ni siquiera compartida. Un día ella escapó gracias a un agujero que llevaba días ampliando en la malla de metal que cubría la reja. Soy más grande y robusto y fue imposible seguirla. La soledad fue más apremiante que nunca, al punto de perder el interés en ladrar a cualquiera que pasara.

A veces enfermaba, a veces comía un poco más, a veces nada. En medio de un espacio siempre sucio, aprendí a refugiarme en esa jardinera callada, con apenas un par de trapos que a veces se mojaban en época de lluvia y veía apenas las estrellas, eclipsadas por las luces eléctricas de la calle. El terreno seguía invitándome a seguirlo, e imaginaba en sueños que podía correr por horas, persiguiendo animalillos, rastros, sueños. El sol siempre fue bienvenido, siendo el único contacto cálido que tenía incluso por días, hasta que dejé de vivir y me limité a existir.

Una mañana, mientras hacía guardia en la parte de arriba que daba a la calle, vi que venía de nuevo. Pero no dejó comida, sino que apresuradamente puso un trozo de cartón garabateado en la reja. Gemí pidiendo las croquetas que habían ayudado a aliviar mi hambre, pero solo me dirigió una mirada indefinible y se marchó rápido.

Dos días más tarde, volvió a dejarme mi comida, saludándome y diciéndome “pronto”. Poco después recogieron el cartón, lo miraron con atención y eso suscitó entre ellos un debate que lo cambiaría todo.

Pasaron los días, Navidad y fin de año, donde apenas hizo su aparición con la comida. Aprendí a no ladrarle a sus perros, y a esperar educadamente dejara mi comida en la entrada. Un pacto secreto el que teníamos en medio de la clandestinidad de esas horas aún a oscuras.

Una mañana que nuevamente me dejó comida, me dijo que regresaría más tarde. Yo la miré sin entender y me limité a comer. Y más tarde, ya casi a mediodía, regresó. Escuché algo de alboroto en la casa, me pusieron un collar que hacía años no me ponían y me llevaron a la calle, a donde estaba. Me entregaron mientras hablaban un rato. Después subí a su coche y partimos. Estaba tan emocionado de poder salir que apenas y me di cuenta de que me ponían un arnés con el olor de otro perro, y que me alejaba rápidamente de ahí, ante la mirada atónita de algunos vecinos.

Todo fue muy rápido. Me dejó con otra persona y ahí me bañaron. Dormí por primera vez en un sitio desconocido y me sentía inquieto. Al día siguiente, alguien fue a verme se alegró mucho y jugó conmigo. Sentí una buena conexión con esa persona y nos fuimos de ahí.

No puedo describir lo que sentí después. No sabía si efectivamente dos días atrás por fin me había quedado profundamente dormido en la jardinera que fue mi cama tantas noches y había trascendido. Finalmente pisaba la hierba, olía los matices, caminaba libre y me llamaban distinto. Ya no tiene que traerme comida, ahora me alimentan de forma regular, tengo nuevamente compañía canina. No puedo ser más feliz. Soy un buen perro y deseo esto no acabe nunca.

****

A distancia de ahí, alguien miró la foto que le habían enviado del pitbull blanco olfateando la hierba. Sonrió feliz mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Y así como había estado haciendo durante todos aquellos meses en que había hecho todo lo posible por ayudarle y como acostumbraba hacerlo, nuevamente elevó esta frase desde el fondo de su corazón: “Soy un buen perro, vivo feliz y en armonía con una familia que me quiere y cubre todas mis necesidades. Merezco ser feliz y vivir con personas que me amen y cuiden tanto como yo a ellas. Y estoy feliz y agradecido por eso. Que así sea.”.

Esta historia está basada en un hecho real. Sí, tuvo un final feliz, pero sobre todo deseo destacar que además de que sí funciona hacer afirmaciones a nombre de alguien más, también es muy importante que hagamos todo lo que esté de nuestra parte por los que no tienen voz. Como bien lo mencionó Joaquin Phoenix en su discurso como Mejor Actor de los premios Óscar 2020, está en nuestras manos hacer de este un mundo mejor para ellos.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Ese mundo nuestro, esa otra vida (poema)

1 noviembre, 2019

Me pregunto si algún día nos encontraremos, en medio de un mundo que tantas veces he imaginado. Quizá no tenga tanto que ver con este otro que está lleno de matices y claroscuros, pero sin duda será un lugar seguro, donde podremos salir a cualquier parte y seremos dueños de todos los espacios y recovecos. No habrá temores porque todo será nuestro, incluso lo desconocido e inexplorado. dsc00542

Sé que entonces el encuentro será como retomar un día cualquiera, o un fin de semana especial, donde la dulce cotidianidad nos cobijaba y protegía, llenando de esos pequeños placeres el momento, ya sea compartiendo un bocado, una caricia o recopilando anécdotas… Porque es justo en esos momentos en que nos sentimos eternos y deseamos que nada cambie, que se quede eterno, que nadie envejezca, ni enferme o muera.

Pero nos ha tocado este mundo finito, plagado de emociones e intensos momentos, al mismo tiempo en que a veces nada ocurre o la felicidad es efímera y la tristeza y la soledad son compañeras. Este mundo donde ya no estás tú, ni tampoco los otros, donde su paso por este plano de existencia ha sido apenas un suspiro… O más bien un ladrido, una sonrisa canina, un pelo a tocar, unos ojos para hundirse en ellos, una cola que se mueve afanosa para explotar en la más pura alegría.

(Y todo ello se ha ido)

Queda entonces muy poco: los ojos brillantes reducidos a cenizas, una presencia condensada en una pequeña urna… tan pequeña, tan pequeña, que pareciera imposible que antes fuera una vida única e irrepetible. Quedan las fotos, las memorias, los recuerdos, pero con el temor que en nuestra propia vejez (que tampoco este mundo perdona), también se vaya disolviendo de a poco.

Y llegue entonces un momento en que los únicos testigos de esas pequeñas vidas que muchos años antes partieron, seamos nosotros, que ni los hijos o los amigos logren siquiera acordarse de ellos. Quizá la memoria falle, pero en el último aliento seguramente llegarán de a poco cada uno de ellos, no para despedirse, sino para darnos la bienvenida. Tanto aquellos con los que compartimos bocados, momentos y secretos, como aquellos que incluso por instantes rozaron nuestras vidas.

Ya no me preguntaré si volveremos a encontrarnos, porque todo volverá de nuevo, los recuerdos, las imágenes que creíamos perdidas, esos rostros amados ya sin rastro de dolor, enfermedad o desdicha. Y seremos de nuevo compañeros, para siempre, en ese otro mundo ya nuestro, en esa otra vida.

Mayra Cabrera (Derechos Reservados)

 

Nina/Fanny, la perrita pelo de alambre

30 abril, 2019

Era el 21 de marzo cuando la encontré. Pequeña, desamparada, sentada en un crucero que más bien parecía una encrucijada, en los bordes que dividen la ciudad donde vivo y aquel otro pueblo, donde inicia el empedrado, ahí donde hay una gran cruz de piedra, colocada hace generaciones y que indicaba precisamente los límites de la población.

No sé cómo reunió fuerzas para llegar hasta ese lugar, después de haber sobrevivido ya no digamos la noche, sino días de enfermedad y hambruna. Seguramente había perdido toda esperanza y solo esperaba morir. Pasé a su lado en el coche cuando llevaba a mi pequeña a la escuela y las jacarandas en flor que bordeaban el camino anunciaban una calurosa primavera. Pensé en verla de nuevo de regreso para darle algunas croquetas que suelo llevar para alimentar a perros que me encuentro en el camino, que en su mayoría son los menos afortunados, los sin hogar, que domesticamos hace 7 o diez mil años para protegernos y servirnos de ellos, pero que ahora pareciera queremos aniquilarlos.

Nina hospitalizada

Al regresar seguía ahí mismo, sentada, en la misma posición y la mirada en apariencia serena. Me bajé del coche y me dispuse a depositar un puñado de comida, cuando me di cuenta de lo mal que estaba: apenas y se sostenía en pie. Otro perro se había acercado, hambriento, y le di comida un poco más lejos. Supe al ver sus ojos casi opacos, que no podía dejarla ahí, así que la levanté y la subí al auto. ¡Pesaba tan poco! Y no sé qué me sorprendió más, si eso o que no haya puesto resistencia en lo absoluto.

La recosté en el coche y miré sus ojos, diciéndole que la llevaría a casa y que todo estaría bien. Solo un par de veces intentó levantarse, pero estaba muy débil. Y cómo no, si estaba casi en los huesos. Al llegar mis perros la olisquearon mientras la cargaba para resguardarla, pero noté que se apartaban (después entendí por qué). Le ofrecí comida más apetitosa, de lata, pero no quiso y eso me alarmó. Esperé a que diera la hora en que mi veterinario abre su consultorio y mientras tanto la dejé recostada en una camita improvisada.

El diagnóstico no fue bueno, incluso me preguntó si deseaba hacer algo por ella o mejor ponerla a dormir. Pero de ida al consultorio le había hecho una promesa: si se ponía bien, no se iría con nadie más, sería parte de mi familia, así que le dije que por favor le diera el tratamiento necesario para reanimarla y días después, ya repuesta, me la llevaría a casa, a una nueva vida, así como había ocurrido con los otros perros que he tenido.

Alberto, mi veterinario y amigo, es bromista, pero tiene un corazón muy grande, así que accedió. Estaba llena de pulgas, deshidratada, anémica y famélica. Le puso suero vitaminado, la inyectó y me dijo que esperaría a ver si sobrevivía en la noche. Me despedí de ella y con la mirada le mandé fortaleza y buenas vibras. Sobrevivió, pero estaba muy débil todavía. Comenzó a comer de a poco y pareció animarse, pero venía algo peor.

Al tercer día me informó que había comenzado con fiebre y descarga nasal, síntoma inequívoco de moquillo. Que si avanzaba, tendría que sacrificarla, porque si bien en algunos casos los perros sobreviven, si están en ese estado tan débil y vulnerable como el de Nina/Fanny (sí, ya le había puesto nombre, pero aún no me decidía por cuál), no era prometedor el diagnóstico. Aun así, me dijo que haría todo lo posible y por supuesto que le creí.

Nina pareció mejorar y a levantarse, pero también decaía. Pasó una semana en la que iba a verla o estaba al pendiente a diario, en donde la esperanza se avivaba un poco, pero donde también podía apagarse casi por completo. Empezó a estar estable y cada vez que hacía mi meditación pinealista, pensaba mucho en ella, pidiendo por su recuperación. Alberto además optó por hacerle una transfusión con sangre con anticuerpos de un sobreviviente del moquillo y pareció mejorar. Sin embargo, el daño que tenía su pequeño y deteriorado cuerpo era demasiado. Cuando llamé al día siguiente, me dijo lo inevitable: finalmente había empezado con convulsiones, señal de que la enfermedad había atacado su cerebro y empeoraría, así que no tuvo más remedio que sacrificarla.

Fue un golpe duro que me afectó por semanas. Me sentí mal por no haber podido haber llegado al menos un par de días antes por la pequeña Fanny. Incluso recordé haberla visto, brevemente, junto con otros perros sin hogar, cerca de ahí hacía uno o dos meses. Debía haberla llevado conmigo. Pero cuando tienes ya varios perros, a veces tienes que conformarte con ayudarles como puedas, aunque sea dejándoles algo de comida para aliviar su situación.

Nina se había ido. Y fue justo ese día que no estuvo presente en mi meditación diaria. Es tonto, pero también lamenté no haberlo hecho. Me sentí culpable por todo y por todos aquellos que descuidan a sus animales y los dejan ahí, para que mueran en el anonimato, desamparados, muriéndose de hambre, de enfermedades como el moquillo, que se evita con una simple vacuna, y más en ese pueblo, donde la ignorancia y la indolencia son el pan de cada día.

Nina pesaba unos 5 kg cuando la encontré, muy poco incluso para un perro de talla chica como ella, que parecía cruza de dachshund de pelo duro. Y a pesar de su mal estado, tenía una carita hermosa. Claro que imaginé que se recuperaría y la tendría en casa. Incluso ya había hablado con mi esposo y mi hija al respecto y estaban de acuerdo. Pero las cosas a veces dan un giro.

Por supuesto, Fanny fue cremada, no fue a dar a un camión de la basura, ni arrojada a un terreno baldío. Ahora me acompaña, de cuando en cuando, al realizar mi meditación, y la veo ya restablecida y llena de vida (como alguien una vez dijo, que si en el Cielo no están nuestros perros, no tendría ningún caso ir allá al morir).

Sé que al igual que mis otros amados canes, como Frodo, Frannie, Phoebe, Touloux y Frida, de quienes he hablado largamente en otros posts, estará ahí, por muy breve que haya sido el tiempo que nos conocimos. Y aunque me duele no haber podido hacer más, quise contar su historia, para que no fuera una anécdota más que se perdiera en el tiempo y formara parte de las muertes en anonimato que sufren millones de perros sin hogar.

Fueron solo 10 días los que sobrevivió, pero al menos estuvo resguardada, atendida y alimentada. Al menos me queda el consuelo de haber hecho lo que pude, y por supuesto, agradezco mucho a Alberto por haber hecho hasta lo imposible para su recuperación. Realmente es un gran veterinario y un gran tipo. Lo vi más tarde, cuando llevé a otro de mis perros a consulta y después de pagarle (que me cobró mucho menos de lo que era) me mostró una foto de ella, en pleno tratamiento, lo cual agradecí porque no había podido tomarle fotos (quizá me dolía hacerlo porque temía este final). Nuestras miradas se cruzaron y le agradecí de nuevo diciéndole una frase que escuché de una de las ganadoras del Óscar en su última emisión: “Hiciste todo lo que pudiste, y eso es todo lo que podía hacerse, muchas gracias”. Él solo asintió con una sonrisa.

Creo que eso debemos hacer siempre, lo mejor que podamos, porque cada vida lo vale. No importa si nadie lo nota, sino que cuenta para esa otra vida, aunque se extinga y no podamos hacer mucho más. Como me dijo una persona muy valiosa en mi vida: “el bien, con uno solo que lo haga, siempre será bueno; y lo malo, aunque todo mundo lo haga, siempre será malo”. Elijamos de qué lado queremos estar. Nina/Fanny será especial siempre. Y si tú lees esto, trata de tocar otra vida de forma positiva, no importa si como Nina, solo está unos instantes en este plano. La vida es lo único que tenemos, y tarde o temprano se acaba, pero nuestras acciones son lo que perdura y lo único que dejamos.

©Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Borras y los perros de la cinta “Roma” de Cuarón

21 enero, 2019

Aviones, agua, cielo, tierra, ciudad, campo, cotidianidad… Y claro, los perros. Son muchos guiños y simbolismos los que involucran a “Roma”, la película del cineasta mexicano Alfonso Cuarón de la que se ha escrito, descrito, hablado, interpretado, desmenuzado. Pero no hay que ser tan complejos, porque en realidad conmueve y nos atrapa porque va a la esencia misma del cine: la imagen y la evocación.

Sus imágenes en blanco y negro profundizan y a la vez clarifican cada escena, evitando distracciones con matices y colores. Pero al mismo tiempo, subrayan la nostalgia de quienes vivimos nuestra infancia en el México de los años 70. Desde las primeras imágenes, un déjà vu nos invade a los niños que fuimos entonces, porque nos hace recordar y rememorar varias situaciones que vivimos en medio de esa turbulencia/placidez que nos rodeaba, donde todo era seguro, donde teníamos a nuestros perros y no teníamos mucha idea (al menos para quienes vivíamos en provincia) sobre sus cuidados básicos como vacunaciones, sacarlos de paseo con correa, o incluso ni siquiera vivían dentro de casa y les dábamos de comer sobras o retazos de pollo (patas, huacales o pescuezos).

Y esto queda reflejado en el caso de Borras, el perro de la familia en “Roma”, un perro que es querido, con quienes los niños interactúan, pero cuyas mayores atenciones recibidas son alimentarlo, jugar con él, evitar se escape y claro, que Cleo se encargue de limpiar sus heces, un hecho simbólico que termina por ser la gota que derrama el vaso entre la frágil relación de los padres de los niños. Y eso es algo que también podemos recordar muchos que teníamos perros, patio, cochera y coche, donde podía ser motivo de regaños y de largas discusiones que en realidad ocultaban un problema mayor (y que no tenía tanto que ver con el perro en cuestión).

Las imágenes y situaciones de “Roma” son poderosas. Más que irnos al contexto social y político de la época (desde la violencia contra las mujeres, la irresponsabilidad paterna -y la paternidad irresponsable-, la pobreza, la vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas, la credulidad y la inocencia, hasta el sangriento hecho de la masacre de Corpus Christi o el Halconazo), la cinta nos embriaga con su sencillez y deja un montón de visiones y puntos de vista por donde se les quiera ver.

Y en el caso de los perros, hay referencias varias en “Roma”. Sin duda, Borras ocupa el lugar principal, ya que es una figura discreta pero clave en la historia de esa familia defeña. Tiene su pequeña caseta de perro en el patio, nunca sale, a menos que se escape en algún descuido y ni siquiera se consideraban sus necesidades (como sacarlo de paseo o que viviera dentro de casa) porque los perros de entonces era normal que -en el mejor de los casos- así vivieran y a veces pasaban a ser meros elementos que conformaban el hogar. No lo meten ni siquiera cuando llueve, aunque tanto los niños como las muchachas que ahí trabajan sí le prestan atención y lo quieren.

Si bien hay, no obstante, un par de pequeños errorcillos cometidos en algunos elementos que no corresponden a la época (algunos autos, por ejemplo), no vale la pena señalarlos, porque no demeritan en lo más mínimo la grandeza de esta ya denominada obra maestra de Cuarón. Incluso el hecho que Borras usara collar, donde si bien no era algo imposible, tampoco era algo digamos que común en la época, porque los perros podían ser queridos, pero aunque estuvieran integrados a la familia era algo que ni se tomaba en cuenta (es posible que Borras lo usa en parte porque era la forma más sencilla de manipularlo).

Hay además otros perros en la película. Aquellos que se muestran en esa incipiente Neza, lodosa, baldía, mostrando un lado miserable que se refleja no solo en las casas humildes, sino en los perros callejeros que ahí sobreviven (situación que no ha cambiado en todo lugar que esté a las periferias o barrios bajos de la mancha urbana). Y también están los perros cuyas cabezas disecadas aparecen en la celebración de año nuevo a la cual es invitada la familia. Se trata de una escena extraña en donde por un lado la familia anfitriona es aficionada a la caza y exhibe sus “trofeos”, pero a la vez muestra en otra sala a los perros que ahí han vivido en la hacienda, como una especie de homenaje, al cual se unirán los perros que en ese momento viven en ese lugar y que también aparecen en momentos clave: cuando Cleo sube las escaleras hacia la parte superior de la hacienda, como si la guiara, o cuando los chicos andan recorriendo los alrededores de la hacienda o al ocurrir el incendio. Sin duda una estampa curiosa que vale mucho la pena poner atención.

“Roma”, sus personajes entrañables y destacables y aquellos personajes secundarios, sus perros, merecen varias lecturas. Pero a la vez no hace falta hacerlo. Como mencionó acertadamente el cineasta Peter Greenway (muchos recordarán su filme “El libro de cabecera”, de 1996) en una entrevista para la gaceta de la librería Gandhi: “(…) la manera en que organizamos el cine masivo y el underground se convierten en textos ilustrados, no como novelas, sino como cuentos. (…) no tienes que contar historias. La misma obra se convierte en su historia. El medio es el mensaje y se convierte en el contenido. (…) Nunca olvidemos que lo primero que existió fue la imagen, no la palabra“.

Y así ocurre con “Roma”, que ya está cuajada de premios y si no entra a los Óscares, bueno, no pasa nada. Es imagen pura, es cine puro. Al igual que un perro, no requiere de tantos diálogos, una trama, etc., para ser poderosa. Basta con verla y dejarnos llevar hasta nuestra infancia, en una cubeta de agua jabonosa, un perro que salta de alegría para recibirnos, que nos acompaña por unas escaleras o por un bosque que no pensamos que sea siniestro, porque nos cuida. La imagen y lo que representa, es todo.

Borras en la vida real fue un perro maltratado que estuvo a punto de morir de hambre y sed. Fue rescatado por su entrenador, el sr. Montero al encontrarlo amarrado con un alambre a una barda. Además de curarlo y tratarlo de afecciones varias, fue seleccionado para “Roma” porque se parecía mucho a un perro que tuvo Alfonso Cuarón de niño. Una razón más para ver esta maravillosa cinta, que tiene 10 nominaciones al Óscar.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

“Los perros duros no bailan” (libro)

10 enero, 2019

Los perros están presentes en la nutrida obra del escritor y periodista español Arturo Pérez-Reverte. El autor de la ya famosa carta titulada “No compres ese perro“, publicada en 2012, ha dado la vuelta al mundo para concientizar sobre el tema del abandono y maltrato animal. Activista y detractor de todo tipo de maltrato, incluyendo por supuesto las corridas de toros, nos ha deleitado a través de los años con novelas históricas, pero también con aquellas que hablan de uno de los más nobles, incomprendidos y pocas veces reconocidos amigos, los perros.

Fue a mediados del 2018 que Pérez-Reverte publicó una pequeña novela de 160 páginas titulada Los perros duros no bailan, y que está dedicada “A Sombra, Morgan, Mordaunt, Sherlock, Rumba y Ágata”, seguramente los perros en la vida del autor. La trama gira alrededor de Negro, una cruza de mastín español y fila brasileiro, que finalmente goza de sus años de retiro de las infames peleas clandestinas de perros.

Los días transcurren en tranquila calma entre visitas al Abrevadero de Margot, una especie de taberna canina que regentea una perra de acento argentino, donde se dan cita Negro y sus amigos, como Teo, Boris el Guapo, Agilulfo o Mórtimer. Pero todo da un giro cuando Teo y Boris desaparecen… y se rumora que han sido secuestrados por la mafia dedicada a las peleas caninas.

Es ahora que Negro tendrá que arriesgarlo todo y despojarse de todo lo que tenía seguro, incluso hasta de perder la vida en el foso. Pérez-Reverte, como buen periodista, conoce bien ese mundillo nefasto, y lo retrata fielmente bajo las palabras de su protagonista:

“Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte”.

Negro es diferente a sus compañeros, tiene cicatrices no solo en el cuerpo, sino en el alma que lo han endurecido. Menos en la parte tocante a la amistad: “A diferencia de los humanos, los cánidos apenas conocemos la hipocresía. Somos lo que somos, y punto. Animales honrados”. Es por eso que su objetivo se centra en rescatar a sus amigos, sobre todo a Teo, aun sabiendo que sea una tarea completamente inútil.

Pérez-Reverte retrata muy bien el alma y sentir de los molosos, su carácter aparentemente duro, impenetrable, curtido por los años, desengaños, maltrato, penurias y sinsabores, pero donde también ha conocido la nobleza, la amistad y la entereza. Y aunque no ha tenido la fortuna de vivir en carne propia (o quizá sí, pero en un tiempo lejanísimo, cuando era un cachorro y tuvo “uno de esos nombres tiernos y ridículos” antes de ser el Negro), sabe reconocer la nobleza humana:

“Entre los humanos hay de todo: seres dignos que nos dan educación, amor y felicidad, y seres miserables cuyas virtudes no están a la altura de las de un buen chucho: villanos que envilecen nuestra vida y nos llevan a la tristeza, el abandono, la soledad, el horror y la locura. Entre estos últimos, los malvados, hay también tipos muy diversos (…)”.

El Negro es un perro que se considera a sí mismo un poco torpe e ignorante, pero en realidad es un animal muy sabio que razona y filosofa mejor que muchos humanos: “Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas”.

Sin duda, Los perros duros no bailan es un libro que puede dar pie a varias lecturas e interpretaciones y donde nadie saldrá decepcionado, animalista o no. Con una narrativa más inclinada hacia la novela negra, sabe utilizar el humor con maestría, algo muy necesario después de leer algunos pasajes un tanto oscuros y desgarradores. No hay héroes de última hora de película hollywoodense para ayudar a esos perros condenados, y sin embargo, la trama da un giro en donde es posible rescatar la fe en la justicia.

No es un libro para niños, pero sí para adolescentes y adultos en donde además de disfrutar de la narrativa de este formidable autor español (y aunque se toma algunas libertades con respecto al carácter y personalidad de los protagonistas con tintes antropomórficos, a Pérez-Reverte se le perdona). Además de ser un llamado de atención a nosotros, que aparecemos en segundo plano, en condiciones en general nada halagüeñas, pero que nos debe servir para poner énfasis en el maltrato animal que muchas veces nos negamos a ver (y menos a evitar).

Los perros duros no bailan (2018), Ed. Alfaguara.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Fue periodista de guerra y es miembro de la Real Academia Española. Ha publicado más de 20 novelas e incluso han sido llevadas al cine (como “La novena puerta”, de Roman Polanski), la última se titula “Sabotaje”, además de publicar muchísimos artículos, guiones, y ha recibido innumerables premios, como el Premio Rey de España de Periodismo (2017).

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados

“Amigo” (cuento)

24 diciembre, 2018

Nací en el bosque. Mi aspecto no era el más favorecedor que digamos, apenas un cachorrito mestizo de un color indefinido, con algunos pelos más pardos aquí, otros más negros por allá, algo peludo, nada atractivo. Nuestra madre nos alimentó lo que pudo y sobrevivimos no sé si los más aptos o más desgraciados. Para los otros la vida consistió en un poco de leche, calor de hermanos , frío de noche… hasta que ese frío invadió todo su cuerpo, dejando que el alma se escapara ligera, ligera, hacia esa dimensión donde -dicen- todo es más claro y luminoso.

Para nosotros siguió la vida, los días, la luz, la oscuridad, el esconderse y evitar peleas con otros perros que también se amparaban en ese lugar, pero que en determinados días bajaban a las colonias cercanas, en busca de comida escondida en bolsas que a veces eran difíciles de romper. Mi cuerpo cambió, si no era bonito de cachorro, menos lo fui conforme crecí y seguí a mi madre, junto con otro de mis hermanos, hasta que finalmente ella siguió su camino.

Los días consistían en ir y volver, a veces con hambre, cansancio y sed, otras con más suerte por haber conseguido algo comestible y vivir al amparo del bosque, que a veces podía ser protector y otras, casi devorarte.

Un día mi hermano y yo nos separamos. Él se unió a otros perros y se fue hacia la barranca. Yo era más débil y tranquilo, siempre me dijo que era demasiado confiado, un poco tonto. Yo anhelaba tener algo diferente, algo que veía en aquellos perros que paseaban con su gente. Deseaba un hogar.

Nunca me inculcaron creencia alguna, pero dentro de mi corazón sabía que si lo deseaba lo suficiente, podía lograrlo, a pesar de mi aspecto y de las escasas oportunidades que tenía para conseguirlo. Perro mestizo, ni negro ni café, con la cola torcida, pelo semilargo, creciendo en direcciones opuestas, ni siquiera contando con la gracia o desamparo de un cachorro.

Y sin embargo, me propuse tener un hogar, una familia.

Comencé a acercarme más a la gente que paseaba con sus perros, a veces me ignoraban, otras se asustaban por mi aspecto. Algunos perros me ladraban, otros me saludaban y de ahí no pasaba. Hasta que conocí a esos hermosos perros blancos, esponjados, como pequeños corderitos, luciendo siempre como ángeles caninos, pero con el humor de diablillos caprichosos. Y comencé a seguirlos, día con día, a pesar de sus ladridos y amenazas, sin importarme que al inicio la gente que salía con ellos me azuzaba para que me retirara de ahí.

Yo los seguía a distancia, fascinado por su presencia, hasta que un día dejaron de ladrarme. Llegábamos a la entrada de su casa y me regresaba a ese pequeño espacio en el bosque, siempre con el anhelo creciente de tener un hogar como ellos. Conocía sus horarios y nos encontrábamos en una esquina, el dueño fingiendo no mirarme y ellos fingiendo ladrarme amenazas. No importaba porque decidí que serían mi familia, aunque fuera a la distancia y aunque poco a poco dejé de ir hacia el bosque y a quedarme afuera de su casa.

Fue tanta mi insistencia que al poco tiempo me dejaban algo de comida. Y respetuosamente, nunca entre a su casa, siempre quedándome en el exterior. Al pasar las semanas se dieron cuenta de que los cuidaba. Me sentía orgulloso porque era como su perro guardián. Algo que me hacía sentir feliz. Pero el mejor momento fue cuando me dejaron entrar a la casa y, finalmente, formé parte de esa familia… para siempre.

Hoy soy uno más de ellos. No pasaré nunca más hambre, ni tendré que protegerme de otros perros o de gente ociosa que maltrata. Ya no tendré que esconderme en el bosque, con el cuerpo arrebujado y la cola curva tratando de cubrir mi rostro. Soy mestizo, nada agraciado, con una cola torcida y un color indefinido. Tengo una placa y un collar con el mejor de los nombres. Tengo una familia que, si bien no es perfecta y tiene cosas que ante los hombres pueden ser un tanto cuestionables, los quiero como nada en el mundo y defendería con mi vida la suya.

Nuevamente pasaré otra Navidad con ellos, deseando que otros también puedan vivir como yo, que puedan conseguirse un hogar a pesar de tener todo en contra. Y convertirse en más que un perro, un verdadero Amigo (ese es mi nombre), sin importar que sea un hogar pequeño, humilde u ostentoso, pero nunca alejado en un bosque, en la calle, en una azotea o encadenado en un jardín, sino ese amigo con el que quieres estar siempre y que de callada manera te corresponderá incluso más allá de su vida.

Mayra Cabrera© Derechos Reservados

“Rapsodia Bohemia”: Freddie Mercury y sus gatos

13 noviembre, 2018

Cuando a mediados de año me enteré del estreno de la cinta “Bohemian Rhapsody”, basada en parte de la vida de Freddie Mercury y Queen, me emocioné mucho desde que vi el tráiler, y ahora que la he visto quedé más que feliz. Si bien hay críticas no tan favorables en torno a los diálogos, la historia, que si hay lugares comunes, me parece una película icónica, muy bien lograda, donde la banda sonora es totalmente maravillosa, y ni hablar de la actuación de Rami Malek (comentario aparte, este actor tiene raíces latinas de las que se siente orgulloso) y donde la apoteosis es la interpretación de Queen en el mítico concierto “Live Aid”. Definitivamente, imperdible y para emocionarse hasta las lágrimas.

Pero dejando un poco de lado mi lado melómano, este post es para hablar de los otros protagonistas en la historia del gran Freddie: sus amados gatos. En la cinta se mencionan seis de ellos, aunque se sabe que durante su breve vida (falleció a los 45 años debido a una neumonía derivada del sida) tuvo en total diez gatos llamados Dorothy, Tiffany, Tom, Jerry, Delilah, Goliath, Lily, Miko, Oscar y Romeo.

Me pareció una excelente idea que incluso desde el inicio de la película hay una magnífica escena en donde la cámara se sitúa a nivel del piso para mostrar a Freddie caminando por su mansión sorteando a sus felinos. Otra escena muy tierna es donde está de gira por EU y llama a casa para preguntar a Mary Austin, su entonces novia y quizá el amor de su vida, por sus gatos, solicitando incluso pusiera al teléfono a alguno de ellos para poder hablarle… algo que muchos de nosotros seguramente hemos hecho al estar lejos de casa. Se dice que les platicaba cómo había sido su día y lo mucho que los extrañaba.

En la piel de Freddie Mercury y sus amados felinos

El mismo Malek, comentó para la BBC que Freddie “Tenía un lado tan compasivo, anhelaba sentirse parte de una comunidad, el amor, el compañerismo… pero de alguna manera había una sensación de distancia”. No obstante, esa distancia se acortaba entre él y el público al tener una conexión especial, íntima y profunda, en donde el vehículo conductor eran las letras de sus canciones.

Es ahí donde puede conocerse al verdadero Mercury, en donde su sensibilidad y amabilidad llegaban a lo más hondo. Prueba de ello es el tema “Delilah“, del álbum “Innuendo” (1991), inspirada precisamente en su gatita y que dice algo en lo que todos los amantes de los gatos coincidirán: “Delilah, Delilah, oh my, oh my, oh my – you’re irresistible – ooh ooh ooh
You make me smile when I’m just about to cry
You bring me hope, you make me laugh – and I like it
You get away with murder, so innocent
But when you throw a moody you’re all claws and you bite
That’s alright!”

(Delilah, Delilah, eres tan irresistible. Me haces sonreír cuando estoy por llorar. Me das esperanza, me haces reír -y me encanta-. Te sales con la tuya, tan inocente. Pero cuando no estás de humor, eres toda garras y muerdes. ¡Está bien!).

Se sabe además por testimonios de gente allegada al artista británico que durante sus últimos días lo acompañaron y una de las últimas cosas que hizo fue precisamente acariciar a su querida gatita Delilah. Incluso en el video de la emotiva y profunda canción “These are the days of our lives” Freddie viste un chaleco en donde podemos apreciar a sus queridos mininos.

Los gatos adoptados de Freddie Mercury

De hecho es importante mencionar que muchos de sus gatos fueron adoptados de albergues, lo cual habla mucho (al igual que con George Michael, de quien también escribí un post) de su amor y gran corazón, más allá de quedarse con aquellas historias escandalosas sobre sus excesos y vida sexual. Incluso en la cinta se menciona que cada uno de sus gatos tenía su propia habitación en su residencia.

Para alguien que nunca quiso ser segregado, etiquetado, que vivió excesos, pero que a la vez nunca dejó de lado su sensibilidad, creatividad y también compasión, es totalmente entendible que los gatos fueran más que sus compañeros animales y que incluso los considerara como “sus niños”, como alguna vez mencionó Jim Hutton, su última pareja.

Freddie sin duda nos dejó prematuramente. Pero su extraordinaria voz perdurará por siempre, así como esa enorme sensibilidad, desbordante carisma y talento, así como el gran legado que nos ha dejado en cada tema, dejando fragmentos de su verdadera esencia… como pequeñas huellas de gato que no se difuminarán jamás. (Y sí, Freddie, todavía te amamos…).

Mayra Cabrera, Derechos Reservados.