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Borras y los perros de la cinta “Roma” de Cuarón

21 enero, 2019

Aviones, agua, cielo, tierra, ciudad, campo, cotidianidad… Y claro, los perros. Son muchos guiños y simbolismos los que involucran a “Roma”, la película del cineasta mexicano Alfonso Cuarón de la que se ha escrito, descrito, hablado, interpretado, desmenuzado. Pero no hay que ser tan complejos, porque en realidad conmueve y nos atrapa porque va a la esencia misma del cine: la imagen y la evocación.

Sus imágenes en blanco y negro profundizan y a la vez clarifican cada escena, evitando distracciones con matices y colores. Pero al mismo tiempo, subrayan la nostalgia de quienes vivimos nuestra infancia en el México de los años 70. Desde las primeras imágenes, un déjà vu nos invade a los niños que fuimos entonces, porque nos hace recordar y rememorar varias situaciones que vivimos en medio de esa turbulencia/placidez que nos rodeaba, donde todo era seguro, donde teníamos a nuestros perros y no teníamos mucha idea (al menos para quienes vivíamos en provincia) sobre sus cuidados básicos como vacunaciones, sacarlos de paseo con correa, o incluso ni siquiera vivían dentro de casa y les dábamos de comer sobras o retazos de pollo (patas, huacales o pescuezos).

Y esto queda reflejado en el caso de Borras, el perro de la familia en “Roma”, un perro que es querido, con quienes los niños interactúan, pero cuyas mayores atenciones recibidas son alimentarlo, jugar con él, evitar se escape y claro, que Cleo se encargue de limpiar sus heces, un hecho simbólico que termina por ser la gota que derrama el vaso entre la frágil relación de los padres de los niños. Y eso es algo que también podemos recordar muchos que teníamos perros, patio, cochera y coche, donde podía ser motivo de regaños y de largas discusiones que en realidad ocultaban un problema mayor (y que no tenía tanto que ver con el perro en cuestión).

Las imágenes y situaciones de “Roma” son poderosas. Más que irnos al contexto social y político de la época (desde la violencia contra las mujeres, la irresponsabilidad paterna -y la paternidad irresponsable-, la pobreza, la vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas, la credulidad y la inocencia, hasta el sangriento hecho de la masacre de Corpus Christi o el Halconazo), la cinta nos embriaga con su sencillez y deja un montón de visiones y puntos de vista por donde se les quiera ver.

Y en el caso de los perros, hay referencias varias en “Roma”. Sin duda, Borras ocupa el lugar principal, ya que es una figura discreta pero clave en la historia de esa familia defeña. Tiene su pequeña caseta de perro en el patio, nunca sale, a menos que se escape en algún descuido y ni siquiera se consideraban sus necesidades (como sacarlo de paseo o que viviera dentro de casa) porque los perros de entonces era normal que -en el mejor de los casos- así vivieran y a veces pasaban a ser meros elementos que conformaban el hogar. No lo meten ni siquiera cuando llueve, aunque tanto los niños como las muchachas que ahí trabajan sí le prestan atención y lo quieren.

Si bien hay, no obstante, un par de pequeños errorcillos cometidos en algunos elementos que no corresponden a la época (algunos autos, por ejemplo), no vale la pena señalarlos, porque no demeritan en lo más mínimo la grandeza de esta ya denominada obra maestra de Cuarón. Incluso el hecho que Borras usara collar, donde si bien no era algo imposible, tampoco era algo digamos que común en la época, porque los perros podían ser queridos, pero aunque estuvieran integrados a la familia era algo que ni se tomaba en cuenta (es posible que Borras lo usa en parte porque era la forma más sencilla de manipularlo).

Hay además otros perros en la película. Aquellos que se muestran en esa incipiente Neza, lodosa, baldía, mostrando un lado miserable que se refleja no solo en las casas humildes, sino en los perros callejeros que ahí sobreviven (situación que no ha cambiado en todo lugar que esté a las periferias o barrios bajos de la mancha urbana). Y también están los perros cuyas cabezas disecadas aparecen en la celebración de año nuevo a la cual es invitada la familia. Se trata de una escena extraña en donde por un lado la familia anfitriona es aficionada a la caza y exhibe sus “trofeos”, pero a la vez muestra en otra sala a los perros que ahí han vivido en la hacienda, como una especie de homenaje, al cual se unirán los perros que en ese momento viven en ese lugar y que también aparecen en momentos clave: cuando Cleo sube las escaleras hacia la parte superior de la hacienda, como si la guiara, o cuando los chicos andan recorriendo los alrededores de la hacienda o al ocurrir el incendio. Sin duda una estampa curiosa que vale mucho la pena poner atención.

“Roma”, sus personajes entrañables y destacables y aquellos personajes secundarios, sus perros, merecen varias lecturas. Pero a la vez no hace falta hacerlo. Como mencionó acertadamente el cineasta Peter Greenway (muchos recordarán su filme “El libro de cabecera”, de 1996) en una entrevista para la gaceta de la librería Gandhi: “(…) la manera en que organizamos el cine masivo y el underground se convierten en textos ilustrados, no como novelas, sino como cuentos. (…) no tienes que contar historias. La misma obra se convierte en su historia. El medio es el mensaje y se convierte en el contenido. (…) Nunca olvidemos que lo primero que existió fue la imagen, no la palabra“.

Y así ocurre con “Roma”, que ya está cuajada de premios y si no entra a los Óscares, bueno, no pasa nada. Es imagen pura, es cine puro. Al igual que un perro, no requiere de tantos diálogos, una trama, etc., para ser poderosa. Basta con verla y dejarnos llevar hasta nuestra infancia, en una cubeta de agua jabonosa, un perro que salta de alegría para recibirnos, que nos acompaña por unas escaleras o por un bosque que no pensamos que sea siniestro, porque nos cuida. La imagen y lo que representa, es todo.

Borras en la vida real fue un perro maltratado que estuvo a punto de morir de hambre y sed. Fue rescatado por su entrenador, el sr. Montero al encontrarlo amarrado con un alambre a una barda. Además de curarlo y tratarlo de afecciones varias, fue seleccionado para “Roma” porque se parecía mucho a un perro que tuvo Alfonso Cuarón de niño. Una razón más para ver esta maravillosa cinta, que tiene 10 nominaciones al Óscar.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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“Los perros duros no bailan” (libro)

10 enero, 2019

Los perros están presentes en la nutrida obra del escritor y periodista español Arturo Pérez-Reverte. El autor de la ya famosa carta titulada “No compres ese perro“, publicada en 2012, ha dado la vuelta al mundo para concientizar sobre el tema del abandono y maltrato animal. Activista y detractor de todo tipo de maltrato, incluyendo por supuesto las corridas de toros, nos ha deleitado a través de los años con novelas históricas, pero también con aquellas que hablan de uno de los más nobles, incomprendidos y pocas veces reconocidos amigos, los perros.

Fue a mediados del 2018 que Pérez-Reverte publicó una pequeña novela de 160 páginas titulada Los perros duros no bailan, y que está dedicada “A Sombra, Morgan, Mordaunt, Sherlock, Rumba y Ágata”, seguramente los perros en la vida del autor. La trama gira alrededor de Negro, una cruza de mastín español y fila brasileiro, que finalmente goza de sus años de retiro de las infames peleas clandestinas de perros.

Los días transcurren en tranquila calma entre visitas al Abrevadero de Margot, una especie de taberna canina que regentea una perra de acento argentino, donde se dan cita Negro y sus amigos, como Teo, Boris el Guapo, Agilulfo o Mórtimer. Pero todo da un giro cuando Teo y Boris desaparecen… y se rumora que han sido secuestrados por la mafia dedicada a las peleas caninas.

Es ahora que Negro tendrá que arriesgarlo todo y despojarse de todo lo que tenía seguro, incluso hasta de perder la vida en el foso. Pérez-Reverte, como buen periodista, conoce bien ese mundillo nefasto, y lo retrata fielmente bajo las palabras de su protagonista:

“Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte”.

Negro es diferente a sus compañeros, tiene cicatrices no solo en el cuerpo, sino en el alma que lo han endurecido. Menos en la parte tocante a la amistad: “A diferencia de los humanos, los cánidos apenas conocemos la hipocresía. Somos lo que somos, y punto. Animales honrados”. Es por eso que su objetivo se centra en rescatar a sus amigos, sobre todo a Teo, aun sabiendo que sea una tarea completamente inútil.

Pérez-Reverte retrata muy bien el alma y sentir de los molosos, su carácter aparentemente duro, impenetrable, curtido por los años, desengaños, maltrato, penurias y sinsabores, pero donde también ha conocido la nobleza, la amistad y la entereza. Y aunque no ha tenido la fortuna de vivir en carne propia (o quizá sí, pero en un tiempo lejanísimo, cuando era un cachorro y tuvo “uno de esos nombres tiernos y ridículos” antes de ser el Negro), sabe reconocer la nobleza humana:

“Entre los humanos hay de todo: seres dignos que nos dan educación, amor y felicidad, y seres miserables cuyas virtudes no están a la altura de las de un buen chucho: villanos que envilecen nuestra vida y nos llevan a la tristeza, el abandono, la soledad, el horror y la locura. Entre estos últimos, los malvados, hay también tipos muy diversos (…)”.

El Negro es un perro que se considera a sí mismo un poco torpe e ignorante, pero en realidad es un animal muy sabio que razona y filosofa mejor que muchos humanos: “Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas”.

Sin duda, Los perros duros no bailan es un libro que puede dar pie a varias lecturas e interpretaciones y donde nadie saldrá decepcionado, animalista o no. Con una narrativa más inclinada hacia la novela negra, sabe utilizar el humor con maestría, algo muy necesario después de leer algunos pasajes un tanto oscuros y desgarradores. No hay héroes de última hora de película hollywoodense para ayudar a esos perros condenados, y sin embargo, la trama da un giro en donde es posible rescatar la fe en la justicia.

No es un libro para niños, pero sí para adolescentes y adultos en donde además de disfrutar de la narrativa de este formidable autor español (y aunque se toma algunas libertades con respecto al carácter y personalidad de los protagonistas con tintes antropomórficos, a Pérez-Reverte se le perdona). Además de ser un llamado de atención a nosotros, que aparecemos en segundo plano, en condiciones en general nada halagüeñas, pero que nos debe servir para poner énfasis en el maltrato animal que muchas veces nos negamos a ver (y menos a evitar).

Los perros duros no bailan (2018), Ed. Alfaguara.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Fue periodista de guerra y es miembro de la Real Academia Española. Ha publicado más de 20 novelas e incluso han sido llevadas al cine (como “La novena puerta”, de Roman Polanski), la última se titula “Sabotaje”, además de publicar muchísimos artículos, guiones, y ha recibido innumerables premios, como el Premio Rey de España de Periodismo (2017).

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados

“Amigo” (cuento)

24 diciembre, 2018

Nací en el bosque. Mi aspecto no era el más favorecedor que digamos, apenas un cachorrito mestizo de un color indefinido, con algunos pelos más pardos aquí, otros más negros por allá, algo peludo, nada atractivo. Nuestra madre nos alimentó lo que pudo y sobrevivimos no sé si los más aptos o más desgraciados. Para los otros la vida consistió en un poco de leche, calor de hermanos , frío de noche… hasta que ese frío invadió todo su cuerpo, dejando que el alma se escapara ligera, ligera, hacia esa dimensión donde -dicen- todo es más claro y luminoso.

Para nosotros siguió la vida, los días, la luz, la oscuridad, el esconderse y evitar peleas con otros perros que también se amparaban en ese lugar, pero que en determinados días bajaban a las colonias cercanas, en busca de comida escondida en bolsas que a veces eran difíciles de romper. Mi cuerpo cambió, si no era bonito de cachorro, menos lo fui conforme crecí y seguí a mi madre, junto con otro de mis hermanos, hasta que finalmente ella siguió su camino.

Los días consistían en ir y volver, a veces con hambre, cansancio y sed, otras con más suerte por haber conseguido algo comestible y vivir al amparo del bosque, que a veces podía ser protector y otras, casi devorarte.

Un día mi hermano y yo nos separamos. Él se unió a otros perros y se fue hacia la barranca. Yo era más débil y tranquilo, siempre me dijo que era demasiado confiado, un poco tonto. Yo anhelaba tener algo diferente, algo que veía en aquellos perros que paseaban con su gente. Deseaba un hogar.

Nunca me inculcaron creencia alguna, pero dentro de mi corazón sabía que si lo deseaba lo suficiente, podía lograrlo, a pesar de mi aspecto y de las escasas oportunidades que tenía para conseguirlo. Perro mestizo, ni negro ni café, con la cola torcida, pelo semilargo, creciendo en direcciones opuestas, ni siquiera contando con la gracia o desamparo de un cachorro.

Y sin embargo, me propuse tener un hogar, una familia.

Comencé a acercarme más a la gente que paseaba con sus perros, a veces me ignoraban, otras se asustaban por mi aspecto. Algunos perros me ladraban, otros me saludaban y de ahí no pasaba. Hasta que conocí a esos hermosos perros blancos, esponjados, como pequeños corderitos, luciendo siempre como ángeles caninos, pero con el humor de diablillos caprichosos. Y comencé a seguirlos, día con día, a pesar de sus ladridos y amenazas, sin importarme que al inicio la gente que salía con ellos me azuzaba para que me retirara de ahí.

Yo los seguía a distancia, fascinado por su presencia, hasta que un día dejaron de ladrarme. Llegábamos a la entrada de su casa y me regresaba a ese pequeño espacio en el bosque, siempre con el anhelo creciente de tener un hogar como ellos. Conocía sus horarios y nos encontrábamos en una esquina, el dueño fingiendo no mirarme y ellos fingiendo ladrarme amenazas. No importaba porque decidí que serían mi familia, aunque fuera a la distancia y aunque poco a poco dejé de ir hacia el bosque y a quedarme afuera de su casa.

Fue tanta mi insistencia que al poco tiempo me dejaban algo de comida. Y respetuosamente, nunca entre a su casa, siempre quedándome en el exterior. Al pasar las semanas se dieron cuenta de que los cuidaba. Me sentía orgulloso porque era como su perro guardián. Algo que me hacía sentir feliz. Pero el mejor momento fue cuando me dejaron entrar a la casa y, finalmente, formé parte de esa familia… para siempre.

Hoy soy uno más de ellos. No pasaré nunca más hambre, ni tendré que protegerme de otros perros o de gente ociosa que maltrata. Ya no tendré que esconderme en el bosque, con el cuerpo arrebujado y la cola curva tratando de cubrir mi rostro. Soy mestizo, nada agraciado, con una cola torcida y un color indefinido. Tengo una placa y un collar con el mejor de los nombres. Tengo una familia que, si bien no es perfecta y tiene cosas que ante los hombres pueden ser un tanto cuestionables, los quiero como nada en el mundo y defendería con mi vida la suya.

Nuevamente pasaré otra Navidad con ellos, deseando que otros también puedan vivir como yo, que puedan conseguirse un hogar a pesar de tener todo en contra. Y convertirse en más que un perro, un verdadero Amigo (ese es mi nombre), sin importar que sea un hogar pequeño, humilde u ostentoso, pero nunca alejado en un bosque, en la calle, en una azotea o encadenado en un jardín, sino ese amigo con el que quieres estar siempre y que de callada manera te corresponderá incluso más allá de su vida.

Mayra Cabrera© Derechos Reservados

“Rapsodia Bohemia”: Freddie Mercury y sus gatos

13 noviembre, 2018

Cuando a mediados de año me enteré del estreno de la cinta “Bohemian Rhapsody”, basada en parte de la vida de Freddie Mercury y Queen, me emocioné mucho desde que vi el tráiler, y ahora que la he visto quedé más que feliz. Si bien hay críticas no tan favorables en torno a los diálogos, la historia, que si hay lugares comunes, me parece una película icónica, muy bien lograda, donde la banda sonora es totalmente maravillosa, y ni hablar de la actuación de Rami Malek (comentario aparte, este actor tiene raíces latinas de las que se siente orgulloso) y donde la apoteosis es la interpretación de Queen en el mítico concierto “Live Aid”. Definitivamente, imperdible y para emocionarse hasta las lágrimas.

Pero dejando un poco de lado mi lado melómano, este post es para hablar de los otros protagonistas en la historia del gran Freddie: sus amados gatos. En la cinta se mencionan seis de ellos, aunque se sabe que durante su breve vida (falleció a los 45 años debido a una neumonía derivada del sida) tuvo en total diez gatos llamados Dorothy, Tiffany, Tom, Jerry, Delilah, Goliath, Lily, Miko, Oscar y Romeo.

Me pareció una excelente idea que incluso desde el inicio de la película hay una magnífica escena en donde la cámara se sitúa a nivel del piso para mostrar a Freddie caminando por su mansión sorteando a sus felinos. Otra escena muy tierna es donde está de gira por EU y llama a casa para preguntar a Mary Austin, su entonces novia y quizá el amor de su vida, por sus gatos, solicitando incluso pusiera al teléfono a alguno de ellos para poder hablarle… algo que muchos de nosotros seguramente hemos hecho al estar lejos de casa. Se dice que les platicaba cómo había sido su día y lo mucho que los extrañaba.

En la piel de Freddie Mercury y sus amados felinos

El mismo Malek, comentó para la BBC que Freddie “Tenía un lado tan compasivo, anhelaba sentirse parte de una comunidad, el amor, el compañerismo… pero de alguna manera había una sensación de distancia”. No obstante, esa distancia se acortaba entre él y el público al tener una conexión especial, íntima y profunda, en donde el vehículo conductor eran las letras de sus canciones.

Es ahí donde puede conocerse al verdadero Mercury, en donde su sensibilidad y amabilidad llegaban a lo más hondo. Prueba de ello es el tema “Delilah“, del álbum “Innuendo” (1991), inspirada precisamente en su gatita y que dice algo en lo que todos los amantes de los gatos coincidirán: “Delilah, Delilah, oh my, oh my, oh my – you’re irresistible – ooh ooh ooh
You make me smile when I’m just about to cry
You bring me hope, you make me laugh – and I like it
You get away with murder, so innocent
But when you throw a moody you’re all claws and you bite
That’s alright!”

(Delilah, Delilah, eres tan irresistible. Me haces sonreír cuando estoy por llorar. Me das esperanza, me haces reír -y me encanta-. Te sales con la tuya, tan inocente. Pero cuando no estás de humor, eres toda garras y muerdes. ¡Está bien!).

Se sabe además por testimonios de gente allegada al artista británico que durante sus últimos días lo acompañaron y una de las últimas cosas que hizo fue precisamente acariciar a su querida gatita Delilah. Incluso en el video de la emotiva y profunda canción “These are the days of our lives” Freddie viste un chaleco en donde podemos apreciar a sus queridos mininos.

Los gatos adoptados de Freddie Mercury

De hecho es importante mencionar que muchos de sus gatos fueron adoptados de albergues, lo cual habla mucho (al igual que con George Michael, de quien también escribí un post) de su amor y gran corazón, más allá de quedarse con aquellas historias escandalosas sobre sus excesos y vida sexual. Incluso en la cinta se menciona que cada uno de sus gatos tenía su propia habitación en su residencia.

Para alguien que nunca quiso ser segregado, etiquetado, que vivió excesos, pero que a la vez nunca dejó de lado su sensibilidad, creatividad y también compasión, es totalmente entendible que los gatos fueran más que sus compañeros animales y que incluso los considerara como “sus niños”, como alguna vez mencionó Jim Hutton, su última pareja.

Freddie sin duda nos dejó prematuramente. Pero su extraordinaria voz perdurará por siempre, así como esa enorme sensibilidad, desbordante carisma y talento, así como el gran legado que nos ha dejado en cada tema, dejando fragmentos de su verdadera esencia… como pequeñas huellas de gato que no se difuminarán jamás. (Y sí, Freddie, todavía te amamos…).

Mayra Cabrera, Derechos Reservados.

“El loco” (cuento)

1 noviembre, 2018

Andar y andar. Eso es lo que hacemos siempre… al menos cuando no le da por ponerse a gritar y a vociferar tantas groserías que hasta pierde la voz. Cuando eso ocurre, me retiro un poco, aprovecho para descansar y lo cuido desde donde estoy. Sé que en unos minutos la letanía pasará e incluso consiga que en la tienda le obsequien comida y me convide un poco.

No recuerdo cuándo llegué a su casa, cuando su madre todavía tenía fuerzas para cuidarlo, cambiarlo de ropa y alimentarlo. Porque cuando has pasado en la calle una temporada, el tiempo comienza a estirarse, a doblarse, y es difícil medir los días y los meses, que en esta ciudad son siempre iguales porque no hay muchos cambios de clima, como no sea la época de lluvias o de repente algo de frío. El caso es que debí andar hacia esta colonia azarosa y nueva, con casas levantadas de forma improvisada, donde el lujo consiste en levantar unos muros y tener agua.

La anciana comenzó a darme algunas sobras y bueno, no soy malagradecido, así que mis visitas se hicieron frecuentes hasta que sin que hubiera un trato de por medio, me quedé a vivir con ellos. Es verdad que al inicio me costó trabajo no asustarme con los aspavientos y gritos de él, pero al no tener ese olor desagradable que despide la gente que busca hacer daño, sino más bien un aroma a desamparo, opté por quedarme y seguirlo, como quien cuida a una cría pequeña. Ella lo agradeció a su hosca manera, permitiéndome estar dentro de casa y ofreciéndome las sobras. Nada mal para un perro callejero.

Así que tuve casa. Y los días nuevamente siguieron su marcha, en medio de largas peregrinaciones a la calle, ondeando mi cola siguiendo a él y a su madre, en curiosa procesión de tres seres necesitados unos de los otros.

En el andar conocí su mundo, la gente que les ayudaba y que incluso le obsequiaban medicinas. Cuando las tomaba se mostraba más tranquilo, se arreglaba el pelo y la tupida barba, cogía su viejo portafolios y se dirigía a pintar a un lugar que solo él y yo conocíamos. Eran buenos momentos porque podía sentir cómo las cosas dentro de su alma se acomodaban, como piezas que encajan donde deben ir, sin que las sacudidas de su mente las dejaran regadas en una dolorosa sucesión de voces y personas invisibles que continuamente lo agredían y se burlaban. No fueron muchos los momentos de paz, pero la vida en este plano no está hecha para eso, sino para seguir y seguir, como cada día, yendo tras él y esperando no se desgañitara demasiado.

Pero además la vida en este mundo tampoco está hecha para perpetuarse, sino que es finita, frágil, vulnerable. No pensé que su madre estuviera enferma y un día ya no despertara, dejándonos en desamparo. Un día antes que estuvo en cama, casi sin moverse ni hablar, me miró de manera suplicante y entendí lo que dijo, así que también con mis ojos castaños le devolví su deseo. La vida se hizo más desordenada, el espacio más reducido y los lapsos más amplificados. Comida no faltó, pero sí los cuidados de su madre, que yo intentaba cubrir de manera precaria.

Los años pasaron y me cobraron factura. Mi andar se hizo más cansado, más pesaroso. Era difícil seguirle el paso, y aun así mantenía mi promesa, aunque sea a distancia, de cuidarlo. Un día sencillamente se acabó todo para mí. Siempre creí que terminaría igual que ella, pero nuestra imaginación y temores se quedan cortos ante la muerte. Fue un coche el que se encargó de todo. Todavía traté de levantarme, pero fue inútil. Al menos él no se dio cuenta, ya que iba más adelantado, y la gente de los alrededores no prestó demasiada atención. Otro callejero arrollado, caído, nada más.

Pero yo me levanté, primero con dolor, después con mayor ligereza. No hubo más achaques, nada del viejo cuerpo que ya era un lastre. Y fue cuando la vi a ella, sonriente, esperándome en cuclillas y con los brazos abiertos. Me dio un corto abrazo y se levantó. Fue así que seguimos nuestro camino, andando ahora en este lado de la existencia, cuidando de él, que nunca esté solo, que siempre esté cuidado y protegido por nosotros, esperando el día en que estemos de nuevo andando, andando, que siga pintando y que su mente esté en orden y con toda la perfección de sus cuadros…

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados

“Hueso” (cuento)

1 noviembre, 2017

Para todos los perros que han partido, para quienes no podrán ser parte de una familia o labor tan noble debido a nuestra ceguera y egoísmo, para los binomios rescatistas, para los animales rescatados… y para aquellos que perdieron la vida junto con su familia humana en los sismos de México en 2017.

Avanza el día y seguimos andando. Algunas personas apresuran el paso y se calan la gorra o acomodan la mochila. De vez en cuando alguien comienza a andar de rodillas, mientras murmura una letanía y mira al cielo. Finalmente nos detenemos a la orilla del camino para descansar. Muevo el muñón que todavía es mi cola y me acerco afable, como siempre, para pedir comida. A veces funciona y me dan las sobras, pero a veces no: me echan con malos modos y se limitan a echarse a cuestas la imagen o el pesado crucifijo, haciendo promesas extrañas que nada tienen que ver con alimentar a un hambriento como yo.

*

Llega la noche y cada quién se acomoda como puede. Algunos traen con qué taparse, otros se instalan en el interior del camión que pesadamente nos sigue durante el día. Y los perros tenemos que alejarnos un poco, porque si bien les servimos de guardia, en realidad no somos muy bienvenidos. Duermo por ratos y en esos momentos no pienso en nada. Me dejo llevar hasta que la mañana apenas se atisba en el horizonte gris de la ciudad a la que nos acercamos. Quizá haya comida ahí.

*

Hemos llegado y todo es un hervidero de gente, vendedores, peregrinos y también callejeros.  Todo se llena de voces, rezos, gente hincada, gente a gatas, siempre clamando. He perdido de vista a quienes acompañaba y no soy aceptado en ningún lado. Al menos hay sobras por doquier.

*

Pasan los días y el lugar comienza a vaciarse. Apenas y hay alimento. He logrado escapar de los vehículos a donde han subido a otros a la fuerza. Los ladridos, olores ocres del miedo y miradas, me indican que irán a un lugar terrible y sin retorno. Logro esconderme. Solo queda dormir, esperar, sobrevivir.

*

Ya estoy más enflaquecido que cuando llegué. Me cuesta más trabajo ser amistoso, porque la gente aquí es desconfiada y arisca. Pareciera no interesarles nada más que sus pasos apresurados hacia quién sabe dónde. Llego a un puesto donde por primera vez en mucho tiempo no soy echado. Me alimentan y hablan: por fin puedo demostrar la alegría que siempre me había caracterizado y creí olvidada. Les agrado y deciden llevarme consigo.

Al inicio solo iba a vivir con uno de ellos, pero al acompañarlo a los entrenamientos con otros perros, demostré que tenía habilidades. Poco a poco me entrenaron hasta formar parte de la división de perros de rescate. Soy mestizo, pero aprendí a trabajar a la par que los otros, y demuestro mi agradecimiento al entregarme por entero, haciendo lo que me piden y derrochando entusiasmo. Es verdad que aveces me distraigo, porque creo escuchar alguna voz del pasado o creo ver a alguien conocido. Pero me aferro a mi presente, y no hay nada mejor que rescatar a alguien bajo los escombros. Pero sobre todo, no hay nadie más dichoso que yo al ver felices a mis compañeros humanos.

*

Ya no recuerdo las penurias, ni tampoco qué sentía cuando estuve solo, hambriento y abandonado. Eso ya no existe. La vida es buena y vale la pena luchar por ella.

Mayra Cabrera, ©Derechos Reservados

“Hueso” sí existe. Efectivamente es un perrito mestizo que fue rescatado en la Basílica de Guadalupe (CDMX) por miembros de la Cruz Roja en el 2010 y fue entrenado para ser rescatista (incluso hace rescates en el agua). Junto con su binomio, Javier Sotomayor, han realizado rescates en diversos siniestros, como en los pasados sismos de septiembre en México. “Hueso” pertenece al Programa de Manejadores de Perros de Búsqueda y Rescate de la UNAM y también de la Cruz Roja Mexicana, además de ser perro de terapia.

Adopta un perro CDMX: Centro de Transferencia Canina

15 agosto, 2017

Si vives en la CDMX y deseas adoptar un perro, solo tienes que acudir al Centro de Transferencia Canina: los perritos del Metro.

Por desgracia, no es raro que en el Metro de la Ciudad de México lleguen a entrar perros y queden ahí, en cierta forma, atrapados. Algunos porque van siguiendo a sus dueños, otros porque están extraviados, y muchos más porque son callejeros. Sin embargo, son diversos los peligros a los que se enfrentan, ya sea por parte de gente malintencionada o incluso porque caigan a las vías, entre otras cosas terribles.

Afortunadamente por parte del Gobierno de la CDMX se rehabilitó un espacio de 3000 m2 en las afueras de Metro El Rosario, en donde se encuentran las instalaciones del ahora denominado Centro de Transferencia Canina. Tiene un logotipo muy ingenioso y ad hoc al lugar, formado por el propio logo del Metro, formando una figura canina.

Dónde adoptar un perrito del Metro del DF

Ahí es a donde llegan aquellos perros encontrados sin dueño en el interior del Metro. Cuentan con las instalaciones necesarias para albergarlos temporalmente en lo que encuentran un hogar. Cuentan con atención médica e incluso se entregan esterilizados y desparasitados.

Participan estudiantes de veterinaria de la UAM y del Injuve. Además de veterinarios hay una entrenadora canina que ayuda a su rehabilitación y entrenamiento para que puedan incorporarse a una familia.

Perros encontrados en el Metro de la CDMX

¿Extraviaste a tu perro en la CDMX? Además de buscarlo en zonas aledañas a tu hogar o donde se extravió, acude a antirrábicos y albergues. No dejes de dar un vistazo a la página de este Centro de Transferencia Canina. Ahí se muestran fotos de los perritos que han sido llevados y quizá podría estar el tuyo. También puedes llamarles.

Se trata del primer centro a nivel mundial de este tipo en donde se atiende y protege a perritos ubicadas en el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la CDMX. La capacidad es de hasta 80 perros, aunque comenzaron con 20 y de éstos varios ya habían encontrado nuevo hogar e incluso uno fue recuperado por su dueño.

Cómo funciona el Centro de Transferencia Canina

Funciona de la siguiente manera: en el Centro reciben una llamada por parte del operador del transporte o del Centro Estratégico de Operaciones (CEO), les dan aviso de que hay un perro en cierta estación, barras de cableado, barras guía o zona de vías que corre riesgo, y acuden al lugar para rescatarlo.

Al llegar se le revisa por parte de veterinarios para ver si tiene alguna lesión (por ejemplo, hay un reportaje de una beagle que rescataron del Metro con quemaduras en las patas al caer en las vías), se deja en observación por 72 horas y después se transfiere a una jaula especial mientras sigue monitoreándose y posteriormente, dependiendo de su carácter, se pasará a la zona donde están los otros perros albergados (cada espacio está techado, cuenta con camas adecuadas, agua y comida).

Una característica de esos espacios es que tienen el nombre de la estación donde se encontró al animalito (y  también llamarlos con un diminutivo de esa estación o nombre derivado).

Cómo adopto en el Centro de Transferencia Canina

Este Centro se inauguró hace cerca de un mes. Es poco tiempo, pero han logrado concretar varias adopciones. En su página es posible ver a los perritos en adopción: los hay de todas edades, desde cachorros hasta adultos. También aparecen aquellos que por fortuna ya encontraron un buen hogar.

Para adoptar en el Centro de Transferencia Canina debes presentar copia del INE u otro documento oficial,  comprobante de domicilio (no mayor a tres meses de antigüedad), aceptar que se te realice una visita domiciliaria (para verificar dónde tendrás al animalito y en qué condiciones) y ya cumplido esto, te avisarán cuándo lo entregarán. En su página viene el formato de adopción para descargar y llenar.

Te lo entregan bañado, vacunado (contra la rabia) y según el tiempo que ahí lleve, también esterilizado. (Comentario aparte, creo que deberían esterilizar a todos los que ingresan, pero al menos por algo se empieza).

Así que ya lo saben, es una excelente opción para adoptar perros en la Ciudad de México. La adopción es la solución.

Centro de Transferencia Canina

Dirección: Avenida de las Culturas s/n, colonia El Rosario, Del. Azcapotzalco

(frente a la estación de Metrobús Colegio de Bachilleres 1, de la Línea 6)

Horario: de 9:00 a 18:30 horas

Teléfono: 5627.4142

http://www.metro.cdmx.gob.mx