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1-conejo (cuento, parte dos)

16 diciembre, 2011

La mesa era de un excelente material: puro pino de segunda que necesitaba con urgencia quitarse esa rigidez que padecía. Comenzó entonces su tarea de ebanista, eliminando primero las esquinas y luego mondando y muescando la periferia: enseguida dibujó flores silvestres en la superficie y grabados más complicados ahí donde comenzaban las toscas patas. El rumor producido dentellada tras dentellada era cadencioso y casi musical por lo que algunos grillos repuntearon ahí donde las percusiones eran necesarias.

Una vez cumplida la primer tarea, se convirtió en una mancha blanca en la penumbra, y se deslizó hasta un edificio de varios pisos y escalones donde dormían los libros huéspedes. Aquí la madera era terrible, porque una capa de laca la cubría. Pero el reto le gustó, y luego de descartar la posibilidad de trepar hasta arriba, prefirió algo más original: un graffitti en bajo relieve a un costado del edificio. Sin embargo, la rítmica labor provocó que uno de los huéspedes más ligeros se deslizara y cayera con los brazos extendidos a un lado del conejo: este acto no previsto lo hizo zapatear un momento y luego alejarse todo rabo y patas traseras bajo la protección del sofá.

Permaneció allí largos minutos hasta que la confortable quietud nocturna le calmó el corazón; una pelusa en un bigote hizo que comenzara su ritual de limpieza  y lo rematara con un aleteo de orejas. Estas rozaron la gasa protectora de los resortes y su infinita curiosidad le avisó sobre esta nueva puerta, la cual abrió sin mucho trabajo con las patas y de un corto salto penetró a su interior.

Adentro, todo era polvo, muelles y paja desmenuzada, lo que le provocó un estornudo y el abrir otra ventana (construida con rapidez utilizando tan solo las herramientas básicas: uñas y dientes). La cabeza asomó primero, dió unos cuantos mordiscos aquí y allá y finalmente la bola de cuerpo se estiró limpiamente al saltar hacia el piso.

El libro muerto minutos antes, seguía ahí sin recibir conmiseración ni sepultura. Para el conejo esto no pasó desapercibido, ya que lo preparó para los funerales lo mejor que pudo, ribeteando sus orillas y encima quitándole un peso de encima al rasgar algunas hojas; se alimentó entonces con su clímax al roer los mejores fragmentos de los últimos capítulos.

Harto de madera, letras y hojas, el conejo se paró en medio de la estancia y contempló satisfecho su obra: el edificio y los árboles muertos lucían con orgullo sus nuevos grabados de hojas, flores y ramas; los sobrantes habían sido eliminados e innovadoras puertas y ventanas abrían la boca de asombro.

Decidió que era hora de marcharse, antes de todo el bullicio que acompaña al día: se despidió del rocío y las últimas sombras, del acompañamiento de grillos y de su obra. Miró hacia el cielo y ahí fue donde apareció en un recoveco la luna, toda abierta y callada. Sonrió nuevamente a manera de saludo y traspasó entoces el umbral no visto nunca por ojos humanos, pero siempre sí, por criaturas como él. Se impulsó entonces con sus cuartos traseros y se perdió en la distancia, hasta que la superficie del satélite recobró su grabado de siempre.

Y abajo, con la mañana aún por nacer, nadie vio al conejo escondido en la luna.

© Mayra Cabrera. Derechos reservados.

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