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Amigo (cuento)

20 diciembre, 2011

Trató de incorporarse, pero cada movimiento le indicó que era una pésima idea y por ello permaneció tirado en el suelo. Nadie había ido a ver cómo estaba, aun cuando estaba en pleno jardín principal. ¿A quién podría importarle el borracho (el loco) del pueblo?

Había dejado de lloviznar y la luna, convertida en apenas una sonrisa fantasmal y cruel, todavía podía verse en las profundidades de esos jirones de nubes que, perezosas, avanzaban al capricho de un ocasional viento.

Cada vez que inhalaba, ese mismo viento producía punzadas en su pecho, con los pulmones que se negaban a recibir el aire entrante. Tosió y escupió algo de sangre. Fue una mala idea –el toser-, porque su cuerpo se sacudió de nuevo en espasmos de dolor. Hizo una mueca y recargó la cabeza, con tan mala suerte que una pequeña pero afilada piedra le torturó la base de la nuca. Finalmente usó, no sin dificultad, uno de sus brazos a manera de almohada y cerró un momento los ojos.Frijol

Los abrió de inmediato cuando recordó no solo lo que había pasado, sino cuando pensó en el Frijol. Hizo caso omiso del dolor y se incorporó despacio, sin dejar de hacer muecas con cada movimiento ascendente. Gritó su nombre y no recibió respuesta, hasta que descubrió el inmóvil cuerpecillo tirado a pocos metros de él. Apenas se percibía en la penumbra, sobre todo porque era de color negro y como le daba la espalda, no podían apreciarse ni el lucero claro del pecho ni los pelillos blancos de la punta de la cola, que era el mejor indicativo de su estado de ánimo: abajo, vergüenza o pesar, levantada, interés, vaivén de un lado a otro, alegría inmensa, sobre todo cuando regresaba de alguna correría en las calles empedradas y lo descubría a él, a su amigo, al tiempo que le daba unas palmadas, le platicaba mil ocurrencias y, con suerte, compartían algún bocado (ganado, mendigado o, qué más da, hasta robado).

Y ahora la alegre cola del perrito mestizo, no se movía más. Después de la última borrachera, como siempre, sin dinero para pagar y en medio de las burlas de los otros, tuvo la infeliz ocurrencia de soltársele la lengua y decir algunas imprecaciones e indiscreciones sobre los parroquianos del lugar, cosa que fue acogida sin pizca de gracia y que fue más que un motivo para que, entre todos, lo sacaran a jalones y decidieran golpearlo afuera.

Frijol siempre permanecía echado con esa paciencia tan característica de aquellos perros que aguardan siempre a su amo, hiciera sol, lluvia o frío, o incluso si salía este casi cayéndose y dando traspiés por la calle, siempre lo acompañaba, arrejuntándose a su cuerpo si caía en la acera y la gente lo veía con esa mezcla de asco, desprecio y temor. Pero esta vez no permaneció callado y tímido ante la gente, sino que se lanzó contra aquellos que lastimaban a su humano, sin importarle ser apenas un perrillo medio flaco y mediano. Mordió, ladró ferozmente y por un momento los hombres se apartaron sorprendidos, hasta que arremetieron también contra el can, propinándole patadas y lanzándole incluso botellas semi vacías de cerveza.

 

Eso era todo lo que el hombre recordaba, y en ese momento lloró, sin importar el dolor de los golpes, sin apenas darse cuenta de lo punzantes que eran los espasmos del sollozo en el pecho y que además de la humedad nocturna, se sumaba la humedad de la entrepierna. Había perdido todo, al único ser que lo acompañaba siempre y al que no le importaba quién era, su apabullante pobreza, su vicio, qué hacía o que a veces ni siquiera pudiera alimentarle. Miró hacia el cielo sin estrellas, con los ojos borrosos y calientes e hizo una promesa en silencio, seguida de una maldición en voz alta.

Al principio pareció una ilusión, un espejismo, pero después, el perrillo negro se estiró con cuidado, lanzando un gemido quedo. Su amo gritó su nombre, “¡Frijol!”, y le pareció la palabra más hermosa de todas. Aquel, con su canina inercia, se incorporó por completo y, cojeando, se acercó moviendo la cola, no con la intensidad de otras veces, pero visiblemente alegre de verle. Los blancos dientes asomaron, contrastando con la deteriorada dentadura del hombre, y lamió su cara, limpiando las lágrimas del sucio y curtido rostro.

Una lechuza nocturna fue testigo del encuentro del hombre con su perro, sintiéndose el primero ya no el borracho (el loco) del pueblo, sino el ser más afortunado del mundo. Tenía a su mejor amigo a su lado y eso era más importante que cualquier fortuna mundana.

© Mayra Cabrera. Derechos reservados.

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