Skip to content

Ojos de Perro (I)

28 diciembre, 2011

Para Liz Cabrera, que sabe amarlos…

 

Sol inundándolo todo.  Automóviles de ríspidos reflejos se mueven perezosamente entre bocinazos, aglomeraciones y fastidio.  Es la hora en que come el estilista de “Senssation” y espero pacientemente aquí, al lado de una barda sucia y adornada por vieja propaganda política, barda surcada por huellas de zapatos y escurridizas marcas de orina.

De la fonda del mercado, sale presurosa una figura.  Ahí viene.  Sí, la chica pequeña y morena, mandil viejo e impecable y uñas color barniz barato.  Sostiene en las manos un plato rebosante de pozole (sin cebolla, por supuesto), copeteado con carne deshebrada; advierto que se le han olvidado los tacos dorados de papa y las tostadas de pata.  O quizá no: seguramente el estilista pretende estar a dieta.  Paso la lengua por mis secos bigotes y la vieja cicatriz de una pelea olvidada mientras observo cómo se mueve ágil y presurosa entre la gente, sin dejar caer ni un grano de maíz, ni derramar una gota del rico caldo. Oigo mis tripas estremecerse, pero las obligo a callar: nada debe perturbar mis ojos, que siguen con atención los cadenciosos pasos de la muchacha que se acerca cada vez más.

Ella, garbosa y resuelta, continúa esquivando a los transeúntes con la gracia de su coqueteo y la agilidad de su juventud; se entretiene un eterno instante a contestarle un no sé qué al que despacha las tortillas y le brinda una sonrisa  de complicidad.  Acercáse que se acerca …  Levantémonos ya.

A punto estaba de repetir el viejo truco de atravesarme en su camino y así lograr que tirara su preciosa carga, cuando una de tantas viejas (de esas que cargan sendas bolsas repletas hierbajos, flores y verduras), tuvo la infelíz ocurrencia de hacerle la parada a un atestado microbús a mitad de la acera.  La muchacha, por simple y pura inercia, se bajó de la banqueta para esquivar a la vieja, y por tanto a mí.  Fallido el plan, comencé a echarme de nuevo cuando de pronto escuché la airada voz del microbusero discutiendo con la empecinada mujer de las bolsas e impidiéndole subirse.  Aquella, gritándole toda clase de barbaridades, desistió de su empeño cuando él le cerró la puerta; al perder el equilibrio, una de las bolsas fue a dar directo al frondoso trasero de la muchacha, haciéndola caer.

Aunque trató de salvar el plato al alzar los brazos, éste resbaló y se estrelló en el suelo. Como siempre que hay espectáculo, la gente de los establecimientos cercanos y la que va de paso se detuvo, no tanto para auxiliar en forma inmediata, sino para reír y curiosear aquello que había roto la monotonía de la semana inglesa.  Sin importarme aquella gente, yo me presté a limpiar la banqueta y la calle, sin discriminar el maíz y mucho menos a la carne, antes de que se acercaran otros perros.  Sólo me detuve cuando la chica, no pudiendo competir con la afilada y viperina lengua de la vieja, se desquitó dándome una patada en el costado, indicándome que el negocio se cerraba.  Lancé un breve aullido y me alejé rápido de allí, pues mi agradecida panza tenía que trabajar en un lugar tranquilo y fresco. Afortunadamente las chanclas de la muchacha son blandas y viejas.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: