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Ojos de Perro (II)

29 diciembre, 2011

La tarde cae con todo su peso rojizo y cansado, indicando el volver al trabajo para unos o el final de la jornada para otros.  Algunos niños juegan en las calles, fingiendo no tener tarea y sin la más mínima idea de lo que ocurre más allá de la seguridad de sus juegos y de sus hogares.  Es suficiente el descanso y es hora de recorrer las calles sucias repletas de propagandas de centros comerciales, envolturas de cosas comestibles y demás cosas inimaginables.

No sé hacia dónde me llevan mis callosas patas, pero al dar vuelta en una esquina, recuerdo que por ahí vive uno de mis compañeros de correrías.  Sé que es afortunado, porque a pesar de que es un perro corriente de dudoso origen al igual que yo (el jura que su abuelo fue pastor alemán), lo adoptó una familia desde que era cachorro. Esa gente es humilde y vive en la casa más destartalada y sucia de esa calle, pero a pesar de que le dan las pocas sobras y uno que otro hueso, es una bendición el contar con la comida asegurada y un techo (aunque se trate de una lámina maltrecha).

Al llegar al lugar donde se suponía debía estar la casa, me encuentro con un terreno pelado y alambrado, con láminas y escombros afuera de éste. Los dueños de mi amigo discuten acaloradamente con un señor cuyas ropas contrastan con las de los primeros. Observo que el hombre no está requemado de la cara y está bien alimentado; supongo que es uno de aquellos que entran y salen de los grandes edificios y establecimientos en donde no debo acercarme bajo ninguna circunstancia, y que se trasladan en coches silenciosos de brillantes colores.

Me encuentro finalmente a mi amigo y lo saludo con un alegre ladrido.  Me mira apenas con ojos alargados y las orejas gachas. Me explica que los han desalojado porque no era de ellos el terreno. Lo noto preocupado por su destino, ya que a pesar de ser un vulgar perro mestizo no está acostumbrado a ser callejero como yo. Trato de animarlo, pero ambos sabemos que será muy difícil que sus gentes se lo lleven (si es que tienen a dónde ir), así que lo más probable es que lo abandonen a su suerte. Le ofrezco mi escondite, pero el declina amablemente, alegando que ellos son su familia y que permanecerá a su lado hasta donde ellos lo permitan. Lo miro largamente y admiro su tonta pero noble actitud.

La noche ha caído y me alejo de ahí, para perderme entre sombras, suspiros y esperanzas rotas.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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