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Ojos de Perro (III)

30 diciembre, 2011

El día de hoy no es mejor al de ayer, ya que como se acerca la temporada de calor, cada vez es más difícil encontrar agua.  Ésta es sumamente escurridiza, ya que aquella que había empleado la mujer de ajustados shorts para lavar la banqueta, se ha evaporado casi por completo. Sin tener otra cosa qué hacer, me quedo echado en la banqueta de enfrente, bajo el árbol de copa pequeña. Trato de ser optimista y me imagino que con un poco de suerte la mujer gorda saldrá de nuevo para terminar de lavar la calle, ya que creo que aún no ha terminado porque ha dejado la escoba afuera.

Los minutos se desplazan perezosamente y ella no sale. A punto estaba de retirarme de ahí cuando escucho voces que comienzan a subir de tono: se trata de la gorda discutiendo con su marido; supongo que el tipo es un soldado o algo así, ya que suele vestir de caqui o de verde y trae el pelo excesivamente corto. Las voces se escuchan cada vez más cerca y logro ver a ambos a través de las rejas de su zaguán, el soldado trata de golpearla pero ella lo esquiva y sale de la casa, toma la escoba y lo amenaza con ella.

El hombre no para de gritar e insultar, con una expresión fiera que sólo he observado cuando peleo contra otro perro, y avanza hacia ella, que no se ha amedrentado en lo más mínimo. El soldado voltea y repara en mí, y a pesar de que soy el único espectador de los alrededores, parece cohibirse un poco, mira intensamente a la mujer, luego a mi y finalmente a la mujer; menea con fastidio la cabeza y se da la media vuelta, entra a su coche y sale furioso de ahí, a juzgar por el arrancón y el chirrido de las llantas, acompañado por las amenazas de la gorda.

Un momento. Me he equivocado, ya que descubro que no soy el único espectador: hay un niño que también ha contemplado toda la escena desde la cochera de la casa, y ha permanecido mudo y quieto como yo. La mujer, enfurecida aún, nota su presencia y comienza a regañarlo, haciéndole toda aquella sarta de preguntas que nunca obtienen una respuesta satisfactoria para quien está enojado, y por supuesto, el silencio del niño la enardece y comienza a zarandearlo y a reñirlo. El pequeño se zafa y corre hacia la calle, en dirección hacia mí y me utiliza como escudo; por primera vez en mi vida me quedo perplejo y soy incapaz de moverme, incluso cuando veo a aquella energúmena armada con una cubeta con agua. El resultado es evidente, nos moja a ambos y se mete muy ufana a su casa, claro, profiriendo antes una amenaza.

El aterido chico se queda durante largos minutos abrazado a mí, siento sus lágrimas calientes caer en mi cuello y lengüeteo sus manos ávidas de cariño que acarician mi cabeza. Finalmente se incorpora, y un poco reconfortado, se dirige a su casa.

Antes de cerrar me mira mientras me sacudo el agua; noto su mirada y meneo amistosamente la cola. El sonríe y yo me doy por satisfecho, ya que, después de todo, está fresco no sólo mi cuerpo, sino también mi corazón.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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