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Ojos de Perro (IV)

31 diciembre, 2011

Para Antonio del Olmo

A pesar de vagar de aquí para allá (la gente cree que es sin rumbo fijo), en realidad los perros callejeros tenemos nuestro propio rumbo, que en términos humanos podría definirse como “barrio”. Es así que conocemos la rutina de todos aquellos que viven o circulan por la zona, y para muestra basta un botón: aquí cruzando la calle está una tienda de abarrotes, que a pesar de que no abren muy temprano que digamos (cosa que le fastidia a la señora del bolso verde que siempre lleva a un niño con mochila), es muy común encontrarla abierta hasta tarde, algo que les encanta a los tipos que viven al lado, esos que los fines de semana sacan un maltratado sofá al borde de la banqueta, se tiran en él y se ponen a discutir sobre fútbol y borracheras pasadas; ellos son sus mejores clientes en cuanto al consumo de cerveza se refiere. Hay también una chica que siempre pasa muy seria y con el pelo alisado escurriendo de agua; viste siempre la misma ropa (algo que llaman “uniforme de trabajo”) y parece que no sale con nadie, ya que al caer la tarde pasa a la tienda a comprar unas cuantas cosas y de inmediato se encierra en el diminuto departamento que renta.

No pueden faltar una pequeña  sastrería, una estética, una carpintería, una refaccionaria, una escuela, una fonda y un montón de casas y departamentos repartidos en edificios pequeños, vecindades o simplemente solas.

En una de estas casas solas vive un compañero mío: es un perro chaparrito de lomo negro y vientre y patas café. Tiene el hocico y el cuerpo alargados y me recuerda a un perro salchicha, sólo que un poquito más robusto. A pesar de que tiene una mirada triste y cansada, siempre está dispuesto a charlar conmigo cuando llego a pasar por ahí. Él es un perro muy agradable y es lo único que reanima la casa donde vive, ¿no la he descrito? Se trata de una casa con zaguán negro enrejado y bardas color guinda, tiene una agreste enredadera que parece amenazar con escapar del desolado jardín, el cual tiene pasto seco en su mayor parte y unas cuantas matas verdes aquí y allá. Al fondo se ve la casa, descuidada y afeada al tener frente a la puerta cajas y cajas llenas de envases vacíos de refresco. A pesar de que, como ya dije, me sé casi al dedillo las rutinas (y por qué no) un poco de las vidas de quienes habitan por el barrio, nunca he visto a alguien asomarse, salir o entrar a aquella casa, ya que el único elemento diferente que se puede encontrar en semejante paisaje es la ausencia de un coche viejo que suele estar estacionado en la cochera.

Mi amigo salchicha me ha dicho que no es así. Dice que su dueño es un señor jubilado ya anciano, que no suele recibir visitas y que ha vivido con él durante muchos años. Contaba que antes la casa era florida y hermosa, y que llegó a vivir ahí poco después de que su dueño enviudara, ya que fue uno de los hijos del señor jubilado quien se lo obsequió para que tuviera compañía y pudiera sobrellevar más su pena, ya que ellos viven en otra ciudad y lo visitan poco.

Conforme pasaron los años (y de haberse convertido en camaradas inseparables), la salud del señor fue decayendo hasta requerir los servicios de una enfermera, cosa que el hombre no aceptó y luego de agrias discusiones, lo único que obtuvo fue que sus hijos se alejaran más de aquel que llamaban “necio”. “Necio para ellos mas no para mí”, enfatizaba mi amigo salchicha. Poco después su dueño se recuperó, pero ya no con la suficiente fuerza como para poder arreglar su preciado jardín, razón por la cual ahora luce en tan devastador estado. Me explicó también que suelen salir de cuando en cuando en el viejo auto, sobre todo para comprar víveres… aunque siempre ocurre cuando yo no ando por el rumbo.

Desafortunadamente su dueño a veces suele olvidar las cosas, ya que en más de una ocasión mi amigo salchicha se ha quedado sin comer, pero él dice que no le importa, siempre y cuando estén juntos y pueda seguir saliendo a la reja no sólo a charlar cuando paso, sino para ladrar de vez en cuando a algún coche con su ladrido grave y lastimero, mientras apoya sus patas delanteras en el borde del zaguán. Sin embargo, cada vez he visto menos a mi viejo y amable amigo salchicha lo cual me hizo recordar que él también está viejo y con achaques.

Y llegó un día en que no lo ví más, por lo que decidí regresar más tarde y ladrarle de nuevo para saber si todo iba bien (quizá y tan sólo había salido con su dueño). Pero al asomarme por el orificio donde asoma el medidor de agua, observé a un hombre viejo hincado en el suelo, y que sollozaba ante tierra recién removida.

Entonces lo entendí todo. Quise poder acercarme a aquel hombre y expresarle todo lo que sentía, pero decidí no hacerlo, ya que sólo soy un perro… y callejero, por añadidura.

Así que lo único que hice fue quedarme un momento, para después darme la media vuelta y alejarme con pesadumbre. Evité un tiempo pasar por ahí, pero cuando lo hice, ví un anuncio de “Se vende” colgado de la reja y no se veía ningún auto en la cochera. Me dolió un poco pensar en el destino de aquel hombre (¿algún asilo, algún rincón en la casa de alguno de sus hijos… quizá también había fallecido?), por lo que deseé que tuviera un mejor destino y que su fiel amigo salchicha, estuviese donde estuviese, siguiera velando por él.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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