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Ojos de Perro (V y última)

1 enero, 2012

Para Javier Plana

La noche lo aviva todo, puesto que, conforme avanza, la gente y sus vehículos desaparecen poco a poco del panorama; esto indica que es cuando el día en realidad comienza y nos pertenece al fin, a los vagabundos y a los bohemios. Uno escucha por doquier ladridos potentes, lastimeros o bullangueros con toda claridad, noticias y avisos de una casa a otra, de una calle al resto del barrio y luego a la ciudad entera. Por supuesto, no faltan las persecuciones y las peleas, la continua defensa de los territorios.

Aún así, es agradable esa sensación de libertad pura al recorrer las calles silenciosas de personas (aunque de cuando en cuando se tope uno con las bandas, los trasnochadores, los que trabajan hasta esa hora y alguna que otra pareja clandestina). Y no es raro asustar a éstos últimos, ya que suelen escoger los mismos escondites que nosotros.

La noche es nuestra y nos pertenece. Emociones y sensaciones encontradas que nadie puede quitarnos. Oscuridad teñida a veces de luces artificiales.  Estrellas sin luna o luna rasgada por nubes etéreas, avanzando hasta que la madrugada anuncia el día que se acerca. Sé que es hora de abandonar las calles, pues el frío arrecia y la gente tempranera empieza a despertar. Me dirijo, junto con otros perros bandoleros, a la guarida que compartimos; esa que está bajo el estacionamiento de aquel gran centro comercial: se trata de un enorme ducto que atraviesa de cabo a rabo el enorme terreno donde está cimentado todo lo anterior. Húmedo en época de lluvias, es en esta temporada cálido y seguro. Nos echamos cerca unos de otros para entrar más rápido en calor y dormir hasta muy avanzada la mañana

Un día más que termina y a esperar qué tal nos va al día siguiente, soñando por lo pronto con peleas ganadas, sol menos agobiante y agua y comida abundantes.

Mis ojos se cierran poco a poco, mientras suspiro y el aliento levanta el polvillo del suelo. Me pierdo quedamente en el sueño, hasta que lo último que veo son las hierbas altas de allá afuera, que se mecen al compás de la brisa helada. En el último atisbo de conciencia, escucho una chicharra perdida y el lejano canto de un gallo, anunciando un día más en mi vida de perro.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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