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Liberación (cuento)

9 enero, 2012

Abrió los ojos y levantó la cabeza. Miró hacia arriba y contempló el cielo, que ya estaba limpio de nubarrones y ahora lucía prístino y azul. Se incorporó con cuidado y descubrió con cierta sorpresa que no sentía espasmo alguno en el cuerpo. Sacudió su pelaje hasta que los belfos hicieron un ruido acuoso y elástico al chocar con las encías. Miró a su alrededor y vio a un par de personas que, afanosas, no le prestaron atención. Una lavaba el piso con una manguera y la otra acomodaba algo en una carretilla.

Se estiró con cuidado, comprobando que no sentía dolor. Vamos, no sentía frío ni sed. Ni hambre. Tampoco miedo.

Pasó al lado de las jaulas, en donde algunos ladraban lastimeramente, otros saltaban con desesperación y otros más estaban acurrucados, esperando, solo esperando. Y a pesar del bullicio, el ruido parecía lejano, como si hubiera una especie de mampara que lo separase de aquella realidad. Recordó el camino hacia la puerta de la entrada, ahí por donde había entrado casi dos días antes. Se sobrecogió al pasar frente a las últimas jaulas, donde había una camada de cachorros que apenas habían abierto los ojos y al lado, un perro viejo y cojo, quien fue el único que lo miró a los ojos, y que se estremeció y se apartó de inmediato, yéndose al rincón de la maltrecha jaula.

Cerca de la entrada había un tablero de anuncios, cuyo marco de madera había conocido mejores días: había sido repintado y donde se veía la madera, se apreciaban las capas anteriores de pintura, formando ondas y vetas caprichosas. Estaba apolillado de una esquina y esta amenazaba con desprenderse. En su parte interior estaba lleno de hojas de papel, algunas de ellas con letras garrapateadas apresuradamente, impresiones borrosas de fotos caninas y números telefónicos.

La puerta se abrió finalmente y la luz entró. No deslumbraba, sino que era similar a la de las primeras horas de la mañana, pero de un tono más blanco y opalescente. En ese momento entró también una suave ráfaga de viento y las hojas del tablero titilaron, desprendiéndose algunas. Una de ellas cayó cerca de él: se trataba de un perro al que era casi idéntico, si no fuera porque él hacía mucho que estaba en las calles y su pelaje, debido a la sarna, era ralo, crespo y descolorido, además, había bajado mucho de peso, tenía cicatrices en el cuerpo –incluyendo una rasgadura en una oreja-, y arrastraba una pata al caminar debido a aquella fractura mal soldada cuando fue arrollado, mientras comía (devoraba) una tortilla dura en la orilla de la calle.

Pero ya no arrastraba la pata y su pelaje era nuevamente suave y brillante, como cuando fue comprado en aquella tienda de animales y había sido el favorito de Mario, el niño de la casa, hasta que creció y su madre se fastidió del perro por ser un perro y un día decidió dárselo al basurero, quien se lo llevó, sin que Mario lo supiera, muy lejos de ahí. Pasó el tiempo y Mario lo buscó y pegó carteles en todos lados, sin suerte. Llegó hasta el antirrábico y pegó ahí otro cartel, pero, ¿quién habría reconocido al bonito perro de la imagen con aquel que casi dos días antes había arribado a ese lugar, en tan deplorable condiciones? Eso había ocurrido semanas antes de que fuera capturado, junto a otros perros, y ni remotamente había esperado que llegaran a rescatarlo, ya que la esperanza se había desvanecido tiempo atrás cuando llegaron la hambruna, el maltrato y el abandono. Ni siquiera esperó por un milagro cuando le colocaron los electrodos, y pasó la corriente por su cuerpo, produciéndole un dolor terrible y un espasmo paralizante que parecía no iba a acabar jamás.

Miró entonces a la puerta y traspasó el umbral. Avanzó indeciso y toda duda se desvaneció al sentir el aire tibio y alguien que lo llamaba. Se sintió feliz y seguro después de mucho tiempo. Miró solamente una vez hacia atrás y supo que, a pesar del miedo y el horror de ese lugar, los demás perros serían liberados, igual que él. La hoja de su búsqueda, que tiempo atrás Mario había elaborado, en su infantil creencia de que su perro regresaría, se perdió entre las calles, entre la gente presurosa, entre el egoísmo mundano… y entre todos aquellos que algún día, igual que él, también serían libres.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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4 comentarios leave one →
  1. Eunice permalink
    9 enero, 2012 14:04

    Gran cuento, triste pero lamentablemente es la realidad de muchisimos animales. Ojala les haga reflexionar.E

    • 9 enero, 2012 15:47

      Sí, desgraciadamente es una situación que sigue en nuestros días. Confío en que muy pronto los antirrábicos sean cosa del pasado y en su lugar operen centros de atención animal. Un abrazo.

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