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La negrura (cuento)

12 enero, 2012

Para Mario Cruz

Corrió. Era lo único que podía hacer. Por más que había intentado eludirlos, parecía que se multiplicaban y encontraban cómo acorralarle, hostigarle, asustarle. Ni siquiera la noche había servido de mucho para poder escabullirse y perderse. No había sido buena idea el mezclarse entre la gente, porque frenaban su marcha, mientras aquellos, riendo obscenamente, avanzaban a grandes pasos, salvaban coches y no les importaba, incluso, dar empellones a sus congéneres.

Hacía varios minutos que había comenzado a jadear. Si bien había sido perseguido en otras ocasiones, ahora era diferente porque no se trataba simplemente de ahuyentarlo o de lanzarle piedras, sino que querían algo más.

Lo querían a él.

Decidió entonces alejarse más y salir del caos humano al entrar en las callejuelas laterales. Por un momento la algarabía se perdió y pudo disminuir sus pasos, mientras se refugiaba entre un auto desvencijado y una pared llena de graffittis en su parte superior, y decorada con orina en la parte de abajo. No duró mucho el descanso porque escuchó un grito salvaje que se refería a él, seguido de los trompicones, voces y risotadas que se aproximaban con rapidez.

Lograron acorralarlo en la curva que formaba la calle. Las sonrisas juveniles se ensancharon y comenzaron los insultos y las patadas. El miedo llevó a la desesperación y cuando uno de ellos, un adolescente no mal parecido, pero con el rostro saturado de acné, trató de sujetarlo por el cuello mientras otro sostenía una cuerda y el tercero algo que parecía una navaja, pero más grande y burda, repentinamente le lanzó al primero una mordida fuerte y desesperada pero sobre todo, rápida.

El mozalbete soltó un grito agudo, entre infantil y animal, mientras que el de la cuerda retrocedió un poco. Pero el tercero no se amedrentó y usó el arma… no con tino mortal, pero sí como para causarle un doloroso corte en sus cuartos traseros. Aulló casi sin darse cuenta mientras la adrenalina lo hizo correr de nuevo.

No quedó de otra más que dirigirse hacia la cueva. Sabía que era una pésima idea, sobre todo porque otros compañeros también llegaban a usarla como refugio. En realidad se trataba de un enorme ducto construido por los humanos y era un gris testimonio de lo que mucho tiempo atrás había sido una barranca natural. En temporada pluvial el ducto se llenaba de agua, pero en los primeros meses del año permanecía seco y, con todo, estaba parcialmente cubierto por enredaderas que trepaban y lo envolvían, como en un bizarro abrazo materno, mientras en su exterior medraban pastos y demás plantas.

Bajó hacia la antigua barranca y pese al dolor, cruzó con agilidad las piedras y la basura que conducían hacia la cueva. Pero aquellos se le habían adelantado y ya lo esperaban en la entrada, uno de ellos sujetándose la adolorida mano y conteniendo apenas una risa mezclada con odio.

Aunque dio un pequeño respingo cuando los descubrió, ya no tenía fuerzas para pelear, tampoco para huir. El de la cuerda lo lazó por el cuello, mientras que el otro dejaba la navaja de lado y lo sometía contra el suelo, mientras que el chico del rostro granujiento, algunos granos blancos y enormes, otros rascados y aplastados, y otros más convertidos en cicatrices rojizas y que ahora se llenaban con gruesas gotas de sudor, se acercaba con una sonrisa llena de dientes perfectos que contrastaba con la locura de su mirada. Espetó algunos insultos obscenos mientras recogía la extraña navaja. Sus ojos brillaban y se abrían más mientras colocaba la punta del arma en el vientre del perro. Brotó un pequeño hilo de sangre mientras aquel trataba inútilmente de librarse. Miró con una mezcla de desesperación, miedo e inocencia a sus captores y ahora verdugos, cuando su mirada repentinamente fue de asombro.

Algo más oscuro que la negrura de la cueva emergió de la misma. Era grande, envolvente y helado. Siseó mientras parecía reptar de todos lados y de ninguno. Los tres jovenzuelos giraron despacio tratando de ver qué era aquello que parecía haber despertado de un sueño que solo los perturbados pueden concebir.

Del siseo pasó a un especie de bramido gutural que hizo un eco infinito y demencial en la cueva y que parecía no terminaría más. Trataron de correr, pero uno de ellos tropezó con las matas de pasto silvestre y cayó, mientras sentía cómo su pierna era abrazada con fuerza a la vez que era retorcida (masticada). Aulló de dolor mientras uno de sus compañeros trataba inútilmente de zafarlo y, justo cuando levantó el rostro para ver a la criatura, fue borrado con rapidez produciendo un sonido de rasgadura, lo que provocó otro alarido en el muchacho que estaba en el suelo. Mientras tanto, el chico infestado de acné corría por el túnel, buscando la salida y olvidándose por completo de sus camaradas. No podía creer que fuera tan largo, parecía que llevaba mucho tiempo corriendo y ni por casualidad era posible vislumbrar siquiera la luz de las lámparas de la calle, que momentos antes habría creído más cercanas.

Después de lo que pareció una eternidad, sencillamente se desplomó de cansancio, mientras en sus palpitantes oídos todavía resonaban los gritos de sus amigos. Repentinamente cesaron y no supo si era porque estaba muy lejos (o porque estaban muertos). Como fuera, todo sonido se había apagado, como si el mundo entero hubiera desaparecido y existiera la nada. Salvo el piso, no tenía un punto de referencia. No pudo ubicar si había un atrás o un adelante. No había nada.

Se incorporó, todavía boqueando y comenzó a caminar hacia donde le pareció soplaba algo de viento, que asoció con la salida de ese lugar de mierda. Tropezó con algo que, al tocarlo, le recordó mucho a los huesos humanos con los que solía jugar con sus compinches en la clase de Anatomía, pero ahora esa asociación no le ayudaba. Cada vez había más (restos) pero siguió avanzando, en medio de jadeantes sollozos, hasta que llegó a una parte más fría y donde habría podido ver su propio aliento, si hubiera algo de luz. Un ojo eterno y vacío se abrió repentinamente, pero en nada se comparó a las enormes fauces siseantes y a un bramido mucho mayor que aquel que había escuchado en aquel otro mundo, en que remotamente recordaba perseguían a un perro callejero para abrirlo en canal… Todo fue intensamente vívido antes de perder la razón y de que la negrura, literalmente, lo engullera, ahogando sus gritos con un crujido de satisfacción.

* * *

La mañana era tibia y prometedora. Las piedras que formaban un curioso sendero que iba a dar al ducto, parecían dar la bienvenida a los últimos días invernales. Las hierbas que rodeaban la cueva-ducto le daban un aire casi pintoresco. El perro salió de su interior, rascándose primero una oreja y después, se estiró con cuidado. Se revolcó donde había tierra suelta, se incorporó y estornudó una vez, satisfecho. Se lamió ahí donde la navaja había hecho un pequeño corte en su vientre y tuvo cuidado al lamer la otra herida que sabía que en algunos días más iba a desaparecer. Avanzó en busca de su día. Antes de alejarse demasiado, se volvió brevemente hacia la cueva y movió la cola.

Sabía que nunca más volvería a tener miedo de los humanos.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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