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Abandono (cuento)

14 enero, 2012

Para mi hermano Ricardo

Amaneció. Si bien todavía no se acostumbraba a dormir tan ovillado para resistir mejor el frío de la madrugada, por lo menos seguía recibiendo alimento… aunque dos días atrás no había sido así. Al inicio bastaba con gemir un poco para recibir atención; después fue necesario ladrar para que salieran a verlo, aunque llegado ese punto, las caricias comenzaron a escasear y las visitas se fueron haciendo cada vez más breves y saturadas de regaños.

Un año antes llegó en Navidades y fue el centro de todo, incluso cuando rompió algunos adornos y hasta orinó en una de las camas, siempre alguien salió en su defensa y rápidamente el estropicio fue arreglado u olvidado.

Pero creció y la energía del pequeño cachorro parecía haberse duplicado, así como su capacidad para percibir las feromonas de hembras y machos que estaban lejos de ahí. Eso ya no gustó nada a los otros y optaron por dejarlo encerrado en el baño, que solo sirvió de amplificador de sus aullidos y de las consecuentes quejas vecinales. Y el único remedio que encontraron, fueron los castigos y hasta los golpes.

Fue así que poco antes de las siguientes fiestas decembrinas y con el pretexto que llegarían familiares de visita, fue llevado a la azotea. Solo lo habían sacado a pasear al inicio y suspendieron los paseos por la infinidad de actividades con que los humanos saturan sus días, siendo la más común el contemplar una pantalla, fuera grande o diminuta, así que cada vez lo extrañaron menos, ya que, pensaban, arriba tenía mucho espacio para andar a sus anchas. Sin alimento o agua, bajo las inclemencias del tiempo, optó entonces en gastar su energía y liberar su frustración al despedazar primero el trapo que le servía de cama y posteriormente, en dar cuenta de la ropa que tendían a secar.

Llegó entonces el ultimátum, la solución final. El padre lo amarró con un lazo y lo sacó de ahí, tanta era su emoción que se jaloneaba y no le importó que casi lo ahorcara o le insultara. Lo subió al coche, en el cual había llegado tiempo atrás y la emoción creció. Supo que algo estaba mal cuando se alejaron de los olores y entorno conocido, llegando a un paraje extraño, sin casas, ni gente. Abrió el hombre la puerta y se resistió a bajar, pero los golpes fueron efectivos, así que entre gemidos y extrañeza, lo hizo… Solo, contempló cómo el auto se hacía más pequeño. Corrió en pos de él, pero fue imposible darle alcance. En cambio, otro auto que venía en sentido contrario logró impactarlo, lanzándolo al lado de la carretera. Permaneció ahí mucho tiempo, sin que nadie se acercara, y pasó más tiempo todavía para que intentara levantarse. Flaco, débil y herido, solo pudo arrastrarse un poco mientras contemplaba cómo el cielo cambiaba de un azul pálido a un tono amarillento y turbio. La temperatura comenzó a bajar y decidió no luchar más, sobre todo porque cada movimiento le daba aguijonazos dolorosos a su lacerada pata. Cerró los ojos y se entregó al olvido

Casi oscurecía cuando una joven pareja detuvo su auto a pocos metros de donde yacía el perro. Usando una manta, lo envolvieron y subieron a la parte posterior. Apenas y fue consciente de las miradas piadosas y preocupadas que le dirigían, mientras poco después, las ventanillas se llenaban de oscuridad y luces artificiales. Llegaron a un consultorio veterinario y el médico les dijo que no había mucho que hacer, empezando por la destrozada pata. Ella lo miró fijamente, suplicándole con voz firme, por ese perro abandonado. El veterinario asintió y les pidió se retiraran. Solo quedaba esperar.

* * *

Muchos años más tarde, un hombre maduro entraba a un cementerio. Llevaba un ramillete de margaritas y se detuvo frente a una tumba. Había ya otros ramos florales y algunos globos amarrados, por lo que necesitó hacer un poco de espacio para colocar las que traía. La lápida destacaba sobre otras porque en la parte superior mostraba la imagen de una mujer abrazada a un perro que tenía solamente tres patas. Ella sonreía y el perro parecía hacer lo mismo. Tanto habían querido al animal que cuando ella murió, poco tiempo atrás, había pedido que fuera enterrada junto con las cenizas de su perro. A nadie extrañó la petición, porque había sido un animal muy noble, bueno y obediente, que la había acompañado a dar charlas a jovencitos sobre el respeto y cuidado de los animales de compañía, y que pese a faltarle una pata, había aprendido trucos y era la delicia de los chicos, que aprendieron a amar a ese simpático perro tripié. Los demás sabían que también ahí moraba este, por lo que de cuando en cuando, le dejaban algunas notas y globos amarrados a la tumba.

El hombre sonrió, habló en silencio primero a ella, y luego a él, pidiéndole como siempre que la cuidara.

Cuando se marchaba, sopló repentinamente el viento y las llaves de su auto se deslizaron de sus dedos y cayeron frente a una tumba descuidada. Solo tenía restos de flores marchitas y la hierba había crecido a su alrededor. El material utilizado era de los más corrientes, como si alguna institución se hubiera encargado de los servicios fúnebres de esa persona. Sintió lástima y regresó a donde yacían los restos de sus seres queridos, tomó un par de margaritas blancas y un globo y los llevó a la otra tumba. Contempló un momento la inscripción, apenas distinguible entre la hierba y solo alcanzó a leer un nombre y la fecha de la defunción. Nada más. Suspiró y se alejó, reflexionando en que nadie debería ser olvidado así.

La tumba lució más alegre con esos detalles, ahí donde reposaba el hombre que un día había abandonado a su perro en una carretera poco transitada y que con los años, había sido también dejado por sus hijos, no en la calle, pero sí en una institución de caridad, que había muerto solo y que ahora, en esa tumba olvidada, permanecía en el total abandono.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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6 comentarios leave one →
  1. Anónimo permalink
    18 enero, 2012 13:39

    Real, tierno y muy emotivo. Gracias por expresar con palabras lo que muchos sentimos en el corazón.

    • 18 enero, 2012 15:45

      ¡Gracias por tus palabras! Esto es más que un estímulo para seguir escribiendo. Un abrazo.

  2. Anónimo permalink
    17 enero, 2012 17:57

    Si las lágrimas se pudieran escribir, serían el mejor comentario para este relato.

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