Skip to content

Conejo Pardo y Cobayo Pinto (cuento)

17 enero, 2012

Para Renee García, donde quiera que estés.

Nadie era más sabio que Conejo Pardo. Nunca había leído un libro en su vida, pero decía que sabía mucho porque tiempo atrás, cuando moraba en la tienda de animales, había roído muchas páginas llenas de letras provenientes de los diarios que le servían de cama. Poseía los dientes más blancos, parejos y grandes, y todos los días se preocupaba por limarlos con las ramitas secas que caían a su casa. Vivía en una casita de madera de techo de dos aguas, situada en la parte central del jardín. A su vez, estaba dividida por una malla metálica y cada sección tenía una especie de alcoba de madera, con una entrada redonda al frente, y una especie de ventanita cuadrada en la parte posterior.

Una parte la ocupaba él y la otra, su vecino, el despeinado Cobayo Pinto, quien lo admiraba mucho y cuando veía que la comida estaba por terminarse, no dudaba en lanzar algunos porcinos chillidos para avisar que llenaran de nuevo los platos.

Conejo Pardo le agradecía mucho tal atención y por ello, siempre lo deleitaba con historias fantásticas y viajes increíbles a lugares que jamás habían pisado los humanos. Decía que había tierras lejanas donde los humanos trabajaban para los animales y cultivaban comida no solo para roedores, sino para rumiantes y marsupiantes. Cuando el cuyo le corrigió (“marsupiales, no marsupiantes”), el conejo hizo un gesto de afectado desdén y le dijo que estos eran otros que él no conocía y que de todas formas vivían en lugares distantes. En alguna ocasión, enfatizó, conoció a un marsupiante del tamaño de un perro y que si bien comía frutos exóticos como las óbolas y las tunemas, sus favoritos eran los frutos del árbol de guamúchil, dijo, al tiempo que con los bigotes señalaba el que estaba a un costado del jardín, pero que para poder alcanzarlos el marsupiante tenía que esperar a que le crecieran alas y mientras tanto, tenía que conformarse con los que caían al suelo.

Por fortuna había también pequeñas criaturas aladas que se compadecían de los marsupiantes jóvenes y cortaban los frutos para que aquellos pudieran alimentarse. “¿Serían hadas?”, preguntó Cobayo Pinto. “No”, respondió Conejo Pardo, “todos saben que no existen… estas otras sí y se llaman murciépalos”.

Una noche, después de haberles cambiado el heno y dejarles un poco de fruta y agua fresca, los dos amigos se despidieron como siempre y cada uno se metió a su pequeño habitáculo a dormir. Era una noche fresca y quieta (por fortuna Conejo Pardo dormía profundamente, patas arriba, en vez de dedicarse a ese molesto hábito de roer varitas secas), así que el buen cuyo se acicaló un poco y se recostó en su camita, rodeado del agradable olor de la paja fresca. Tenía pocos minutos de haber cerrado los redondos ojitos cuando un murmullo rompió la el silencio nocturno. Se asomó y no pudo creerlo: un marsupiante estaba al pie del árbol, devorando los guamúchiles que yacían en la grama. Nunca había visto uno, pero sabía que lo era: salvo la especie de crin que le nacía en la cabeza, tenía el pelo corto y áspero, las orejas redondas como un ratón, patas robustas de arriba, pero delgadas de abajo y terminadas en pezuña, además de motas grandes y claras en la parte inferior del cuerpo. La cara era alargada como un caballo, con un labio colgante y ávido que parecía aspirar los guamúchiles tirados en el suelo. Los enormes ojos eran oscuros y no paraban de moverse, pendientes de todo.

Cuando se terminó el alimento, miró hacia arriba y una pequeña criatura con alas pareció emerger del centro del árbol y con sus diminutas manos arrancó las vainas más maduras, coloridas y dulces, cosa que el marsupiante agradeció levantando el labio y mostrando unos dientes más grandes y blancos que los de Conejo Pardo. Así repitieron la operación largo rato, hasta que el pequeño cuyo se quedó dormido.

Al día siguiente contó emocionado lo que había visto a su amigo conejo, quien lo miró con el ojo derecho, sacudió las patas delanteras y le dijo que ya no comiera tanta fruta, porque no solo causaba gases, sino que algunos de estos seguramente le estaban afectando el cerebro, así que se negó a hablarle el resto del día. Pero a la mañana siguiente olvidó lo ocurrido y para alegría del cuyo, volvió a contarle una nueva historia, acerca de un lugar remoto donde había humanos muy pequeñitos y que eran las mascotas de otros animales. El cuyo quedó fascinado y le dijo que sería divertido tener “un humano de compañía”. Conejo Pardo estuvo completamente de acuerdo y charlaron largo rato sobre qué tipo de trucos enseñarían a su humano. El resto del día continuó sin novedad, y poco después de darse las buenas noches y cerrar los ojos, Cobayo Pinto escuchó una voz afuera de su casita. Casi lo mata de un susto: era un humano pequeñito que le pedía un poco de agua y alimento. Así como Conejo Pardo sabía mucho, el cobayo sabía leer el corazón y las intenciones de los demás, así que al no detectar malicia alguna en el humano diminuto, le compartió algo de fruta y semillas, que aquel aceptó muy feliz. Lo divirtió mucho con sus bromas y juegos, así que le pidió que se quedara. El humano se rascó un momento la cabeza mientras volvía los ojos hacia el techo de la casita y enseguida le respondió amablemente que en ese momento tenía que partir, pero que lo pensaría bien. Le agradeció las atenciones y se marchó.

Había amanecido y el cobayo no aguantaba las ganas de contarle a su amigo lo ocurrido. Cuando lo hizo Conejo Pardo no pareció molesto, pero sí un poco contrariado, ya que después de decirle que no confundiera la realidad con los sueños, se dio media vuelta, con el rabo enarbolado y se recostó ovillado, contemplando el jardín con aire meditabundo. Para Cobayo Pinto no era ningún secreto que su intelectual amigo anhelaba vivir más allá de la seguridad de la cómoda casita de madera y tener sus propias aventuras, pero el buen cobayo también sabía que a veces hay que agradecer lo que uno tiene, sobre todo cuando se trata de una vida apacible y sin penurias.

Caía la tarde cuando Conejo Pardo se acercó a la malla que dividía su propiedad de la de Cobayo Pinto y lo llamó. Lo miró intensamente y con voz solemne le dijo que ahora le contaría una historia sobre un conejo mágico que había llegado más lejos de lo que nadie había podido llegar…

* * *

El cuyo despertó en la noche. Un pequeño pero insistente rayo de luna se colaba entre las rendijas de su habitación y le daba justo en el ojo. Cuando iba a cambiar de posición, vio algo que se movía en el jardín. Siempre había temido a los depredadores nocturnos, así que iba a lanzar un chillido, pero prefirió asomarse con cuidado. Afuera de la malla, estaba Conejo Pardo. No sabía cómo había podido salirse, pero lo importante era que los rayos de luna que lo iluminaban, le daban un aspecto casi iridiscente, como si fuera una criatura mágica. Conejo Pardo miró hacia el disco reluciente en la noche sin brisa, se paró en dos patas, echó las orejas hacia atrás y levantó la nariz, como oteando el aire. La luz lo envolvió, cayeron algunas hojas de los árboles… y se desvaneció en la noche. El impresionado cuyo, sufrió un desmayo, mientras afuera algunas nubes comenzaron a envolver a la luna, cuyo aspecto había cambiado.

Cuando despertó Cobayo Pinto, ya era de día y había jaleo afuera. Todos buscaban a Conejo Pardo y lo único que encontraron fue tierra rascada en una orilla de la malla. Definitivamente no podía caber por ahí, pero la única explicación era que por ahí había escapado. Al principio el cuyo se entristeció, pero cuando anocheció y miró la luna llena que había cambiado su grabado, se alegró su pequeño corazón. En ese momento oyó unos golpecitos a un costado de su casita.

El minúsculo humano le sonrió y le dijo que aceptaba quedarse. Cobayo Pinto lo invitó a pasar: volvía a tener un amigo y ya nunca estaría solo.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: