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Desayuno en “Tifani” (cuento)

25 enero, 2012

El sol avanzaba perezoso en la mañana. Después del ajetreo de las primeras horas, en que la masa humana corría en distintas direcciones para llegar quién sabe a dónde, ese era uno de los mejores momentos del día, cuando finalmente los rayos solares le daban de lleno en la panza. Era todavía temprano para que abrieran los comercios de los alrededores, principalmente el de la tienda de regalos “Tifani”, donde solían proveerle de una ración diaria de comida.

Se estaba quedando profundamente dormido cuando notó una vibración en el suelo, señal inequívoca de que un vehículo se venía aproximando. Se levantó de inmediato, mientras sus patas traseras se debatían en un nudo y no acababan de decidir cuál avanzaba primero. Las orejas se irguieron mientras una especie de sonrisa amplia, que dejaba ver toda su dentadura, asomó de inmediato. La pesada presa de metal llegaba y le ladró, mientras casi patinaba para darle alcance.

Una mujer conducía el vehículo y manifestó su fastidio al ver al perro que todas las mañanas perseguía su auto, justo en esa zona donde había tantos reductores de velocidad. Obviamente que nunca lo alcanzaba, pero odiaba ver al animal que se acercaba tanto a su ventanilla, que podía ver cómo parecía burlarse de ella. Casi podía tocarlo y eso le dio una idea.

Una hora después venía de regreso de hacer las compras y el perro ya la esperaba; esta vez no tomaba el sol, sino que estaba agazapado frente a un vehículo que estaba al lado de una casa. Nuevamente corrió a su encuentro, azuzando un costado del vehículo y después, dándose la vuelta para ladrar frente a la ventanilla de la mujer. Para sorpresa del perro, la mujer disminuyó la marcha, cosa que aprovechó para acercarse a la ventanilla. Justo en ese momento, fue recibido con un baño de agua, que lo hizo caer de espaldas y dar un par de bruscas volteretas.

El movimiento había sido tan sorpresivo que apenas y escuchó las carcajadas de aquella, que, en un arrebato, se dio la vuelta para enfrentarlo. A él le gustó el reto y después de darse una sacudida rápida, corrió a su encuentro. La mujer no se lo esperaba, así que se detuvo, mientras el perro veía cómo parecía buscar algo en el asiento lateral. Eran huevos. El primero se estrelló contra el piso y el segundo, alcanzó a darle como un proyectil en el pecho, que lo hizo retroceder un poco. Después de lamerse brevemente el pelaje, la sonrisa canina se ensanchó y fue por más. La mujer no supo si presionar el acelerador, buscar otro huevo o cerrar la ventanilla al ver al animal correr directo hacia ella, así que lo atacó con lo primero que encontró a la mano: se trataba de una larga barra de pan que usó como garrote.

Alcanzó a atizarle en la cabeza, pero el perro fue más listo y antes del segundo golpe, alcanzó a sujetarlo con los dientes.  “Malditos panes europeos”, pensó, al ver que la barra no se rompía, sino que su contrincante la sostenía con firmeza. Cayó en cuenta de que el perro estaba por ganarle su comida, así que forcejearon un momento angustioso, en que ella finalmente soltó el volante y sujetó con ambas manos el pan. Hubo un instante en que el perro pareció ceder, pero fue únicamente para volver a sujetar, y con más fuerza todavía, la barra de pan. En un movimiento desesperado, alzó la barra con todo y perro para intentar que la soltara. El perro voló por los aires y por un momento se desconcertó al ver todo desde una perspectiva distinta, pero la fuerza centrífuga finalmente rompió el nexo entre ambos y el perro fue a dar contra unos arbustos del otro lado de la calle. Se levantó levemente aturdido, pero sujetando victorioso la barra de pan, al tiempo que movía la cola.

La mujer profirió una maldición e intentó bajarse del auto, pero lo pensó bien al ver al animal con los colmillos de fuera y las orejas hacia atrás. Maldijo de nuevo, se subió y arrancó rechinando las llantas. El perro dejó de mover la cola y miró como se perdía en la calle. No entendía por qué después de haber pasado tan buen rato se marchaba justo cuando las cosas se ponían buenas. No sabía si la mujer regresaría puntualmente a la cita del día siguiente, pero no importaba, porque “Tifani” aún no abría sus puertas y era un buen momento para devorar ese enorme y sabroso pan.

Diversión y desayuno: era un día perfecto.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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6 comentarios leave one →
  1. Anónimo permalink
    25 enero, 2012 16:34

    Ooooh!! Q lindo! Divertido pero a su vez cargado de ternura. Nuevamente bravo, Mayra!

  2. 25 enero, 2012 16:06

    Divertido, si…tus relatos siempre me provocan sentimientos encontrados….Gracias..

    • 25 enero, 2012 16:12

      Muchas gracias, Isabel, eres una de mis lectoras constantes y lo aprecio mucho 🙂

  3. Bertha permalink
    25 enero, 2012 14:09

    q bonito y divertido cuento….me hizó reir a carcajadas imaginando la lucha de la mujer por la barra de pan !!!!!!!!!

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