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Ocaso (relato)

7 febrero, 2012

Para Frannie, compañera de tantos desvelos y momentos clave.

Despertó a todos con su ladrido ronco y acompasado. No podía moverse y cuando llegaron a auxiliarla, pensaron que quizá agonizaba, pues tenía ya muchos años a cuestas. Pero no, únicamente ocurrió que nuevamente las patas traseras no le respondieron y le dificultaba incorporarse. Una vez que recibió algunas caricias y fue enderezada, comprendieron que necesitaba ir al baño, corrió (pasitos ancianos que intentaban infructuosamente ser una carrera) y alcanzó a llegar. Esperó su premio por haber conseguido llegar al lugar indicado y le dieron un trozo de galleta, lo agradeció moviendo quedamente la cola y después se echó cerca de la puerta, porque otro le había ganado la cama más cercana.

Tosió como últimamente lo hacía, ya con algunos problemas pulmonares, por no hablar del daño renal que tenía desde hacía tiempo. No era del todo consciente de estas cosas, tampoco de que estaba perdiendo gradualmente el oído y la vista; pero como el olfato no había mermado, lo anterior no importaba.

Comenzaba a bloquear el paso y a importunar a otros con esa callada e impasible indiferencia propia de los viejos. Eso sí, siempre atenta a un posible bocadillo que siempre era bienvenido… aunque a veces los otros fueran más rápidos (jóvenes) y le ganaran el premio. Pero le tenía sin cuidado porque sabía que tarde o temprano habría algún tipo de recompensa. A través de los años, con todo, había aprendido el don de la paciencia, porque sabía que las cosas que iban a llegar, llegarían, y si no, estaba ese cálido consuelo llamado sueño que tantas veces había sido la única salvación, sobre todo en aquella época –tan lejana, tan desdibujada- en que después de haber sido comprada en un criadero, con toda la documentación requerida, había pasado los mejores años de su vida teniendo camada tras camada, sin tiempo apenas para cuidar a sus cachorros, pues le habían sido arrebatados antes de tiempo. Pasó de ser una dulce perra a un animal arisco, que si bien soportaba las vejaciones, algunos malos tratos los enfrentó con mordidas, que le valieron muchos golpes, de los cuales, aún quedaba alguna cicatriz visible.

Pero en ese bendito presente en que viven los perros, eso formaba parte de otra vida, una vida ajena en que llegó a esta casa tambaleando, en malas condiciones y sin gran esperanza de vida. Y con todo, ya ha pasado poco menos de una década, saturada sí, de tratamientos, algunas cirugías y el paso inevitable de los años, pero llena también de compañía, camas cómodas, comida puntual y el mero hecho de que recargue su hocico en la pierna pidiendo un bocadillo que no le será negado, por no hablar de las caricias y los cuidados.

Posiblemente pronto ladre de nuevo, con ese sonido ronco y lento, y esté avisando que el aire ya no llega a los cansados pulmones y que la vida empieza a irse de su cuerpo… o quizá la muerte venga durante el sueño, mientras se imagina joven de nuevo, aprovechando al máximo esa juventud eterna y decida quedarse ahí para siempre, sin volver a despertar en este mundo en que -todavía- nos acompaña…

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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9 comentarios leave one →
  1. Raúl Ramírez permalink
    8 febrero, 2012 15:03

    Esa es mi Frannie, siempre tan necia, hasta para agarrarse a la vida!!!!

  2. Anónimo permalink
    7 febrero, 2012 15:42

    Qué tierno y conmovedor Mayra! Y qué bien escrito. Besos,
    Guadalupe.

  3. 7 febrero, 2012 15:15

    Q triste y q bello. Se me llena el estómago de lágrimas cuando evoco este tipo de cosas q siempre traduces tan bien en historias, Mayra. Gracias de nuevo.

    • 7 febrero, 2012 16:05

      Lau, muchísimas gracias. A decir verdad los canitos me dictan las historias 😉

  4. alevsaenz permalink
    7 febrero, 2012 13:18

    el arcoíris te cobijará cosita hermosa! hasta pronto!

Trackbacks

  1. La trascendencia de los perros (recordando a Frannie) « Relatos Caninos

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