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Escape nocturno (cuento)

11 febrero, 2012

El pequeño conejo se acercó a la puerta: estaba entreabierta. Después de un momento de titubeo, la empujó de un solo toque con su nariz y se abrió por completo. Levantó la cabeza, vacilante, y salió de un solo salto, oteando con cuidado el ambiente. Su hermana se quedó atrás, más precavida aún, sin animarse a bajar al piso que a leguas se notaba resbaladizo. El conejito, en cambio, ya se aproximaba hacia la entrada y si bien se detuvo un momento a mordisquear un trozo de madera en el piso, solo tuvo que dar un par de impulsos a sus patas traseras para quedar fuera de la estancia. Todos dormían en la casa y gracias al mullido pelo de sus patas, nadie advirtió las ágiles pisadas que se dirigían hacia la terraza, tan oscura y desconocida, con su bóveda de estrellas y carente de luna delatora.

La conejita descubrió cosas más interesantes en la estancia, como una bolsa de papel con alimento y sus dientes con facilidad la rasgaron para liberar una fugaz cascada de comida instantánea que se desparramó por el piso; comió solo un poco, porque había muchas cosas interesantes que probar, como cables tirados por el piso, alguna revista olvidada o madera apilada a un lado. Decidió llamar a su hermano para jugar a dar saltos rápidos seguidos de cortas carreras, pero él ya no estaba ahí. Al acercarse a la puerta, vio cómo ya se había subido a uno de los bordos de la terraza y se inclinaba peligrosamente hacia el otro lado. Una alarma sonó en su interior y cuando quiso aproximarse para advertirle que tuviera cuidado, su pata trasera rozó la pila de madera, que se cayó con consabido escándalo al suelo y ella corrió a la seguridad de su casa. Lo último que vio fue a su asustado hermano saltar hacia ese vacío oscuro y profano… hacia ese lugar sobre el que siempre fantaseaban y que si bien deseaban explorar, más bien temían. Ahora él estaba ahí y no sabía en qué condiciones.

*    *   *

Gracias a una saliente de la casa vecina, pudo aferrarse a aquella en vez de caer de lleno a una muerte segura y de ahí, saltó a la azotea. El instinto traducido en patas veloces lo hizo buscar refugio en el primer objeto abultado que encontró, un garrafón de agua vacío, y detrás de este, había una especie de bodega estrecha con restos de material de construcción. Levantó las orejas y tensó el cuerpo, al tiempo que los bigotes se sensibilizaban más ante el más mínimo cambio y los ojos eran más redondos que nunca. Salvo el corazón, permaneció más inmóvil que el garrafón mismo y, una vez que comprobó que el peligro era imaginario, se internó. Una vez que su corazón volvió a la marcha habitual, miró hacia arriba, donde la seguridad de su hogar era inmensamente lejana.

*    *   *

Vinieron las lluvias, la infructuosa búsqueda y la nostalgia de una pequeña coneja, que solo podía mostrar su aflicción a la manera de los conejos: ovillándose con las orejas echadas hacia atrás (pero atentas ante cualquier sonido que delatara a su hermano), la mirada fija en una fotografía mental y los bigotes sin brillo. Pero como esos son detalles que los humanos nunca perciben, solo se limitaron a seguir alimentándola y cuidándola y a seguir buscando al fugitivo. A los pocos días la búsqueda terminó y siguieron haciendo lo que los humanos hacen: a seguir sus vidas y a saturarse de cosas que están en el pasado o en el futuro.

Pero una noche, justo cuando la madrugada rozaba el sueño de todos, se escucharon rasguños en la pared, tan ligeros que podrían haber pasado desapercibidos. Y así la noche siguiente, hasta que finalmente el conejo fue alumbrado por una luz proveniente de arriba, que no era la luna ni la luz de la casa. Por instinto corrió ya no atrás del garrafón, sino del ducto de agua que estaba a unos pasos. Después de una serie de concesiones, escaleras y trampas extrañas, finalmente volvió a ver ese rayo de luz justo en el ducto salvador, pero lo que hizo fue quedar paralizado, sin querer abandonar ese refugio de tantos días. Finalmente gracias a una de las trampas que llevaban, fue rescatado (capturado) y devuelto a su hogar, mientras fue contemplado por largo rato por una de las personas que en otro tiempo, solía alimentarlo.

Al inicio se saludaron como dos extraños, de acuerdo a las reglas de etiqueta conejunas, con las orejas hacia el frente, la nariz olisqueando a distancia y los bigotes muy al frente, en frenética pero casi imperceptible actividad. Vino el suspiro y el parpadeo que significaba lo mucho que se habían extrañado, y vino también la explicación del susto que condujo a la caída, la dificultad para explicar cosas pasadas (que eso es facultativo de los atormentados humanos), del hambre sufrida por días en un lugar donde la hierba no crece, de la lluvia cayendo implacable y de los momentos en que el ducto se llenó y pensó que era el fin… pero también del haber podido, así, beber agua y aguantar un poco más. ¡Y el gato! Oh, el gato que acechó algunas veces los alrededores y de cómo fue así que dio con el estrecho ducto, con miedo de que finalmente le diera alcance… Tantas cosas que habían ocurrido, pero que ahora, en la seguridad de su casa, al lado de su hermana coneja, se iban diluyendo, hasta que al día siguiente pareció que no habían ocurrido nunca.

Algún día, ya viejos, mirarían hacia ese bordo que daba con lo desconocido, y fantasearían con lo que ahí había, en cómo sería, en lo que ahí aguardaba (en si habría humanos u otros conejos viviendo al otro lado), mientras masticaban una ramita de avena y después, ya satisfechos, se olvidarían del asunto mientras se acicalaban mutuamente…

(Los conejitos del cuento en realidad existen: siendo casi gazapos fueron rescatados en el campo a punto de ser atacados por un perro. Si bien me tomé algunas licencias literarias, sí ocurrió lo del escape, la búsqueda, los días de zozobra y finalmente, el colarse a la azotea del vecino para recuperar al conejito, que actualmente vive sano y salvo al lado de su hermana).

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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