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Luces del circo (cuento)

21 febrero, 2012

Para todos aquellos animales circenses que algún día serán libres.

Despertó al escuchar el golpe en los barrotes y se levantó antes de que el palo buscara su cuerpo. Inmediatamente comenzó a dar vueltas en ese cubil enrejado, sin darse apenas cuenta de ello. Era casi una rutina, casi una costumbre, aunque más bien era como algo que se hace en automático, como bostezar. Miró más allá y vio el movimiento de gente, algunos comenzaban a acercarse a curiosear, otros barrían y otros más levantaban, reparaban, acomodaban. Iba a echarse de nuevo cuando oyó el candado abrirse y la aldaba recorrerse. Otro golpe en la jaula y también en automático, supo que tenía que salir. Mostró los dientes un momento y siseó, pero también fue un acto reflejo, ya que ambos sabían perfectamente que no intentaría defenderse. Corrió al centro, a la pista, buscando su taburete correspondiente; estaba ocupado y su compañero siseó en protesta, lo que le valió un toque rápido, pero doloroso y efectivo en la cara.

Se dirigió entonces al último taburete, que estaba vacío. Comenzó entonces la rutina, que realizaron casi sin chistar. Vino la parte más difícil, la de atravesar los aros de fuego. Era tan duro reprimir el instinto de supervivencia que a gritos le pedía alejarse del peligro, en contraparte con el peligro real que significaba el castigo, tanto corporal como el negarle el alimento. Cuando era más joven tuvo la osadía de protestar, pero bastaron unos cuantos escarmientos para doblegarse por completo… aunque el miedo seguía (seguiría) presente. Lo hizo bien la primera y segunda vez, la tercera le valió un castigo, porque no logró caer limpiamente en el reducido taburete. Por fortuna el golpe no fue grave y el insulto no lo entendía. Estaba listo para la función nocturna.

Fue una función como todas, llena de luces, aromas de alimentos indigeribles, gente curiosa, gente con hastío, gente ávida de diversión y niños de todos tamaños. Mucha música, ruido y jaulas llenas de otras especies, con quienes había aprendido forzadamente a convivir, como ocurre con todos aquellos que viven en esclavitud. Tocó su turno y se dirigió a la pista. Se había acostumbrado a ver al frente, a ver al hombre del látigo y sobre todo, a no perder de vista dónde caer y qué objetos cruzar. Pero esta vez, no supo por qué, miró hacia arriba, justo donde alguno de los trabajadores había olvidado remendar la carpa. Ahí había un jirón de cielo estrellado. El felino nunca había visto tal cosa, luces tan pequeñas pero a la vez tan brillantes; quiso otearlas pero fue imposible, y en cambio, apenas perceptible, le llegó un aroma nuevo y desconocido. No lo sabía a ciencia cierta, pero olía a libertad.

Efectuó su acto, como siempre, en medio de aplausos y vítores y gritos ininteligibles. No supo cómo o por qué, como impulsado por fuerzas desconocidas, cuando el hombre agitó el látigo, en vez de dirigirse a la jaula llamada hogar, corrió hacia la gente. Vino el griterío, ahora lleno de terror, la desbandada, el tumulto. Derribó a su paso a un hombre que yacía hincado en el suelo, con aspecto suplicante, y corrió hacia fuera, sabiendo ahora lo que buscaba: las luces del cielo, el ser parte de ellas.

Pasada la conmoción, corrieron en su búsqueda, sin lograr atinar hacia dónde había escapado la fiera, tan furiosa y terrible, que seguramente atacaría a quien se le pusiera enfrente. El felino había llegado a un lugar descampado y había asustado en su carrera furtiva a una pareja que se acariciaba en el suelo, cerca de un auto. Fueron ellos quienes indicaron a los captores hacia dónde iba ese salvaje animal, que pudo haberlos matado.

Miró nuevamente hacia arriba, ahí donde ya no habían luces creadas por los humanos, y la inmensidad del cielo llenó su espíritu, que ya había olvidado poseía. Recordó a su madre, otra esclava, quien le había hablado de un pasado remoto, donde los de su especie cazaban y andaban en los bosques y llanuras, a veces con penurias, pero siempre dueños de su destino. Lanzó entonces un rugido liberador, lleno de vida y reclamo, como si invocara a todos los espíritus del planeta y pidiera la redención. Pero su grito fue acortado con dos disparos, provenientes de sus captores, quienes felizmente habían detenido a la peligrosa fiera, sedienta de sangre y se aproximaban con premura, antes de que llegaran las autoridades (o los periodistas de nota amarilla, siempre ávidos de noticias así) y los multaran por tan terrible descuido.

Un instante antes de que se opacaran sus ojos y el corazón dejara de latir, vio cómo esas estrellas se hacían más brillantes, más intensas, hasta casi cegarlo. La luz lo inundó todo y la temperatura comenzó a ascender. Era la luz del día la que cubría la tierra y el aire estaba impregnado de mil aromas que aturdían. Solo faltaba dos olores, el de los hombres y el del miedo. Se vio entonces en la sabana, rodeado de otros como él, quienes con una mirada le dieron la bienvenida. A lo lejos, se veían las presas, pastando cerca de un arroyuelo. Se levantó, ya sin escuchar el golpe en los barrotes, dio unos pasos indecisos que se convirtieron en una carrera y sintió las piedras y la tierra bajo sus patas.

Era libre para siempre y era hora de ir de caza.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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7 comentarios leave one →
  1. oliver tochtlitzcuintli permalink
    22 febrero, 2012 16:53

    Excelente y triste relato, desafortunadamente en la mayoria de los casos la libertad de los animales de circo es realidad hasta que trascienden, estoy seguro que del otro lado del rio hay un lugar especial para ellos.

    • 22 febrero, 2012 19:10

      Yo también lo creo así, Oliver… Por lo menos cuando trascienden, pero quiero pensar que esta situación se revierta para ellos. Gracias por escribir y un abrazo

  2. bertha i. escobar s. permalink
    21 febrero, 2012 14:37

    en particular no me gustan los circos porq me duele ver a los animales encerrados y se q son maltratados y humillados. Este relato me hizó pasar del coraje a la tristeza. Me choca pensar q la muerte es la única manera como muchos animales salvajes alcanzan la libertad…

    • 21 febrero, 2012 15:16

      Hola

      No, no deberían existir los circos con animales, pero por fortuna poco a poco van desapareciendo y hay noticias de algunos que incluso han entregado a sus animales a reservas y donde finalmente son libres. Sé que miles de ellos han fenecido en los circos, pero quiero pensar que para todos hay algo más allá de esta vida, en donde podemos finalmente alcanzar la felicidad y la armonía.
      Un abrazo

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