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Reencuentro (cuento)

13 marzo, 2012

Para Jonathan Delgado

“Buenos días”, saludó el perro con la mirada, mientras yo entraba con paso vacilante al lugar. Se puso de pie y se dio la vuelta, indicándome que lo siguiera. El piso crujió bajo mi peso y noté la tosca madera marcada por huellas y arañazos. Cuando quise volver por mi maleta, ya no estaba, y al volverme hacia el perro lanzó un notable suspiro, como indicándome que no era necesaria. Había algo en el perro que me hacía recordarlo, pero no recordaba de dónde.

El recinto era un poco oscuro y olía a madriguera. Nunca había estado en una, pero fue lo primero que se me vino a la cabeza. No quiero decir que era un olor desagradable, sino más bien confortante, casi materno. El perro lanzó un ladrido corto e impaciente y por un momento casi olvidé que esperaba a que caminara. Atravesamos la habitación y cruzamos por un pasillo de paredes toscas, con puertas a los costados. Me vi tentado a abrir una cuyos goznes eran realmente antiguos y cuya superficie, si bien era de madera, era bastante fría.

El perro corrió y se interpuso entre la puerta y yo, a manera de reproche. Me miró tan fijamente que me sentí avergonzado y bajé la mirada. El perro se concretó a lamerse los bigotes y a mover la cola, reanudando el camino con paso ligero.

Noté que detrás de algunas puertas se escuchaban murmullos e incluso risas apagadas. Y hubo una de cristales opacos con la que me llevé un susto, porque repentinamente vi que algo se apoyaba en la superficie; al ver la silueta de las orejas y un esbozo de lengua jadeante, me di cuenta de que era otro perro. El perro guía se volvió nuevamente y no movió la cola, sino que me miró seriamente, lo que denotaba una ligera impaciencia ante mi humana condición.

“Está bien”, le dije, “ya no voy a distraerme más”. Mostró entonces los dientes a manera de sonrisa y, enarbolando la cola, comenzó a andar con trote ligero hacia la puerta que estaba al final del pasillo, de donde entraba bastante luz de los cristales superiores.

Había un jardín.

El jardín no era precisamente un edén, porque las plantas crecían en desorden. Eso sí, ninguna de ellas estaba marchita y se escuchaban muchos insectos rezumbar por aquí y por allá, pero sin que tuviera que quitármelos de la cara. También había árboles, como siempre desee tener en casa, pero mi esposa decía que tiraban tanto follaje y flores que sería un fastidio que ella recogiera los desechos; esto último lo decía con toda intención, porque me consideraba un flojo para esos menesteres. Lo que no sabía era que para mi era una delicia caminar con los pies descalzos bajo las hojas caídas y respirar el aroma de las flores sobre el pasto, aún cuando ya tuvieran un aroma demasiado dulzón y aspecto deteriorado.

Salí de mis cavilaciones al ver al perro que, atento y con la cabeza ligeramente ladeada, me observaba. Como si me leyera el pensamiento, detuvo su vista en mis zapatos, por lo que entendí que podía quitármelos. Supe que así era porque lanzó un par de alegres ladridos cuando lo hice, y vi un atisbo de picardía en su mirada cuando los dejé a un lado, pero antes de que pudiera detenerlo, tomó ambos con presteza y se echó a correr entre las plantas. Algunas eran matas enormes de pasto, rematadas con espigas en la punta, y otras eran gigantescas hojas que brotaban del suelo sostenidas por robustos tallos. Me lancé en pos de él porque ya no me parecía divertido, pero al perro no le importó porque rodeó un árbol y pareció ocultarse detrás de un seto, pero al buscarlo, simplemente había desaparecido.

Me senté a un lado y me sequé el sudor de la frente. ¿Hacía cuánto que no corría en pos de un perro? Habían pasado tantos años de la última vez, que apenas y lo recordaba. Y desde entonces, se habían acabado los juegos y las sorpresas, me volví un tipo algo hosco y cada vez menos cosas me hacían reír, por lo que me dediqué al trabajo hasta que…

Los insectos pararon de hacer su monótono ruido. Me levanté y noté que cerca había un pequeño estanque. Había peces grandes y robustos y también tortugas, que al unísono se volvieron a verme y después continuaron con sus respectivas actividades. No pude resistirme a mojarme la cara con esa agua tan clara. Ninguno de sus habitantes huyó y pareciera me permitían ser parte del lugar. Bebí un poco, haciendo caso omiso de esa voz tan adulta que me había acompañado casi toda mi vida y que me llamaba la atención cuando hacía algo indebido. ¿De qué más podía enfermarme?, le dije en silencio, si de todas maneras…

Escuché un ruido, unas pisadas que había creído olvidadas, pero que las reconocería en cualquier lugar. Me levanté y di dos palmadas, sin creer apenas lo que veían mis ojos. ¡Era él, mi perro! Venía acompañado del otro, y pareciendo le pedía permiso, se echó a correr hacia mí, rodamos en el pasto y reímos y lloramos de felicidad. Acaricié su cabeza y le dije lo mucho que me había hecho falta. Él asintió a su canina manera y apoyó su hocico en mi hombro. En eso, se levantó y volteó a ver al otro perro. Este movió suavemente su cola y caminó hacia la casa por la que había entrado. Le seguimos.

Nos condujo por el pasillo y después de mirar y olisquear las puertas, nos indicó una. Antes de abrirla, le di las gracias y acaricié su cabeza. Él me dio un breve y sentido lengüetazo, parpadeó y nos lanzó una mirada llena de buenos deseos antes de que marchara y se dirigiera a la entrada a esperar, supongo yo, al siguiente visitante.

Entramos y estábamos de nuevo en casa, rodeados de todas las cosas que nos gustaban, pero de mejor forma y aspecto. La casa parecía bañada en luz, pero no lastimaba. En el interior escuchamos voces y mi perro fue a saludar: ahí estaban todos aquellos seres queridos que habían partido antes que nosotros y nos saludaban llenos de cariño. Mi perro era el mejor anfitrión y todo mundo le prodigaba caricias. Nos sentamos a platicar y les dije que si bien sentí miedo, todo había salido bien. Solo hubo un momento de duda cuando pensé en mi esposa. Ellos me dijeron que en el día indicado llegaría con todos nosotros y yo supe que decían la verdad. Les dije que el perro guía me parecía familiar, así que sonrieron y me dijeron que tratara de recordar. Miré a mi perro y me miró intensamente. Entonces lo recordé.

Fue una noche al regresar del trabajo. Había llovido, el camino era pésimo y el tráfico, peor. Escuché un patinar de llantas, seguido de un golpe y un aullido lastimero. El pobre perro había sido lanzado a media calle y estaba malherido. No supe cómo o por qué, pero me bajé de inmediato e imprudentemente, paré el tráfico para auxiliarlo. Lo cargué y casi no pesaba, de lo delgado que estaba. Pensé que me mordería, pero solo se limitó a mirarme con pesadumbre. Lo coloqué en el asiento lateral y lo llevé al veterinario al que llevaba a mi perro; el pronóstico fue malo: fracturas múltiples, estallamiento de bazo e hígado severamente dañado. Era un perro que había conocido apenas minutos antes y sufría por verlo así. Acepté a regañadientes la eutanasia y acaricié su cabeza mientras lo inyectaban. Me quedé a su lado mientras contemplaba sus ojos castaños apagarse. Todavía sacó su lengua y alcanzó a lamer mi otra mano que se apoyaba en su pata. Aunque me sentí ridículo, lloré de camino a casa y no le conté a nadie, ni siquiera a mi esposa, lo que había pasado.

Supe entonces que gracias a él yo estaba ahí, de vuelta con mi mejor amigo y gente muy querida. Un perrito mestizo cualquiera entre miles, me había salvado y había logrado el reencuentro conmigo mismo, con la vida y la eternidad.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

11 comentarios leave one →
  1. 24 agosto, 2015 14:55

    Lindo cuento. Quedé conmovida.

  2. Raúl permalink
    8 mayo, 2015 10:32

    muchos se van, muchos aparecen……algun día todos nos juntaremos en el mismo lugar.

  3. 14 marzo, 2012 13:03

    Acertadísimo título!! Y es que se trata de múltiples reencuentros, aunque he de decir que me ha llegado especialmente el del perro guía. Gracias Mayra por la delicadeza que transmites en tus historias. Un abrazo.

    • 14 marzo, 2012 14:38

      Muchas gracias, Lau, me emociona siempre recibir tus comentarios. Un abrazo

  4. Anónimo permalink
    14 marzo, 2012 12:57

    Título apropiadísimo!! Y es q se dan muchos reencuentros en este cuento, pero he de decir que el que más me ha “tocado” ha sido el del perro guía. Siempre tan delicada, Mayra. Muchas gracias por esta nueva historia.

  5. Anónimo permalink
    13 marzo, 2012 19:03

    muy hermoso relato!

  6. oliver tochtlitzcuintli permalink
    13 marzo, 2012 18:42

    Simplemente GRACIAS!!!!

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