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Guinefort, el Santo Lebrel

16 abril, 2012

La insólita historia del primer perro santo canonizado por devoción popular.

La novela histórica Los Arqueros de Rey, escrita por Bernard Cornwell en 1999 y publicada un año más tarde, narra las aventuras de Thomas Hookton, un arquero inglés en la época de la Guerra de los Cien Años.

Si bien son las aventuras del joven arquero el motivo por el que la novela ha alcanzado un gran éxito de ventas, su popularidad en algunos foros de Internet se debe a que dedica algunas de sus páginas a recoger un insólito hecho, entremezclado en claroscuros de leyenda y realidad, sobre la historia de un perro considerado santo.

Hecho ocurrido en la Francia del siglo XIII, y al que el folklore y la tradición ha mantenido hasta nuestros días, la novela de Cornwel nos lo recuerda con renovada actualidad.

La historia del “Perro Santo” “Guinefort” era un perro tipo Lebrel perteneciente al noble francés del siglo XIII Castellar Villar les Dombes, que habitada cerca de Lyon.

Teniendo el noble que abandonar la estancia en la que estaba junto a su hija de pocos meses, dejó al fiel Galgo a su cuidado descubriendo al regresar, que la niña no estaba en su cuna, en la cual había sangre así como en el hocico del perro.

Llevado por la ira, el noble golpeó a “Guinefort” hasta matarlo (en algunas versiones lo atravesó con su espada), descubriendo, tras hacerlo, que la niña se encontraba sana y salva en un rincón (alejado y protegido) de la estancia, y que la sangre pertenecía a una serpiente que se había metido en la cuna y a la que el fiel compañero había matado con sus dientes protegiendo así a la niña, a la que antes había sacado delicadamente de allí depositándola en una “zona segura” (en algunas versiones sobre un canasto de ropa sucia que hacía de improvisada cuna).

Atormentado el noble por haber matado al perro que valientemente había salvado a su hija y que posteriormente se había dejado sumisamente matar, lo enterró en un bosque a las afueras de Lyon con honores y de forma pública en un acto en el que el noble afirmó que el perro no solo había sido santo, sino mártir por dejarse matar injustamente sin presentar oposición. Junto a la lápida plantó el arrepentido noble un arbusto a modo de recordatorio.

Elevado a santo por devoción popular

Conocedores de la historia, eran muchos los ciudadanos de Lyon que acercándose a la tumba del malogrado perro, le pedían en oración protección para sus hijos extendiéndose rápidamente una devoción que afirmaba la realización de milagros concedidos por la mediación del buen perro.

La herejía del Santo Lebrel

La fama de santo que el perro alcanzó en pocos meses alertó a los poderes religiosos de la época que enviaron una comisión formada por miembros del Tribunal de la Santa Inquisición para que reprobaran el culto al “Santo Lebrel”, condenándolo como herejía y promulgando un decreto que prohibía acudir al lugar bajo pena de confiscación de propiedades o bienes privados.

El dominico Etenne de Bourbon, comisario de la causa, describió en su libro De superstitione (1246) la reverencia que los habitantes de Lyon mostraban ante la tumba del Lebrel, describiendo en la misma obra los ritos que las mujeres hacían sobre la tumba, solicitando al “Santo Guinefort” la sanación de sus hijos enfermos.

Perseverancia popular

Ni la condena eclesiástica por herejía impuesta a los seguidores del perro ni el decreto de confiscación de propiedades o bienes sirvió para que la devoción popular continuase aproximándose a la tumba del leal perro “Guinefort” solicitándole favores y afirmando recibir milagros fruto de su divina mediación, por lo que la comisión eclesial decidió desenterrar al perro quemándolo junto al árbol que plantase el noble Villar y destruyendo la lápida, y como era habitual hacer en la época, como si de la tumba de una bruja se tratase, erigieron en lugar del árbol una alta cruz de piedra y en lugar de la lápida que pusiese el noble Villar, una advertencia de excomunión para aquellos que se acercasen al lugar con intenciones devotas.

“Santo perro” hasta nuestros días

A pesar de las medidas tomadas, el culto popular hacia el “Santo Guinefort” se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, como defensor de los hogares y los niños.

Y si bien tras los acontecimientos del siglo XIII la Iglesia no se postuló al respecto en ninguna otra ocasión, para el folklore francés de la zona de Lyon, “Guinefort” está considerado como el primer santo canino de la historia de la cristiandad.

Otro caso de perro llevado al cine

Sin duda otro tema tan insólito como curioso protagonizado por un perro, que ha sido reflejado en el cine a través de la cinta de producción francesa Le moine et la sorcière (de la directora Suzanne Schiffman, 1987) y que en estos días vuelve a estar de “moda” en algunos foros de Internet que tratan temas tan presentes como históricos sobre fidelidad, lealtad o integridad canina.

© Javier Plana, Derechos Reservados. Con el permiso del autor.

*     *     *

Javier Plana, novelista, articulista y guionista español, radica en Barcelona acompañado de algunos de sus mejores amigos, unos molosos enormes tanto en tamaño como en corazón. Se considera como sus perros “tirado para adelante, leal y fiel”  y disfruta mucho escribir mientras alguno de ellos le mordisquea su zapato.

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7 comentarios leave one →
  1. Anónimo permalink
    12 marzo, 2013 11:54

    q linda historia me gusto mucho.

  2. carlos permalink
    19 julio, 2012 11:05

    soy un amamte chos e los perros, la historia de este perro es preciosa ,me gustaria poder leer mas historias de estos animales , que son dociles y leales………

    • 19 julio, 2012 12:06

      Hola Carlos

      Muchas gracias por tus amables comentarios. Aquí mismo en mi blog encontrarás otras historias, reflexiones y cuentos sobre animales que estoy segura, también te gustarán mucho.

      Un saludo

  3. Olman permalink
    30 mayo, 2012 15:49

    Me parece muy interesante, yo no sabía nada de Saint Guinefort, pero no veo nada de malo en considerar santo a un perro, muchos animales son más nobles, leales y puros que los seres humanos. Y creo que el acto de Guinefort es digno de admiración.

    • 30 mayo, 2012 16:19

      Hola Olman

      Tienes toda la razón. Desgraciadamente las personas somos tan atropocéntricas que consideramos “blasfemo” todo aquel acto noble o divino en el que no intervengamos. Y como Guinefort, debe haber cientos, miles de animales únicos. Gracias por comentar, un saludo.

  4. Anónimo permalink
    16 abril, 2012 11:31

    un gusto leerte como siempre! ademas con estas populares historias 🙂 gracias por informarnos

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