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Día de playa (cuento)

25 abril, 2012

La luz del sol rompía en luces de colores las olas de la playa. El muchacho llegó caminando con una gastada tabla de surf bajo el brazo, acompañado de su perro. Miró el mar protegiéndose los ojos con la mano: las olas todavía estaban un poco bajas y tendría que esperar. Se sentó mientras el sol delineaba su áspero pelo y su torso delgado y bruñido. Miró a los últimos botes pesqueros que ya se alejaban, mientras su perro, un cachorro cruza de pitbull, corría persiguiendo a un par de gaviotas que, afanosas, buscaban algo de pescado que hubiera caído de los botes.

Cada vez que se adentraban al mar, el larguirucho cachorro retrocedía temeroso ante el oleaje. Finalmente las olas comenzaron a encresparse. El chico se levantó de pronto y se dirigió hacia el mar; hubo un momento de duda, pero finalmente se lanzó, con tan mala suerte que la ola bajó antes de tiempo y alcanzó a volcarlo. El cachorro se acercó de inmediato, preocupado, pero el chico, visiblemente molesto, únicamente le lanzó agua de un manotazo, consiguiendo se alejara.

Así transcurrió cerca de una hora entre oleaje bajo y una que otra ola buena, con la que el chico alcanzaba cierto impulso y casi podía ponerse en pie sobre la tabla. El cachorro por ratos se aburría y se quedaba echado, sin entender ese afán por adentrarse a esa extraña masa de agua que parecía una extraña y gigantesca lengua que amenazaba con devorar en cualquier momento a quien osara adentrarse más allá de la seguridad de la arena. Otras veces olisqueaba aquí y allá, sobre todo las pisadas y la esencia de aquellos que comenzaban ya a llenar la playa.

Al aumentar los vacacionistas, como surgidos de la nada llegaron los vendedores ambulantes. Vendían cocteles de mariscos, tacos, salvavidas, bronceadores de manufactura casera, collares, pulseras y más. Había desde mujeres ancianas hasta gente joven y robusta que ofrecía masajes y peinados de diminutas trencitas. El chico vio el flujo de gente y se alejó un poco, para evitarla. Miró hacia el cielo y se dio cuenta de que en poco tiempo, tendría que irse, así que nuevamente esperó una ola adecuada y se preparó para lanzarse.

Entre los vendedores, había tres niños pequeños que vendían chicles. Los dos más grandecitos ofrecían su mercancía con un sonsonete ya aprendido de su madre, mientras que la más pequeña, de escasos dos años de edad, por ratos se rezagaba a recoger alguna piedrecilla o a limpiarse el sudor de la frente. Ya estaba cansada de la caminata diaria y tenía hambre, así que cuando vio que alguien había dejado un taco en un plato a la orilla de la playa, dio un rápido vistazo a sus hermanos, temerosa de que la regañaran y rápidamente se lo llevó a la boca, masticando apresuradamente.

El olor también había atraído al cachorro, quien se acercó detrás de ella. La chiquilla dio un respingo al ver el hocico del jadeante perro y se echó a correr pero en dirección al mar. Justo en ese momento, el muchacho había visto su paciencia premiada a acercarse una gran ola en donde podría montarse con su tabla.  En el momento en que el chico se lanzaba, la ola abrazaba a la niña. Los niños se volvieron para ver la hazaña del muchacho mientras vitoreaban alegres, cuando se dieron cuenta de que su hermanita ya no estaba. Gritaron buscándola hasta que vieron a un perro color rojizo que parecía zarandearla. Uno de ellos lanzó un silbido y de inmediato llegaron una docena de vendedores más, quienes al ver al animal jalando a la niña de la ropa, no dudaron en lanzarse a golpes, patadas o lo que tuvieran en la mano.

El chico, sacudiéndose el pelo y dejando la tabla de lado, se asomó al ver la trifulca. El corazón le dio un vuelco al notar que ya no estaba Canelo y más aún cuando alcanzó a ver cómo la gente se ensañaba con él. Tomando la tabla como escudo, se abrió paso defendiendo a su perro. Aquellos, sorprendidos, comenzaron a acusarlo de tener a un animal tan peligroso que estaba atacando a la niñita, cuando en ese momento, uno de los hermanitos de ella detuvo a todos con un grito: “¡Él la salvó!”.

Al volverse todos les explicó, mientras el otro chiquillo cargaba a la niña, que ella les había explicado que la ola la había arrastrado y que el perro se había lanzado a sacarla. Los hombres y mujeres se miraron entre sí y únicamente bajaron la cabeza, mientras se alejaban. Aquellos inclinaron la gorra o el sombrero al pasar junto al chico que todavía apretaba los puños, mientras una mujer murmuraba “¿Y cómo íbamos a saberlo? Con lo malos que son esos animales…”. Solo quedaron los tres hermanitos y la niña tocó un momento la cabeza de Canelo, que pese a su cojera y un hilillo de sangre que le escurría cerca de la oreja, le dio un lengüetazo comprensivo.

Una vez que se marcharon, el muchacho hizo a un lado su tabla y abrazó a su perro, limpiando la sangre con su ropa, para después mirarlo profundamente. Después de hablar sin palabras, lo cargó, alzó su tabla y se marcharon, mientras la gente olvidaba el incidente y volvía a ser un día de playa cualquiera.

© Mayra Cabrera,  fotos y texto. Derechos Reservados

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8 comentarios leave one →
  1. Ferman permalink
    10 febrero, 2016 08:38

    Esta muy bonita la historia

  2. Anónimo permalink
    2 mayo, 2012 15:06

    q lindo cuento ! pero me dio coraje pensar q las personas nunca reconocen sus errores !!!!!!!!

    • 2 mayo, 2012 15:29

      Hola

      Muchas gracias por comentar. Sí, efectivamente así pasa: a veces somos tan necios y ciegos que no aceptamos ningún error y esperamos lo peor de otros… sin darnos cuenta de lo mal que estamos.

      Un abrazo

      • Anónimo permalink
        12 febrero, 2013 17:43

        ay que bonito y esta muy bien el cuento se lo voy a mandar a mis amigos y aver si no tienes algun cuento que sea en la playa de 6 personajes q lo nezecito para el jueves

      • 12 febrero, 2013 20:40

        Hola

        Gracias por tus comentarios y también por compartirlo. Lo que sí te pido es que compartas el enlace, NO el texto, porque tiene copyright y estarías violando derechos de autor. ¡Saludos y gracias!

  3. 26 abril, 2012 15:55

    Tremendo lo que pueden llegar a hacer los prejuicios! Y tremendo también el ejemplo que nos dan los animales que nos acompañan!
    Gracias Mayra!

    • 26 abril, 2012 17:00

      Sí, ¡y sigo debiendo la foto del perro que inspiró el cuento! Lo vi en la playa con el chico de la historia (también son reales los tres hermanitos, me dio mucha tristeza su pobreza) y te va a encantar cuando lo veas.

      Besos

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