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En el bioterio (cuento)

2 mayo, 2012

La luz artificial le dio la bienvenida a este mundo. Casi no se percató de ello ni del alboroto externo, porque había nacido ciego y sordo.  Rápidamente su madre lo limpió y lo hizo a un lado, porque iba a parir a otro de sus hermanos. En total fueron ocho diminutos cuerpecitos color rosa intenso que ávidamente buscaron la leche de su madre coneja. Ella era blanca, grande y esponjada, casi perfecta de no ser por una etiqueta engrapada en su oreja que le hacía sacudirla de cuando en cuando. Bajo el cobijo de su manto cálido y seguro, la vida transcurrió feliz.

Pasados algunos días, quedaban solamente cuatro gazapos. Los otros habían sido sustraídos de su aterrada madre, que únicamente se había limitado a jadear con fuerza y a rechinar los dientes. Tras desaparecer bajo esa gigantesca mano que tenía un guante de látex, nunca volvieron a saber de ellos.

Una semana más tarde, apenas y cabían en la jaula y después de que otras manos, ahora con guantes más burdos, limpiaran su diminuto aposento, ya no regresaron con su madre, quien les lanzó una breve e intensa mirada antes de que fuera depositada en un extraño compartimento que únicamente dejaba su cabeza de fuera. Pero él y sus hermanos eran tan jóvenes que no sabían que esa era la despedida final.

Transcurrieron otras semanas y ahora en una jaula individual, la rutina era la misma: alimento, cambio de bebedero, luz artificial; alimento, supervisión del bebedero y oscuridad total. Así todos los días. Pero una vez se acercaron a su jaula y vieron las anotaciones del letrero externo, asintieron y se lo llevaron. Lo sometieron a varias pruebas, lo midieron y pesaron. El robusto conejo ya estaba listo para salir del bioterio.

Fue transportado en un contenedor especial y fue ahí que vivió un acontecimiento aterrador: una luz gigantesca inundaba todo, haciendo los colores y las formas más brillantes, depositándose en fulgores ahí donde había superficies reflejantes o en esas extrañas formas de color verde que parecían enormes gotas aplanadas y desparramadas. Era la primera vez que veía la luz del día, las plantas y los árboles, pero poco duró su estupor porque entró a un edificio donde había gente con batas blancas. Todo lo demás ocurrió rápido, la manipulación, una inyección que lo hizo entrar en un sopor que desvaneció su instinto de supervivencia y la inmovilidad, seguida de un gradual oscurecimiento del lugar, pese a que estaba justo debajo de esas conocidas luces intensas que hasta hace poco habían sido acogedoras en su jaula y ahora resultaban especialmente atemorizantes.

La cirugía fue limpia. El bazo, una pequeña bolsa sanguinolenta, fue extraído y colocado en un recipiente especial, donde fue cuidadosamente seccionado en cortes para analizarlo bajo el microscopio y así, estudiar el tejido linfático y los nódulos que contenían sus linfocitos. Alguien mayor supervisó al practicante, felicitándolo por su buen desempeño al cerrar cada capa de tejido y suturar. Alguien más realizó las últimas curaciones y lo colocó en contenedor en que había sido transportado.

Despertó sobresaltado, pero los olores familiares de su pequeña jaula que llamaba hogar, lo tranquilizaron casi de inmediato. Todo era penumbra y no supo si realmente había ocurrido aquella pesadilla. Sintió un malestar en el vientre y al lamerse, descubrió una zigzagueante sutura que dolía al tacto. Lamió con más avidez y, en la medida de lo posible, intentó asear el resto de su cuerpo, intentando borrar el hedor de aquellas manos invasoras. Sacudió un poco sus orejas y ahí descubrió otra sorpresa: de una de ellas colgaba engrapada una etiqueta, igual que la de su madre y con inscripciones ininteligibles.

Comió y bebió poco los días siguientes, respingando cada vez que alguien se acercaba porque a veces nuevamente era sustraído para ser colocado en esa caja donde al igual que su madre, solo asomaba la cabeza, a continuación era pinchado y le extraían algo de sangre. Sus ojos, antes color granate, ahora eran del helado y oscuro color del miedo. Finalmente, las intervenciones cesaron y un día alguien dio unos golpecitos a su jaula, haciendo que de inmediato respingara y se replegara contra la pared, mientras el pequeño triángulo de su nariz subía y bajaba en frenéticos movimientos.

-A ése ya no van a ocuparlo. Puedes llevártelo sin temor: me dicen los investigadores que son animales muy sanos y me consta. Está bastante gordo y sabrá delicioso.

El muchacho hizo un distraído ademán de afirmación y colocó un contenedor al lado, para sustraerlo con precaución evitando una pelea innecesaria o rasguños desesperados. Pero se equivocaba: el conejo, con actitud derrotada, parecía exangüe en sus manos mientras lo miraba con ojos muertos. Saludó a algunas personas en los pasillos y aceptó con tranquilidad algunas bromas que de cuando en cuando le hacían tocando la caja o señalándola. Cruzó nuevamente por aquellos jardines llenos de plantas y árboles que estaban a un par de metros del bioterio, pensando con un dejo de tristeza de que ese paraíso estaba negado completamente para los animales cautivos en el recinto. Solo en ese momento cambió la mirada del conejo y estiró la cabeza con cuidado, en un vago reflejo primitivo para otear el lugar. No se dirigieron al otro edificio, sino que cambiaron de rumbo, se introdujeron en un cubículo pequeño, móvil y algo ruidoso y se alejaron del lugar.

Llegaron a otro lugar con jardín y donde había una extraña jaula triangular, alargada. Con sumo cuidado lo depositó dentro, retrocedió unos pasos y lo contempló acuclillado. “Este es tu hogar ahora” dijo, “espero que te guste”. Se levantó despacio y se alejó. Más tarde regresó con agua y comida, muy diferente a la que acostumbraba comer. Todo era tan nuevo, tan extraño… tan magnífico. Nunca había pisado el pasto y descubrió que era algo bueno. Incluso comestible. Al correr de los días el muchacho pudo acercarse más hasta que incluso, comió de su mano. Le quitó la infame etiqueta y le dijo “nunca más”, mientras el conejo corría libre por el césped y daba algunos saltos felices. Con el tiempo hubo más conejos a quienes darles la bienvenida. Llegaban temerosos y ausentes, igual que él, pero con el correr de los días les enseñaba el lugar, las reglas básicas de etiqueta y todo fluía perfecto.

Un día, tiempo después, enfermó. El veterinario le dijo que tenía una infección de vías respiratorias y que dada la pérdida de su bazo, le sería muy difícil combatirla. Chico y conejo lucharon valientemente para combatir la enfermedad, pero un bazo es un bazo y no fue posible luchar más. Se despidió de todos una tarde de otoño, mientras caían las últimas hojas de los árboles del jardín y el muchacho acariciaba el blanquísimo pelo, aguantando las lágrimas. El conejo miró por última vez cómo el sol se perdía entre nubes rojizas y los primeros luceros que desprendía la noche. A la manera de los conejos, en silencio, agradeció el estar en el lugar, momento y con la persona adecuada. Pensó en su madre y hermanos, y en todos los animales que seguían en ese momento en el bioterio, que nunca contemplarían las estrellas y que el único sol conocido sería el de la lámpara diurna. En su conejuna simplicidad, sabía que pronto los vería y que alguna vez todas aquellas criaturas también serían libres y tendrían una buena vida, lejos del bioterio.

Cerró sus cristalinos y rosados ojos y sonrió como hacen todos los conejos felices, con los labios cerrados. Se despidió de su vida y se fundió con suavidad y para siempre, con las estrellas nocturnas.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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4 comentarios leave one →
  1. 14 mayo, 2012 22:24

    Realmente me hizo llorar con ese cuento! porq solo me imagine a mi Bengi asustada y no lo pude soportar; q triste q los animalitos tengan q pasar por esto

    • 15 mayo, 2012 14:36

      Hola Siria

      Sí, lamentablemente es la triste realidad de la mayoría de los conejos y de todo corazón tampoco quisiera que así fuera. Y con todo, espero que un día esto va a cambiar.

      Un abrazo y gracias por tu comentario

  2. Anónimo permalink
    2 mayo, 2012 18:50

    q bonito cuento !!! me dió tanta alegria cuando el muchacho lo llevo hacia una vida mejor !!! pero también me dió tristeza al pensar en todos esos animalitos que sufren en aras de la investigación…

    • 2 mayo, 2012 21:24

      Hola

      Muchas gracias por tus palabras, qué bueno que te gustó. Sí, lo entiendo perfectamente porque durante un tiempo trabajé en un laboratorio en un centro de investigación (NUNCA con animales, por fortuna), pero siempre que pasaba por ahí pensaba precisamente en eso, en lo que sufren y en que los jardines del lugar estaban a escasos metros del bioterio; de hecho describo este lugar en el cuento.

      Un abrazo

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