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El cielo más azul se volvió rosado (cuento)

18 mayo, 2012

Para aquellos para los que un cerdo únicamente significa un sabor, sin importarles el enorme sufrimiento que hay detrás de cada bocado que engullen.

Subía, subía el camión por la carretera, amplio asfalto marcado por hoyos y pendientes que se desparramaban por los todavía secos arbustos. Caía el sol en lluvia silenciosa e invisible sobre todo aquello que encontraba en picada y el camión seguía con esa carga enorme y olorosa, donde los autos se apresuraban cual moscas primaverales e inmediatamente, pasaban a su lado, alejándose del fétido aroma. Había gente (¡oh, sí!) que reía al ver la carga apretujada y rebosante de porcinos en su interior; se tapaban la nariz e incluso gritaban algunas frases pintorescas teñidas de palabrejas aprendidas quién sabe dónde, porque en sus casas así no se hablaba.

Los cerdos miraban el paisaje, claro, aquellos que podían hacerlo, que no eran mas que instantáneas incomprensibles de un mundo totalmente ajeno a ellos, ora de casas, ora de gente, ora de verde, pero siempre, siempre, de esos vehículos pequeños que buscaban siempre adelantarse al enorme camión.

Los chillidos se perdían entre las reducidas prisiones y a nadie importaba que aquel sangrara, que aquel otro tuviera la pata rota, que aquella estuviera preñada, que el de allá estuviera golpeado, que a este se le hubiera atorado el hocico en uno de esos vanos intentos que tienen los prisioneros de librarse de un destino por demás trazado, y más que trazado, ineludible y fatal.
Los afortunados iban ni cerca ni adentro, los que más sufrían eran los de arriba, que pagaban caro ver por única vez el cielo tan azul, que lastimaba sus redondos ojos cubiertos de blancas pestañas, porque el sol quemaba su vulnerable piel.

Pero esto nadie lo sabía, más que los tripulantes de ese camión de cerdos que iba hacia el rastro, donde la única forma de salir, era muerto, y como si esto no bastara, en burdos trozos que después, limpiamente como les gusta a los humanos, estarían en preciosos paquetes en brillantes pasillos del supermercado.

Y eso también era ajeno a este grupo de porcinos, que únicamente sentían y veían y aguardaban. Vino entonces una curva, un mal giro, una distracción del chofer al cambiar la estación del radio, y el camión se volcó, se dio la vuelta, patinó y se desparramó de cerdos.

Llamaron a la grúa, a la ambulancia (para el chofer, por supuesto) y a la compañía (quién sabe si la de seguros o la transportista) y ocurrió lo inesperado: cerdos que volaban por encima del camión, de los coches y de los azorados tripulantes de los autos pequeños.

Algunos juraron ver alas, otros dijeron que fue una alucinación (tan buenos los humanos para las explicaciones, excepto las de sus propios actos), pero los cerdos, todos ellos, se fueron de ahí, lejos, muy lejos de todos los primitivos humanos.

Y sin que nadie pueda encontrar respuesta aún, lo que sí pueden afirmar, es que el cielo más azul se volvió rosado de angelicales porcinos.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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5 comentarios leave one →
  1. Anónimo permalink
    19 mayo, 2012 15:23

    hermoso cuento Mayra, como siempre… 🙂

  2. 19 mayo, 2012 04:10

    Reblogged this on Noke In The Cloud.

  3. 19 mayo, 2012 04:09

    Mayra, me ha encantado tu cuento! Maravilloso final 🙂
    ¿Sabias que los cerdos tienen un coeficiente intelectual más grande que el de los perros?

    • 19 mayo, 2012 19:45

      Hola guapa

      Gracias como siempre por comentar. Sí, lo sabía… una razón más para entristecerse por ellos. Un beso!

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