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En el parque de Brisas

11 junio, 2012

Ayer fuimos a Cuautla a visitar a la mamá de mi esposo. Aunque ya los cerros comienzan a reverdecer, todavía el calor y el sol se dejan sentir con fuerza en el camino. Por desgracia no es raro ver a infortunados perros callejeros (quizá “callejeros con dueño”, que se refiere a que son personas que a veces los cuidan y a veces alimentan, pero que pasan la mayor parte del tiempo en la calle). Hay todavía mucha indiferencia e indolencia en torno a los perros que incluso bordean ese tramo de la carretera lleno de curvas.

Finalmente hemos llegado y una brisa se desliza por la entrada, donde me quedo en un pequeño y antiguo sofá a cuadros. El lugar es perfecto para leer y ahí me instalo. Ya entrada la tarde y después de haber comido, finalmente aceptamos ir con nuestra pequeña al parque que está justo enfrente de la casa, cruzando la calle. El sol todavía es intenso, pero tolerable. Alex parece no sentirlo y feliz, corre de aquí para allá, inventando juegos e instándonos a seguirle el paso. Hay varios árboles bordeando el parque, algunas jacarandas, otros hules y varios guamúchiles. Nos dedicamos a cortar los frutos que están más al alcance que caen como mazorca desgranada en forma de frutos pequeños, redondos y carnosos. Alex me presta su gorra para guardar nuestro tesoro y juega a los piratas con su papá. Decidimos regresar y alistarnos para partir, cuando al llegar a la entrada de la casa vemos un auto algo viejo estacionarse a un costado del parque, del lado de la sombra.

De él desciende una mujer menuda, de pelo corto y blanco que usa un mandil azul marino desteñido. Como salidos de la nada, salen varios perros de aquí y allá. Una perra criolla ya viejita cojea de su pata delantera. Observo que en realidad no es reciente el daño y no soldó bien, pero la perra va con buen ánimo hasta el coche. Otra perrita joven sale del fondo del parque y la mujer la llama: “Ven, Güera”. Saca rápidamente varios platos y los perros, de forma ordenada, aguardan su turno. Sirve a todos y comen alegres. La Güera se entretiene un momento, quizá buscando una ardilla, y finalmente se acerca moviendo la cola y comiendo de su plato. La mujer les habla pero no alcanzamos a escuchar qué les dice.  Su aspecto es decidido y hasta hosco, pero sé bien que en el fondo quiere mucho a esos perros. Raúl me dice que la vez pasada platicó con ella y le contó que después de ganarse la confianza de los canes, los llevó uno a uno a esterilizar. Los perros han dejado de reproducirse y salvo la de la pata mal soldada, lucen rollizos y contentos.

Sé que a la vuelta de la casa vive al fondo una señora que tiene un pequeño albergue de perros, todos esterilizados. Alguna vez Raúl le preguntó por ellos, que cuántos eran. Ella respondió que quizá treinta, pero una de sus hijas que estaba con ella la amonestó con la mirada y le dijo que eran más. Sonriendo, la señora dijo algo así como “está bien, olvidé los otros que están dentro de la casa; quizá sean más”. Ella también alimenta a los perros que de cuando en cuando llegan hasta ese fraccionamiento, Las Brisas.

La mujer del coche recoge los platos y da un par de palmadas, indicando que la comida terminó. Los perros mueven la cola, profundamente agradecidos y antes de que la mujer se pierda en las calles, ellos ya se han dispersado. En ese momento empieza a llegar más gente al parque, porque el sol ha bajado. Chicos que juegan con una pelota, niños que suben a los juegos, una que otra pareja en las desvencijadas bancas… Todo sigue su curso normal.

Pero me quedo pensando en el pequeño gran milagro que día con día, realizan personas como estas dos maravillosas mujeres. Pareciera una mota de polvo en este vasto mundo, pero en realidad tienen no solamente un corazón de oro, sino que sirven de inspiración a personas como yo, indicándome que debo esforzarme cada día por ser mejor, que debo mejorar mi entorno, que ninguna pequeña buena acción pasa desapercibida y que debemos hacerla extensiva como la brisa que ha dado nombre a este lugar.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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