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El conejo y Yac (cuento; parte 1 de 2)

13 junio, 2012
Con su garrote,
con su morral,
viene un conejo por el trigal
Animalejo, ven hacia acá
¡Hola Conejo!
¿Cómo te va?
El Conejo Turista, Cri Cri

Para Alex

Venía el conejo de regreso después de escarbar aquí y allá en el jardín de la casa. No era un jardín muy grande, sino apenas un recuadro de unos pocos metros. Su lugar favorito era entre la hilera de pequeños árboles que, de tan juntos, no habían alcanzado a desarrollarse del todo y cuyas depresiones intermedias eran más que magníficas para hacer un hoyo. La técnica era bien simple: patas delanteras que se movían con celeridad y cuando la tierra se acumulaba bajo la ahora grisácea barriga, se daba la vuelta sobre los amplios talones y empujaba la tierra hacia adelante (¿o era hacia atrás?). Lo mejor de todo era cuando llegaba a la parte más húmeda y oscura y se tiraba cuan largo era sobre el frescor y fragancia del humus.

Las lombrices huían cuando las ávidas uñas se aproximaban a sus secretos escondrijos y abrían más túneles para ponerse a salvo de esas patas veloces seguidas de un rápido movimiento de narices y bigotes. Pero después de tan afanosa actividad y lleno el pelaje de hojas y tierra, se dirigió a su casa que estaba al fondo del jardín, refugio perfecto contra depredadores y algunos humanos no gratos. Ahí lo esperaba una buena rebanada de fruta y mucha agua para el sediento explorador. Más tarde vendrían a cerrar la puertita del costado, le ofrecerían más comida y a cambio, aceptaría los mimos y las voces agudas llenas de elogios y buenas palabras. Caería entonces la tarde y dedicaría el crepúsculo a asearse primero con vivacidad y después con melindrosa calma, hasta que estirara las patas delanteras, lanzara un bostezo y entrecerrara los ojos mientras rechinaba plácidamente los dientes y cerraba los cristalinos ojos. Otro día perfecto que llegaría a su fin.

Propiedad de Karla Selene Montiel Peña.

Pero este día era diferente a los otros, porque apenas había dado unos pasos alejándose el agujero, cuando una ramita o piedra le golpeó una oreja. Dio un zapatazo y se echó a correr, alzando el rabo en señal de alarma, cuando lo único que escuchó fue un gorrión gorjeando en la parte alta de los árboles. Se acercó con cautela, estirando primero el cuerpo como acordeón y dando unos inseguros pasitos, mientras los bigotes se movían de arriba hacia abajo, oteando quién sabe qué, pero era imposible no hacer caso al instinto. Nuevamente una piedrecilla le golpeó, pero ahora en la nariz. En vez de correr, lo que hizo fue pararse en sus cuartos traseros y frotándose rápidamente la cara, se acercó para encarar al agresor. Cuando lo vio, no podía creerlo: era una especie de humano pequeñito, como el de la historia que alguna vez le contó su madre y que a su vez, le había contado la abuela Canela en donde un homúnculo vivía con un cobayo.

Ese era un relato para entretener gazapos, eso lo sabía, pero efectivamente ahí estaba: tan alto como un mango pero esbelto como un plátano, vistiendo ropa pequeñita en su cuerpo pequeñito. Sostenía entre sus manos una cuchara que utilizaba como pala para sacar más tierra aún. El conejo esquivó el proyectil térreo y olfateó a prudente distancia al hombrecito, quien se había detenido un momento para enjugarse la cara. En ese preciso momento hicieron contacto visual y después de un silencioso grito conejuno de aquel y un gritito de sorpresa del otro, echaron a correr en direcciones opuestas. Nuestro conejo atinó a esconderse detrás de una descuidada mata de hierbas que habían olvidado podar, mientras que el hombrecillo se ocultó detrás de uno de los delgados árboles.

Al ver las delatoras orejas detrás del manchón de pasto largo, el humano pequeñito sonrió y soltó una alegre carcajada. El conejo, curioso como todos los de su especie, se incorporó parándose sobre sus enormes patas, con una expresión tan cómica que arrancó otra carcajada del hombrecito.  El ofendido conejo se acercó, haciéndole mil preguntas al mismo tiempo, que quién era (más bien, ¡quién se creía que era!), qué hacía ahí, por qué le había lanzado varios proyectiles y por qué invadía propiedad privada. Aquel, sin dejar de sonreír y con las manos cruzadas detrás de la espalda, solo asentía y sus vivarachos ojos veían al airado conejo que no dejaba de mover los bigotes mientras el triángulo de la nariz subía y bajaba sin parar. Sin amedrentarse un ápice, extendió la mano (el conejo dio involuntariamente un paso hacia atrás, lo que provocó que la sonrisa del hombrecito se ensanchara, pero ahora sin reírse) y se presentó como Yac. Le expresó que le apenaba mucho el desaguisado ocasionado y que lo único que buscaba eran trufas rojas.

Continúa dando click aquí.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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One Comment leave one →
  1. bertha permalink
    13 junio, 2012 14:50

    me imagino la cara de ofendido del conejito… jajajajaja

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