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El conejo y Yac (cuento; parte 2 de 2)

14 junio, 2012

El conejo se abstuvo de preguntar qué era eso, pero Yac, viendo la duda en su peluda cara, le explicó que eran un rico manjar en esa época del año. El conejo se limitó a asentir mientras se rascaba una oreja con la pata trasera, sacudió ambas orejas y con fingida indignación, le dijo que debería buscar otro agujero diferente en otro jardín diferente. Solo en ese momento el rostro de Yac cambió por uno apesadumbrado. Le aseguró que no le causaría problemas y que a cambio, le traería un obsequio especial una vez que terminaran la cosecha de las preciadas trufas rojas. El conejo se acicaló como respuesta, mientras sus ojos brillaban al pensar en qué podría ser dicho obsequio, así que después de frotar su barbilla en actitud pensativa, le dijo que tenían un trato. Sonrió a su manera, con los labios cerrados y Yac bailó y palmoteó feliz al escucharlo.

Los días siguientes fueron de intenso trabajo en equipo, el conejo hacía gran parte del trabajo y cuando Yac le indicaba, dejaba de sacar la tierra para que en ese momento, Yac habilidosamente sacara intacta una hermosa trufa roja con su cuchara-pala. Los humanos no notaron nada fuera de lo normal, porque una vez terminada la tarea, llenaba de nuevo los agujeros.

Un día, después de una terrosa jornada y una buena tanda de trufas, Yac anunció que la cosecha, había terminado. El conejo sacó la cabeza del último agujero y antes de llenar el hueco, se mostró un poco decepcionado. Se había acostumbrado a la compañía de Yac y ahora resultaría raro el estar solo. Antes de que se atreviera siquiera a insinuarle si podía regresar al menos de cuando en cuando, Yac le dijo que ahora él y su familia tenían comida suficiente para el resto del año y que en dado caso, podían canjear las preciadas trufas por otros alimentos. Eso bastó para que el conejo se quedara callado y únicamente asintiera con un movimiento de bigotes. Al notar Yac su pesadumbre, le dio una palmadita en el costado y le recordó que al día siguiente le llevaría un obsequio único y especial. Eso pareció animal al conejo, quien después de efusivas despedidas de parte de su amigo, se dirigió a su casa a dormir. Miró hacia el cielo, ahí donde las estrellas comenzaban a aparecer entre el follaje de los árboles del jardín y suspiró complacido mientras trataba de imaginar cuál podría ser ese regalo especial.

Se despertó ya entrada la mañana, contrariado por haberse quedado dormido y de inmediato se dirigió a la zona de excavación. Nada. Ni rastro de Yac. En eso, descubrió un trocito de trufa sobre un montículo de tierra, acompañado de un diente de león. ¿Acaso esos eran sus regalos, un trozo de trufa que además de pequeño era dañino para el conejo, o un ordinario diente de león de los muchos que había en el jardín? Dio dos patadas con sus cuartos traseros y refunfuñó de tal manera que los polluelos que vivían en una de las ramas superiores de uno de los árboles, mejor se agazaparon contra el fondo de su nido.

Tomó con rabia el diente de león y lo mordisqueó, para después echarlo fuera con una sacudida de cabeza. Para colmo,

Propiedad de Karla Selene Montiel Peña

descubrió que Yac ni siquiera se había tomado la molestia de tapar el agujero y vaya que era grande el montículo de tierra. El conejo refunfuñó de nuevo y se dijo que no acomodaría la tierra en su lugar, que ahí se quedaría por siempre. Dio de nuevo otra patada, levantando algo de polvillo suelto y se metió ruidosamente en su casa, de tan molesto que estaba, quedándose ahí el resto del día.

Al día siguiente cambiaron la jaula de lugar y la colocaron bajo el cobertizo porque comenzaban las lluvias. Así pasaron varios días hasta que el tiempo mejoró y nuevamente el conejo exploró el jardín. El enojo había dado paso a la tristeza, pero ante la perspectiva de volver a su adorado jardín, también se disiparon los nubarrones de su corazón. Casi había olvidado el montículo de tierra y lo descubrió un tanto… extraño. Había crecido una que otra hierba en su superficie, dándole un aspecto peludo; la trufa roja se había marchitado, pero ahora parecía una simpática nariz y como remate, dos largas tiras de pasto se ubicaban al frente. El conejo estuvo a punto de devorarlas, pero sin saber por qué, decidió no hacerlo.

Transcurrieron un par de días más mientras las lluvias se habían convertido en lloviznas vespertinas y el conejo iba siempre a donde estaba el montículo, que al parecer se veía más grande cada vez. Tenía un aspecto familiar y en una ocasión incluso le dijo “Hola”, arrepintiéndose después por estar hablando con un montón de tierra con hierbas encima. Lo bueno es que nadie estaba cerca y se le hizo costumbre comenzar a charlar con ese extraño amigo terroso, con el que cada vez se sentía menos apenado y más en confianza. Incluso había comenzado a podar delicadamente su contorno, de manera que ahora sí parecía un pelaje prolijo como el suyo.

Una noche se olvidaron de cerrar su casita. Escuchó un ruido y se sobresaltó, porque eran pisadas suaves… pero muy ligeras para ser de una persona. Era un animal de cola anillada y dientes afilados que trataba de entrar a su escondrijo. Solo atinó a agazaparse al fondo mientras su corazón latía con tal fuerza que parecía que su sonido avisaría al depredador. Las pisadas se convirtieron en un movimiento audaz y certero, y mientras mostraba los afilados dientes que se reflejaban en los desorbitados ojos del conejo, alguien más llegó. Era una coneja parda, del color de la tierra, que dio un mordisco y un rápido rasguño al agresor, que lo hizo lanzar un agudo chillido. Se volvió de inmediato luchando un poco por salir de la jaula mientras ella se echaba a correr, pero justo entonces la luz del jardín se encendió y un humano salió mientras veía cómo el cacomixtle alcanzaba la barda, y justo antes de perderse en la noche, lanzaba una brillante mirada a sus espectadores.

Les extrañó mucho descubrir a la nueva coneja, pero al ver el agujero se dijeron que por ahí había entrado, que quizá se había extraviado o que simplemente era una coneja silvestre. Pero el conejo sabía que estaban muy equivocados: ése era el obsequio de Yac, una compañera que solo necesitaba de tierra, agua, sol (y un trozo de trufa roja) para convertirse en conejo. Agradeció a la manera de los conejos, levantando la nariz y en silenciosa sonrisa. La coneja y él se reconocieron de inmediato y ya todo en calma, se quedaron echados, acicalándose el uno a la otra en una agradable charla silenciosa y conejuna.

*     *     *

Al año siguiente apareció Yac, entre los árboles. La coneja se acercó a saludar y Yac acarició su cabeza, mientras con su característica carcajada tocaba esa peculiar nariz roja. El conejo llegó después, un poco ruborizado. Yac únicamente movió la cabeza, sonriendo, y les dijo a ambos “¿Me ayudan a buscar más trufas rojas?”.

Era hora de escarbar todos juntos y así lo hicieron, mientras la luz del sol se colaba entre las hojas de los árboles, augurando un buen año para todos.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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