Skip to content

“¡Huele a perro!”

20 junio, 2012

El mes pasado vino de visita una amiguita de mi pequeña. No fue fácil obtener el permiso de su mamá, porque me decía que a la niña le asustan los perros. Confirmé eso antes de entrar, porque tuve que cargarla para entrar mientras mis canes ladraban alegre y ruidosamente y Alex, como de costumbre, se abría paso entre la algarabía perruna e incluso, trataba de hacerse escuchar explicando a su amiga que sus perros eran buenos. No sirvió de mucho porque la niña se encogía de temor, pero una vez sintiéndose a salvo y al descubrir que los perros no tenían intenciones de devorarla, lo primero que dijo fue “¡huele a perro!”, seguido de un “también huele feo”.

No pude evitar sonreír al escuchar eso y únicamente atiné a decirle que sí, porque tenemos perros y bueno, así huelen. Por añadidura había estado fuera toda la mañana y no había lavado el pequeño patio donde salen a hacer sus necesidades, así que era innegable que olía mal. Dejé a las niñas jugando en el cuarto de abajo y me puse a lavar el patio, mientras pensaba en que por un lado ya no distingo varios olores (en parte por una alergia que padezco desde hace años), y que por otro, ya me he acostumbrado al olor de mis perros, que, siendo sabuesos, tienen un olor peculiar.

Mientras cocinaba me quedé pensando en otras cosas más, como suele ocurrirme, como el hecho de que esa niñita no tuviera animales y les tuviera un temor casi paralizante; curiosamente su mamá antes de casarse había tenido una perra, pero al vivir aparte decidió que se quedara con sus padres, y que al formar un nuevo hogar consideró “poco higiénico” el tener animales en casa, así que comprenderán ahora el origen de ese temor digamos sin fundamentos que ahora experimenta su hija hacia los animales, ya que no es debido a experiencias negativas (lo pregunté con anticipación).

En contraparte, mi casa dista mucho de algunos artículos que he escrito sobre decoración (y no puedo evitar sonreír mientras releo lo que acabo de escribir) y vaya que a veces quisiera que no estuviera  la sala invadida por perros que fingen dormir, pero que están atentos a mis movimientos, o que las escaleras no estuvieran tapizadas con pelos que sueltan todo el año, que no puedo dejar alimentos u objetos preciados en el borde de la mesa porque algún granuja de cuatro patas se apoderará de estos.

Para mi esposo fue complicado durante años, porque si bien siempre tuvo un perro, era en aquella época en que los animales tenían que estar fuera de casa. Fue por mi que aceptó el que tuviéramos un perro cuando llevábamos meses de casados, yo me había quedado sin trabajo y ahora que lo veo en retrospectiva, pasaba por un cuadro depresivo. Mi perro me salvó y transformó radicalmente mi vida, como he escrito en otras ocasiones, pero a la vez fue todo un reto el tener a un perro que, además de ser sumamente travieso y demandante, era bastante oloroso. Nos acostumbramos a su olor, a las paredes manchadas con el roce de su pelaje, a los pelos en la sala (más de una vez motivo de pleitos entre nosotros porque ya no era posible acostarse ahí), a las babas en lugares inexplicables y a que se frotara contra nuestra ropa para limpiarse la cara, lagañas incluidas.

Con el tiempo, más animales que fueron llegando, así como el deseado arribo de nuestra pequeña hija, así que dejamos de desgastarnos en tener cosas que según nosotros, no teníamos o en desear que fueran totalmente diferentes. Esto es algo que también obtienes al tener niños y perros, una perspectiva diferente donde te hace evaluar qué es lo más valioso en tu vida, que si bien lo material es algo que humanamente uno persigue, vale más una familia.

Sí, sé que podría tener un hogar más grande, un siempre añorado jardín, un par de hijos, contratar a quien hiciera periódicamente la limpieza y un hogar digamos “bonito”, pero a la vez estoy muy consciente de que ello implicaría volver a jornadas de 10 o 12 horas de trabajo, más gastos, niños en guarderías y algo muy importante, carecer de la compañía y familiaridad que me brindan mis amados animales, con todo y este pequeño caos peludo en el que vivo. Prefiero entonces recibir quizá menos visitas de buena gente, pero que es anti perros, abstenerme de excusas poco disimuladas por tener animales viviendo dentro de mi casa y mejor acercarme a ese círculo de personas que aman a los perros y otros animales.

Al fin y al cabo, lo verdaderamente importante y los seres más valiosos de mi vida están muy cerca de mí.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Anuncios
5 comentarios leave one →
  1. Yarina permalink
    21 junio, 2012 14:45

    Yo tambien vivo igual… perros (sabuesos), gatos, tortugas, aves…. Mi casa es un caos de pelos y babas… Pero los amo y me aman!!!

    • 21 junio, 2012 17:18

      Es bueno saber que somos muchos más. Gracias por leerme y por tu comentario, un abrazo.

  2. 21 junio, 2012 01:09

    Ya sé que me repito mucho, pero como siempre genial. Lo comparto totalmente 🙂

  3. 20 junio, 2012 14:45

    COMO SIEMPR EUN GUSTO LEER TU BLOG, SALUDOS

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: