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Reflexiones para carnívoros indecisos (en ser vegetarianos)

3 agosto, 2012

Carnitas, chicharrón, carnes frías, pozole, barbacoa, torta de pierna, adobo, tacos al pastor… ¿cómo dejar de comerlos por cuestiones éticas si te es “imposible” dejar de hacerlo? Deja te cuento mi versión de las cosas y toma después tu propia decisión.

Hace un par de días, ya tarde en la noche, tuve un estimulante intercambio de ideas con un buen amigo mío. Si bien la charla iba dirigida a la forma casi divina en que se perciben a sí mismas algunas personas involucradas en el proteccionismo animal, en realidad derivó a la cuestión sobre el optar por el vegetarianismo por cuestiones éticas. Me comentaba mi amigo un problema muy común: puede ser sumamente complicado el ser vegetariano cuando se come fuera de casa y las opciones no son muchas ni tampoco, muy saludables: o fondas pequeñitas o puestos callejeros.

Yo, al igual que la mayoría de los mexicanos, nací en una familia carnívora. Si bien habrá quien me diga que el índice de pobreza es grande y que a muchas familias no les alcanza para comprar un kilo de carne, no es así: siempre buscarán comprarla, aunque sean las piezas con más grasa y más hueso, retazos de pollo, o vamos, optarán por comprar embutidos económicos (que vaya que sí hay), pero el hecho es que vivimos en un país más bien carnívoro. Tanto así que ¿quién no recuerda por ejemplo en su infancia que había que acabarse toda la carne del plato, para crecer “grandes y fuertes”? Las verduras las conocíamos como un acompañamiento al guisado de carne o bien, cuando la economía familiar era precaria y a nuestras madres no quedaba de otra que prepararnos huevo… o hasta verduras.

Mi padre adoraba comer bisteces de res y cerdo, incluso ya me había adiestrado sobre cómo prepararlos antes de guisarlos: me pedía los sacara de su empaque (comprado con nuestro carnicero de cabecera, don Wenceslao), los embadurnara uno a uno con manteca (grasa de cerdo) o aceite, y les espolvoreara sal por ambos lados. A continuación debía colocarlos en la mesa de la cocina, perfectamente limpia, pero que quedaran extendidos y separados unos de otros. Según las reglas de mi padre, ésa era la manera de marinarlos y dejarlos suaves y jugosos. Después de tan grasosa operación y espera, a freírlos o a prepararlos guisados con alguna salsa. Y esta es una de tantas anécdotas.

Los primeros indicios de cambios en mis hábitos alimenticios

Mis padres crecieron en el campo, en latitudes diferentes pero con algunas ideologías similares. Allá sólo existen dos tipos de animales: los que sirven para trabajar y los que sirven para comer. Un animal que no produce, no es útil, por ello difícilmente existe el concepto de mascota (cuando tienen perros, éstos cuidan la casa, pero duermen afuera). Un caballo es un medio de transporte, un burro un vehículo de carga, una vaca da leche, la gallina pone huevos o sirve para un caldo, un cerdo da carne. Así de simple. Los crías, alimentas o engordas y ya. Hay una cierta reciprocidad que el animal paga con su trabajo o con su vida.

De niña vivía en una especie de pensamiento mágico en que el animal repentinamente dejaba de serlo para convertirse en alimento. No me detenía pensar si había algún tipo de dolor en ese entreacto, pero el caso es que cuando me llamaban a comer, ya no era un animal, era caldo de pollo, o cerdo con verdolagas o bisteces encebollados. Esto cambió una vez que, estando en el terruño de mi madre, decidieron agasajarnos con una comida: un guisado de cochinita que tan rico le quedaba a una de mis tías. Primero escuché unos chillidos desesperados, que se convirtieron en gritos de terror e impotencia. Cuando corrí a ver (con esa curiosidad innata en los niños), contemplé una escena terrible: un cerdo colgado de sus patas traseras mientras era degollado al tiempo que otro de los matanceros (así se les conoce), colocaba una cubeta para colectar la sangre que manaba de su cuello. Los gritos se convirtieron en estertores y mi corazón se encogió.

Fui consciente por vez primera de que para festejar nuestra visita vacacional, el cerdo había sido asesinado.

El cambio en la dieta no es inmediato

Me costó mucho comer esa vez el famoso guisado. Con cada bocado, revivía el dolor del cerdo. Pero como una madre no alimenta a sus hijos con cosas malas, terminé por comerlo, porque era la hora de comer, es lo natural y así son las cosas. No fue la última ni única vez que escuché o llegué a ver por error el sacrificio de un animal. A veces era una res, otras, un pollo o un chivo. No hubo uno solo que no se resistiera a ser llevado donde lo matarían, de alguna manera presentían lo que les iba a ocurrir. Suplicaban como les era posible pero era inútil: serían colgados y mientras balaban, mugían o hasta gritaban con sonidos casi humanos, horrorizados, al tiempo que los degollaban o peor aún, les darían una puñalada directa en el corazón.

Pasaron los años y gradualmente dejé de ir de visita al terruño de mi madre. Había en ese entonces demasiadas cosas en mi vida como para detenerme a pensar en los animales y su sufrimiento. Pero esa nube en la que vivía era interrumpida ocasionalmente con otro tremendo espectáculo: el de los grandes tráilers que transportaban cerdos en las carreteras. Ahí me di cuenta de que si bien los animales del rancho de mis familiares sufrían tremendamente al morir, no se comparaba con la existencia de los animales criados extensivamente en granjas. Poco a poco fui enterándome de sus condiciones de existencia, que eran tan tristes, dolorosas y terribles que la muerte casi podía ser lo mejor que pudiera pasarles.

Hace años, al involucrarme con el proteccionismo animal, supe a detalle todo lo anterior y más. No voy a cansarlos con esos detalles, que seguramente habrán visto en fotografías que he posteado en Facebook, que no se comparan con centenares de historias gráficamente documentadas que he visto, leído y enterado. El cambio vino cuando comencé, poco a poco, a dejar de consumir carne. Las carnicerías, tan familiares para mí, comencé a contemplarlas con otros ojos y sólo vi animales desmembrados.

Nació mi pequeña hija y cuando llegó el momento de ablactarla, descubrí con cierta sorpresa que rechazaba comer carne. Sonará absurdo, pero fue una especie de señal para mí. De alguna manera le parecía antinatural el comerla, así que opté por no dársela, al tiempo que decidí también hacer lo mismo. Le comuniqué a mi esposo mi decisión y él, que era un carnívoro de toda la vida y que razonablemente había aceptado comer de cuando en cuando comida “alternativa”, al inicio puso el grito en el cielo. Pero después aceptó, no sin antes advertirme enfáticamente que él sí comería carne fuera de casa. No puse objeción.

Vegetarianismo, veganismo y otras cosas raras

Los vegetarianos son personas que no consumen ningún tipo de carne, pero sí lácteos y huevo. Los veganos en cambio, no consumen ningún producto de origen animal, incluyendo la miel, por ejemplo. Yo no soy ni lo uno ni lo otro, porque actualmente sigo consumiendo pescado, de manera ocasional, pero lo hago. Alguna vez leí que a los vegetarianos que lo hacen les llaman “pecetarianos”. No puedo evitar sonreír nada más de escribirlo, porque sé que este tipo de términos no agradan en lo absoluto a los vegetarianos, mucho menos a los veganos.

Aquí fue donde se enfocó parte de la charla virtual que tuve con mi amigo y aquí me pongo seria porque sé que es un tema delicado. Le explicaba que sí, que he leído sobre la asfixia que sufren los peces al momento de ser pescados, pero no es comparable con las condiciones de crianza, existencia y sacrificio de los llamados animales de granja. Debo ser enfática en que no es mi intención al escribir esta Introspección, el señalar, criticar, mucho menos condenar a quienes consumen carne, ya que no soy nadie para juzgarlos exclusivamente por sus hábitos alimenticios.

El riesgo de la doble moral del vegetarianismo y veganismo

Sí, consumo pescado, así como también huevos y lácteos. Sé también de que al comer huevos y lácteos es un poco como comer carne porque esas vacas y gallinas que dan leche y huevos siguen en granjas. No creo dejar de hacerlo, pero tampoco creo que soy mejor o peor persona por consumirlos. Y si soy negativa al hacerlo, he tratado de, o consumir menos o de buscar sustitutos (leche de soya) o de buscar opciones menos dañinas (huevos de granja, por ejemplo), a la vez que trato, en la medida de mis posibilidades, de contrarrestar dicho daño que causo al dar cosas positivas a otros, personas o animales.

Antes de que alguien que no haya comprendido lo anterior me señale con dureza, debo decirle lo siguiente: no he conocido, a la fecha, un vegano congruente. Esto es imposible. Sé de muchos excelentes conocidos y amigos que son veganos y la manera en que han transformado sus vidas y con toda sinceridad lo aplaudo y admiro, pero tampoco pueden ser totalmente veganos por este simple hecho: sus mascotas no son veganas. Sé de casos de perros vegetarianos y en cierta medida es posible, pero también, es antinatural. Y no se diga de los gatos: son carnívoros estrictos. Recuerdo alguna vez haber leído sobre un gato vegetariano que llevaba una dieta cuidadosamente balanceada, pero seamos realistas: ¿cuánto costará dicha dieta?, ¿será asequible para una persona que tiene varios gatos o más aún, que se dedica a rescatarlos, rehabilitarlos y buscarles un hogar? No, no lo es.

Todas las personas que tenemos perros y gatos, seamos veganos, vegetarianos, carnívoros o lo que sea que seamos, tenemos que comprarles croquetas… elaboradas con huesos y carne. Si enferman, nada ayuda tanto como darles pechuga de pollo con caldo y arroz. O una lata de atún o alimento húmedo para aquellos animales raquíticos rescatados del abandono o condiciones espantosas, considerando que esa lata es de carne de res, pollo o cordero.

No podemos entonces abominar o culpar tajantemente a otros sobre sus hábitos alimenticios si de una u otra forma seguimos comprando y consumiendo -mediante nuestros animales de compañía- carne y otros derivados animales.

Ética animalista y término medio

Entonces, ¿qué hacer? Lo que tu conciencia te dicte. Pero también debes estar consciente de los siguientes hechos:

  • La cría intensiva de ganado es responsable de cerca de un 20% de la emisión de gases contaminantes a la atmósfera (porque emiten metano y óxido de titanio mediante su orina, estiércol y gases del tracto digestivo), lo que ocasiona el llamado “efecto invernadero” y el calentamiento global.
  • La tala o deforestación ocasiona hasta un 30% de los gases contaminantes (¿sabías que los árboles están compuestos de un 50% de carbono y que al talarlos lo liberan a la atmósfera?). Menciono esto porque de las más de 10 millones de hectáreas de bosques que son taladas año con año a nivel mundial, se hace para tierras de cultivo… No, no para alimentos humanos, sino para forraje para ganado.
  • La mayor parte de esa carne no va destinada propiamente para nutrir al mundo entero, sino que los mejores cortes van para clases privilegiadas, mientras que el resto se convierte o en comida chatarra, embutidos o sí, en comida de todos los días, pero preparada bajo condiciones poco higiénicas o que aunque la consumas en casa, la carne está tan cocida que ha perdido todo su valor nutritivo.
  • Continuamente sale en las noticias sobre la presencia de clembuterol en la carne. El clembuterol, si bien es un medicamento contra enfermedades respiratorias, también aumenta la masa muscular, por lo que es clandestinamente utilizado para engordar rápidamente al ganado. Si ingieres carne con restos de clembuterol, tarde o temprano desarrollarás padecimientos en los pulmones y el corazón.
  • La gripe aviar: actualmente hay un tremendo brote en nuestro país y si bien se ha mantenido más o menos a raya, esta situación es pan de todos los días.
  • A los pollos también suelen darles hormonas para que crezcan rápidamente, por lo que no es raro que queden residuos en su carne. Hay quienes dicen que esto es un mito, pero también hay quienes, aún avalando las bondades de la carne de pollo, mencionan que los pollos industrializados tienen estrógeno y que puede causar desde pubertad precoz (niñas con periodos menstruales adelantados, desarrollo prematuro de características sexuales) hasta cáncer de mama.
  • De acuerdo al Plato del Bien Comer, un gráfico sobre alimentación saludable en México, nuestra dieta debe constar mayoritariamente de frutas, verduras y cereales (casi dos tercios), seguido por leguminosas, y una pequeña fracción de alimentos de origen animal. La carne, entonces, ya no se considera como el plato principal.
  • La carne es difícil de digerir, le lleva muchísimas horas a nuestro organismo el procesarla, sobre todo si va acompañada de lácteos, por no hablar de problemas relacionados a niveles altos de colesterol y a la incidencia del doloroso ácido úrico.
  • Finalmente, y a título personal, ya no puedo seguir comiendo carne sabiendo su triste y oscura procedencia. Es demasiado dolor como para ingerirla como si tal cosa después de una noche de juerga seguida de unos tacos.

Algunos consejos para quienes comen fuera de casa

Si leyendo todo esto has decidido cambiar o modificar tus hábitos alimenticios, sea por ética o por salud, puede ser a veces complicado, pero sí es posible:

  1. Llévate al trabajo dos tipos de fruta, en cubos en un recipiente resellable, y fruta que puedas morder (muy útil en horas de tráfico).
  2. Llévate también algo de verdura: anímate y prueba calabacitas crudas en rodajas, pepino, jícama, apio, betabel. Al inicio llévate un dip (comercial o preparado en casa) y después intenta disfrutarlas solas o aderezadas con limón y un poquito de sal.
  3. Hay opciones de transición, como carne mezclada con soya. Después cambia a sólo soya. ¡Hay muchísimas marcas deliciosas de soya tipo embutidos, carnitas, bisteces, etc.!
  4. Come más semillas y leguminosas: es mejor comerte unas habas secas enchiladas que un paquete de chicharrones grasosos.
  5. Consume también más frutos secos y deshidratados: son excelente botana.
  6. Cuando comas fuera, así sea en un humilde puesto de gordas, pide las de frijoles, habas o requesón.  Cuando pidas enchiladas, pídelas rellenas de queso, de huevo o solas.
  7. No temas tanto a los alimentos contaminados y anímate a comer más ensaladas cuando comas fuera de casa.
  8. Llévate también un sándwich con germen de trigo, lechuga, jitomate y aguacate. La combinación es riquísima.

Después de todo lo anterior, anímate y da el primer paso para dejar de consumir menos carne, sea por los animales, por el bienestar del planeta o incluso, porque te quieres mucho.

© Mayra Cabrera. Derechos Reservados

 

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8 comentarios leave one →
  1. Aedan permalink
    2 noviembre, 2016 18:29

    Buenas!
    Quería felicitarte por tan acertada reflexión y guía para aquellos que andan un poco despistados.
    Has comentado la diferencia entre vegetarianos y veganos y no es del todo acertada. Los vegetarianos los hay que no comen ni huevos ni lácteos ni pescado, es decir, vegetariano es aquel que no se alimenta de nada de origen animal (únicamente alimentación)
    Vegano es aquel que va más allá de la alimentación, no es únicamente no alimentarse de ello sino que también es no vestirse del sufrimiento animal, no comprar productos con el sello de la tortura hacia animales no humanos…en definitiva, es un estilo de vida.
    El tema animalista es el más amplio ya que abarca desde omnivoros hasta veganos o crudiveganos. Te reseño esto último ya que yo por ejemplo como vegano no comparto vivienda con ningún animal (ni humano ni no humano) que consuma otros animales en su dieta por lo que has comentado, hacer que un gato sea vegetariano es una aberración, los gatos son carnívoros y los perros son omnivoros que necesitan proteína animal en su dieta y los piensos veganos son excesivamente caros. Participo en rescates de animales no humanos siempre que puedo, pero ya me parece bastante que yo viva en una jaula social como para hacer que aquellos a los que rescató acaben bajo la misma jaula.
    Mucho ánimo a todo aquel que quiere dar el paso hacia el respeto, no sólo de los animales no humanos, sino también de los humanos, ser vegano es ser antiespecista, antiracista,antisexista.
    Un abrazo.

    • 2 noviembre, 2016 18:38

      Hola

      Muchas gracias por tu reflexión, realmente da más luz sobre este tema. Sí, definitivamente tiene muchos matices y muchos claroscuros. Creo que podría añadir que se debe seguir la postura que nos haga sentir bien con nosotros mismos (que es difícil cumplirlo). Te felicito porque eres el primer vegano que conozco que es más congruente con su ideología (claro, no con ello estoy censurando a los veganos que tienen gatos, por ejemplo), porque precisamente eso he pensado, en que no se puede ser vegano si se adquieren alimentos con carne para los compañeros animales que viven en casa.
      Yo honestamente sí soy un tanto incongruente. Hago lo que puedo de mi parte, y aun así sé que con solo escribirlo, en cierta forma me justifico. Pero me agradó mucho lo que dijiste y cómo lo expusiste. Un abrazo de vuelta.

  2. Laura Elena permalink
    4 agosto, 2012 22:26

    Mayra, muy atinada tu reflexión sobre estos asuntos escabrosos de decidir sobre la forma de alimentación, tanto la personal como la de nuestros animales. Definitivamente en nuestro país y con tantas carencias en todo, los animales caseros deben comer los alimentos que estén al alcance de la mano y el bolsillo o, prepararles en casa, como hacían nuestras madres y abuelas -sí, mujeres- el cocido con todo lo que cada quien decida y tenga… En casa mamá les hacía retazo con hueso. En el zoológico, empero, tienen que comer como comerían los animales en libertad, es decir, comer a sus semejantes. Por lo que respecta a tus experiencias de niña y las matanzas caseras o en el rancho, te diré que me hiciste revivir las mías, muy similares y muy dolorosas también. Más aun, cuando pude comprender la suerte de tantos animales que transportaban en camiones, de cualquier modo y manera, comenzó otra forma de sufrimiento para mí. Con los peces tengo una relación similar. En casa acostumbrábamos ir a pescar por diversión y “ganaba” el que sacaba el ejemplar más grande… Como niña pequeña que era, yo solo atestiguaba los hechos. Nunca pude sobreponerme al sufrimiento y la agonía de los peces al carecer de agua para respirar y de constatar las terribles heridas en su boca que los anzuelos les inflingían… Sin embargo, soy de la opinión que cada persona, a cualquier edad, decide lo que come. En casa de mis papás, ya lejos del mar y lagunas, los domingos era obligado comer juntos fuera, y carne roja sin discusión. Somos del bravo norte. En lo personal hace muchos años que no como carne pero no fue por una decisión razonada, tajante, inamovible, simplemente dejé de comerla y ya. Pescado, como sí, muy poco y generalmente atún en agua de lata. Realmente como sola y no me molesto en preparar grandes platillos, mi alimentación principal son las verduras, en todas su formas y de todos tipos. Huevos de gallina también consumo así como leche de vaca. No obstante considero que de presentárseme la oportunidad de degustar alguna pieza de carne, no necesariamente la rechazaría por convicción, tal vez la comería. Que yo no la compre para comérmela es otra cosa. Mi organismo no la necesita, estoy convencida. Sin embargo, pensar en no comer cosas como miel de abeja, ni me lo imagino. Sólo por no tener para pagarla es que falta en casa. Yo no creo que por restringir el consumo de carne contribuimos a disminuir la crueldad hacia los animales. Más bien deberíamos preocuparnos por hacer sus últimos momentos –que incluyen en muchos casos transportación- lo menos difíciles posible. Y aquí hablo, entre otros, de rastros y de “antirrábicos”, para esos animales ‘molestos’ a la sociedad. Es en la forma en que los tratamos que debemos concientizar para evitarles sufrimiento innecesario. Sin meternos a discusiones filosóficas sobre si ellos sufren o no. Por supuesto que sufren y les duele y lloran y suplican por su vida… Yo no condeno a nadie por comer o no la carne, huevos, el pescado y demás. Respeto la decisión de cada quien por comer como le acomode en su economía y costumbres y necesidades. Mi propia hija, que no come carne por decisión muy personal, pide a su pareja respete su voluntad de no consumir carne, en otras palabras, le pide que ni la moleste por no comerla, ni se burle ni la obligue…. Creo que ya me excedí en dar un punto de vista sobre este asunto, ya fueron demasiados, y no puntos ¡rocotas! Bien por ti Mayra adelante con tus proyectos, suerte en tus menesteres. Laura Elena (LE).

    • 5 agosto, 2012 20:47

      Querida Laura

      No, ninguna “rocota”, me gustó muchísimo leerte, me encanta leer los comentarios, sobre todo cuando vienen de personas inteligentes y sensibles como tú. ¿Qué más puedo añadir? Ya lo dijiste todo, y efectivamente, que cada quien elija… que ojalá y todos disminuyéramos nuestro consumo de cualquier tipo de carne por todas las razones ya mencionadas, creo que así llegaríamos a algo parecido al equilibrio… sé que simplemente mencionarlo así tal cual es muy cándido de mi parte, pero confío en que se puede.

      Un abrazo grande

  3. 3 agosto, 2012 16:43

    Mayra, como siempre lúcida e inteligente tu amplia reflexión. Me gusta tu tolerancia, pues creo que hay demasiada gente que se siente por encima de los demás porque hace algo y tú no, juzgando continuamente los comportamientos ajenos. Yo no soy vegetariana, aunque cada vez tiendo más a ello y soy más consciente de lo que significa comer carne, a nivel de salud y a nivel de crueldad hacia los animales. Si me lo pudiese permitir en este momento, consumiría solo carne y demás productos derivados de animales criados en libertad y alimentados y tratados adecuadamente. Dudo que algún día me haga vegetariana estricta, aunque nunca se sabe, lo que sí sé es que el día que haga una cosa u otra lo haré por convicción personal, que es como creo que se deben hacer las cosas. Por supuesto, todo mi respeto por las personas que eligen esas opciones, pero no creo que nadie sea mejor ni peor persona por esas cosas.

    Lo de alimentar a perros y gatos sin carne, me parece una barbaridad y no creo que sea nada bueno para su salud.

    En fin que no me extiendo más. Enhorabuena por tu escrito. Si alguna vez vienes por España, iremos a un restaurante vegetariano 😉

    • 3 agosto, 2012 18:02

      Beatriz, el honor es mío cada vez que comentas porque siempre aportas cosas maravillosas. Y claro que me encantaría ir a tu tierra. De mi parte, estás cordialmente invitada cuando desees, a tierras mexicanas, sería maravilloso compartir contigo y espero que un día cercano, esto sea posible.
      Un beso grande

  4. Susana permalink
    3 agosto, 2012 13:41

    Sobre: “Todas las personas que tenemos perros y gatos, seamos veganos, vegetarianos, carnívoros o lo que sea que seamos, tenemos que comprarles croquetas… elaboradas con huesos y carne. Si enferman, nada ayuda tanto como darles pechuga de pollo con caldo y arroz. O una lata de atún o alimento húmedo para aquellos animales raquíticos rescatados del abandono o condiciones espantosas, considerando que esa lata es de carne de res, pollo o cordero.

    No podemos entonces abominar o culpar tajantemente a otros sobre sus hábitos alimenticios si de una u otra forma seguimos comprando y consumiendo -mediante nuestros animales de compañía- carne y otros derivados animales.”

    Es muy común ir justificando un acto con otro que consideramos “igual” o “peor”, si eso fuera entonces no se haría nada por nada o nadie, ya que siempre habrá un “pero”. Tampoco podemos buscar que las cosas sean tan “perfectas”, pero sí hacer el esfuerzo por mejorarlas y bucar opciones para ello sin caer en descalificaciones -justificaciones-.

    El que muchos vegetarianos/veganos tengamos animales de compañía no quiere decir que tengamos una doble moral en cuanto al estilo de alimentación que llevamos. Los animales tienen sus necesidades especificas, por lo tanto no podemos caer en la necedad de cambiar sus hábitos alimenticios que pueden llevarlos incluso a enfermar (principalmente en gatos), lamentablemente en México aún no hay alimentos vegetarianos o veganos para animales de compañía como en otros países (estados Unidos, Italia, Alemania), pero está la opción, desde buscar marcas que se apegue a los mejores estándares de bienestar animal.

    O como a muchos otros nos pasa, que los compañeros de casa se van habituando al estilo de vida del humano que los acompaña y poco a poco van necesitando menos de croquetas o preparados especiales y se alimentan sin problema de lo mismo. Saludos!

    • 3 agosto, 2012 14:53

      Hola Susana

      Tienes mucha razón. Aunque no es mi intención tampoco ponerme a juzgar a quienes son vegetarianos y veganos, sino todo lo contrario: insisto, merecen toda mi admiración, pero seamos honestos e insisto, aunque contáramos con esas opciones veganas para animales de compañía, imposible dárselas a quien tiene varios perros o un albergue o que llegara un momento que les dijeras a los potenciales adoptantes que no les darás al animal si no le da una alimentación vegana (otra vez asumiendo que estuvieran disponibles en nuestro país dichos productos). Sí, es ético para nosotros y es totalmente válido, pero para un animal de compañía, es antinatural.

      Ni qué decir de los animales rescatados de zoológicos (grandes felinos) y circos, ¿cómo alimentarlos? Con carne.

      Con lo de la doble moral (una disculpa anticipada si ofendí con ello), más que nada va dirigida en el sentido de que sé de muchos vegetarianos y veganos que juzgan a otros protectores (o gente común y corriente) que hacen muchísimo por los animales, por su entorno o vamos, por otras personas, y se les juzga duramente por no compartir los mismos hábitos alimenticios, me parece inquietante esta postura (“yo estoy bien por ser vegano, tú estás mal por no serlo”). Más bien va enfocada hacia eso.

      Un abrazo y gracias por tu reflexión

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