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El cartonero (cuento)

14 agosto, 2012

Dedicado a esos líderes natos, que nunca han visto a César Millán, ni han tomado un curso de etología canina, para aquellos parias héroes callejeros, urbanos… sin patria y a veces, sin hogar.

Dio la vuelta por la cuadra y, sin emitir ningún sonido su boca, hizo apenas una seña con la mano. Tres perros gordos  y dos más delgaduchos (hacía poco se habían unido al clan), dejaron el camuflaje urbano y saltaron como curiosas manchas a seguir a su amo. El hombre, de rostro nada amigable, se suavizó un momento al contemplar a sus perros. Lanzó un silbido y, casi en orden, se fueron acomodando de acuerdo con su jerarquía. El Oso se colocó a la cabeza y los más nuevos, con trote ligero quedaron en la punta, a veces alejándose pero sin perder nunca el paso ni a la comitiva.

Cogió un cartón ahí y hurgó en el montón de basura que habían dejado los vecinos de la colonia. Tenía que apresurarse antes de que el camión de la basura llegara y se lo llevara todo. No entendía cómo podían ser tan brutos y no seleccionar lo que servía de lo que no: los hombres se concretaban a alimentar las enormes fauces del camión sin revisar siquiera si había algo de valor en alguna de las bolsas. A veces había suerte y se topaba con monedas o incluso, como aquella vez extraordinaria, con alguna alhaja perdida en el fondo de una bolsa. Pero la mayoría de las veces -gracias al Cielo y sobre todo a su pericia- había cajas de cartón, botellas de plástico y latas de aluminio. Si encontraba ropa, revisaba si alguna le quedaba o si no, la juntaba si no estaba en tan mal estado y la vendía. O si había ropa de niños, no dudaba en guardar un par de prendas para cubrir a sus perros, sobre todo si era época lluviosa o si el frío arreciaba.  Sabía que se veían ridículos, pero agradecían mucho el tener el abrigo necesario cuando el tiempo era inclemente.

Su casita se ubicaba en el otro extremo de la ciudad, pero solo la utilizaba para dormir, ya que todo el día, desde que se levantaba, lo dedicaba a peregrinar con sus apóstoles caninos por calles, senderos y atajos, siempre buscando el sustento. Tiempo atrás se había hecho de un diablito para cargar las cosas, pero después cambió a un carrito que él mismo modificó y armó con trozos de madera y llantas pequeñas juntadas de quién sabe qué juguete de algún mocoso al que seguramente no le duró nada el regalito de Reyes. Parecían un montón de cosas apiladas, pero en realidad las tenía perfectamente clasificadas. Ahí viajó un tiempo la Chamoyita, una pequeña maltés que pasó muchos años con él hasta que los años terminaron por hacerle mella y se la arrebataron. Suspiró al pensar en esa perrita encontrada miedosa y temblorosa, tratando de esconderse entre las bolsas de basura y que resultó ser toda una dama fiel.

Con los años llegaron más perros, el Oso, encontrado lastimado después de una pelea callejera, el Tomate, de pelaje rojizo y al que el veterinario del barrio atendió y tuvo que amputarle una pata, la Bodoquito, tan salerosa y lista, y hacía un par de semanas, a los dos hermanos que estaban en una bolsa de basura amarrada. Ya no eran tan cachorros, pero habían sido arrojados con la idea de que murieran asfixiados. Maldijo en la noche a quienes les habían hecho eso, y los perros, agradecidos, lamieron sus manos y se integraron al clan, sometiéndose al Oso y a su corte.

Cuando tenía que parar, los perros se detenían. Si estaba a la expectativa, ellos permanecían algo dispersos aquí y allá, pero siempre las orejas erguidas, en actitud de alerta. Si alguna vez se emborrachaba, esperaban pacientemente afuera de la cantina, evitando molestar a los parroquianos y ovillándose unos con otros si llegaba la madrugada. Casi siempre había comida (no en balde tres de ellos estaban bastante rollizos),  ya que el hombre siempre se preocupaba por conseguirles y procurarles lo mejor posible. Pero no era por eso que lo seguían, porque también había habido épocas de carestía y con todo y la tripa vacía, lo seguían bajo el sol inclemente o bajo la lluvia o el viento que feroz aullaba por todos lados y por ninguno. Cuando se topaban con otros perros, el hombre lanzaba un silbido o chasqueaba los labios y era más que suficiente para que dejaran de mirar al posible oponente y continuaran la marcha. Nadie se metía con el cartonero, porque los perros, siempre mansos, podían cambiar repentinamente de actitud si notaban peligro hacia su amo.

Una ocasión, alguien tomó la decisión (sí, de esas divinas y sin seso ocurrencias humanas) de dar cuenta de los perros de la colonia más frecuentada por el hombre y dejar salchichas envenenadas. El hombre, que era ligeramente más lupino que humano, una característica de aquellos que, decepcionados por la humanidad van adquiriendo poco a poco, notó algo raro en el ambiente. Más raro aún que hubieran dejado un trozo de salchicha aquí y allá, aparentemente al azar. Lanzó una interjección y sus perros de inmediato se apartaron del tóxico bocado, mirándolo de reojo y dándose la vuelta. Por desgracia el Garbanzo, uno de los cachorros rescatados, no acató de inmediato la orden y ya había devorado la salchicha envenenada.

El hombre, al percatarse de ello lo tomó de inmediato en brazos y lo colocó en el carrito, echándose a correr seguido de su séquito canino. Apenas y se dio cuenta de que había perdido su sombrero cuando llegó con el veterinario del barrio, quien al escuchar a la jauría ladrar con furia y los gritos desesperados de su amo, abrió la puerta del consultorio, entrando aquellos en tropel. Antes de que el médico dijera que sacara a los perros, el hombre se volvió y chasqueó los dedos y por arte de magia, los canes aguardaron afuera, silenciosos pero expectantes. Rápidamente le dio un vomitivo al convulso cachorro y le aplicó un suero y un medicamento. Le dijo que ya no había nada más qué hacer sino ver cómo respondía el cachorro y esperar hasta el día siguiente.

Apenas despuntaba el sol cuando el hombre se levantó. Se frotó nervioso la cara y se puso a arreglar su pequeña vivienda, únicamente para hacer tiempo. Sus perros, cabizbajos, evitaban estorbarle o causarle la más mínima perturbación. Caminaron después muy despacio por las calles, mientras el hombre a veces se frotaba los ojos. Lazarillo, el hermano del afectado, se acercó y se atrevió a lamer su mano. Se miraron un instante y acarició la cabeza del perro, hablándole sin palabras. Después volvió a tomar su lugar al final de la comitiva y finalmente llegaron al consultorio del veterinario. Estaba cerrado y todavía tuvieron que esperar largos minutos antes de que llegara. Los perros se formaron alrededor de su amo y, como si supieran, miraban a un lado y otro de la calle esperando a que llegara el veterinario. Finalmente llegó y comenzaron a ladrar alegres, pero su amo levantó la mano y de inmediato, callaron y se quedaron quietos.

Los canes esperaron pacientemente afuera, mientras el hombre entraba con el veterinario, sin acertar a preguntar por su Garbanzo. El veterinario sonrió y le mostró la jaula donde estaba el perrillo de pelaje entre negro y café, quien se mostraba alerta y recuperado. El veterinario le dio un par de medicinas y recomendaciones mientras el hombre asentía distraídamente, al tiempo que el cachorro se lanzaba a darle lengüetazos a su amo. El hombre sonrió abiertamente, quizá por vez primera en mucho tiempo y lo levantó y abrazó. El médico le dijo que no era nada, que no le cobraría, pero entonces el hombre volvió a ser el ceñudo de siempre y sacó un paliacate de entre sus ropas, que estaba lleno de dinero, de monedas, sobre todo, y se puso a contarlo ante el sonrojo del veterinario. Acordaron cierta cantidad y después se estrecharon las manos, sin decir nada más.

Y el cartonero partió, llevando a Garbanzo en el lugar que alguna vez ocupara Chamoyita, mientras era escoltado, como de costumbre, por sus canes que después de olfatear e inspeccionar al cachorro, movían en alto sus colas, mostrando así el beneplácito del clan. Y se perdieron entre las calles de la colonia, porque la mañana todavía era joven y había mucho que caminar y trabajar.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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4 comentarios leave one →
  1. bertha permalink
    14 agosto, 2012 17:18

    que bello cuento lleno de amor y lealtad !

  2. Chely Lozano permalink
    14 agosto, 2012 16:48

    excelente relato Mayra!! me arrancó un par de lágrimas y mi mente viajó hacia ese lugar!! FELICIDADES!

    • 14 agosto, 2012 17:03

      Gracias como siempre, Chely, de verdad… ¡y no sea penosa: compártalo! 😉

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