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En el umbral (cuento)

30 octubre, 2012

Para Raúl, con todo mi amor.

El sol fue entrando en pequeños y tímidos jirones a través de las viejas cortinas, dibujando parpadeantes caracolas de polvo que se dispersaban quedamente en la habitación. El hombre abrió los ojos y miró el mismo techo que había contemplado por décadas, ahora con algunas vetas de humedad. Pensó en que debía repararlo y hacerle arreglos tan pronto se levantara, pero su pensamiento fue interrumpido por una voz femenina que venía subiendo y aumentando de tono conforme se acercaba. Nuevamente miró al techo pero el pensamiento que había tenido antes, se había marchado junto con las motas de polvo, ya que la mujer había llegado y abría una de las cortinas, sin parar de hablar.

El hombre no prestó atención, sino que la contempló de arriba a abajo con cierta extrañeza. Siempre entraba alguien distinto cada mañana y por lo menos había controlado el impulso de correr de su casa al intruso. Quizá porque se había vuelto viejo y había perdido el carácter de antes. La mujer suspiró al ver su rostro confundido, lo tomó con ambas manos y le dijo que era su hija. El hombre sonrió y asintió, tratando con dificultad de recordarlo. Su hija era una niña pequeña, ¿cómo podía ser esa mujer adulta? A punto estaba de retirar las manos de la mujer cuando ella hizo una leve mueca de disgusto y fue ahí que encontró a esa niña pequeña que saltaba charcos en la lluvia, así que se dejó mansamente conducir y obedecer.

La vida se había convertido en un continuo cambio de escenarios, donde ponías un pie fuera de la habitación y parecías viajar en el tiempo. Llamó a su esposa para pedirle el desayuno, pero una mujer le tomó del brazo y le dijo que se sentara y aguardara. Al preguntarle de nuevo por su esposa, la mujer suspiró y le dijo que era la cuarta vez que le decía que había muerto. Esta vez el hombre no lloró, solamente miró hacia otro lado y cuando se dio cuenta, estaba sentado frente a la mesa con el desayuno listo. Llamó entonces al Chiquito y también le silbó. Le dijo a la mujer que fuera a buscarlo porque podría haberse metido a la propiedad del vecino. Entró otra persona y saludó. El hombre no respondió porque ahora llamaba a Tita para darle su bocado favorito: un trozo de pan remojado con leche. La persona que llegó miró a los ojos a la mujer y ella solamente asintió: nuevamente llamaba a todos los perros que había tenido en las diferentes etapas de su vida y que tiempo atrás, habían muerto.

Los recuerdos iban y venían. Una vez que miraba con uno de sus nietos una película de dibujos animados donde unos coloridos monstruos entraban y salían por puertas para asustar a los niños, el hombre se sintió igual; cada puerta abierta de la casa le desplegaba sensaciones que creía olvidadas, cada fotografía lo arrastraba a recuerdos que bien podían haber ocurrido minutos antes o nunca. Había días que apenas y recordaba haber comido o que la noche seguía inmediatamente después del desayuno. La infancia era ahora más nítida que durante su vida de adulto, tan llena de obligaciones y trabajo. Era fácil recordar los rostros, los juegos y hasta los malos recuerdos. Podía entonces hacer mil proezas y no cansarse nunca de correr por la barranca y de hacer tantas travesuras que muchos regaños y golpes le costaron. Ahora tenía que vestirse con la ayuda de las personas que parecían no abandonar su casa. El apetito disminuía y realmente eran muy pocas las cosas que se le antojaban comer, muchas de ellas con dificultad recordaba cómo se llamaban. Finalmente el cuerpo se cansó y funcionó en automático, viéndose rodeado continuamente de personas que a veces platicaban agradablemente y otras, pretendían obligarlo a alimentarse, vestirse, asearse…

Se acercaba la víspera de Día de Muertos y en la casa, en la mesita acostumbrada, la mujer puso la ofrenda. Primero colocó el papel picado, después unos coloridos platos de barro con un puñito de sal, pan de muerto, calabaza en dulce, arroz con leche, mandarinas, la fotografía de su madre y las de los abuelos, así como las de otros tíos que ya habían partido. Cuando colocó las flores de cempasúchil y el agua, vio las fotos de los perros. Vaciló un momento y finalmente, las colocó en el altar. Encendió las veladoras y contempló las sombras ondulantes que se movían al compás de la llama, porque esa parte de la casa era oscura y desde hacía años su padre se negaba a abrir las cortinas.  Un ruido en la cocina la hizo salir de sus cavilaciones. Llamó a su hermana, pero al no recibir respuesta, se dirigió hacia allá donde lo único que encontró fue un trozo de pan mordido en el suelo. Hacía años que no había plagas en la casa, pero consideró que no estaba de más llamar a los de fumigación. “¿Es la Bonita?”, gritó el hombre desde su habitación. “Seguramente tiene hambre: dale de comer”. La mujer se estremeció al escuchar esto. La Bonita era una perrita que había tenido en su infancia y que acostumbraba robar pan de la mesa cuando no se le daba a tiempo su comida. La mujer asintió y se dijo que más tarde buscaría el teléfono de los fumigadores.

Era de día cuando el hombre abrió los ojos y miró nuevamente el techo. Observó que necesitaba reparación y por primera vez, fue consciente de que ya no iba a ser capaz de arreglarlo. Alcanzó a distinguir el altar de luz parpadeante de la pequeña sala y supo que era Día de Muertos, que a sus hijas no se les había olvidado poner la ofrenda y que seguramente habían escogido la foto de su madre donde salía preciosa. Deseó también que pusieran las fotos de sus perros, tan buenos todos ellos, tan breves sus vidas y tan perdurable su huella en el mundo. Suspiró y sintió cómo su cuerpo comenzaba a negarse a seguir funcionando. Se sintió muy cansado pero a la vez, listo para irse. Había hecho todo lo que podía hacer, había amado, trabajado, anhelado, perdido, añorado, y era hora de irse.  Extendió su mano y una lengua tibia la rozó con delicadeza. “Gracias Tota, sabía que ahí estabas, te he sentido todos estos días”, murmuró con una frágil sonrisa. La perra giró la cabeza hacia la puerta y dando uno de sus sonoros ladridos, fueron entrando uno por uno todos sus perros. Toto, la Gorda, Chito, la Flaca, Tita, Totis, la Bonita, Chiquito… y les seguían muchos más hasta que la habitación se llenó de varias docenas de perros. A muchos no los recordaba, hasta que los observaba con atención y descubría que a algunos los había rescatado, a otros los había alimentado, otros los había defendido, con otros más había patinado el coche para evitar arrollarlos. Estaban todos y cada uno de ellos, expectantes, moviendo la cola conforme los iba reconociendo. Él decidió levantarse y por primera vez no necesitó ayuda, sino que pudo hacerlo por su cuenta. Sentía la mente y el cuerpo ligeros, mientras los perros le abrían paso para que pudiera pasar. Algunos cuantos, los más cercanos, se acercaron a lamerle las manos y a permitir que los abrazara, reconociera y acariciara. Cuando terminó, lo fueron conduciendo hacia la puerta, donde sabía que alguien más lo esperaba. Ladraron alegremente a manera de saludo y el hombre la abrazó al cruzar el umbral. Salieron todos juntos y una ráfaga suave cerró la puerta tras de ellos.

Minutos después llegó la mujer, corrió las cortinas y le anunció a su padre que ahora sí tenía que lavarlas. Le dijo que fuera a ver la ofrenda, que había puesto también las fotos de sus perros y que incluso le parecía haberlos escuchado poco antes. El hombre ya no respondió porque la vida había abandonado su cuerpo y, en su habitación, ya no flotaban motas de polvo sino algunos suaves pelillos que brillaban ante ese nuevo día y que con dulzura, caían lentamente en su cuerpo.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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8 comentarios leave one →
  1. Anónimo permalink
    31 octubre, 2012 14:16

    Un cuento muy conmovedor…

  2. Raul permalink
    30 octubre, 2012 18:09

    ……un día me reuniré con todos ustedes y contaremos una y más anecdotas, sabré esperar ese momento y lo disfrutaré cuando este llegue………TAM

  3. Claudia Escobar permalink
    30 octubre, 2012 15:14

    ¡Muy bonito! Gracias por compartirlo. Nunca he tenido perros pero mis gatitos ocupan un lugar muy especial en nuestras vidas y siempre los recordamos con cariño.

  4. Chely Lozano permalink
    30 octubre, 2012 14:26

    hermoso Mayra!!! muchísimas felicidades!! me arrancó lágrimas, y más, porque me hizo recordar a mi abuelo que se nos adelantó hace un par de semanas.

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