Skip to content

El perro Chencho (cuento)

7 diciembre, 2012

Dedicado a mi jardinero, una persona que admiro mucho.

Don Abelardo se caló el sombrero, hizo un mínimo gesto con la boca y el chamaco asintió, mientras se daba la vuelta e iba a paso rápido por la podadora. Ya habían pasado las lluvias y el otoño comenzaba a dar visos de invierno, así que el trabajo escaseaba un poco, pero a la vez daba tiempo de recoger las últimas cosechas del huerto familiar. De entre las plantas salió el perro, amarillo y mestizo, no alto, no bajo, de mirada atenta y ojos brillantes. Don Abelardo dijo algo en su dialecto y Chencho, el perro, se hizo a un lado y se echó, mientras con el rabillo del ojo observaba a su amo de piel curtida y bronceada, cuerpo flaco pero fuerte, arrancar las hierbas malas y hacer los cajetes para las plantas.

El chamaco regresó con la podadora y don Abelardo lo amonestó por tardarse y por jugar con ella, como si fuera un carrito. La madre le había dicho que como no quiso estudiar, ahora tendría que aprender a trabajar con su padrino, que ya estaba entrado en años y necesitaba de un ayudante que hiciera las cosas “rápido y de buen modo” para hacer los jardines. Sí, a veces quería pasársela jugando, pero su padrino Abelardo era un hombre que no necesitaba hablar mucho (a menos que se tratara de convencer al marchante o a la marchanta de que le comprara una planta o un costalito de tierra de hoja o que le hiciera el jardín) para hacerse obedecer.

La mañana siguió su perezoso andar en un cielo claro con el viento meciendo las plantas y el sol secando las últimas hojas otoñales. De noche el viento arreciaba y dejaba como testigo un tiradero de hojas y basura en la huerta de don Abelardo. Las hojas eran buenas para hacer tierra, como él decía, pero la basura era para quemarse, cosa que el chamaco no estaba muy seguro que digamos, porque vagamente recordaba que en algún día de escuela le dijeron que eso era contaminar el aire. “Aire hay harto, ése no se acaba”, objetó don Abelardo, mientras le pedía arrimara más basura a la lumbre. El huerto también era el hogar de otros inquilinos, como escarabajos y bichos rastreros, que parecían coexistir pacíficamente bajo ese microcosmos.

El perro Chencho había llegado de la nada. Un día nomás se apareció, así nomás, diría el chamaco cuando le preguntaban por él. Don Abelardo al inicio lo corrió porque esos animales “son sucios y traen la enfermedá”, pero quién sabe por qué el perro insistió en quedarse. “A lo mejor es su ángel guardián”, le dijo un día el chamaco, tratando de hacerle una broma a su padrino. Él se volvió mirándolo con sus pequeños ojos impávidos y lo regañó por faltarle al respeto y después de lanzar una piedra cerca del perro, le dijo “a ver tú, Chencho, ¡váyase por allá!”, cosa que causó la risa involuntaria del chamaco, quien le dijo que ya le había puesto nombre y solo por eso, ya no se iría el animal. Don Abelardo masculló unas cuantas imprecaciones en su dialecto y el chamaco se calló de inmediato y se puso a trabajar, mientras que el perro Chencho se alejaba un poco, pero nunca demasiado como para perder de vista a su nuevo amo.

Don Abelardo seguía arrancando las hierbas malas y el chamaco las juntaba en un costal, bostezando discretamente para que su padrino no lo tachara de holgazán, cuando notó algo que lo hizo espabilar: un movimiento entre las hojas, como algo deslizante, parecía dirigirse a su padrino. Apenas estaba tomando aire para advertirle al hombre, cuando el perro Chencho lo hizo a un lado de un empujón mientras gruñía amenazador. Don Abelardo abrió tamaños ojos de sorpresa al pensar que el perro iba a atacarlo, a pesar de su edad tomó sus tijeras y las colocó frente a sí. El perro lanzó un breve aullido pero no cejó en su tarea: se había abalanzado sobre la víbora y la mordía con frenesí. Don Abelardo se dio cuenta y alcanzó a arrastrarse de espaldas, alejándose del lugar. Finalmente Chencho la soltó, casi laxa, en la tierra. El chamaco acabó de rematarla con una pala y enseguida ayudó a levantarse a su padrino. Don Abelardo se sacudió la tierra, recuperó la compostura de siempre y se acercó al perro, que movía levemente la cola e inclinaba la cabeza. Revisó la herida y mandó al chamaco por agua caliente y unos trapos “limpios, que mi señora tendió en el patio”. El perro no protestó ni siquiera cuando los toscos dedos tallaron un poco la herida. Finalmente cortó una penca de sábila y untó el viscoso líquido en la herida del animal, quien solamente jadeó un poco.

No comentaron nada del asunto, pero lo cierto es que cuando el chamaco se despidió casi oscureciendo, don Abelardo le dio un poco más de dinero del acordado, “para que juntes para los útiles el otro año, porque para hacer jardines te vas a morir de hambre”, que el chamaco supo que era una muestra del cariño que le tenía su padrino. Iba dando la vuelta al final del sendero de la casa cuando con el rabillo del ojo, alcanzó a ver una escena insólita: don Abelardo se inclinó ligeramente al perro Chencho y le acarició la cabeza, mientras murmuraba algo en su dialecto. “¿Qué está de metiche?, váyase y regrese mañana temprano”, le gritó, mientras veía los ojos de su padrino ligeramente humedecidos.

El perro nunca entró a la casa, no porque no tuviera invitación, sino porque sabía cuál era su lugar. Don Abelardo le acomodó un techo con un tapete viejo y dicen que nunca acepta un trabajo si no aceptan a Chencho estar cerca. “Es rete buen animal… y me cuida”, afirma, tajante. Chencho solamente mueve la punta de la cola, se echa después de dar dos vueltas y lanza un pequeño suspiro mientras observa atentamente trabajar a su amo.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

Anuncios
2 comentarios leave one →
  1. bertha permalink
    7 diciembre, 2012 12:44

    una lección de amor…

  2. 7 diciembre, 2012 10:37

    que hermoso como siempre, encantando a tus lectores!! 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: