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El cachorro de Navidad (cuento)

24 diciembre, 2012

Un pequeño homenaje a Hans Christian Andersen

Hacía frío. No tanto como otros años, oía decir a las personas, pero sí cuando el techo es la bóveda celeste y la piel se pega al hueso. Tenía hambre. Tal vez no tanta como otras veces, porque cuando tu estómago se acostumbra a hacerse así de pequeño y bebes agua de algún charco, aprendes a calmarla, a dejar de escucharla, a dejar que te importe. Se rascó la cabeza despacio, para evitar se siguiera rasgando la piel por la sarna y para que las largas uñas de la pata chueca no se atoraran en las últimas rastas de pelo. Sin saberlo, llegó a un lugar que creía olvidado: era donde, un año atrás, había sido vendido a un hombre que, presuroso, lo había comprado para regalárselo a su hijo como un regalo de Santa Claus. La historia fue como tantas otras: vivió más o menos cuidado algunas semanas, donde la calidad del trato degeneró a tal punto que después de castigos, encierros y malos tratos, aunado al hecho de no ser el perro fino que aseguraba el vendedor callejero que era, pasó de ser el perro del jardinero a ser el perro que fue lanzado a la calle, meses después.

A partir de entonces la vida se convirtió en un ir y venir, en un ciclo intenso en todo sentido. Golpes, autos veloces, amenazas, peleas, territorios delimitados, sed, hambre, enfermedades y desamparo. Apenas había cumplido un año de vida y ya lo había visto todo y todo había sido negativo. Pero no siempre había sido malo: conoció un poco de felicidad cuando un vagabundo lo tomó bajo su cuidado y compartieron pan y penurias. Fue una desgracia que un día ya no despertara más después de haber bebido toda la noche, así que después de velarlo por un par de días, fue recogido por otros hombres, que lo corrieron de ahí.

Ahora, después de algunos días de clima benigno, el invierno arremetió. El cansancio finalmente había hecho mella en él, sobre todo cuando hasta el instinto de supervivencia lo estaba abandonando. Cansado de caminar y gastar energía, buscó un lugar donde guarecerse esa noche, que amenazaba con helar y fue así que encontró un pequeño callejón, al lado de unos contenedores de basura donde pensaba encontrar algo de comer. Mala suerte: habían puesto un candado y seguramente no lo abrirían hasta pasada la Navidad. Con todo, había un par de cajas que quedaron fuera porque algún vecino seguramente las había arrojado a último minuto. Se acomodó con cuidado dentro de una de ellas, cortándose la pata con un trozo de espejo que había en su interior. Se lamió con cuidado mientras contemplaba la oscuridad circundante y escuchaba el sonido apagado del interior de la caja, que hacía un sonido de ris ras al acicalar lo que quedaba de su maltrecho pelo. Miró su imagen en el espejo y se topó con un animal maltrecho, de mirada oscura y temerosa, pero la nariz no le indicaba nada, así que suspiró y el vaho impregnó por unos segundos el trozo de espejo, cuya imagen comenzó a cambiar.

Estaba con su madre, que con amorosa calidez pasaba su lengua en todo su cuerpo. Al lado estaban sus hermanos de camada, todos juntos y apretujándose para tomar la tibia leche de las mamas de la perra, que con placidez los contemplaba. No era la jaula diminuta donde había nacido, sino que era un lugar donde no se respiraba miedo ni había hacinamiento. A cierta distancia se veía un jardín donde había más perros corriendo y jugando. Se volvió hacia su madre y vio en su tranquila mirada que le daba permiso para ir. Comenzaba a acercarse a ese lugar cuando el frío lo envolvió y se dio cuenta de que se había salido de la caja de cartón. Se metió de nuevo, con mucho cuidado para no derribarla y miró de nuevo su trozo de espejo, manchado por los lengüetazos y algunos restos de sangre de su herida.

Nuevamente suspiró y el vaho de su aliento comenzó a formar otra imagen, diferente a la anterior. Vio reflejada entonces la imagen su antiguo hogar, acogedor, con la pequeña cama que le habían comprado para recibirlo. Se metió a ella y contempló al niño que había sido su amo, cuando todavía lo quería y acariciaba. Nunca había sido tan amoroso con él como en ese momento, ni tan respetado. El niño corrió a la mesa y él se quedó quieto al ver a los padres sentados frente a una apetitosa cena. Se sorprendió cuando todos lo llamaron y él, moviendo la cola, se acercó. Su aspecto deteriorado no parecía importarles, sino que le invitaban lo que había en la mesa: carne jugosa y tierna de pavo, pan recién horneado y mucha más comida, toda ella desprendiendo olores tan buenos que no pudo evitar relamerse los bigotes. Estaba a punto de morder un buen trozo de pierna que le ofrecían, cuando sintió un dolor en el hocico. Se había cortado con el trozo de espejo, haciéndolo más pequeño al morderlo. Olvidó el dolor al ver que su ventana de ilusiones se había fracturado en decenas de pedazos y que seguramente no sería posible volver a recuperar esa imagen. Olvidó también el hambre que lo acuciaba, esa sensación que, con mucho esfuerzo, había aprendido a olvidar.

Hizo a un lado el dolor y volvió a exhalar el poco calor que conservaba su precario cuerpo, para recuperar las imágenes perdidas. Después de algunos infructuosos esfuerzos, lo consiguió: se formó una imagen que se fue agrandando hasta hacerse real igual que las anteriores. Vio entonces a su viejo amigo, el vagabundo, que estaba frente a él. Ya no lucía sucio y descuidado, sino que era un hombre que extendía sus brazos para acogerlo. Con dificultad por la pata herida, el frío y el hambre, se incorporó, movió la cola como pudo y se acercó al hombre, pero la imagen comenzaba a desdibujarse. Ya no suspiró, sino que ladró para que el vaho lo pudiera hacer durar un poco más sin importarle que sus últimas fuerzas ahí se fueran. El hombre habló con él y lo abrazó. Le dijo que había regresado por él y que ya nunca lo dejaría, que si estaba listo para que emprendieran un nuevo camino, lejos de todas las vicisitudes que habían atravesado juntos. El perro lamió la cara del hombre, asintiendo, mientras jadeaba una vez más para que la imagen no se fuera como las otras. El hombre notó su esfuerzo, así que lo tomó en sus brazos y el perro se dio cuenta de que nuevamente había recuperado su pelo, que ya no tenía las cicatrices de antes, que ya no sentía dolor ni tampoco hambre y que por primera vez, sentía dicha y paz. Partieron juntos mientras las últimas sombras de esa fría noche daban paso a la aurora de Navidad.

*     *     *

Ya había avanzado la mañana cuando llegaron los hombres del camión de basura a abrir el contenedor. Uno de ellos de mala gana vio las cajas fuera y le dijo a su compañero que le ayudara a levantarlas. Aquel hizo un gesto y lo ignoró, diciéndole que no levantaría la que tenía a un perro sarnoso muerto en su interior. De mala gana, el primer hombre le dio una patada para enderezarla y la cargó, para arrojarla al camión, junto con la demás basura. A unos pasos otro hombre vendía unos cachorros “a mitad de precio”, porque no había podido venderlos en la víspera. El hombre del camión de basura le dijo a su compañero que esperara, que compraría uno de los cachorros. Cerró el trato, tomó al cachorro del cuello y sin el menor miramiento lo arrojó a sus pies, dentro del camión. Miró al aterido y asustado cachorro y sonrió: por muy poco dinero sería un buen regalo de Navidad para entretener a su hijo.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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2 comentarios leave one →
  1. Beatriz permalink
    24 diciembre, 2012 01:42

    Maravilloso cuento Mayra. Gracias. Felices Fiestas!!! 🙂

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