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El juicio de la liebre (cuento)

16 septiembre, 2013

Dedicado a Chispa, la fiel compañera de Moncho

“Ras, ric, ras”, “ras, ric, ras…” Ese era el ruido que se escuchaba a todas horas: “ras, ric, ras”.  Tan ocupada estaba la Liebre con su mordelona labor, que apenas y se acordaba de comer. Dentelladas por aquí, rasguños por allá, un mordisco más y listo, otro agujero en la pared. Moncho dejó la quietud de su ensoñación conejuna para acercarse a su amiga orejona, quien al escucharlo, se volvió y empequeñeció los pícaros ojos rosados en señal de amplia sonrisa. A Moncho se le hacían un nudo las orejas y el estómago, porque en cuan descubrieran todo el desastre creado por esa termita peluda, los pondrían de patitas en la calle.Chispa y Monchito Por más que intentó disuadirla de que dejara de hacer hoyos por doquier, era imposible, ya que la Liebre estaba sumamente orgullosa de su trabajo artístico: una entrada por aquí, una ventana por allá, un pasadizo de aquel lado y un escondite acullá. “Además, afirmaba la liebre, el yeso de las paredes me da una blanca sonrisa y un aliento de fábula”, dijo, mientras le mostraba a Moncho sus enormes dientes frontales.

Decidido a salvar el buen nombre de su amiga (y el bienestar de ambos), Moncho decidió acudir a buscar al único que podía salvarlos. Era el Ratón de Biblioteca, quien aseguraba que poseía todo el conocimiento que albergaban los libros de la casa, ya que incluso había mordisqueado y devorado las páginas más importantes de libros sobre el conocimiento humano. Moncho alzó una ceja al escuchar esto, ya que comenzaba a dudar si haber pedido ayuda a un mordisqueador sobre una mordelona, había sido buena idea. Sacudió sus blancas orejas junto con esos sombríos pensamientos y le expuso la situación. El Ratón escuchaba con atención mientras que interrumpía ocasionalmente para hacer una breve pregunta o alguna afirmación al respecto, hasta que interrumpió al preocupado conejo con un “Es suficiente; es todo lo que debo saber”.

El Ratón se dirigió a donde la Liebre hacía un considerable agujero en una manta de la cama de la persona con la que vivían, justo en el momento en que asomaba su cabeza como juguete impulsado por un resorte. El pobre Moncho casi se muere del susto, porque alcanzó a dar tres patadas al suelo y corrió a esconderse bajo la cama, mientras que el Ratón, pasado el momento de estupor, tomaba un lápiz y daba golpecitos a la cabeza de la Liebre para llamar su atención. Ella volteó y el Ratón mostró sus dientes amarillentos, a manera de saludo cordial; tosió dos veces y se presentó, mientras extendía una peluda manita a la pachona mano de la Liebre. Intercambiaron palabras en voz baja que Moncho, quien apenas salía de su escondite, no pudo escuchar.  El Ratón se dio la vuelta y se dirigió a Moncho para decirle: “Ya está. Mañana después del almuerzo. Sean puntuales”. Y así comenzó el juicio de la Liebre.

A la hora acordada, rodeados de los juguetes del lugar que fungían como testigos, la Liebre fue llamada al estrado donde se le cuestionó sobre su destructiva labor. Sorprendida, pues pensaba que la habían citado para alabar su labor, apeló: “No hay quejas ni testigos… bueno, salvo Moncho”, cuando una de las muñecas protestó y se quejó del ruido. Otra más se quejó por el desorden causado. Una hilera de autos de juguete alzaron la voz por los derrumbes ocasionados, e incluso un muñeco bebé dijo que no podía dormir por todo el alboroto y polvo del lugar. La Liebre, imposibilitada para responder a tantísimas acusaciones, solo se limitó a hacer un puchero mientras le temblaban los bigotes de la indignación. El colmo fue cuando todos comenzaron a gritar por turnos la sentencia: “¡El exilio!, ¡sí, el exilio!”. Justo entonces Moncho intervino, irrumpiendo y dando empujones a diestra y siniestra, mientras los muñecos y juguetes se quejaban de semejante atropello, hasta que llegó al último que se quejaba a voz en cuello y justo detrás de él, estaba el mismísimo Ratón, quien resultó que había fingido todas las voces para inculpar a la Liebre y que dando un suspiro, solo atinó a decirle a Moncho: “lo has echado todo a perder”.

La Liebre dio varios saltos de alegría, toda rabo y orejas triunfantes, mientras daba una que otra patada voladora a los juguetes que no estaban derribados. El Ratón sacudió su pardo pelaje, se acicaló un momento la nariz y los bigotes y desapareció de un saltito por uno de los huecos hechos por la liebre. Todo ello significaba una cosa: que Moncho mismo tendría que ocuparse de la latosa Liebre.

Tomándola sorpresivamente por las orejas, Moncho detuvo la danza de la felicidad de su amiga y habló claro y directo con ella. Los rosados ojos perdieron un momento su brillo mientras las orejas caían laxas hacia atrás, pero recuperaron la alegría de siempre cuando Moncho le dijo que había encontrado una nueva ocupación para ella: sería el carpintero oficial de la casa. La Liebre se puso feliz y aplaudió zapateando alrededor de su querido amigo, porque era el trabajo perfecto para ella. En ese mismo momento recortó trozos de una tabla suelta que estaba debajo de la cama y ayudó a Moncho a cubrir los orificios de las paredes, mientras ambos arrancaban parte de la tela del colchón y parchaban la cobija de la cama. Pronto todo quedó perfecto (o al menos eso era lo que ellos veían). La Liebre pronto se volvió famosa por sus trabajos de ebanistería o incluso por su habilidad para afilar lápices, y pronto los pedidos les llegaban de todas partes, e incluso Moncho le ayudaba cuando el trabajo se juntaba. Y a la fecha, todavía es posible escuchar el “ras, ric, ras” trabajando a todas horas, y cuando a la Liebre se le pasa la mano y mordisquea una prenda o un tapete, basta mirar sus pícaros y rosados ojos empequeñecidos con su conejuna sonrisa para perdonarle todo: después de todo, si Moncho lo ha hecho, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros?

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados (texto y foto)

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2 comentarios leave one →
  1. Olga Cortez Barbera permalink
    17 septiembre, 2013 08:29

    Querida Mayra, he disfrutado tu cuento, El juicio de la liebre. Es muy lindo. Cariños, amiga.

  2. Adriana García permalink
    16 septiembre, 2013 22:56

    Todo se les perdona a esos hijos peludos!!

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