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Rituales

1 noviembre, 2013

 En memoria de Moisés García, activista y animalista, por todos aquellos a los que ayudó e Hildra, elefante hembra muerta en un circo, por todos aquellos a los que representa.


Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero

Desde que sé que no vendrás más nunca. (…)

Yo ni respiro para que duermas

Y no te vayas.

Silvio Rodríguez, Mariposas

Hace algunos años circularon en Internet una serie de fotografías conmovedoras y dolorosas a la vez: la escena se desarrollaba en una de tantas calles de China (aunque pudo haber sido cualquier otro lugar del mundo) se trataba de un perro que desesperadamente trataba de mover con la pata a su compañero arrollado, ya muerto, y permanecía a su lado, cuidándolo… el dolor, compañerismo y desesperación se transmitía en sus gestos y en una mirada que nunca olvidaré.Ofrenda Erick 2008 4

Estamos ya en octubre y el año se acerca a su fin; pareciera que la Navidad y el Año Nuevo están a la vuelta de la esquina. Pero antes de toda esta celebración de vida y nuevos comienzos, hay una más en el camino, una que nos detiene un momento para meditar sobre nuestra existencia en el mundo y lo que hay más allá, cuando la vida llega a su fin. Se trata de la celebración de Día de Muertos, una fecha que paradójicamente a su nombre, se resiste a morir pese a la continua influencia del Halloween y su festividad de un cariz totalmente diferente. Tanto en México como en muchos otros países, se recuerda a nuestros seres queridos que ya abandonaron este mundo terrenal. Pero lo que he observado con una mezcla de gratitud y emoción, es que muchos de estos seres queridos no son solamente personas, sino también animales. A ellos está dedicado este escrito.

Por qué enterrar a los muertos

Los animales no se visten de negro ni colocan esquelas, pero jamás te olvidan y siempre extrañan a sus seres queridos. Son tan diferentes entres sí como los humanos: algunos superan la pérdida, pero otros no la soportan.

En una de las Tragedias de Sófocles, Antígona, una de las más desgarradoras de este dramaturgo griego, se cuenta cómo la protagonista, Antígona, ante el decreto de Creonte, rey de Tebas, de prohibir sepultar a su hermano Polinices (considerado traidor y cuyo cuerpo sería dejado a merced de los carroñeros y las inclemencias del tiempo), viola la ley y lo sepulta. Como castigo, ella es condenada a muerte por el rey pero éste es amedrentado por los dioses por violentar el decreto divino de enterrar a los muertos. Aunque Antígona de todas formas muere por mano propia antes de que el rey la exonere por su “delito”, resulta importante destacar cómo desde la antigüedad (incluso desde la prehistoria), para la humanidad es de suma importancia el enterrar dignamente a sus muertos; aún aquellos que no tienen creencias religiosas o que no creen en el más allá, es algo imperdonable, impensable e inaceptable (así como lo fue para Antígona) el no hacerlo.

Cuando pregunté a todos aquellos que participaron en este artículo que por qué hacerlo con sus animales, la respuesta más contundente y generalizada que recibí fue la siguiente: “porque es lo que se hace con la familia”. Esto significa que sus animales no son un “algo” que medra por la casa, sino que son miembros de la familia; comparte Alejandro: “es la manera de rendir tributo a un amigo fiel que jamás nos dejaría a nosotros solos en nuestros momentos mas tristes”. O como varias personas comentaron, “por salud, porque todos, humanos y animales, merecemos un ambiente limpio y porque sus cuerpos necesitan reintegrarse a la tierra”.

Día de Muertos

Para los que mueren en el anonimato, esos que nadie ve, para los que no pidieron nacer en la crueldad de las calles, para ellos existe una oración.Andrea

Como he hecho en otras ocasiones, para este artículo realicé una encuesta entre varios grupos de personas, quizá con creencias diferentes entre sí, ideologías y demás, pero que tienen en común su amor por los animales. Debo admitir que esta vez me costó un poco más de trabajo escribir este artículo, más que por el tema, porque recibí una participación realmente entusiasta de muchísimas personas (43 en total) que de manera sincera, abierta y sobre todo conmovedora, me contaron tantas cosas sobre sus animales y habían sido tan enriquecedoras las experiencias compartidas que no sabía a bien por dónde empezar. Si bien tres o cuatro de los participantes no han pasado aún por este trance, todos los demás ya habían sufrido la pérdida de por lo menos un amigo animal: el más reciente ocurrió días antes de la publicación de este escrito (noviembre 2008), mientras que de otros habían transcurrido ocho años o incluso más y con todo, la pérdida y la añoranza seguían presentes. Hubo alguien (Fabiola) que me dijo algo que vale la pena mencionar: el hablar de estos temas con los niños (sobre todo para quienes somos padres) es algo muy importante, ya que es algo que tarde o temprano tendrán que encarar. Yo estoy totalmente de acuerdo, ya que hace tiempo le explicaba a una amiga mía, quien quería adoptar un cachorro para su pequeño hijo (“para que crecieran juntos”) en vez de un animal adulto como yo le sugería, me argumentaba que no, porque no quería que el animal muriera pronto. Ante esto, le expuse afablemente que aún cuando el animal adulto cumpliera su ciclo y falleciera en poco tiempo, sería una oportunidad para hablarle y explicarle a su pequeño sobre la muerte, a lo que ella me dijo que no quería inquietarlo con ese tipo de temas poco gratos. Le dije entonces que aunque entendía su preocupación, este es un tema (o una situación) inevitable, ya que nadie tiene comprada la vida y que todos, tanto jóvenes como viejos, podemos fallecer en cualquier momento (incluso un cachorro sano) y que no podemos garantizar cuánto vamos a vivir

¿Los animales extrañan?

 

Se prenden velas no para recordarlos, sino para llamarlos. Para invocarlos. Para que vivan por siempre y celebren los días felices y nos recuerden la falta que nos hacen. La muerte es una pérdida para quienes sobrevivimos, pero no para quien la vive. La muerte es sólo el final de un camino. Morir de manera violenta como mueren los animales en el antirrábico, o abandonados en azoteas, o golpeados por niños en las calles, o atropellados después de días sin comer ni tomar agua, debe ser tomado con dignidad, no con lástima, ya que la lástima no genera acción. La lástima genera culpa. Y la culpa inmoviliza. María Isabel

Para algunos, esta podría ser una pregunta curiosa y para muchos otros más, un rotundo “sí”. Efectivamente los animales extrañan la pérdida de otro compañero, humano o animal. Aunque hubo quienes mencionaron que cuando faltó un compañero los demás no parecieron resentirlo, esto se refería más bien a cuando se tiene un grupo de varios animales y de alguna manera se siguen sintiendo acompañados y seguros y por lo mismo no resienten (tanto) como en el caso en que son sólo dos. Pero ocurre también que independientemente del número de animales que se tenga, cuando fallece el compañero más cercano o allegado de alguno de ellos todo su mundo cambia: Chucho, un perro de talla grande que era el jefe de su manada, tenía una relación muy estrecha con Moncha, una vivaracha perrita de talla pequeña. Cuando Monchita murió arrollada, él no dejó de buscarla con desesperación durante muchos días, dentro y fuera de casa, gimiendo y sin dormir ni comer, hasta que un día dejó de hacerlo y desde entonces sólo gemía dormido. ¿Habrá entendido que ella había partido para siempre? Es muy probable, aunque no siempre es así.

 

La desaparición: otro tipo de Muerte.

 

Considero que es relativamente fácil aceptar una muerte, pues queda el consuelo de que ese ser ya no pasara sufrimiento alguno, que nada malo puede tocarlo ya, porque esta en un  lugar absolutamente seguro. Sylvia

Con todo y lo tremendo que sea el perder a alguien amado, por prolongados que hayan sido los días de su enfermedad o vejez o aún cuando haya sido una muerte totalmente inesperada (por atropellamiento o envenenamiento, por ejemplo), tarde o temprano llega el consuelo, más porque sabemos que ya descansa en paz. Pero no ocurre lo mismo en el caso de un animal extraviado o robado. La incertidumbre, angustia, enojo y desesperación, por mencionar algunas emociones del vendaval que sufren aquellos que atraviesan una situación así, puede ser peor que la muerte misma.

Somos al fin y al cabo animales, por lo que necesitamos ver el cuerpo, olfatearlo, palparlo, llorar sobre éste, saber que la vida lo ha abandonado para entender que ya no está con nosotros. Cuando esto no ocurre, la duda de si estará vivo o no, nos atormenta continuamente. Como en el caso de la gatita Lidgy y su compañero canino Merlín: a pesar de la diferencia de especies y de edad (él era un animal joven y ella bastante mayor), parecía ser una gatita joven porque siempre perseguía al perro, no lo dejaba comer, o se acurrucaba a su lado cuando hacía frío; en suma, ella mandaba y él afablemente, obedecía. Pero un día él no regresó y ella se quedó esperándolo frente a la puerta, así noche tras noche, junto a su dueña. Cambió totalmente, primero buscándolo por la casa, maullando frente a su cama o a su ama como exigiendo “¡ve a buscarlo y no regreses sin él!”. Pasó el tiempo y a pesar de que nunca dejó de buscársele, no apareció. Lidgy se convirtió entonces en la ancianita que se había negado a ser, dejando de ser para siempre a esa gatita vivaz, activa, mandona y exigente que era cuando estaba su compañero canino. Vivió tres años más, esperándolo siempre, buscando sólo el calor y acumulando males en su cuerpo hasta que un día ya no pudo siquiera levantarse a comer y fue cuando su dueña decidió que era el momento de dejarla partir y que su esfuerzo por esperar a su amigo tendría que ser en otro plano, ya que literalmente había muerto de dolor al haber perdido a un ser amado.

Pero, ¿es posible encontrar consuelo ante una pérdida así? No es nada fácil pero sí es posible: Zuly, a quien encañonaron para robarle a su perrita Valentina y quien a la fecha ha continuado su búsqueda, aún en lugares infames, comparte: “desde ese día (del robo), doy gracias por todo lo que tengo y dejo de lamentar lo que pasó, miro hacia el futuro y sé que no debemos dejarnos arrastrar por el odio, por el dolor… Hay mucho qué hacer en esta vida como para permitir que nuestros días transcurran en medio de lágrimas y resentimiento hacia esa gente que aunque nos lastimó, nos robó y nos humilló, seguramente ni nos recuerda; en cambio, el rencor sólo nos causa dolor, enfermedades y vivir mal a nosotros”.

 

Amor interespecies.

 

Señor, nunca te olvides de esos seres que Tú creaste y que el hombre, en su cruel inconsciencia ha maltratado y matado y que cuando a mí me toque ir a Tu Paraíso, me acompañen y compartan conmigo, ya que sin ellos tu Paraíso no sería paraíso. Marcela

Así como no es privativo del ser humano el sentir dolor por la pérdida de un ser querido, tampoco es el único animal que es capaz de amar a otras especies. Así como la historia de Lidgy y Merlín hay otras más. Casiopea era una bull terrier que adoraba a sus amigos felinos Tripié y Frodo, incluso cuando “escapaban” hacia el pasillo, ella sabía ir por ellos de vuelta al hogar. Cuando falleció, sus compañeros felinos no pudieron despedirse de ella pero comenzaron a dormir en su cama, quizá porque ahí podían recordarla más por su olor aún  impregnado o pudo ser que ellos entendieran su partida y que ahora trataran, literalmente, de cubrir el vacío que había dejado. Algo similar le pasó a Lorenza, una gatita joven que era muy amiga de Toby, un perro ya mayor; cuando él tuvo que ser eutanizado después de una enfermedad grave y penosa, Lorenza siempre lo esperó en la puerta y durante una semana no se separó de la dueña de Toby (que compartía casa con la dueña de la gatita) y cuando el olor de su amigo comenzó a menguar, comenzó a entristecerse de tal manera que se volvió arisca y comenzó a perder el pelo. Por fortuna todo esto cambió cuando su dueña adoptó a otra gatita y Lorenza volvió a ser la de antes.

El lazo entre diferentes especies no sólo se da entre los animales, sino también cuando un animal pierde a su humano. Migaja era una perrita que después de haber sido rescatada del maltrato (con una severa quemadura en un costado y sin ni una vértebra en su cola), estableció un vínculo estrecho con la mamá de su dueña, Isabel, que posteriormente falleció de cáncer, Migaja iba a su cama y gemía. Después de no comer varios días y estar muy triste, falleció al año siguiente también víctima de cáncer. Más sorprendente aún, mientras la señora Isabel estuvo internada en el hospital muy grave, vio a todos aquellos animalitos que había tenido en su vida pero que ya habían partido, como si hubieran ido a acompañarla en ese trance final. Esta no fue la única anécdota que me compartieron respecto al vínculo humano-animal: cuando la mamá de Aurora, una de las participantes de la encuesta se agravó y tuvieron que llevársela en una ambulancia, Dabo, el perro más bueno y tranquilo, mordió a uno de los camilleros que se la llevaba, como si presintiera que ya no regresaría; poco después de un mes, la señora falleció, a los tres días una de sus plantas favoritas, una violeta africana, se marchitó, y al cuarto día, murió también el hermoso canario azul que le habían regalado, y poco después, su gatita Negrita, quien no se repuso de la profunda depresión en que se hundió, ya no quiso comer y a pesar de todos los cuidados y cariño que recibió, se empezó a dejar morir y tuvieron que eutanizarla. Por su parte, Fabiola cuenta lo siguiente: “Mi mama tuvo un perro llamado Oso, lo tuvo por casi mas de 7 años, cuando ella falleció, me contaron los vecinos que en lo que estuvimos en la funeraria velándola, Oso aulló mucho durante toda esa noche. Después siguió su vida normal comiendo bien y sin deprimirse.” El dolor que puede experimentar un animal ante la muerte de su humano es tal, que no quiera separarse de sus restos. Cuenta Sylvia: “vivo cerca de un cementerio, y he visto perros que se dejan morir en las tumbas de sus amos y no hay poder humano o no humano que los haga moverse de su lado… Aún cuando haya gente que trata de ayudarlos ellos no se dejan;  les ponemos comida, agua, pero ellos se dejan morir ahí, no comen, no duermen. Nada. Sólo aúllan de vez en cuando a los demás perros del panteón (ocurre que vienen a abandonarlos muy seguido), los visitantes, vecinos y el mismo cuidador del lugar les dan de comer y aunque hemos tratado de atraparlos, no se dejan y cuando una protectora logró atrapar a uno, la gente del panteón no la dejó llevárselo.”

El amor interespecies puede manifestarse en uno de los actos de amor más puros como lo es el amamantamiento: Princesa era una perrita pekinés que nunca tuvo crías ni pareja, hasta que llegó a su vida una gatita a la que llamaron GC. Princesa la adoptó como si fuera su hija y la amamantaba: increíblemente de sus mamas salía leche. Este conmovedor episodio duró unos tres meses hasta que GC falleció arrollada por un auto. Princesa continuó buscándola durante días e incluso la esperaba en el sillón donde la amamantaba, jugaban y dormían, hasta que finalmente entendió que ya no regresaría más. Tiempo después, cuando le llegó el momento de partir a Princesa, decidieron enterrarla al lado de su hija adoptiva para que estuvieran juntas para siempre.

 

Reponiéndose de la pérdida: animales

 

Quisiera tener los ojos más grandes del mundo, para así poder ver y rescatar a todos mis hermanos sin voz que están sufriendo en alguna parte del planeta. Karla Medina.

 

Cuando fallece un ser querido la experiencia no sólo es devastadora, sino abrumadora: el dolor puede extenderse alrededor de uno como ondas continuas en un lago e impedirnos establecer el contacto con la realidad cotidiana o con quienes nos rodean. Nuestro mundo como lo conocíamos se ha detenido, el vacío es tanto o más insoportable que el dolor y la ausencia que provoca el que ha partido se siente, se inhala e invade hasta la médula. Y todo esto no sólo puede ocurrir a las personas, sino también a los animales. Los rituales son importantes, no sólo el dar una última morada a nuestros muertos (sean personas o animales) sino también el ritual de despedirse.

Cerca de la mitad de aquellos a los que pregunté si sus animales se habían podido despedir de su compañero fallecido me contestaron que no por motivos diversos (el más común fue que el deceso ocurrió en una clínica veterinaria, fuera porque dado lo avanzado de la enfermedad el animalito necesitaba descansar de una vez por todas o porque las heridas recibidas en un accidente eran tales que no había forma de que se recuperara). Si bien es cierto como alguien mencionó, que los animales son tan diferentes entre sí como los humanos, que algunos superan la pérdida mientras otros no la soportan, es muy importante el que puedan despedirse.

Los animales se parecen mucho a los niños pequeños en lo siguiente: cuando alguien muy cercano fallece, saben que “algo” ha cambiado, que ese ser querido ya no está pero les cuesta mucho entender y aceptar que no va a regresar. Así ocurrió con Frida, una perrita adoptada que falleció por envenenamiento cuando aún amamantaba a sus siete cachorros: al regresar su dueño encontró a estos acurrucados entre ellos, separados a gran distancia del cuerpo de su madre, sumamente consternados y sin atreverse a acercársele porque sabían que ya no era la misma, que de alguna manera había partido.

Comenta Esther: “(los animales dolientes) no comen, sólo están echados o hacen travesuras como si estuvieran enojados porque se fue, incluso no dejan que uno tire o guarde el juguete o la camita que era del que partió… te hacen llorar con sus reacciones, es como si sólo les faltara hablar y decir cuánto extrañan a su amigo y con todo, en medio de nuestra propia pena, ni nos damos cuenta que también nos necesitan”. Emilio, al igual que la gran mayoría de los animales aquí mencionados, fue lo que se podría llamar “un ángel con ropaje canino”: su dueña había rescatado a Celia, una perrita muy maltratada y desconfiada y Emilio, con gran paciencia, le ayudó a sanar sus heridas emocionales, le enseñó a volver a confiar y amar a la gente; eran tan unidos que comían y dormían juntos, pero desafortunadamente y debido a una negligencia veterinaria, Emilio falleció y Celia, quien no tuvo tiempo de despedirse de él, quedó desconsolada, sin querer comer ni jugar, hasta que un día fue de visita a donde reposaban los restos de su amigo en el lugar más especial del jardín de esa casa, se dirigió a la última morada de Emilio; soltó la pelota que momentos antes le habían lanzado para jugar, rascó el pasto y comenzó a aullar, como si tratara de liberar ese enorme sentimiento de tristeza que la embargaba. Pasaron varios meses y continuó haciendo lo mismo, hasta que llegó un nuevo compañerito a su vida y poco a poco volvió a ser la alegre perrita de antes. Algo similar le pasó a Dabo, huérfano a sus 16 años ya que había compartido con su madre Toy una larga y feliz vida: después de entender que los restos de su madre reposaban en una pequeña urna, encontró consuelo y cariño en Nit, una cachorrita que llegó para ser su nueva compañera.

 

Dejar despedirse

 

Siento que la mejor ofrenda que podemos hacerles es ayudar a cambiar las condiciones de maltrato que sufren los que aún están aquí. Saraí.

El animal que se queda olfatea los lugares donde solía estar su compañero, donde su olor aún permanece. Es importante que siempre que nos sea posible, permitir a el o los sobrevivientes estar a solas con el cuerpo del que ha partido para que así puedan despedirse y entender que esa chispa de vida que lo hacía existir, se ha ido y sólo queda un cuerpo inanimado (algo que Rossy hace en su pequeño albergue con aquellos pequeños que fallecen). Este es un proceso que puede tomar unos minutos o incluso varias horas, como ocurrió con la Güera, una perrita a la que se le murió uno de sus cachorros y que no quiso separarse de él durante todo un día, sin permitirle a nadie, ni siquiera a su pareja, acercarse; sabremos que la despedida ha terminado cuando se alejen o cuando muestren una especie de indiferencia ante los restos de su compañero.

 

Mientras dura la despedida, el o los sobrevivientes olfatearán, o tocarán el cuerpo de su compañero (como ocurrió con el gato Kattor, quien se mantuvo al lado de su compañera Bianca a la que habían envenenado), quizá le rasguñen (como intentando reanimarle) o incluso traten de montar el cuerpo, como si trataran de aparearse. Debemos dejarlos y no tomarlo a mal, porque en su lenguaje animal es una forma de expresarse y cerciorarse de que el compañero ha fallecido (¿cuántas veces no nos hemos enterado que en algún funeral humano alguno de los dolientes trató incluso de reanimar el cadáver de su ser querido aún estando en su ataúd?); o en algunos casos puede indicar (sobre todo si quien murió era el alfa o jefe del grupo) que el que monta está tomando el liderazgo a partir de ahora. Una de muchas historias conmovedoras que compartieron conmigo para elaborar este artículo, fue la contada por Paola, quien tenía un perrito y un gatito muy amigos entre sí. Cuando el perrito tuvo complicaciones médicas y ya no había esperanzas para él, lo trajeron de vuelta a su casita, donde Paola lo encontró ya muerto… con su amigo felino encima de él y que tenía los ojos llenos de lágrimas, como si tratara de entender que ya no jugarían más. Los dejó a solas un rato más antes de retirar el pequeño cuerpo para enterrarlo.

Ahora bien, en los casos en que ya hayan pasado muchas horas (hasta un día, por ejemplo) y el sobreviviente permanezca al lado del cuerpo sin apartarse, debemos “hablar” con él, haciéndolo con suavidad y acariciándolo mientras le explicamos que debe dejarlo ir, que su ciclo ha terminado y que no va a volver a levantarse, que entendemos que no quiera apartarse, que entendemos el amor hacia su compañero, su tristeza y su desconcierto, pero que lo seguimos amando y que le ayudaremos a superar la pérdida. En caso necesario, debemos pedir ayuda de alguien más de la familia, principalmente de la persona más allegada al sobreviviente, quien se encargará de apartarlo o incluso sujetarlo con suavidad mientras alguien más se encarga de retirar con mucho cuidado el cuerpo. Será hasta cierto punto normal que el animal doliente no coma, se muestre desinteresado por lo que ocurra a su alrededor o incluso deje de hacer o disfrutar de las cosas que le gustaban durante algunos días, como ocurrió con Katy, la única gatita sobreviviente al envenenamiento de que fueron víctimas ella y sus hermanos; sólo cuando contempló a través de la ventana la tierra removida en donde reposaban los restos de ellos, comenzó su periodo de aceptación y sanación. Debemos dejarle porque es la forma en que muchos animales llevan su luto, pero siempre tratando de consentirle más de lo habitual, sobre todo con la comida para que no deje de comer. Pero si pasa más de una semana, debemos insistir más, sobre todo en la ingesta de líquidos, hacer más paseos, llevarlo a lugares que no conozca para que se distraiga y olfatee y premiarlo mucho (con palabras, caricias y bocadillos) cada vez que se muestre más interesado en la vida. Adicional a esto, conviene también acercarlo a donde reposan los restos de su compañero (jardín o urna con cenizas) y explicarle de nuevo que aunque una parte se encuentra ahí, la más importante la lleva en el corazón.

No todas las despedidas necesariamente ocurren después del deceso. El día que Kika empeoró, sus compañeros se le acercaban continuamente, la lamían y después se marchaban. La tensión se sentía en el ambiente, ya que ese día no comieron. Al día siguiente Kika fue eutanizada y cuando su dueña regresó con sus cenizas, los demás las olfatearon largo rato y continuaron con  sus vidas. Inclusive a la fecha, aún van al librero donde se encuentra la urna de Kika y aún la olfatean, como si supieran que es su lugar de descanso eterno.

Los animales también tienen su propia manera de curar las heridas: cuando Neka, una de las gatitas de la camada de Shampoo murió, no paró de maullar y lamer su cuerpo mientras su dueña preparaba su última morada. Aunque no descuidó a sus otras crías, iba con frecuencia a echarse en tumba y lo más conmovedor de esta historia es que poco tiempo después la propia Shampoo regresó un día a casa con tres gatitos huérfanos cuya madre había sido atropellada igual que su propia pequeña y los cuidó como si fueran suyos.

Ahora bien, si el deceso ocurrió repentinamente (accidentes, emergencias por enfermedad como ocurrió con Liliana y su perrita Tammy quien tenía una enfermedad contagiosa) y hubo que correr con el veterinario sea para hacer un último intento para salvarle o para aplicarle la eutanasia, hay algo que puede hacerse con nuestros animales sobrevivientes. Cuando Chucho, después de tres días agónicos al haber recibido un terrible golpe en la cabeza sin haber ninguna mejoría sino más dolor y sufrimiento y que fue llevado al veterinario para ponerlo a dormir, no hubo tiempo para que se despidiera de sus compañeros de manada, de los que él era el líder y quienes alarmados querían que jugara pero que a la vez guardaban su distancia. Sin embargo, cuando regresó su dueña con sus cenizas, se las mostró a los demás las vieron y olfatearon y entendieron que su amigo había partido para siempre, y aunque ninguno tomó su lugar de dormir, al poco tiempo alguien más se convirtió en el alfa del clan. Esto significa que si nos es posible (en el caso de eutanasias por enfermedad, por ejemplo), expliquemos a los que quedan lo que va a ocurrir, decirles que ya no va a regresar su compañero y que es momento de despedirse de este y dejarlo partir. Y aún cuando se trate de una emergencia (como en el caso de un accidente), al regresar de todas maneras explicaremos a los sobrevivientes lo que ocurrió y por qué ya no va a regresar su amigo. Acto seguido mostraremos la urna (esto también aplica a si la muerte se debió a una enfermedad contagiosa y no deseamos que los demás pudieran contraerla al exponerlos al cuerpo; pero si regresamos con el cuerpo porque decidimos enterrar en nuestro jardín, procederemos como se explicó al inicio) para que la olfateen y si es necesario, haremos lo mismo los días subsecuentes (sobre todo si siguen buscando al compañero faltante); como se ha dicho, así como cada persona reacciona de manera diferente ante el dolor, algo similar ocurre con los animales, así que démosles tiempo para adaptarse, ya que unos se recuperan más rápido que otros.

 

¿Es válido sufrir por un animal?

 

¿Por qué honrar la memoria de un animal? Porque no sabemos de animales no humanos que maten por placer, o que sean violadores, extorsionadores, secuestradores, drogadictos, asesinos por gusto, o que abusen de otros, esto es, realmente son puros y si hacen algo “malo” es para su supervivencia, no para su placer personal. Sylvia

Para la gran mayoría esta pregunta resultó hasta ofensiva, ya que para ellos era equiparable a la pérdida de un ser humano querido y por lo mismo, pedían que su dolor fuera entendido de igual forma. Como dijo Gina: “es como cuando tienes hijos, todo lo que le pase a cualquier niño lo sientes mucho más porque sabes todo el amor que existe en ellos y te imaginas qué sentiría tu ser amado (en este caso, animal) si estuviera en ese lugar”. Por su parte, apunta María Isabel “No lo superas, te acostumbras a vivir con ese hueco”, y respecto a quienes no comprendan o compartan este dolor, añade: “no se trata de insensibilidad, es sólo que esos humanos no se han conectado más que con humanos, y tal vez nunca se conecten con animales”. O como explicó Saraí: “no hace daño a nadie si yo quiero llorar por mis amigos”, a lo que añade Marisol “muchas veces nos sentimos más apegados a ellos (los animales) que a muchos de nuestros parientes”. En el caso de Lourdes la pérdida de su perrito Polar fue más significativa no sólo porque falleció hace unas pocas semanas, sino porque a inicios de año fue su consuelo cuando falleció su papá: Polar la acompañó en ese duro trance manteniéndose quieto a su lado o lamiendo sus lágrimas cuando estaba más desolada. Por su parte, comenta Liliana: “así como hay personas que hacen todo por salvar a otras (alcohólicos, drogadictos, madres adolescentes, etc.), habemos otros que amamos a los animales casi tanto o igual que a otro ser humano; la inteligencia se mide por el amor que tienes hacia todos los demás seres vivos y más aún hacia los llamados ‘seres inferiores’: la soberbia no es sólo sentirte mejor que otros individuos, sino sentirte superior a cualquier ser vivo”. Esto último queda muy claro con la historia de Milagros, una hermosa perrita negra que fue abandonada a su suerte y por fortuna, encontrada por Tanya y su mamá, quienes de inmediato notaron un gran tumor en sus mamas; al llevarla al veterinario, este les explicó que tenía cáncer y que el tumor se había extendido al hígado y a todo su cuerpo, además de que tenía una infección en la matriz y una severa ictericia. No habiendo más qué hacer, tuvieron que dormirla pero lo que es importante destacar es que Milagros no murió sola, abandonada a su suerte ni tampoco en una lenta agonía, sino que esa noche que la encontraron durmió y comió bien y conoció el amor de buenas personas. No importa entonces si convivimos con un animal durante más de una década, incluso si sólo los conocimos por unas pocas horas o instantes, este pequeño encuentro de vida antes de partir nos puede dejar una huella profunda para el resto de nuestra existencia.

Preparándose para partir.

Creo que se debería tener al menos un minuto de silencio el Día de Muertos por todos esos seres indefensos que no recibieron ni una muestra de amor o de afecto, vamos, que no tuvieron una segunda oportunidad de vida. Eunice

 

Muchas de las personas que colaboraron en este escrito se vieron en la penosa necesidad de poner a dormir (eutanizar) a sus amigos animales. Aunque triste y difícil, es también un alivio tanto para el doliente que quedará como para aquel que ya no sufrirá más. Es necesario también llevar a cabo un ritual antes de llamar al veterinario y comunicar nuestra decisión. Miremos a los ojos de nuestro amigo y tengamos una tranquila y larga charla, sea en voz alta o en silencio. Platiquemos sobre todos los buenos momentos, sobre los momentos áridos y sobre los momentos tristes. Platiquemos de cuando nos conocimos, de todo lo que ha significado para nosotros y cómo ha enriquecido nuestra vida. En suma, platiquemos de lo que queramos. Riamos si lo deseamos y derramemos lágrimas si lo necesitamos. Expliquémosle que en este plano todo llega a su fin y que al menos por el momento, tendremos que separarnos por un tiempo pero que habrá otro plano u otro lugar donde reunirnos de nuevo. Así como las últimas palabras de uno de los personaje de la novela La Torre Oscura (S. King) al caer a un precipicio sin que el protagonista pudiera salvarle, “hay otros mundos, pistolero”. Los animales son muy inteligentes y en este aspecto, nos llevan la ventaja de que son los seres más desprendidos del mundo: saben cuando algo se termina y también que no podrán llevarse nada cuando abandonen su cuerpo. Saben disfrutar la vida momento a momento sin pensar en cómo estaremos al día siguiente o incluso al momento que le sigue.

Por ello, bien vale la pena, en estos casos, realizar un ritual de comodidad para ellos, tener una celebración antes de que nos despidamos y esta puede comenzar antes o después de tener esa larga charla. A continuación, malcriémoslo todo lo posible o hasta donde nos lo permita o se lo permita su cuerpo, así como hizo David, el niño androide protagonista de la cinta Inteligencia Artificial cuando le es permitido pasar un último día al lado de la que alguna vez fuera su madre humana: la colma de atenciones, amor y detalles en ese único día perfecto. Y fuera de la ficción, justo así hizo Isabel con Kika: “Su último día lo pasó contenta. Jugamos un poco tiradas en la cama. Comió su comida favorita… puras travesuras. Rissotto primavera, pan de chocolate. Viajó en coche como le gustaba. No caminó en la calle porque ya no veía y le ponía nerviosa, pero la cargué caminando  y olió todo lo que se le dio en gana. Luego llegamos al doctor, le pusimos un tranquilizante, la cargué en mis brazos y le inyectaron Nembutal. Dejó de respirar sin que le doliera nada, recordando un día estupendo en su vida.

 

Rituales que se añoran.

Vivimos tan inmersos en nuestras ajetreadas vidas llenas de preocupaciones (reales o inventadas), largas jornadas de trabajo, mil actividades que hacer y obligaciones que cumplir, que cuando perdemos algo, o mejor dicho, a alguien, todo se detiene y es entonces que comienza la añoranza. En el caso de la pérdida de animales, la respuesta a la pregunta de qué era lo que más extrañaban de ellos, fue un unánime: “todo”. Es ahí cuando entendemos que la vida, independientemente de las crisis que atravesemos, está tejida con un sinnúmero de pequeños detalles, algunos entrañablemente cálidos, otros rayando en lo molesto o absurdo, pero todos con un tinte cotidiano, que es la manera en que la vida nos cobija y nos dice que todo está bien, que todo continúa y fluye.

Y así como hay rituales para despedirse o para honrar a los que partieron, también están los rituales que realizamos todos los días y que cuando la Muerte hace su irrupción, nos damos cuenta de lo importantes que eran. Añoramos entonces la falta de nuestros animales, no sólo su compañía en momentos difíciles, sino también aquellos momentos  simpáticos, que pueden ser desde pequeñas manías (a Casiopea, la bull terrier le encantaba “mendigar” pan y siempre encontraban sus dueños trozos entre sus cobijas) hasta los paseos por el vecindario, el recibimiento que nos daban a llegar a casa, el que nos celaran, los paseos en coche o en transporte público, el a veces cargarles de regreso, lanzarles la pelota o su juguete favorito, su nariz húmeda, el lavar sus utensilios (camas o prendas), el sonido de sus uñas contra el piso, el consolarles cuando se asustaban con las tormentas, el que nos pidan ayuda para subirse a nuestra cama, el abrazarles antes de dormir, el verles jugar con un globo, el que nos “detecten” varias cuadras antes de llegar a casa, el que nos protejan al acompañarnos a un lugar oscuro, los abrazos, su infinita paciencia o su eterna intolerancia, su gran simpatía o su mal humor, su forma de vocalizar tan única, los lengüetazos (terapéuticos o acicaladores), el mirar la tele con ellos, sus pequeñas manías y fechorías, como comerse las plantas, mordisquear zapatos, comer echados, perseguirlos por toda la casa para bañarlos, jugar a las escondidas, esperar su golosina favorita, echarse a nuestros pies, observar el mundo desde un sitio especial de la casa o hurtar comida, que buscaran su correa para salir a pasear, el que destacaran con su ladrido (o maullido especial) por encima de los demás e incluso cosas chuscas como sus eructos, que les hiciéramos travesuras juguetonas o que nos robaran lugar en nuestra propia cama o rituales tan entrañables como el que fueran los mejores escuchas y terapeutas del mundo.

 

Reponiéndose de la pérdida: humanos

En el pequeño albergue que tenemos la muerte nos visita a menudo, a veces de forma inesperada, en otras incluso ansiamos su llegada cuando alguno de nuestros pequeños esta muy enfermo, y en ocasiones la eutanasia es la única salida. Para mí la muerte es sólo una puerta que se ha de abrir para pasar a otro lado. No es triste: lo triste es no tener más a quien amabas. Rossy Bernabé

 

Aunque como humanos podamos entender de una manera digamos que racional a la muerte, es su misterio y más que nada la ausencia permanente del ser querido la que nos derrumba. En el caso de Sylvia, lo que más le dolía recordar sobre sus amigos animales fallecidos, eran “los remordimientos de los regaños, los momentos de distancia, la falta de atención que pude tenerles, los castigos… eso es lo que me duele, incluso no haber pasado más tiempo con ellos o no haber sido lo suficientemente fuerte para aceptar a tiempo que era su hora de partida. Y aquellos que estaban en situación terminal, lamenté mucho no haber llegado a tiempo para evitar tan graves daños; es el arrepentimiento por aquello que no puedo cambiar, pero que al mismo tiempo me deja la enseñanza de qué hacer y qué no hacer la siguiente vez. Y con todo, me quedan también las sonrisas, las miradas de amor incondicional, las horas de compañía, los abrazos, los besos, vamos, ¡las babas, rasguños y mordidas que no cambiaría por nada en este mundo!, y aún si me dijeran que renunciara a todo esto para concederme aquello que más quiera en la vida, he aprendido que lo que más quiero en la vida, son ellos, los animales”. Erick, por su parte, admite que aún no supera la pérdida de su perrito Tommy, quien estuvo a su lado por más de 13 años, aún le habla y sus cenizas están al lado de su cama y cada día 30, su aniversario luctuoso, le pone una veladora y copal.

Pero, ¿cómo reponerse y seguir adelante? Lorena es un caso especial: en un solo año perdió no a uno, sino a cuatro de sus animalitos (Luka, Pirata, Sabrina y Emilio), y aunque todos le dolieron, fue uno en especial quien más le afectó y con todo, logró superarlo. Comparte ella: “Sentí que me moría, como si hubiera perdido a uno de mis hijos… Estaba muy deprimida y no dejaba de llorar, así que busqué ayuda en un foro de personas que habían perdido a sus mascotas. Gracias a la ayuda y apoyo que recibí, al final lo superé, primero perdonándome, ya que me culpaba de todo, de sus muertes, pero empecé a entender que la vida tiene que seguir y que siempre los iba a tener en mi corazón. La mayoría habían sido rescatados de las calles y yo cambié sus vidas: fueron unas mascotas muy felices y respetadas y les di una calidad de vida increíble. Todo esto me ayudó a salir adelante con la pérdida de mis cuatro pequeños”. Winner fue un perro lleno de vitalidad e impetuoso al que después de muchos años, le llegó el momento; Pinky, un french que era como su hermano menor, nunca entendió su partida y después de visitar muchas veces su tumba e incluso permanecer ahí echado, murió exactamente una semana después de Winner. Saraí, su dueña, al igual que Lorena, encontró gran apoyo al compartir ambas historias y sus sentimientos en un cementerio virtual de internet (http://www.conciencia-animal.cl/paginas/mensajes/recuerdos.php de Chile), uno de tantos sitios que por fortuna cada vez hay más, lo que significa que a pesar de que aún hay mucho por hacer en cuanto a los derechos animales a nivel mundial, el número de personas sensibles tanto a hacer válidos esos derechos como a sentir pena y dolor por su pérdida, aumenta día con día.

Al igual que con una pérdida humana, es posible que necesitemos de varias semanas o incluso meses para recuperarnos (si padecemos de depresión y esta dura más de un mes o dos, se recomienda acudir con un tanatólogo o con un terapeuta para que nos ayude a entender y superar tan difícil trance); algo que recomienda Claudia es “tratar de darle más cuidados y amor a los que tengo”, esto es, que si tenemos aún a otra mascota, le dediquemos más tiempo no sólo para recuperarnos nosotros, sino para sentirnos bien ambos. Y aunque es posible que aunque pasen los años recordemos con nostalgia o tristeza a nuestro querido animal, pero lo que sí es cierto es que una vez superado esto y como mencionó Claudia, “vale la pena porque valorando las demás formas de vida, nos hacemos más humanos, hay más posibilidad de crear una conciencia más allá del egoísmo o antropocentrismo en el que vivimos”. Y respecto al dolor de la pérdida, añade: “ellos (los animales) viven más en el presente, lo cual admiro y creo que es digno de imitar. Pienso que más bien ellos superan sanamente las pérdidas porque no mantienen fijaciones mentales como a veces ocurre con los humanos, ya que se adaptan a su realidad y entorno presente.”

 

Lo que cambiaríamos

Cada día, cuando veo un perro desamparado o un gato sin hogar, pido al universo por ellos. Y  cuando se han ido, solo pido que su vida y que su muerte tengan algún sentido para quien lo conoció, para quien lo amó y para quien tomó su vida: que no sea en vano su existencia. Rossy Bernabé

 

Todo lo que ocurre en la vida nos deja una enseñanza y la Muerte no es una excepción. Aunque esta última es una de las cosas irrevocables que no podemos cambiar, la pérdida de un compañero animal también nos deja valiosas lecciones que no sólo pueden ser útiles para aquellos que aún no han sufrido una pérdida, sino también para quienes vivimos con el vacío del que partió. Al preguntarles a quienes colaboraron con este artículo sobre qué hubieran cambiado (respecto a lo que ocurrió antes del deceso de sus animales), ellos compartieron lo siguiente:

·         Permitir que su o sus compañeros puedan despedirse. (Sobre todo en casos de eutanasia y como ya se explicó anteriormente).

·         Cambiar de veterinarios. A veces ocurre que por tratarse de una emergencia acudimos al veterinario más cercano que muchas veces no conocemos, arriesgándonos a que todo salga bien o que todo vaya de mal en peor. Lo que recomendaron varios de los encuestados es en pedir por lo menos una segunda opinión: puede ocurrir que mientras un veterinario diga que nada puede hacerse ya (incluso si es nuestro veterinario de cabecera), mientras que otro tenga el tratamiento adecuado para sacar de ese trance a nuestra mascota.

·         No pedir la interferencia del veterinario. Hubo quien me dijo algo contrario al punto anterior, que por esperar a que su mascota mejorara, su sufrimiento se prolongó y no es lo que hubiera deseado que ocurriera. En este caso, hay que observar detenidamente a nuestro amigo animal (¿aún se muestra interesado por su entorno?, ¿levanta la cabeza?, ¿aún tiene deseos de comer? ¿responde a nuestra voz o tacto?), para saber si aún hay que seguir luchando o dejarlo descansar. Por supuesto, la eutanasia es sólo una sugerencia: cada persona debe decidir qué es lo mejor que hay que hacer con su animal (incluso si no es nuestro pero estamos nosotros a cargo).

·         Usar correa y collar. Un buen porcentaje de las mascotas que fallecen es porque sus dueños no les pusieron collar y correa para pasear o porque salían por su cuenta. Por mucho que sintamos que vivimos en un barrio seguro o que nuestra mascota “sabe cuidarse” o “sabe andar suelta en la calle”, los accidentes (o las malas intenciones) suceden: no tiene caso jugar a la ruleta rusa y es mejor sacarlas siempre con collar (y placa de identificación) y correa.

·         Pasar más tiempo con mis mascotas y entenderlas mejor. Tenemos tanta prisa que la vida se nos escapa de las manos, no sólo la propia, sino que olvidamos que también el tiempo transcurre para nuestros animales… y a un ritmo más acelerado. Por otra parte, a veces nos podemos enojar por las “fechorías” que realizan (hurtar comida de la mesa, por ejemplo), sin darnos cuenta de que no es su culpa sino nuestra por dejar esa comida ahí y que el animal actúa por mero instinto o a veces con una sagacidad mayor a la nuestra: pongámonos en su perspectiva y entendamos por qué actúan como actúan antes de castigarles (incluso con nuestro desprecio o indiferencia), ¡la vida es corta!

·         Saber cuándo despedirse. A veces, comenta Lorena, en nuestro egoísmo y tristeza no les decimos que vamos a estar bien aún cuando el final sea inevitable, tenemos que decirles que se vayan tranquilos y así ellos no alarguen su agonía.

·         Haber aprendido más (prevención). Muchas veces cuando un amigo animal llega a nuestras vidas, tenemos una idea básica sobre sus necesidades o ni siquiera sabemos cómo educarlo para mejorar su calidad de vida (incluyendo la nuestra y del resto de la familia), así que siempre es bueno aprender y buscar información al respecto. Esto aplica también a la vacunación oportuna, ya que algunos de los dueños de mascotas fallecidas de esta encuesta confesaron que no sabían que tenían que vacunarles o vamos, incluso que habían comprado al animalito en la calle y que al mentirle el vendedor sobre una supuesta vacunación, había fallecido por enfermedad días después.

·         La adopción. Derivado del punto anterior, siempre es más seguro adquirir un animal (de cualquier color, tamaño, aspecto y edad), sano, vacunado e incluso esterilizado (esto es, que ya no puede reproducirse y evitar así problemas de celo y camadas inesperadas) cuando se le adopta de un albergue o protectora que adquiriéndolo en la calle e incluso en una tienda de mascotas.

·         Estar a su lado hasta el final. En el caso de la eutanasia, para muchos es muy difícil ver cómo se escapa la vida de su amigo animal al aplicarle la inyección letal, por lo que prefieren dejar todo en manos del veterinario (incluso que vaya a recogerlo a nuestro domicilio). ¡Gran error! Por mucho dolor o intolerancia que sintamos, debemos acompañar a nuestro animal en sus últimos instantes, en ese momento de transición y hacerle sentir nuestro amor y fidelidad, ya que sabemos perfectamente que si la situación fuera al revés, por nada del mundo nos abandonaría.

 

Sólo unas tres personas (una de ellas tuvo que llevar a eutanizar a su perrita) opinaron que no cambiarían nada; en el caso de quien llevó a dormir a su perrita mucho tuvo que ver que se trató de algo muy pensado y aceptado, pero de cualquier forma lo que resaltaron fue que les dieron a sus animales todo lo que necesitaron, pasando incluso un último día excelente. Ojalá y así nos fuera dado despedirnos todos, con alegría, amor y compañerismo, a pesar del dolor de la separación, haciendo lo que nos gusta y estando juntos hasta el final.

 

La adopción como alternativa a la pérdida y al dolor

Siempre he tenido más de un animal de compañía por lo que canalizo mi energía y cariño hacia los vivos que necesitan mi cuidado y responsabilidad. Eso sí, lloro mucho en el momento, con lo que consigo expresar y soltar el dolor que me causa la pérdida, que es muy real, pero las lagrimas terminan pronto, porque con los animales mi certeza de que han hecho lo mejor en este mundo, de su absoluta inocencia en todo sentido, de que su vida ha sido útil, me hace estar 100% tranquila. Creo que sufrir más allá de eso sería más problema mío que de la fallecida mascota. Claudia

 

Señala Alejandro: Si bien “no hay reemplazos para los amigos, es bueno (adoptar de nuevo) porque hay muchas mascotas afuera que merecen cariño y pocas personas dispuestas a darlo, por lo tanto creo que es un deber moral querer y adoptar a los peludos que uno pueda tener para darles tantito del cariño que ellos nos dan a montones”. Por su parte, hay personas como Gina, que a pesar de haber pasado varios años desde la pérdida, no ha considerado el adoptar a otro animal porque aún no ha superado la pérdida de su perro Baxter y que no podría evitar hacer comparaciones ya que “él era perfecto”, pero en contraparte opina Angie “una mascota jamás suplanta a otra y todas tienen mucho amor para dar, son experiencias distintas”. Para Tanya quien perdió a dos de sus perritas (Tracy y Susana) a la avanzada edad de 16 y 17 años, opina: “¡por supuesto que adoptaría de nuevo! De hecho tres de las cuatro perras que tengo son rescatadas y cuando ya no estén tendré más perros… serán del albergue o también rescatados de la calle o de malas manos: estos animalitos siempre merecen la oportunidad de conocer el amor y saber lo que es tener un hogar digno”. Añade Saraí: “Por ahora mi casa está llena de animales, pero el día que tenga más espacio o ellos ya no estén, honraría su memoria al darle la oportunidad a otros animalitos de tener un hogar amoroso; ellos no son egoístas y nunca pensarían que los estoy reemplazando, sino que se sentirían orgullosos de mi y felices de que otro sea tan afortunado como lo fueron ellos en vida. Y cuando me llegue el momento, me esperarán todos juntos para cruzar el puente y no olvidaré ni un solo nombre”. Carmen comenta que cuando algún amigo suyo ha pasado por una pérdida así, les recomienda lo siguiente: “si tienen las condiciones para adoptar, no dejen de hacerlo, pues así como ocurre con otros seres queridos, cada uno ocupará un lugar por derecho propio… De hecho, hace poco a alguien que está en esa situación le dije, tú no quieres adoptar por ti, por darte un espacio, sin pensar en que hay un animal que lo necesita. Para mí, el pensar en esa nueva mascota se me hace el verdadero acto de amor por los animales, incluso por aquel que se fue”. Algo similar opina Mariana, quien tiene dos perros, un gato, cuatro tortugas y peces, todos adoptados, “prefiero ayudar a un animalito que lo necesite en lugar de comprarlo”, Verónica, por su parte, menciona “después de fallecer mi hermoso criollo Toby, adopté a Nicole, y cuando tampoco esté conmigo sé que ella y Toby pondrán a otro pequeño en mi camino para que también lo adopte y para que nos ayudemos mutuamente”. Claudia por su parte, comenta lo siguiente: “me parece -con todo respeto- absurdo pensar que por tener otra mascota se va a reemplazar a la anterior…como si a la muerta o faltante le molestara: eso es antropomorfizar mucho, es egoísta y creo que responde más  a complejos psicológicos en el humano que piensa eso que al animal.”

Ahora bien, es muy factible que quienes nos rodean y con la mejor de las intenciones, busquen comprar un animalito para ayudar a consolarnos. No es que esté mal, como ya se dijo, tener otro, pero debemos considerar siempre la adopción en vez de la compra: al menos en México hay un enorme y oscuro mercado (negro y a la luz pública) de animales en venta, muchos de ellos robados a punta de pistola o provenientes de criadores de traspatio que tienen a los animales en condiciones realmente terribles, cuando la hembra ya no les es útil se deshacen de ella, abandonándola a su suerte o sacrificándola de manera cruenta. A los cachorros por su parte, no les suele ir tan bien: ni aún en las tiendas de mascotas los tienen en las mejores condiciones (ya el mero hecho de separarlos prematuramente de su madre les afecta bastante) y los que venden en anuncios y en las calles no están mejor, ya que rara vez los entregan vacunados y es común que mueran enfermos. En casos peores, los “disfrazan” para que aparenten ser de una raza determinada, sin importarles mutilarlos o engraparles las orejas y si no son vendidos, también son sacrificados.

Una de las maneras de terminar con todo esto y evitar que sigan ocurriendo atrocidades y muertes innecesarias contra cientos de animales inocentes (sean o no de raza), es adoptando en vez de comprar: hay miles de animales necesitados de un hogar; sólo alguien que ha padecido puede entender a otro ser que también ha sufrido y en la adopción podemos encontrarnos ambas partes y complementarnos de nuevo. Hay muchísimas asociaciones y albergues nacionales y locales donde poder adoptar. Y para concluir este apartado, otra forma que varias de las personas encuestadas sugirieron para superar la pérdida, es ayudar a otros animales que carecen de hogar; quizá no podamos adoptarlos (porque aún no superamos la pérdida de nuestro animal, por economía o por cuestiones de espacio). Comparte Xiomara: “siendo protectora, he sufrido la pérdida de algunos pequeños, y aunque todos y cada uno de ellos son imposibles de sustituir, sigo ayudando y rescatando peludos”. Podemos entonces acercarnos a una protectora o a un albergue y ofrecer ayuda, sea económica o en especie (donando implementos varios que necesiten), e incluso brindando un poco de nuestro tiempo a aquellos pequeños que están albergados: mucha gente encuentra consuelo al acariciar a un perro o gato que aún no tiene hogar, así como ayudar en la limpieza, baño o alimentación de ellos. Quizá más adelante podamos ofrecernos como hogar temporal para alguno de esos animalitos (los albergues siempre están abarrotados), en lo que es dado en adopción y ¿quién sabe?, quizá en una de esas terminemos finalmente por abrir la puerta de nuestro corazón a alguno de ellos y decidamos de nuevo experimentar el tener un nuevo amigo peludo en nuestras vidas.

 

¿Por qué honrar la memoria de un animal?

 

Cada vez que encuentro a algún animalito muerto, lo entierro y en estas fechas les pongo su ofrenda y su calaverita; como no se sus nombres, les pongo Angelito o Angelita. Ellos también merecen cariño aunque sea después de la Muerte. Anaí

 

Explica Alejandro, “ningún animalito debería sufrir los terrores que sufren los perritos callejeros o los animalitos abandonados, ellos no pidieron venir a este mundo por lo tanto nuestro deber es quererlos, no maltratarlos y vejarlos como tristemente se hace en este país tan desalmado y carente de cultura animal.” Por su parte, comenta María Isabel: “Por los muertos que no son míos, bípedos o cuadrúpedos, siempre se lleva una vela prendida en la cabeza, no en el corazón. Así siempre tendré ideas para procurar que sus vidas y muertes sean ejemplo, pretexto para entendernos unos a otros.” América por su parte, coloca flores en un lugar especial de su casa para su perrita Galilei y en el caso de Tanya, ella también celebra un ritual especial, en el que cada día enciende una veladora a las cenizas de sus perras, en especial en su aniversario luctuoso, mientras que el Día de Muertos acostumbra poner un altar para las personas y otro para los animales y ella asegura que efectivamente han ido a beber el agua de los platos que les pone. Pero muchos también coincidieron en que es más importante cuidar de un animal en vida, no sólo honrar su memoria cuando fallece: “Siento que la mejor ofrenda que podemos hacerles es ayudar a cambiar las condiciones de maltrato que sufren los que aún están aquí” (Saraí).

 

Cerrando el capítulo

Cuando nuestras mascotas fallecen yo creo que están al lado de nuestros seres queridos. No acepto que estén separados ya que son almas puras que vinieron solamente a dar… por tanto deben estar junto al Ser Supremo. Aurora

Al igual que Antígona, todos necesitamos honrar y enterrar a nuestros muertos, guardar sus cenizas o aún cuando las hayamos esparcido en algún lugar especial (que podría ser donde más les gustaba pasear, como planea hacer Lety el día que tenga que decir adiós a sus amados canes), es el tener la certeza de que ese ser no sólo ha cerrado su ciclo en este mundo sino de que somos testigos de ello, de que le hemos dado un último descanso, lo hemos honrado, lo extrañamos y lo amamos. Como explicó Aída, “es tener un lugar tangible que nos permita seguirnos comunicando con aquellos que partieron”. Es una última muestra de amor y para algunos, quienes son héroes anónimos que rescatan cadáveres anónimos de calles, carreteras y demás lugares nefandos, y que incluso atendieron a un animal abandonado, uno de tantos y tantos parias involuntarios durante sus últimos instantes, horas o días, es definitivamente una muestra de amor, de respeto y de caridad, así como Antígona hizo con su hermano, a pesar de la desaprobación y hasta condena de otros. Comenta Angie, “(los animales) una vez que entran en nuestro corazón nunca los dejamos ir”.

Cuando los hermanos de Eunice tuvieron que llevar a Boly con el veterinario para que la pusieran a dormir (era una perrita anciana que debido a un tumor cerebral sufría caídas y convulsiones), le explicaron que les dolía verla así y agonizar; Boly los miró con ojos distintos, como si supiera que había llegado su hora y así ya no tuvieron dudas sobre lo que iban a hacer: se despidieron y rezaron una oración por ella.

Pero también es posible que haya algo más aparte de las penurias que muchos animales sufren (de manera innecesaria) en este mundo: “para los que creemos en la energía (reflexiona Esther), esta es energía positiva que circula y llega a donde tiene que llegar, pero además se regresa y se multiplica… Y creo que si todos emitiéramos este tipo de energía y lo hiciéramos cada día, podríamos cambiar alguna que otra conciencia, claro que hay gente que está muy perdida, pero también hay otros que están por encontrar la luz y quizá enviando esta energía pueda yo tocar su corazón y cambiar así la situación de tantos y tantos animales en el mundo”.

 

Para ellos, una reflexión, un poema y algunas plegarias

Para todas las mascotas del mundo que han tenido que pasar sus últimos momentos de vida ó incluso su vida entera solos, sin cariño, sin buena comida y sin un techo para dormir, para todos ellos que se han ido y están ahora mejor, en santa paz en el descanso eterno. Buenas almas nobles que en paz descansen. Mariana

Cedo ahora la palabra a Claudia: “Creo que como especie, como género humano es muy necesario reconocer estas muertes o esas vidas (de los animales abandonados, los no queridos, los maltratados, los que fallecen en laboratorios, granjas, circos, antirrábicos, etc.), definitivamente, ellos son indicadores de nuestra responsabilidad o irresponsabilidad como sociedad, de lo que hemos aprovechado o desperdiciado dentro de nuestro lugar en el mundo. Estoy completamente de acuerdo en realizar un acto simbólico (masivo y personal) de recuerdo a animales en estas circunstancias, solo esto nos permitirá resembrar esa semilla de humanidad que tanto se ha marchitado en nuestra sociedad consumista, deshumanizada… Somos nuestra historia, y si esos hechos-errores están en nuestra historia, es deber y necesidad observarlos, reconocerlos y corregirlos. Y para las mascotas de casa, mi recuerdo después de su muerte es siempre positivo; creo que justo estas pérdidas me han ayudado a madurar emocionalmente, a saber aceptar lo inevitable y a seguir adelante en paz y felicidad. Los animales son dignos de ser recordados… siempre con alegría, con mucha gratitud.”

Ya a punto de cerrar este artículo, quiero compartirles un poema y algunas oraciones que compartieron conmigo durante la elaboración de este escrito. Son muy conmovedoras aún para quienes no comparten las mismas creencias religiosas, por su sensibilidad, introspección y profundidad de sus palabras.

 

Perdón

Paola González

Porque estás esperando solo, sin entender.

Perdón porque aun no pudimos salvarte.

Porque somos simples humanos y fallamos

y porque esa falta te cuesta la vida.

 

Perdón por pertenecer a una especie egoísta y ciega.

Perdón por no poder prometer que

pronto se terminará tu calvario.

 

Perdón por cada segundo que no podemos

aliviar tu dolor y abrazarte.

 

Perdón por no detener al artista, al filósofo, al poeta

y decirles que mientras tú sufras

nada vale la pena.

 

Perdón, hermano animal, porque todavía

no somos dignos de defenderte.

 

Gracias por tu grandeza,

que no sabe de juicios ni venganzas

ni de esperas. 

 (3,000 animales son asesinados por segundo en el mundo)

 

Oración

Señor, Virgencita, Ángeles y Arcángeles:
Pido por todos aquellos seres que son importantes para mi,
desde aquellos a los que no conozco y quizá nunca conoceré,
pero aun así, me significan tanto
incluyendo a aquellos que conozco muy poco,
quizá tan solo por una mirada o por algún sonido,
quizá tan solo por un comentario, por un correo,
por una foto, o por un video,
se los pido por mis seres queridos,
sobre todo, por mis niños perdidos.
Ruego que los cuiden, los protejan,
los ayuden y los guíen.
Jamás se aparten de su lado,
jamás se olviden de alguno,
nunca permitan que sufran,
y mucho menos que les hagan daño.
Manténganlos siempre a salvo.
Y les ruego que les otorguen a todos,
vidas plenas y felices,

llenas de amor y de alegría
para todos y cada uno de ellos.
Amén.

(Sylvia Méndez)

 

Réquiem por Galilei

Aunque ya no estés aquí,
tu corazón vive en el nuestro,
siempre te gustó estar con nosotros,
y aún sigues acompañándonos.

 Cuando llegamos a la casa,
todavía nos parece verte y escucharte,
recibiéndonos tan contenta
que nos regocijamos enormemente.

Sin embargo, te extrañamos,
te alejas muy rápido y queremos seguir tu imagen,
no lo logramos, pero sabemos que
en alguna parte, nos sigues esperando;
porque a pesar de todo,
seguimos juntos, y esto
es algo que agradecemos eternamente.

 

(Escrito por los alumnos de Beatriz Vanda)

 

Oración canina

Dios, te agradezco por dejarme ver un día más, porque mi hermano el Hombre no atentó contra mi mientras descansaba tomando un poco de aire y fuerzas para seguir mi rumbo diario…

Camino que muchas veces sin rumbo fijo tratando de encontrar a alguien que pueda darme un pedacito de suelo en donde pasar la noche, un poco de agua y alimento o simplemente estar tranquilo.

Te agradezco porque aún con tantas adversidades por las que paso, me permites seguir teniendo el mismo ánimo de lucha, lucha que termina muchas veces, hasta que mi hermano el Hombre lo permite.

Te ruego no dejes que cambie mi sentido de agradecimiento, pues parece lo único valioso con que contamos para el humano.

A mi hermano el Hombre, dale conciencia de lo que está haciendo con nosotros; dótalo de la capacidad para valorarnos como lo que somos: seres vivos que sentimos igual que él.

Te pido por él, que aún sabiendo lo que hace, actúa peor que nosotros que no sabemos razonar.

Te suplico nos guíes para poder encontrar a alguien que si al menos no nos puede tener consigo, nos ayude para que no sigamos reproduciéndonos y así seamos menos para poder tener una vida más llevadera.}

Te pido por el descanso de los míos, que no pudieron salvarse de las garras de mi hermano el Hombre, que por crueldad, o por requisitos de una sociedad que reclama “tranquilidad” o simplemente por malicia, nos sacrifica, haciendo una muerte segura, una eterna agonía.

Amén.

(Andrea Peña)

Terminado el 3 de noviembre de 2008 y republicado en noviembre de 2013, como un pequeño homenaje a Oso, Cuquito, Chucho, Moncha, Merlín, Misha, Casiopea, Frida, Vlad, Morgana, Kika, Shandu, Zoe, Migaja, Osito, Camila, Baxter, Emilio, Luka, Pirata, Sabrina, Tracy, Susana, Milagros, Poncho, Mimí, Ron, Tutú, Lobo (y otros compañeros de ellos), Pola, Moka, Pequita, Bugzie, Kyara, Galilei, Toy, Dabo, Negrita, Pollo, Boly, Bianca, Homero, Buama, Vysadeba, Coco, Berny, Cleo, Tequila, Toby, Monito, Tommy, Princesa, GC, Carioca, Hayes, Jones, Katy, Güero, Polar, Bicha, Lobo, Denis, Clío, Chikis, Matías, Roke, Hanny, Clarita, Orejas, Trébol, Nieves, Panquecito, Burrito, Bosco, Cacho, Xena, Romina, Winner, Neka, Pinky, Tuza, Tammy, Chance, Katy, Kitty, Muñeca, Gasuso, Osito, Sammy, Nina, Coqueta, Daisy, Pituka, Zuky, Candy, Milky, Oreo, Amandita, Gertrudis, Tonchis, Tikito, Charly, Mony, Chispa, Monchito, Frannie, Frida, Max, Hanna, además de todos aquellos animales que partieron y no tuvieron un hogar o una vida feliz.

©Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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One Comment leave one →
  1. Bertha... permalink
    1 noviembre, 2013 16:28

    Demasiado conmovedor…muy buen artículo…una oración para todos nuestros hermanos peludos que se nos adelantaron: Chiquilín, Chiquita, Osiris, Canela, Choforo, Clarayema, Negra, Lemur…

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