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Cuando somos niños y nuestro amigo animal dice adiós (segunda parte)

30 octubre, 2014

Día de MuertosLos niños y las preguntas sobre la muerte

En mi caso, una de mis perras, Frannie (de quien he hablado ampliamente en otros posts), fue adoptada a una edad bastante adulta, al pasar los años se convirtió en una viejita feliz que no se había dado cuenta de su edad y siguió siendo adorable como siempre. Cuando originalmente escribí este artículo, en el 2010, le explicamos a nuestra pequeña hija que algún día Frannie ya no estaría con nosotros, aun a sabiendas que a sus entonces escasos tres años le costaba entender que el día de mañana su perra ya no estuviera, pero poco a poco trabajamos en el tema, aprovechando que en ese momento me vio poner mi ofrenda a los animales que han fallecido, lo cual le generó muchas preguntas, sobre todo porque poco tiempo antes había fallecido una de las perritas de la familia (de mi hermano) y mi pequeña había insistido mucho en el tema: creía que pronto iba a “estar bien” y que incluso le leería un cuento.

En ese entonces yo sabía que antes de los cuatro años los niños creen que la muerte es algo reversible. Así que le mencioné que cuando un animal muere, ya no se mueve, camina, come ni respira más, así como aquella tortuguita que nos habíamos encontrado muerta en la calle meses atrás: recuerdo que la recogí con cuidado y le dije lo anterior, le expliqué que teníamos que enterrarla y tratarla con respeto. Actualmente ella ya no recuerda el episodio, pero tiene muy en claro que debemos cuidar de otros, sobre todo cuando están solos y en el desamparo; de hecho, a veces ni siquiera es necesario utilizar las palabras: los niños aprenden más de nuestras acciones que de nuestros sermones.

Un par de años más tarde, Frannie trascendió y mi pequeña lloró mucho, durante un tiempo. Le lloró incluso más que a su abuelo paterno, que había fallecido antes. Esto lo atribuyo en parte a que Fran la veía todos los días, a mi suegro no. Pero también a la confirmación de que los niños pueden crear lazos fuertes con un animal que es parte de su familia.

Nermal. Era un gatito de menos de 1 mes de edad, llegó a nosotros una noche lluviosa cuando lo encontramos empapado y maullando desesperado dentro de una caja. Lo atendimos de inmediato y era un tanto agresivo, sumamente entendible para un pequeño que había sufrido maltrato y separación de su madre.

Mi hijo de 11 años se hizo cargo del gatito y se despedía de él antes de ir al colegio. Aparentemente se iba recuperando, pero días más tarde lo escuché quejarse en la madrugada de forma diferente y presentí que iba a morir: hablé con el gatito y le dije que partiera tranquilo y le agradecía el haberlo conocido. Falleció en la mañana y de momento, no le dije nada a mi hijo.

Al regresar le conté lo ocurrido y él me dijo que todo el día se había sentido angustiado y que de alguna manera supo desde el inicio que moriría porque “siempre tenía el cuerpo frío, aunque lo abrazaras o taparas con su cobija”. Lloró mucho y acarició el cuerpecillo congelado, me pidió estar solo con él y lo escuché despedirse. Al igual que el resto de las mascotas que hemos perdido, su cuerpo fue enterrado en el jardín de nuestra casa, y por supuesto tendrá su lugar en el ya tradicional altar que ofrecemos a nuestros seres queridos que han fallecido, el cual incluye un lugar especial para perros, peces, aves y roedores (y ahora un felino) que han compartido su vida con nosotros. Gabriela Ortiz

Es bueno entonces que nuestros hijos nos vean llorar y explicarles que estamos tristes o frustrados, no escondernos ni ocultarles nuestras penas, claro, sin abrumarlos con nuestros problemas y conflictos de adultos. Y retomando los sentimientos de culpa, hay que ser cuidadosos con esto: aún cuando el niño haya tenido algo que ver en la muerte de su mascota (sea porque le dio a comer algo tóxico, porque dejó abierta la puerta y arrollaron a su perro), esto es algo muy fuerte que puede rebasarlo y tenemos que dejarlo que se desahogue. Y a continuación, ser claros con los hechos: sí, fue un descuido, pero nadie quiso –ni esperaba- que pasara ese coche que lo arrolló… murió porque las lesiones fueron graves. ¡Mucho cuidado con culparlos y con las palabras que utilizamos!

Por el otro lado, aún cuando haya sido algo premeditado, tenemos que platicar con el niño de lo que ocurrió llegado el momento: si notamos aparente indiferencia, o incluso satisfacción… cuidado, porque podría ser un foco rojo sobre algo grave que está ocurriendo en su interior y que necesita ser atendido con prontitud. Si no podemos o nos sentimos rebasados por esta situación, tenemos que pedir ayuda de un psicólogo o terapeuta para hablar sobre el tema.

Cómo manejar la noticia

No es nada fácil el despertar un día o regresar de la escuela y toparse con la noticia de que nuestra mascota ha muerto. Puede ser que la descubra el propio niño o que el adulto tenga que darle la noticia. En la encuesta que realicé para la este artículo, varios de los participantes me comentaron cómo se dieron cuenta de que sus mascotas habían muerto: algunas veces ellos mismos lo descubrieron al tocar el cuerpo frío que no se movía más; otras, fueron sus progenitores quienes les dieron la noticia, pero hubo un caso en que se ocultó el hecho. Si bien las tres situaciones son difíciles de manejar para un niño, es bien importante estar ahí para apoyarlo y de ahí se desprenden las siguientes reglas:

1. Si el niño descubre el cuerpo y nos llama entre asustado y desconcertado, debemos prepararnos para escuchar toda una serie de sentimientos encontrados que pueden ir desde el llanto, el enojo o la negación: “¡eres un mentiroso!, ¡no está muerto!”, “no, es que está dormido, ¡despiértalo!”, “hay que ir con el veterinario para que lo cure”, “por favor, ¡haz que esté bien!”.
2. En el caso de que nos pida una explicación, como ya se mencionó, hay que ponernos físicamente a su altura, mirarlo a los ojos (no obligarlo a que haga lo mismo) o colocarnos a su lado si está acuclillado, por ejemplo, al lado de su mascota, abrazarlo o poner una mano en su hombro y decirle con voz clara y serena que está muerto y ya no va a curarse, levantarse, jugar, etc.
3. En ambos casos es muy importante no tomarnos a pecho las posibles recriminaciones que haga, sino que dejemos que se desahogue. Cuando termine (seguramente culminará en llanto), abrazarlo y validar sus sentimientos: “sí, yo también estoy triste porque murió”, “lamento mucho que esto haya pasado”. Aún si atraviesa una etapa de enojo y nos espeta algo así como: “tú nunca lo quisiste”, dígale que eso no importa ahora, y que también le entristece que haya ocurrido esto; o en su defecto, decirle que le duele de verdad que él, su hijo, esté sufriendo de esta manera. Siempre dígale o demuéstrele que lo quiere.DSC01060
4. Si el niño desea encerrarse, déjelo. Pero si sale de casa, sígalo: evite una tragedia mayor. Dependiendo la edad que tenga el niño, va a necesitar ser contenido por una situación así de tremenda que lo rebasa… y que es irreversible.
5. Déjelo a solas un rato para que pueda despedirse de su mascota. En dado caso, pregúnteselo. Habrá niños que quieran hacerlo y otros que deseen alejarse: respete su decisión.
6. Poco después (minutos, horas), pregúntele qué le gustaría hacer con el cuerpo o mejor, dele opciones: cremación, entierro en el jardín… Por ningún motivo tire el cuerpo a la basura: no solo porque es una total falta de tacto y respeto tanto a su mascota como a los sentimientos de su hijo, sino porque el cuerpo se descompondrá y será un foco de infección para todos.
7. Aun cuando recurran a los servicios de cremación, haga una pequeña ceremonia, dependiendo del estado de ánimo, carácter y forma de ser de su hijo. Aproveche sobre todo para hablar sobre el tema, sobre las cosas buenas que dejó este animalito en su vida, agradézcanle el haber sido parte de su familia, y digan todo lo que se les ocurra. Siempre mencionando, con tacto, que ya no va a volver más (sobre todo en el caso de los niños pequeños).
8. Prepárese para posiblemente hablar muchas veces del tema en los días subsecuentes: recuerde decir la verdad con palabras adecuadas a la edad del niño. Sea directo, pero no drástico ni mucho menos cortante o sarcástico. Recuerde que los niños necesitan preguntar, reafirmar, validar y volver a preguntar.
9. Es posible que ahora el niño tenga miedo a que usted (o él mismo) pueda morir: al final de este artículo encontrará la bibliografía necesaria para abordar el tema.
10. Por favor: sea paciente durante todo el proceso. El duelo es un proceso sano y natural que no desaparecerá en horas o en un par de días.

Duelos no resueltos

Cuando utilizamos como pretexto el “no hacer sufrir al niño” con el tema de la muerte, y por añadidura trivializamos la muerte de su querida mascota, sin saberlo le estamos causando un daño grave que puede, incluso, perseguirlo hasta su edad adulta. Cuando a un niño no se le explica, conforta, contiene, deja expresar sus sentimientos, vamos, se le deja vivir su duelo, buscará sus propias respuestas de las formas más extrañas: puede desenterrar a su mascota para tratar de darle calor y “revivirla” o solo para confirmar que de verdad está muerta. Puede enojarse ante la cremación, porque ¿qué tal si la quemaron y estaba viva? O también está el gravísimo hecho de ocultarle lo que ocurrió: los niños son muy inteligentes e intuitivos y saben cuando los adultos mienten. Aún a edades muy cortas (3, 4 años) se dan cuenta de que “algo malo pasó” y pueden sufrir de formas diversas, fantasear con la mascota que ha “desaparecido”, querer salir en su búsqueda o peor aún, sentirse culpables por haberla “perdido”.

Otra manera de trivializar la muerte es ser demasiado parcos y directos al decir: “ya ni modo, se murió”; o peor, ser crueles “me alegra mucho, ¡a ver si ya paras de chillar!”; o materialistas: “ya te compraré otra… si te portas bien”. Los animales ni son objetos ni premios, ni tampoco puede verse como un traste que se rompió y que hay que tirarlo y por el que no vale la pena el llorar siquiera. Un niño puede faltar a la escuela, llorar mucho durante dos días o más y “buscar” y añorar a su amigo animal faltante. Insisto: hay que darles apoyo, cariño, hablar sobre el tema, dejarlos que expresen su malestar (puede ser física, artística o verbalmente). A veces los niños tienen que acudir a otros niños para ser consolados, no es que sea malo, pero puede ser un arma de dos filos; y también para ser atendidos y valorados están sus adultos.

Si el duelo dura por varias semanas, hay que solicitar la ayuda de un especialista, pero de forma familiar: es probable que haya otros asuntos que arreglar dentro del núcleo de la familia.

Sueños e ideas sobre la muerte

Cada niño lo maneja de forma diferente: es una forma sana de expresarse, aunque también me sorprendí de la forma en que algunos niños lo manejan: dos de las personas encuestadas fueron los únicos niños participantes y mencionaban sus padres que mediante sus sueños e intuición, entendieron el proceso de la muerte. En uno de los casos y después del fallecimiento del polluelo de colibrí que habían rescatado, una pequeña despertó una mañana y dijo a su mamá que había soñado que tenía al pequeño colibrí en una mano pero que después había volado y añadió: “Mamá, Brie –el colibrí- voló al cielo; ya murió”.
En el otro caso, el pequeño despertó en la madrugada riendo y al acudir su mamá le dijo que había soñado a su cachorrito jugando en su cuarto con una coronita de flores en la cabeza; al día siguiente descubrieron el cuerpo del perrito sin vida. La mamá de este niño menciona también que cuando han ocurrido otros decesos de mascotas en la familia, le ha dejado estar a solas con ellas, se ha despedido y que hace algunas anotaciones en un cuadernito especial. Comento estos dos casos porque guardan una gran diferencia a las vivencias expuestas por los adultos encuestados al rememorar su infancia: que poco a poco hay más padres preocupados, sensibles e informados sobre el proceso de duelo de sus hijos y que se refleja en la aceptación, libertad para llevarlo y compasión demostrada hacia un ser sin vida que durante su estancia en este mundo, marcó una etapa feliz y especial en la vida del niño y de la familia.

La historia de Pilla. Fue mi primera mascota y fue obsequiada por un amigo de mi hermana. Era una conejita de raza california: blanca pero con la nariz, patas, orejas y rabo oscuros. Recuerdo cuando llegó, fue un domingo por la mañana en que mi mamá había lavado el patio; la traían en una bolsa de compras y salió de ahí con timidez dando pequeños saltos mientras los charquitos de agua reflejaban los rayos del sol, dándole un aspecto casi mágico. Vivió conmigo unos 4 o 5 años, no lo recuerdo con exactitud, porque el tiempo en la vida de un niño es algo muy relativo y que se mide en ciclos escolares y vacaciones de verano y navideñas. Aprendí a vencer mi miedo y timidez para salir a comprarle su alimento, aprendí a acudir con el veterinario que estaba en el centro de la ciudad (¡tan lejos para mí!) para curarle una oreja enferma y a él mismo acudí cuando enfermó la única vez en su vida.

Ya no estaba sola en las tardes en que mis padres trabajaban y mis hermanos estaban fuera haciendo las cosas que hacen los hermanos mayores; era mi amiga y confidente, contemplábamos la puesta del sol al tiempo que aparecía la primera estrella nocturna y compartía con ella (¡ah, la ingenuidad peligrosa de los niños!) un mazapán de chocolate: a ratos le mordisqueaba ella y a ratos, yo. Nunca fui de arrullar y abrazar a mis muñecas, pero en ese mudo diálogo que teníamos ella y yo, sentía que me abrazaba y hacía sentir bien con su sola presencia de orejas suaves y atentas.

Pero llegó el día en que enfermó seriamente, no supe de qué, y aun cuando la atendió el veterinario (esos tiempos en que uno no sabía la diferencia entre el término “pequeñas especies” y “veterinario de rumiantes”) y yo traté de cuidarla lo mejor que pude, con esa angustia atenazante de sentir mariposas oscuras en el estómago, regresé al mediodía de la escuela, pensando en llevarla de nuevo a consulta y ahora sí, que la curaran de una vez y para siempre. Mi mamá me dio la noticia con triste voz: “Hija, se murió…”. Por muchos años al recordarlo se me salían las lágrimas, porque cuesta trabajo entender que los amigos se mueran y ya no haya más tardes de puestas de sol, de mazapanes de chocolate, de secretos y temores compartidos y de la impotencia de no haber llegado a despedirte siquiera. La enterramos en el jardín de nuestra casa… la cual por cierto no existe más porque hace pocos años, después de que se vendió, la derrumbaron para construir un par de comercios y con ellos, enterraron también mi infancia y lo que ahí viví y crecí hasta que me fui a la universidad.

No existe entonces la tumba de mi coneja ni la de muchos otros animalitos nuestros fallecidos. Y aunque ya tenía unos 12 años cuando esto ocurrió, al morir ese primer animalito mío, fue también como ver morir mi propia infancia al adentrarme al mundo difícil y extraño de los adolescentes. Pero como sea, mi querida coneja, Pilla, los dibujos que le hice y que también se extraviaron, estarán siempre en mi corazón, en cada uno de los animales que han tocado mi vida y en mis escritos dedicados a ellos. Mayra Cabrera

Significa entonces que mucho depende de uno como adulto el cómo viva el niño situaciones difíciles y dolorosas y salga fortalecido y confortado de las mismas. Es cierto que en este mundo acelerado en que vivimos, donde tenemos que lidiar con el tráfico y el transporte lento, largas horas de jornada laboral, sueldos bajos, anhelos rotos al llegar a una edad adulta de la que esperábamos más, problemas de pareja, soledad, e incluso cuestiones más serias como desempleo, maltrato, depresión, pérdida de un ser querido y otras, no dejamos de ser los padres o tutores a los que un niño se aferra cuando algo cambia en su mundo, cuando sufren una pérdida importante, en este caso, su mascota, y momentos clave como este, son cruciales para que esté bien emocional y afectivamente ahora y en su etapa adulta.

Un adiós sin temores

La muerte de una mascota puede ser una especie de “efecto mariposa” en la vida de un niño; un hecho y una vida así de pequeña, pueden marcar y definir el rumbo, perspectiva y valores en la etapa adulta.

En ocasiones es obvia la camaradería y compenetración que hay entre un niño y un animal, y en otras, esta es mucho más discreta (o uno como adulto no alcanza a percibirla), pero lo cierto es que cuando valoramos y cultivamos esta relación desde que inicia, al hacer al niño responsable de su animal, al acompañarlo a pasearlo, a sus consultas de rutina, a cuidar de su salud, a aprender sobre sus hábitos, hábitat, necesidades, entrenamiento, a enseñarle a alimentarlo, a saber tratarlo, cuidarlo, respetarlo, no sólo es por el bienestar del animalito, sino que a la vez estamos fortaleciendo un preciado vínculo entre nosotros y nuestros hijos, consolidamos las bases de nuestra relación presente y futura, les enseñamos a valorar, atender y ser responsables de una vida, les enseñamos también a amarse, a cuidar de ellos mismos y de otros, y finalmente, a saber que todo ciclo se cierra y no tiene que ser malo, sino que poco a poco y de acuerdo con nuestra filosofía y creencias, les enseñaremos a no tener miedo de la muerte y que lo más importante de la vida es cómo se vive.

Aprenderán a agradecer y a entender por qué están y estamos todos en este mundo y que mucho depende del equilibrio (vida-muerte, paz-inestabilidad, amor-odio) que tengamos para poder trascender, no sé si en mundo o en otra vida, en caso de que existan, pero sí con las acciones perdurables y positivas que dejemos en este.

Bibliografía para entender más sobre niños y tanatología

1. Documento sobre el taller de tanatología impartido por la psicóloga Vicenta Hernández Haddad http://www.talleresdesexualidad.com/secciones/consultas/publicaciones/9%20tanatologia%20ninos.swf
2. Libro para niños sobre la muerte http://www.guiainfantil.com/libros/cuentos/muerte.htm
3. Otro excelente folleto informativo para tratar el tema de la muerte con los niños en un sentido muy amplio e integral http://www.cc.nih.gov/ccc/patient_education/pepubs_sp/talkingsp.pdf

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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