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Canica, la coneja

13 enero, 2015

Estábamos en el 2006 cuando mi veterinario me preguntó si no estaba interesada en adoptar a una coneja que habían abandonado en su clínica. Después de que Oreo, una de mis conejas había fallecido, solamente me quedaban dos berlier, Charly y Moni, con los achaques propios de su raza (maloclusión, principalmente), y aunque los últimos años había adoptado perros, me pareció buena idea volver a dar hogar a un conejo desamparado. Uno de los bonitos condominios para conejos que habíamos construido ya lo habíamos desarmado, pero de todas maneras decidí volver a instalarlo para recibir a la nueva coneja.

Al llegar a la clínica, Alberto me entregó a una coneja grande y robusta, ya adulta, de pelaje igual a los conejos del campo, con ojos oscuros y muy brillantes, razón por la cual la llamé “Canica”. Era recelosa y desconfiada, algo que le duró casi toda su vida. Ya la había esterilizado y nos la llevamos a casa. DespertóDSC00770 una gran curiosidad entre los perros y los apartamos. La llevamos a su nueva casa, que ya había armado de nuevo. Fue un tanto complicado que confiara en mí, tanto por los ladridos que escuchaba afuera de la habitación como por el olor de mi ropa. Era adulta y muy tranquila, y como suele ocurrir, los conejos nunca vienen solos: muy poco tiempo después adoptamos a otro conejito, muy joven, quizá de tres meses de edad, que le habían regalado a una de mis sobrinas (en realidad ya no lo quisieron en su casa y ella se ofreció a cuidarlo), pero como sabía que yo siempre he tenido conejos, me preguntó si no lo aceptaría en casa.

Así fue y Nicolás, como lo llamé, se convirtió en el compañero de Canica, a quien imagino veía como a una madre. Incluso cuando llegó a crecer más que ella, se doblegaba. Si bien es cierto que antes de formar una familia mi vínculo con mis conejos de entonces era más estrecho (vivían casi sueltos en mi habitación), el compartir mi vida con otra persona, aunado a tener perros modificó esas perspectivas, pero fue para bien, porque destinamos una habitación de nuestra pequeña casa para que ahí vivieran ellos, separados de nuestra también creciente familia canina.

Un conejo es un animal de compañía diferente

Es verdad que ya no les tomé tantas fotografías como antes, pero también es cierto que disfruté a esta otra generación de conejos de una manera más apacible, ya que se convirtieron en mi refugio de paz y abstracción a mi vida cotidiana, incluso laboral y familiar, razones por las cuales, aun cuando me uní a través de estos años a foros exclusivos sobre conejos mascota (algo que habría disfrutado mucho más años atrás), he participado poco: he preferido que ese encanto y momento tan personal que comparto con ellos, con los que han estado y los que siguen vigentes, sea algo privado.DSC02611

Es por ello que de Canica podría resumir en algo así como: era una coneja algo gruñona y dominante. Fin de la historia. Pero no, hay mucho más. Es difícil describir lo mucho que disfrutaba ver cómo cuidaba a su compañero Nicolás (Nicolai), la forma en que se acicalaba, los gestos que hacía cuando algo no le agradaba, la forma en que permitía, dócilmente, que la revisara y atendiera cuando, por cuestiones de la edad, ya no podía acicalarse debidamente y, aunado a algunas fallas en su aparato digestivo (nuevamente por vejez), los últimos meses podía ensuciarse e irritarse su delicada piel de la zona genital.

Mientras los conejos jóvenes pueden transmitir emociones con todo su cuerpo, conforme alcanzan la madurez (y los más afortunados, como Canica, la vejez), comienzan a volverse menos activos y dejan de hacer todas esas travesuras y locuras, es cuando uno los ama y redescubre de una forma diferente, que es más bien contemplativa y callada. No es como tener un pez o un reptil, sino que la mirada te transmite cansancio, dolor, interés, alegría, apacibilidad… Son muchas las cosas que te transmite un conejo ya sea al acariciarlo, al acicalarlo, al contemplarlo o con el mero hecho de ofrecerle un ramito de alfalfa o de perejil (sí, dejen mitos fuera, es un excelente alimento para los conejos).

Cuando fallece nuestro conejo

Canica vivió conmigo 8 años… Hoy que llevé a uno de mis perros al veterinario, le conté que el jueves 8 había fallecido. Él sonrió y me dijo que había tenido una excelente vida. De hecho, solamente fue a un par de consultas, principalmente por problemas de ácaros en las orejas, y salvo ese problema de irritación en la zona genital, no hubo más. Ambos calculamos que debió tener 10 años de edad, una buena cifra de longevidad en un conejo. Le conté que ese jueves la noté echada afuera de la casita que compartía con Nicolai… supe que algo andaba mal, y al acariciar su frente, vi su mirada. Supe que estaba muriendo. Sus ojos se veían cansados y ligeramente opacos. Hablé largo rato con ella, agradeciéndole su estancia conmigo y deseándole un buen viaje. La dejé tranquila porque a veces es necesario dejarles espacio. Nicolás estaba preocupado y también hablé con él. Limpié su arenero y salí. DSC03090

Al regresar un par de horas después, la encontré recostada dentro del arenero limpio, apacible. Ya había partido. Nicolás tenía una lágrima en sus ojos. Habrá quien diga que los conejos no lloran, pero ahí estaba. Fui por mi pequeña a su escuela y le conté hasta que llegamos. Lloró mucho, muchísimo. Conocía a Canica de toda su vida, literalmente. Subió a verla y a despedirse. Después llegó Raúl y la consoló. No es la primera vez que nos despedimos de un amigo animal, y por ello reafirmo que la mortalidad temprana de ellos sirve de mucho tanto a nosotros como padres como a los niños para entender nuestra propia mortalidad futura. Ella se tranquilizó y en la tarde acompañó a su papá a entregar el pequeño cuerpo con las personas del servicio crematorio.

Nicolás está tranquilo, aparentemente, pero su mirada es triste. Eso cambió cuando ayer lo presenté con Nina, otra de mis conejas. Harán buena pareja, aunque espero él pueda unirse con la otra pareja de conejos que adopté el año pasado de una protectora local. Sería excelente, ya que estarían los cuatro juntos. El tiempo lo dirá. Por lo pronto, Canica ha partido y sé que se liberó de sus achaques… como siempre, sé que algún día veré a todos esos conejos que han estado conmigo y ahora son libres. Espero que así sea.

© Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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