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El legado de otros: ¿cuál es el destino de las mascotas cuando alguien fallece? (Primera parte)

26 octubre, 2015

En memoria de mis queridas amigas Edith Martin(1954-2009) y Penny Hoyo (2015),
por su enorme corazón, bondad y alegría.
Gracias por su ejemplo e inspiración:
el mundo necesita más personas como ustedes.

El legado de otros“Un amigo mío muy querido falleció a los 37 años de un infarto en su casa. Él vivía solo, con sus dos perras, una french poodle negra y una mestiza…”. Así comienza el relato de Paulina, cuyo testimonio podría ser, si lo pensamos con cuidado, el de muchos de nosotros: ¿cuál es el destino de las mascotas de un ser querido cuando este fallece?

Siendo ya la fecha en que honramos a nuestros seres amados que ya no están con nosotros, decidí ahora escribir sobre los dolientes silenciosos: los animales que quedan huérfanos porque sus dueños fallecen de manera repentina o esperada (enfermedad terminal) y cuyo destino es incierto, ya que muchas veces incluso la propia familia cercana no es capaz de brindarles la oportunidad de un nuevo hogar.

Estos animales pueden intuir y percibir que su dueño y líder ya no se encuentra físicamente con ellos (incluso desde antes de que fallezca), pero difícilmente entenderán las complejas relaciones humanas, los rituales que seguimos para demostrar nuestro duelo, los trámites funerarios y testamentarios, entre otros, y que en última instancia, quedan ellos como una especie de propiedad “molesta”, la cual nadie quiere heredar y que por desgracia, se traduce en el abandono, maltrato, negligencia y hasta muerte de miles de animales que han quedado desamparados y que por mucho dolor, amor o aprecio que digan sentir los deudos de la persona finada, muy pocas veces sienten la empatía suficiente para hacerse cargo de estos dolientes silentes que mucho significaron para quien en vida tanto procuró y quiso.

Animales desamparados porque falleció su dueño

Cuando un hijo que queda huérfano, la situación toma un cariz distinto, ya que salvo alguna situación extrema y efectuando los trámites legales correspondientes, raramente se cuestiona la custodia de un niño, pero cuando se trata de un animal, se suele trivializar tanto su ser y necesidades, que así se trate del gato amado de nuestra propia madre, no dudamos incluso en soltarlo (y hasta lejos de su casa), ya que “es un animal y sabrá arreglárselas”.

Resulta entonces increíble que en medio de nuestro dolor y que en esos momentos daríamos cualquier cosa por cambiar las cosas o por haber complacido –en vida- a nuestro ser querido, no cumplimos una de sus últimas voluntades: hacernos cargo de su querido animal de compañía, con quien seguramente llevó una estrecha relación y fue muy importante para su persona, quizá incluso más que uno mismo porque le acompañó y fue su apoyo y consuelo durante una enfermedad terminal o durante su vejez. La mascota, tristemente, pierde toda esencia e importancia ante nuestros ojos, deja tener un nombre y ahora se convierte simplemente en “ese animal”.

¿Quién se hará cargo del animal huérfano?

De hecho, la importancia de “ese animal” decrece desde antes que nuestro ser querido fallezca (en el caso de enfermedades terminales) y más a partir el funeral (en los demás casos), porque precisamente como su dueño ya no puede hacerse cargo, el resto de la familia muchas veces ya ni se ocupa de las necesidades básicas de la mascota (alimento, agua, refugio) e incluso hasta la sacan de la habitación de su dueño enfermo, si ahí dormía, pretextando enfermedades y contagios (sin caer en el cinismo todos sabemos que alguien tan enfermo ya no podría, por así decirlo, enfermar más) e incluso la relegan a una azotea o la amarran para que no “cause problemas”, sin prestar mucha atención a las peticiones del enfermo por tener a su mascota cerca o atendida.

Cuando el deceso acontece, el animal lleva las de perder, porque es poco probable que haya alguien que voluntariamente lo alimente, lo asee, evite que se extravíe (en caso de que el funeral se lleve a cabo en el hogar y no se tenga cuidado de mantener al animal en un lugar resguardado), entre otras cosas.

Otros inconvenientes con una mascota huérfana

Pero a veces las limitantes no se refieren a que se tenga poco aprecio o cariño hacia el animal desamparado sino que los impedimentos para la familia y amigos para hacerse cargo pueden ser diversos:

  • El duelo en sí.
  • Falta de espacio.
  • Familia en desacuerdo (generalmente la pareja).
  • Hábitos del animal.
  • Otras mascotas.

Frida_YorkyEn el caso de Frida, una yorky de 10 años de edad, ocurrieron las tres últimas causas: al fallecer su dueña por complicaciones de una enfermedad respiratoria, sus hijas no pudieron hacerse cargo de ella porque el esposo de una de ellas no le gustan los perros y por otra parte, Frida supuestamente no tenía hábitos adecuados de limpieza y necesitaba ser entrenada para que hubiera la posibilidad de ser aceptada en ese hogar; la otra hija, por su parte, no podía hacerse cargo porque tenía perros de talla grande que anteriormente habían sido sumamente agresivos con un perro pequeño. Este tipo de impedimentos pueden dar un giro drástico al destino de un animal cuyo dueño ha muerto.

Compromiso e interés para cuidar de un animal desamparado

Este artículo es resultado de una encuesta que realicé en el año 2009, y entonces me llamó la atención que participaron unas cinco personas, pero esto se debió a que tristemente hay muy pocas personas que deciden hacerse cargo de la mascota de un ser querido que ya murió. Si bien en una encuesta y artículo anterior los participantes me aseguraron de manera entusiasta que sin pensarlo se harían cargo del animal de un miembro de su familia que hubiera fallecido, la realidad, por desgracia, es muy distinta.

Es cierto que recibí un par de valientes relatos de personas que contra viento y marea adoptaron a un animal huérfano, pero la situación dio un giro al recibir tres historias más de personas que, sin tener ningún vínculo con la persona que acababa de morir, se habían hecho cargo de los animales que habían dejado atrás, aun cuando ellas mismas tenían no uno, ni dos ni tres, sino varios animales bajo su cuidado y que con más amor que compasión, habían acogido a este nuevo e imprevisto integrante dentro de sus familias.

Esto significa que debemos hacer una reflexión y replantearnos en que si estas últimas personas, quienes por cierto son reconocidas proteccionistas de animales (lo cual de ninguna manera significa que tengan la vida resuelta y les sea “pan comido” hacer tanto su labor como este tipo de cosas) nosotros también seríamos capaces de dejar nuestro egoísmo y necesidades propias y familiares para hacernos la siguiente pregunta: ¿puedo yo hacerme cargo del animal de compañía de un familiar mío que ha fallecido?

Continuará

® Mayra Cabrera, Derechos Reservados

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