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“Ronnie” (cuento)

22 marzo, 2016

Para Antonio del Olmo

Es de tarde y te sigo buscando. He dado vueltas por toda la casa, sin encontrarte. Hace rato terminé de escribir mi último texto, y mi mano buscó infructuosa tu pequeña cabeza lisa. Quería leerte las últimas líneas, pero las palabras se fueron haciendo cada vez alargadas, hasta escaparse como un hilo continuo más allá de las paredes del piso que tú y yo compartimos. Necesito un trago.

No consigo encontrar la cocina, tampoco el recibidor, como si la mucama hubiera cambiado hasta la posición de las habitaciones, que a veces hay un corredor aquí y otras una cama deforme allá… pero no, se trata de uno de mis cuadros, ese que pinté antes de que te perdiera de vista. Me froto la cara y en un parpadeo, alcanzo a ver tus patas cortas que se pierden al dar vuelta a una habitación sin retorno. Tu cuerpo azabache alcanza a refulgir para perderse entre las sombras y corro hacia ti, pero te has escabullido de nuevo. Figo con cadena

Aparte de ti, no recuerdo qué más estaba buscando, entre los versos marchitos que se escaparon con el viento del último otoño, las notas que compuse bajo ese ojo ciego y redondo de una noche clara, que ahora ha menguado y solo titila frío en este invierno que parece no terminar.

Te busco en el sótano sabiendo que no hay un sótano, descorcho una botella de leyenda ininteligible y bebo directo de esa boca que no devuelve un beso… Todo es oscuro y veo el reflejo lunar y menguado, en el suelo, donde la soledad no puede tocar fondo y donde he olvidado que aquí ya no pertenezco. Intento alcanzarlo con el pie y descubro por la ventana un par de ojillos brillantes y una cola que se mueve sin cesar, como el badajo de la campana de la iglesia a la que tanto odié ir de niño, en esa niñez odiosa que la adultez no acaba de curar ni redimir.

Escucho claramente tu ladrido, potente para un perrillo tan pequeño y paticorto, y me veo afuera, ya en la claridad del día. Me he desligado de esas amarras que amé, temí y odié, marcadas por letras, música e interminables veladas de recetas culinarias. Pequeños barcos que me mantuvieron a flote en ese pozo llamado vida, del cual nuevamente me has rescatado.

Apenas puedo seguirte el paso porque eres joven de nuevo, con las patas que parecen no tocar los pastos y piedrecillas que se extienden por los jardines que tanto nos gustó pasear, en esas tardes placenteramente interminables, donde solo éramos tú y yo, par de estúpidos y felices camaradas dueños del momento, lejos de lo urticante y dañina que puede ser la existencia, lejos de la gente que roba la inocencia, lejos de aquellos que te hicieron daño y que con su ponzoñoso actuar, te apartaron para siempre de mí.

Pero nada de eso existe aquí, porque finalmente estamos juntos, paseando en nuestra cita vespertina, con los almendros todavía floreando en Madrid, tú persiguiendo ardillas, y yo coleccionando notas, palabras y trazos.

Mayra Cabrera, Derechos Reservados 2016

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