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Frodo y yo (2a parte)

1 noviembre, 2016

El viaje con Frodo fue un poco desastroso: como no estaba acostumbrado a viajar en coche, vomitó y defecó en el asiento. Debe haber estado mareado y también asustado de ser llevado por gente que no conocía, lejos de su familia humana y canina. Raúl estaba molesto, pero lo ignoré: yo me sentía mal por mi perrote, así que limpié y lo consolé. Lo llevamos a casa de mi mamá y se los presentamos.

Ahí jugó con mi sobrino, que en ese entonces estaba muy pequeño y en dado momento se asustó cuando lo persiguió. Sus aprensivos padres se preocuparon, incluso ella se molestó, y decidí que era hora de irnos de ahí. Me prometí que cuando tuviera hijos siempre convivirían con perros y no se asustarían con ellos, y yo no sería así de aprensiva. Y lo cumplí, años más tarde (y algo más, años después ella ya no formó parte de nuestra familia y mi querido perro estuvo hasta el final).dsc00542

Ya en casa lo dejamos andar a sus anchas (algo que no debe hacerse, pero Frodo era un buenazo, así que no pasó nada). En la noche Raúl había decidido que durmiera fuera de nuestra habitación, pero Frodo estaba muy desconcertado y le dije que de ninguna manera. No puedo culparlo del todo a Raúl: venía de una familia en donde si bien habían tenido siempre perros, no les gustaba mucho que estuvieran dentro de casa.

Pero con el tiempo Frodo, y los demás perros que hemos tenido, echaron abajo esas ideas anquilosadas y absurdas respecto a los animales. (Supongo que ese es uno de los aspectos por los cuales Raúl ya debe ser considerado un poco como un extraño por su familia de origen). Vamos, nunca se habría imaginado que, tiempo después, permitiría a Frodo dormir en nuestra cama o que incluso dormiría abrazado de Fiona, su perra.

Definitivamente, Frodo vino a cambiar por completo nuestras vidas… y creo que nunca terminaremos de agradecerle por habernos hecho mejores personas.

Cómo mi perro cambió mi vida

El año que adoptamos a Frodo fue crucial en mi vida, en varios sentidos. Poco después de mi cumpleaños me despidieron del trabajo. Me había costado mucho llegar ahí y había trabajado con mucho tesón para conseguir una buena posición. En ese entonces buscaba encontrar un nicho en la investigación y biotecnología, pero desafortunadamente me tocó estar en el lugar y momento incorrectos en que una persona del laboratorio donde trabajaba había falseado datos de su trabajo y cuando me pidieron reproducirlos, sencillamente no fue posible.

Para defender su postura, me hizo víctima de mobbing laboral. Habían sido meses muy pesados tratando de que por lo menos algo me saliera bien en el trabajo, pero debido a su boicot, todo salía mal. Mi jefa se hartó y en dado momento, me gritó  y yo sin pruebas para demostrar que alguien arruinaba mis experimentos. Finalmente me mandó llamar y me dijo que se había recortado el presupuesto para pagarme. En ese momento respiré, aliviada, porque ya no quería estar ahí, sobre todo porque ya era el blanco de burlas.

Hacía poco que me había casado y decidí enfocarme en mi casa y “darme un tiempo”, a la par que terminaba mi diplomado literario. Este terminó y quedé en el limbo. Mi vida no tenía un sentido fijo y comencé a dormir más y a ver demasiada televisión. Comencé a sentir que pocas cosas tenían sentido, que todo me agobiaba y que era un fracaso. Fantasee con que quizá todo había sido mi culpa y que en realidad mi trabajo era pésimo. ¿Cómo había pensado en que podía conseguir un puesto en ese importante centro de investigación?dsc00469

Por añadidura, me sentía sola, y si bien tenía entonces a mis conejos, era distinto: ellos habían formado su propia comunidad y estaban muy bien así. Necesitaba alguien más y fue entonces cuando le dije a Raúl que quería comprar un perro.

Poniendo un basset hound en mi vida

Busqué en varios lados, como lo comenté, hasta que se dio la adopción. Fue bueno que tardara un poco en darse, porque así comencé a encauzar mi vida hacia la problemática animal. ¿Cómo podía quejarme cuando había tantos seres que padecían tanto? Comencé a dejar de lamentarme y comencé a escribir, pero sobre animales.

Cuando Frodo llegó, fue un cambio enorme. Tenía alguien por quién preocuparme y era un perro muy afable y bonachón. Salíamos de paseo en las mañanas y por las tardes. Jugaba con él y fue a partir de ahí que retomé mi verdadera vocación: escribir. Se lo debo a Frodo, siempre fue el motor que impulsó mis escritos, junto con una paciencia que pocas veces he visto en alguien. Frodo se convirtió en mi amigo y confidente, alguien a quien podía abrazar en cualquier momento y contarle cualquier tontería.

Esa es una de las tantas virtudes que tienen los perros: con ellos puedes ser tú mismo sin etiquetas y sin poses. No van a juzgarte y estarán al pendiente de lo que hagas. Exceptuando a Moncho, mi conejo, no he podido tener ese nivel de compenetración con alguien más. Es una cuestión de almas, que no distinguen especies ni clases. Poseen una sabiduría que va más allá de nuestro entendimiento, de alguna manera es como si hubieran vivido en otras vidas y en otros planos. Y la única forma de poder entrar a ese nivel es permitirnos convivir con ese animal, sin prejuicios, dejándole entrar a nuestras vidas.

Frodo fue mejor que cualquier terapeuta, me hizo recuperar la confianza y seguridad que había perdido y algo muy importante, me hizo creer de nuevo en mí… el niño Frodo, como lo llamaba nuestro vet. Sin moverse más allá de nuestro hogar, consiguió que conociera gente de todo el mundo, gente con la que todavía nos hermanamos en esta aventura de ser “basseteros sin fronteras”. Hizo que me leyeran desde los rincones más lejanos y me dio mucha paz.

Claro, esa paz se rompería en un mes después, cuando llegar Frida, mi perrita andariega, y cuando Frodo cometiera la peor travesura de su vida… Pero para eso son los bassets, para ser ellos mismos, aunque no los entendamos.

Continuará…

Mayra Cabrera, Derechos Reservados.

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